El dos de mayo

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El dos de mayo
de Clemente Althaus



I

Ardiente Numen mío,
de quien es alma patriotismo santo;
tú que fuiste el primero
en levantar el indignado canto
contra el ultraje del inicuo Ibero,
y la voz despertando de otros vates,
con tu clamor guerrero
encendiste la patria a los combates:
hoy que triunfante sonreír la miras,
al universo cuenta
la vengadora lid y alta victoria
con que días de afrenta
convierte en siglos de radiante gloria.


II

Sonó en nuestras riberas
voz espantada de la rauda Fama,
que narraba el escándalo inaudito
con que las españolas naves fieras
prendieron cruda llama
en puerto inerme de la heroica Chile:
se alza doquiera de venganza un grito;
no hay corazón peruano que no anhele
ver llegar a los torpes incendiarios
para que paguen tan atroz delito:
irrita la tardanza
el impaciente anhelo de venganza:
nadie hay que de su puesto se desvíe
ni del fiero peligro el paso tuerza:
se burla el patriotismo de la fuerza
y el denuedo del número se ríe.
Arriba al cabo la feroz armada
que ya, cual suele, nos venció en idea,
y en su insensata vanidad ni aún piensa
que diestra se alce a contrastarle osada
y a oponerle brevísima defensa.
Cual la justicia humana
deja de vida fugitivo plazo
al que la ley a perecer sentencia,
así el caudillo de la flota hispana,
ya suspendiendo el fulminante brazo,
tres días nos concede en su clemencia
para esperar la inevitable ruina
que su justa venganza nos destina.
Mas no a vil muerte, sino a noble lucha
el peruano valiente se apercibe,
y la amenaza escucha
con desdeñosa mofadora risa:
los marciales aprestos acelera,
y con ardiente prisa,
del resonante mar en la ribera
bélicos aparatos improvisa
que, de virtud maravillosa llena,
brotar parece la fecunda arena,
como si la golpeara
de diestro mago la potente vara.
¡Oh entusiasmo! ¡oh ardor que no consiente
ser descrito jamás de humana lira!
Parece que en el aire se respira,
o que invisible eléctrica corriente
le lleva y comunica por doquiera;
y cae sublime universal contagio
que hasta del más cobarde se apodera
es ya de la victoria venidera
clara prenda, certísimo presagio.
Lima al vecino amenazado puerto
su enardecida población traslada,
y de incesante turba apresurada
se ve el camino blanquëar cubierto:
del mar azul junto al movible llano,
la muchedumbre que su playa inunda
y, al fuerte impulso del trabajo activo,
baraja sus enjambres bullidores,
es otra mar segunda,
es un piélago vivo
de pintorescas ondas de colores.
En rivales esfuerzos combinados,
cada brazo se emplea
en tan santa patriótica tarea,
que iguala razas, nivelando estados:
que el corazón peruano es el que late
en el pecho del pobre
a quien tiñe la faz ébano o cobre,
y en el del blanco y rico y del magnate;
y hoy contra el desdeñoso
orgullo insano y proceder perverso
y la codicia pérfida española,
es el Perú vastísimo coloso
de rostros ciento de color diverso,
de blancas, negras y amarillas manos,
pero de un corazón y una alma sola.


III

Musa de las batallas, ven y dame
con diestros labios alentar tu trompa,
que con hórrido son los aires rompa
que a lo lejos en torno se derrame:
haz que truenen mis versos, y veloces
vuelen del labio que tú inspiras, como
igneas saetas o encendido plomo,
tronantes rimas o inflamadas voces:
retumbe y vibre en ellos, como pudo
en los aires entonces,
el trueno horrisonante y rayo agudo
de mortíferos bronces:
torne a ser el estrago horrendo y crudo
y el herir y el matar en mis guerreras
estrofas, de la lid renovadoras;
y el glorioso combate de quien horas
fueron la edad veloz y fugitiva,
como en lienzo que fiel lo represente,
para siglos sin fin haz que reviva
y que dure en mi canto eternamente.
Mas ya siento en mi pecho que rebosa
y en mi agitada sien apenas cabe
tu inspiración, oh Diosa;
y en ágil vuelo pronto,
cual si en la espalda me nacieran de ave
encumbradoras alas, me remonto;
irresistible impulso me levanta
sobre la tierra y anchuroso ponto;
y en el sereno cristalino campo
del éter vasto, con segura planta
los firmes pasos orgulloso estampo:
hierven en mí los versos impacientes;
a mi trémula boca
altas voces afluyen a torrentes,
que en rápida cadena
un arte superior liga y coloca;
y mi ágil pluma con presteza rara
los albos pliegos ennegrece y llena,
como si escrito canto trasladara.


IV

De la ardua lid al corazón sediento
luce el alba por fin del Dos de Mayo;
y cuando en la mitad del firmamento
desde el sol su más ardiente rayo,
en los aires serenos,
que creó Dios a la tormenta ajenos
y que hoy osa turbar furor humano,
principian cruda guerra
la ibera tempestad del océano
y la peruana tempestad de tierra:
retumba ronco trueno de contino
del huracán marino,
y sin cesar responde ronco trueno
del huracán terreno;
del humo negro dilatadas nubes
cambian el claro día en noche densa
por relámpagos mil do quiera rota;
espesa lluvia de granizo ardiente
ondas y tierra sin cesar azota:
y todo, todo, en confusión inmensa,
en nuestras playas apacibles miente
el estrago y el ímpetu y la saña
con que desraiga selva corpulenta
y en truenos y relámpagos revienta
furiosa tempestad de la montaña.
Como león ayuno se abalanza
a la segura presa,
tal desdeñoso se abalanza el Godo,
mas que de lid, hambriento de matanza:
pronta victoria aguarda
sobre la vil afeminada gente,
de España hija bastarda,
del brazo no, mas de la voz valiente;
pero su triunfo tarda,
y de tan largo resistir se admira,
y su desdén primero
trueca el soberbio en impaciente ira.
Como resiste secular encina,
afianzada en hondísimas raíces,
al ímpetu del cierzo,
y ni aún la frente inclina,
así resiste el peruviano esfuerzo;
y, al ver el español que no se abate
más y más dobla su iracundo embate;
y con frecuencia igual, de cada parte,
serpëando entre nubes de humareda,
raudos vuelan los rayos con que el arte
los del tonante Jehová remeda.
No ha pasajero instante
en que del trueno el hórrido estampido
no ensordezca el oído,
y en que del rayo la siniestra lumbre,
los atónitos ojos no deslumbre;
y cual propio elemento de la Muerte,
en ruido y luz el aire se convierte.
Parece con las armas del Averno
lidiarse la batalla;
y balas silbadoras,
bombas atronadoras,
esparcida metralla,
y formas ciento y diferencias miles
de letales ardientes proyectiles,
que cruzan encontrados sin sosiego
los espacios celestes,
cubren entrambas huestes
con resonante bóveda de fuego.
Tiembla en torno el terreno,
como si el Terremoto en lo profundo
de su cóncavo seno
sus titánicos miembros prisioneros
bramando sacudiera, y furibundo
de su cárcel la bóveda golpeara
con vigorosa resonante frente,
y por romperla indómito pugnara,
de sus duras prisiones impaciente.
Igual a cada parte, entre sangrientos
horrores, se mantiene la lid cruda
de quien teatro son dos elementos;
y cada combatiente semejando
al elemento mismo que lo encierra,
si como el mar el Español asalta,
el Peruano resiste cual la tierra,
o como excelsa roca a cuya planta
el mar sus ondas túmidas quebranta.
Y en vano tú, vastísima Numancia,
al Leviatán inmenso semejante,
del océano emperador tremendo,
frente a la playa inmóvil te colocas,
llama con humo y horroroso estruendo
vomitando a la vez por tus cien bocas:
con nada tiemblan los heroicos pechos
que por la patria y el honor pelean;
y aun cuando en nube más espesa vean
fuego en torno llover horrendamente,
al Perú independiente
con clamorosos gritos victorean;
mezclándose al estruendo de los mares
y discorde compás de los cañones
las músicas sonoras militares,
¡y el himno patrio que en ardor heroico
inflama los peruanos corazones!
Mas de tus tiros al acierto daña
hispano lidiador, y a tu destreza
el ciego empeño e impaciente saña
que tus confusos tiros precipita:
y en torpe desperdicio,
muchedumbre infinita
de bombas que prodigan tus descargas,
distante aún del término pedido,
cae para apagarse en las amargas
ondas, tras vano amenazante ruido.
Mas tu insano furor, Numancia cruda,
al fin la Suerte en nuestro daño ayuda,
que bien tu acierto escaso
la ayuda pide del propicio Acaso.
de tus bocas lanzada bomba ciega,
de la Suerte guiada por la mano,
hasta la Torre llega
que el nervio encierra del valor peruano:
¡allí hacinado por funesto olvido,
el negro polvo que a las graves balas
viste del fuego las ligeras alas,
por la bomba fatal es encendido!
¡Y en el desastre horrendo y repentino
vuelan los generosos combatientes
entre la espesa nube
y humoso remolino
que hasta los cielos resonando sube!


V

Fuiste, entre cuantos héroes allí abisma,
tú la presa más noble de la Parca,
GÁLVEZ inmaculado y cual la misma
Santa Justicia incontrastable y recto,
prez y honor de la antigua Cajamarca,
y el hijo de la Patria predilecto;
de la Patria que, hoy huérfana de tantos
hijos queridos que le cuesta España,
por ti se entrega a más aguda pena
y tu sepulcro baña
de acerbo llanto en más copiosa vena:
¡ah! si mi voz en la terrena vida,
oh Gálvez inmortal, te fue querida,
acepta grato este recuerdo breve
que hoy mi laúd te da junto a tu huesa,
hasta que el himno de alabanza eleve
que de mi amante Numen la promesa
a la esperanza de la patria debe.
¡Y a ti, CORNELIO BORDA,
a ti mi canto nombrará segundo,
que en el suelo nacido de la hermosa
nueva y mejor Granada,
hiciste con tu muerte a todo un mundo
tu patria dilatada!
Cual concebido en su fecundo seno
y o sus pechos crïado,
de su dolor el maternal tributo
no cesará mi patria de ofrecerte:
la faz cubierta por oscuro velo
de lamentable luto,
lloran las Ciencias tu temprana muerte
y de tu claro ingenio y tu desvelo,
en flor cortado, el abundoso fruto.
También tu losa en lágrimas inundo,
¡oh tú, DOMINGO NIETO, que dos días
en doloroso lecho
yaciste moribundo,
y en cuerpo vigoroso y fuerte pecho
más vigoroso espíritu escondías!
No tan solo un hermano en ti lamenta
quien contigo nació del propio seno;
que a nadie, a nadie apellidaste amigo
a quien estrechos lazos fraternales
no ligaran contigo,
¡oh dechado y espejo de lëales!
Ni a ti tampoco olvidará mi verso
ni de justa alabanza será parco
que escuche el universo,
¡Oh noble corazón, ANTONIO ALARCO!
No a la lid peligrosa
a ti el deber, sino el valor te llama;
y de él guïada, a la funesta Torre
tu ansiosa planta corre,
allí acechando con tenaz cuidado
el instante propicio
para ocupar del último soldado
el más hüido peligroso oficio;
al fin le ocupas con afán inquieto
desafiando a la Muerte;
y la Muerte aceptó tu osado reto,
de ti no perdonando los despojos,
ni sangrientos pedazos, ni señales
que contemplaran los fraternos ojos,
que besaran los labios maternales.
Y el grato conocido
rumor de sus pisadas
en vano aguardará tu atento oído
en tus desiertos silenciosos lares,
¡oh adorada hermosísima doncella,
que al pie de los altares
unir pensaste a su robusta mano
tu blanca mano delicada y bella!
¡Las antorchas nupciales
que ayer regocijaban tu deseo
se trocaron en teas funerales,
y en endechas los cantos de himeneo!
Y mi Musa también de ti se acuerda,
y te consagra mi laúd rendido
un fúnebre gemido
de su doliente cuerda,
¡ENRIQUE MONTES, que en aspecto blando
y dulce rostro hermoso
impreso demostrando
de la bondad y la nobleza el sello,
cual a esposa gentil gentil esposo,
alma bella juntaste a cuerpo bello!
En vano, en vano a la enlutada viuda
preguntan por su padre idolatrado
los hijos pequeñuelos:
ella, llorosa y muda,
abraza en ellos a tu fiel traslado,
clavando húmedos ojos en los cielos.
Ni ausente se hallará, noble ZAVALA,
tu nombre antiguo entre los claros nombres
que en este canto premiador inscribo;
era tu anhelo más constante y vivo
por la patria morir, por esa madre
a quien un hijo indigno,
tu hermano en sangre pero no en virtudes,
guerra feroz enviaba
y hacer quería de su reina esclava:
y a Dios que tu anhelar cumplió benigno
repetías en tu hora postrimera:
«Gracias, gracias te doy, Señor clemente,
pues cuando ingrato a la que el ser le diera
hiere un Zavala, tu bondad consiente
que otro Zavala por la patria muera».
Mas a vosotros, CÁRCAMOS ilustres,
os crearon los cielos
como en la sangre en la virtud hermanos,
y de idénticas prendas adornaron
vuestros nobles espíritus gemelos:
de ingenio igual, del mismo
ardiente acrisolado patriotismo,
que os hizo, con igual merecimiento,
juntos rendir el postrimer aliento.
De vuestro fin la roedora pena
pronto a otro hermano le abrirá la tumba,
y con él perderá su último alivio
anciana madre que feroz condena
a tan largo vivir la suerte esquiva
para que, sola y de consuelo ajena,
¡Ay! a todos sus hijos sobreviva.


VI

Mas con rabiosa lengua
venganza grita el peruviano bando,
al contemplar caer tan escogidas
víctimas, y los brios redoblando,
hace pagar con espantable exceso
al torpe Ibero tan preciosas vidas.
¿Quién, quién ahora encarecer podría
de los peruanos jefes las hazañas
y el heroico valor y la osadía?
Impávidos, serenos,
Mueven do quiera la segura planta,
y ni el creciente riesgo los espanta
ni hace que venga su valor a menos;
es en vano que inmensa muchedumbre
de balas y de bombas y granadas
en torno siempre ensordeciendo llueva:
Con la voz y el ejemplo
animar a los otros los contemplo,
y hacer que todos con pujanza nueva,
cual si la lid de nuevo comenzara,
arrojen a porfía los letales
rayos artificiales
a la escuadra feroz de España avara.
Con firme pulso y con tenaz mirada,
su afán heroico ni un veloz instante
remite el valentísimo artillero;
y cual de la Justicia disparada
por la certera mano,
cada entraña de acero
que vomita el cañón republicano
hambrienta despedaza
de los regios navíos la madera
o la férrea armadura y la coraza;
y la gran mole atravesando entera,
tal vez por el opuesto roto lado
sale, de muertes y de estragos harta,
a apagarse en el piélago salado.
En el espacio breve
que les permiten sus flotantes casas,
amontonados mueren y confusos
los tristes siervos de una reina aleve:
rabiosamente cae y agoniza
sobre el tibio cadáver de su hermano
el doliente marino, que no espera
que descanse a lo menos su ceniza
de su remota patria en la ribera,
y que tendrá por tumba el océano.
Y en vez de presenciar de los lejanos
hijos, padres y esposos
los triunfales regresos,
madres, hijas y esposas españolas
ver no podrán a sus amantes manos
llegar siquiera los helados huesos
de los que sepultaron nuestras olas.
¡oh peruanas, templad vuestros enojos,
que el llanto que hoy derraman vuestros ojos
será pronto venerado
con llanto más acerbo y doloroso
por ojos españoles derramado!
Ni al soberbio caudillo
guarda de heridas el ferrado muro
del nadante castillo
donde pensaba combatir seguro:
aquí una nave, a zozobrar vecina,
por bocas mil el océano bebe:
otra, la cárcel rota
del espíritu ardiente que la mueve,
como cadáver flota:
ya por doquiera a desmayar empieza
el valor en el pecho
y en el brazo la usada fortaleza;
ya el español, en trance tan estrecho
vencer desesperando,
da al temor en el ánimo cabida,
triunfando del rubor y del despecho
el amor renaciente de la vida.


VII

No para huir aguarda
que al claro día su enemiga venza,
para que el velo de la Noche parda
esconda de su fuga la vergüenza:
¡Y a los rayos del Sol que de occidente
una hora y otra dista,
del universo atónito a la vista,
allí en cien naves a la lid presente,
a rauda fuga lanza
la temerosa prora
esa escuadra feroz que en esperanza
era ya del Pacífico señora.
En vano la convida y la provoca
el peruano cañón con Ignea boca
a combate segundo,
a nueva lid reñida:
desoye el reto y espantada olvida
que la contempla el mundo,
el mundo todo a quien hacer testigo
ofreció su jactancia
de nuestra rota y ejemplar castigo:
la Unión la mira e Inglaterra y Francia
su fuga acelerar, de pavor llena;
y aun la inmensa Numancia
mal su glorioso nombre respetando,
cual herida ballena,
busca su salvación en la distancia.
Hüir, hüir la mira
el peruano guerrero y arde en ira,
de más lucha ganoso,
de más gloria sediento y codicioso:
acusa de sus naves la demora
y maldice al destino
que le rehúsa ahora
veloces alas de huracán marino
y en la playa lo prende y encarcela,
y de volar le priva
por el abierto acuático camino
en seguimiento, con vapor o vela,
de la veloz armada, fugitiva
¡Ah! si a los breves débiles navíos,
cuya atrevida gente
con diestra, tan feliz y osados bríos
hoy segundó al terreno combatiente,
juntaran su valor el Huáscar fiero
y compañera nao
a quien dio nombre nuestro bien primero
(en futuros combates vencedores)
¡y esas que vio la nebulosa Abtao
a fuerzas resistir tan superiores;
en pos, España, de tu huyente flota
volarán ya nuestros guerreros prestos,
y consumada tu espantable rota,
el mar sembrarán sus aciagos restos!
¡No más, no más blasones
de ser, oh Iberia, fuerte y valerosa
entre todas las gentes y naciones;
ni más se jacte tu demente lengua
de ser tu pueblo el que imposibles osa!
¡Borrón tan negro, tan patente mengua
de hoy más, oh Iberia, abata
tu soberbia insensata,
y tu enhiesta cerviz humille y doble;
pues con tan grande y hórrido aparato
de orgullosos bajeles
y con pujante fuerza más que doble,
nos cediste del triunfo los laureles,
cuando tu brazo combatir podía
y vida te quedaba todavía!
No, no es esa la sendas
no es ese el porte que el honor señala;
tras tan fiera amenaza y tan tremenda
y pomposo arrogante desafío,
lazar debiste tu postrera bala,
perder debiste tu postrer navío!


VIII

Tú al cielo, oh patria, en tanto
alza la frente, de rubor desnuda,
y en noble orgullo tu vergüenza muda,
y en risa ufana tu rabioso llanto.
Tan claro triunfo al universo muestra
que, si castigas tarde
el ultraje alevoso de Castilla,
tan sólo fue por que la alzada diestra
te desarmó el cobarde
que mancillaba la suprema silla.
Bien patentizas lo que libre valles
de cadenas violentas;
y esplendorosa página hoy aumentas
de tu moderna Historia, a los anales,
que a la posteridad menos no asombre
que la que lleva de Ayacucho el nombre.
¡América divina,
en tus vastas llanuras solitarias
enciende tus volcanes,
como grandes aéreas luminarias
que no apagan los recios huracanes!
Y a los ecos profundos
de tus inmensos caudalosos ríos,
que se llevan al mar cual otros mares
de lechos áureos y de dulces ondas,
mezclen do quier tus bosques seculares
y vastas selvas tenebrosas y hondas
su música salvaje y voz agreste,
entonando magníficos cantares
que asciendan a la bóveda celeste!
Y tú, gigante emperador de ríos,
portentoso Amazonas,
que ufano naces de peruana fuente,
y de bosques umbríos
y de selvas antiguas te coronas;
apresura tu férvida corriente
por el vecino dilatado imperio,
tu festiva llegada anticipando
al poderoso océano de Atlante;
a quien la nueva venturosa anuncies
de nuestro triunfo y del desastre iberio,
y él alegre la cante
y la lleve al antípoda hemisferio.


IX

Y tú, 1a quien tan espléndida victoria
en grande parte adjudicar es dado;
recibe de la Musa, ilustre PRADO,
el sincero tributo y merecido
que el loor te anticipa de la Historia;
y de libre poeta
concede, atento oído
al libre canto que de un pueblo entero
la gratitud y afecto te interpreta.
Gózate en tanta hazaña
y sé grande y glorioso entre los hombres,
debelador de España,
que del magno Bolívar
y San Martín y Sucre entre los nombres,
con áureos caracteres ves escrito
de la gloria en el fúlgido volumen,
tu nombre por América bendito
y celebrado por mi altivo numen.
Y pues ves que te sobra
el favor de los cielos y tu estrella,
la sucesión de tus hazañas sella
y pon cima a tu obra:
con el principio venturoso en ella
el venturoso medio corresponda,
y el fin con uno y otro se compase:
de América cumpliendo la esperanza,
la interna paz con mano firme en honda
inconmovible base
para siglos cimienta y afïanza:
a ti por fin se deba que el peruano
valeroso guerrero
no desnude la espada
para hundirla en el pecho del hermano
en impía contienda,
y para herir la guarde al extranjero
que sus hogares codicioso invada
o que insolente su decoro ofenda.
La sangrienta Discordia furibunda,
domada por tu diestra victoriosa,
en los abismos hunda
el durísimo cuello,
y lívida cabeza ponzoñosa,
de quien son vivas hebras
y enmarañado y hórrido cabello
áspides silbadores y culebras.
Por ti el hijo segundo
del quinto hijo del Año
sea padre fecundo,
aurora lisonjera,
tras larga noche oscura,
de una divina era
de progreso, de paz y de ventura.


X

Entra a ceñir tus lauros, y contigo
los bravos campëones
que fueron el terror del enemigo:
ya os espera la ansiosa muchedumbre,
collados coronando hasta la cima
e hinchendo inquieta los vecinos valles;
de la opulenta Lima
ledos hollad las alfombradas calles:
cada privado hogar con puerta ornada
por vistosa flotante colgadura,
cual rostro amigo, sonreír procura
a vuestra fausta victoriosa entrada:
al son del atambor y los marciales
pomposos instrumentos
y al excelso clamor de las campanas,
que cuentan vuestra gloria al firmamento,
por los arcos magníficos triunfales
pasad con frentes del laurel ufanas:
ved de hechiceras vírgenes hermosas
coronados balcones y ventanas,
que con manos de nieve
blancas derraman y purpúreas rosas
y rica copia que sin tasa llueve
sobre vuestra cabeza, oh vencedores,
de cuantas bellas y fragantes flores
engendran en su seno
los esmerados huertos y pensiles
de la hermosa ciudad y campo ameno
en donde cuenta el Año doce Abriles.
¡Blanco e imán de innúmeras miradas
sois; a entusiastas gritos
hacéis abrirse innumerables labios,
y en sublime patriótico alborozo
palpitar corazones infinitos!
Os sonríe la virgen seductora
que siempre del valiente se enamora;
siente, al miraros, noble envidia el mozo,
os bendice entre lágrimas el viejo;
y hace el curioso infante
que la madre en sus brazos lo levante
para mirar el triunfador cortejo.
Y entre el sonoro universal concierto
de alabanzas unánimes que escucho,
también las suyas añadir advierto
a los ancianos héroes de Ayacucho.
Sobre los lauros nuevos
los antiguos ceñid, claros mancebos,
que a vuestras frentes tiernas y lozanas
trasladan ellos de sus nobles canas:
¡recibiendo en la férvida alabanza
que al héroe por el héroe se dispensa
la más alta y honrosa recompensa
que pudo ambicionar vuestra esperanza!


XI

Las densas olas blandamente abriendo
del vivo mar que vuestro pie embaraza,
hollad la bella y anchurosa plaza
donde se eleva el soberano templo:
allí os espera venerable anciano,
cuya rugosa frente
es ya la más antigua, en el cristiano
orbe, que mitra episcopal circunda,
y que la humilde gratitud profunda
que por merced tan clara
al Dios de las batallas debe el fuerte
se apercibe a ofrecer al pie del ara.
Subid, subid con religiosa planta
a la morada santa
del solo a quien humilla
su corazón el libre y su rodilla:
allí, puestos de hinojos, e inclinando
a las sacras baldosas
las coronadas sienes victoriosas,
gracias rendid con labio reverente
al dios de los ejércitos potente.
Él fue quien, de tan alto vencimiento
os concedió la suplicada palma:
él entusiasmo y generoso aliento
y heroico brío os infundió en el alma:
vuestro más débil brazo hizo robusto
él, y aceró sus decaídos nervios,
trocando doncel tímido en atleta;
y del contrario injusto
él quebrantó los ímpetus soberbios,
y le cubrió de confusión secreta.
Fue su divina protectora diestra
la que trazaba la invisible curva
que siguieran los globos inflamados
que lanzaba la vuestra,
y fue esa diestra, que al más fuerte turba,
la que ahuyentó las españolas naves,
cual desbandada turba
de temerosas aves;
y esa diestra será la que, si intenta,
corrido de su afrenta,
hacer de su fortuna nuevo ensayo
el soberbio español en mar o en tierra,
circunde nuevo lauro a vuestra frente,
más fulguroso que el del Dos de Mayo:
¡Gloria a Aquel, gloria a Aquel eternamente
que es el Dios de la paz y de la guerra!


XII

Tú que ya el eco de mi voz conoces,
ven, oh Fama, y aprendo el canto mío;
y sin cesar batiendo senadora
tus innúmeras alas y veloces,
del ardiente ecuador al polo frío,
del negro ocaso a la brillante aurora,
cántalo por doquier con tus cien voces;
llevando a los oídos
de las más solas gentes y apartadas
y más remotos pueblos y escondidos
las glorias de mi patria vencedora,
y la excelsa merced del poderoso
Dios de Israel cuya clemencia adora,
y cuyo nombre santo
coronará con esplendor radioso
este triunfal enardecido canto.


(1866)


Esta poesía forma parte del libro Obras poéticas (1872)