El falso Inca: 08

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​El falso Inca​ de Roberto Payró


VIII - EL NUDO DE LA INTRIGA


El único que no dormía en el campo de los conquistadores, aunque tampoco hiciese el menor ruido, era el padre Torreblanca. Recorría los valles, so pretexto de mansa evangelización, observando y escudriñándolo todo, y como si esto no bastara, muchas gentes astutas y hábiles estaban por él encargadas de informarlo. Servíase -como lo confiesa otro sacerdote, aunque no de la misma orden- «de algunas indias viejecitas, buenas cristianas y españolizantes, que todos los días y con diversos pretextos, repartíanse en varios rumbos, sin dar sospechas -porque son muy finas y solapadas, con perfecto disimulo saben introducirse donde quiera como seres invisibles, y penetran los más ocultos secretos». Los otros jesuitas coadyuvaban a la acción del padre Torreblanca. Por indicación de éste, y después de una excursión informativa, el padre Eugenio de Sancho escribió al gobernador Mercado y Villacorta, poniéndolo sobre aviso, desde el pueblo de Santa María de los Ángeles, en el valle de Jocavil. La carta, fechada el 13 de abril de 1657 -diez meses después de la secreta entrevista de Bohórquez con el gobernador-, comunicaba a éste, que «el general» (que así también comenzaba a llamarse al aventurero) había llegado casi en brazos de los curacas que, al saber su presencia en Choromoro, corrieron desolados en su busca. De Choromoro -continuaba el fraile-, «con alborozos y regocijos extraordinarios, le condujeron al pueblo de Tolombón, y de allí a los demás pueblos del valle, festejándolo y aclamando su llegada, como lo hubieran hecho con uno de sus antiguos Incas, cuya sangre reconocían en él»...

No dejó de alarmarse Mercado, pues la carta, aunque circunspecta, iba encaminada a ello, y envió un emisario a Bohórquez, llamándolo a su presencia. Como de costumbre, Carmen acudió solícita, con sus mejores galas y más eficaz hechizo. Y el estribillo se repitió:

-Vuecencia no debe extrañar lo que acontece -dijo resueltamente a Villacorta-. Es lo previsto y convenido de antemano, sin variante alguna. Los curacas recelan todavía -¡y hay que confesar que con razón!... Si no logramos desvanecer hasta sus últimas dudas -a lo que va encaminado cuanto hace Bohórquez-, jamás sabremos dónde ocultan sus tesoros.

-¡Pero yo sé dónde ocultas tú los tuyos! -exclamó a esta sazón Villacorta, ya tranquilizado, deteniendo a la mestiza, que aparentemente quería retirarse, pero a quien su antigua profesión de pampayruna tenía ya curada de espanto, pese a su amor por Bohórquez...

A la mañana siguiente, y cuando Carmen salía de casa del gobernador, hallose de manos a boca con Sancho Gómez.

-¡Hola, buena moza! -gritó sarcásticamente el soldadote, fingiendo buen humor-. ¡Parece que se madruga!

-Es la costumbre -replicó la mestiza sin turbarse.

-Poco ha de costar, cuando se duerme entre sábanas de Holanda y... en buena compañía.

-No sé lo que quieres decir -contestó Carmen, mirándolo bien al entrecejo con ojos de desafío.

Sancho Gómez se encolerizó:

-Lo que quiero decir es que se olvida demasiado a los amigos -dijo con voz reconcentrada.

-¿Y eso?

-Y que los amigos pueden revelar muchas cosas al gobernador: entre ellas, que el Inca no es Inca, ni Bohórquez Bohórquez, y que cierto Chamijo o Clavijo...

-Todo eso se lo dijiste ya -contestó Carmen, fría como el hielo-. Huelga la amenaza.

-Puedo repetirlo a los padres...

-Lo sabían antes que tú.

-¡Lo diré a los vecinos!

-¡Los vecinos obedecen, no mandan!

-¡Lo proclamaré a los indios!

-Ya es público y notorio... ¿Qué más quieres decirme, Sancho Gómez?

El soldado tirose desesperadamente el bigote y las barbas, mordiose los labios y por último consiguió rugir:

-¡Sois un par de bribones!

-No faltarías tú para el terno, si quisiéramos -dijo la mestiza encogiéndose de hombros y alejándose de Gómez que quedó masticando entre espumarajos la posible y dulcísima venganza...

Las cosas siguieron, pues, el mismo curso, y Mercado solía olvidar la intriga del falso Inca descubridor de tesoros, distraído por sus continuos viajes, en uno de los cuales el obispo fray Melchor de Maldonado y Saavedra quiso abrirle los ojos con sensatas y agudas palabras:

-¡Me consta -le dijo- que los hijos de los valles calchaquíes no amaron ni conocieron al Inca, sino sujetos con cadenas! ¡Menos lo reconocerán muerto, hijo mío! ¡Convéncete: aunque sepan que todo esto es fábula, quieren servirse de ello contra nosotros!

Don Alonso hizo algunas objeciones, balbuceó distingos... El obispo, desalentado, le contestó con una de las frases latinas que tanto prodigaba:

-Quos vult perdere Jovis dementat prius!

Pero si Dios enloquece previamente a los que quiere perder, la verdad es que Mercado -tanto como el mismo Bohórquez- tenía la mano forzada por los acontecimientos que provocara sin saberlos prever. Ya no era tiempo de volver atrás. La red tendida por los caciques y curacas, aprovechando la aventura del andaluz, abarcaba el país entero, desde Córdoba hasta Humahuaca (cabeza de ídolo), desde el Chaco hasta los Andes. Las poblaciones, nómadas de nuevo, después de adquirir mayor grado de civilización -y cuando ya eran agricultoras y manufactureras- a causa de persecución y tiranía de los conquistadores, habían vuelto a ser, por consiguiente, más aptas para el oficio de la guerra, y sus hombres de armas tomar comenzaban a dedicarse al merodeo, asaltando chasques y desvalijando viajeros... La creciente inseguridad de la campaña hacía que en ciudades y pueblos se viviera con el Jesús en la boca, y que los falsos rumores, las alarmas infundadas, los sobresaltos y las agitaciones no tuvieran tregua... ¡Un paso en falso podía, pues, precipitar el estallido de la rebelión latente, de la sublevación inevitable... salvo la augusta y suprema voluntad de Bohórquez, Huallpa Inca!...

De regreso a Londres, el gobernador volvió a llamar al aventurero. También esta vez acudió Carmen, pero con instrucciones precisas.

-Todo está a punto -dijo a Mercado-. Los indios no recelan ya, pero antes de entregarse por completo al Inca ponen una condición...

-Dila.

-Quieren un triunfo aunque sea parcial sobre la autoridad española, para creer en la de Bohórquez...

-¿Y qué triunfo puede ser ése? -exclamó Mercado con irritación.

-No se trata de nada tan difícil como vuecencia parece creerlo.

-¿Un triunfo de sus armas? ¡No lo consentiré mientras aliente!

-¡No hay tal necesidad! Que vuecencia le reconozca como Inca, y que por tal le reciba oficialmente en Londres, rodeado de su corte de curacas.

El gobernador dio un paso atrás ante la enormidad de la exigencia.

-Lo consultaré -murmuró al cabo de un rato de profunda cavilación.

La mestiza insistió, adulando:

-Vuecencia resolverá... ¡Él es el más sabio, y sus resoluciones siempre las mejores!

-¡Debo consultarlo! -repitió don Alonso.

Carmen, como si recordara un punto incidental y secundario, murmuró:

-El día que el Inca sea reconocido, los curacas revelarán a quien él señale, la situación exacta de varias minas y tesoros: lo han jurado por Illapa, el dios del rayo, ¡y no faltarán a tan terrible juramento!..

Villacorta vacilaba, perplejo.

-Quédate unos días en Londres, y te contestaré -dijo por fin-. ¡Tengo que consultarlo, debo consultarlo... no puedo obrar de otro modo!

-Vuecencia tiene de su parte el saber, la autoridad y... la responsabilidad misma. A nadie sino a vuecencia incumbe esto; nadie, sino vuecencia, puede resolver...

-Quiero consultar, meditar -contestó el gobernador, casi vencido-. Sea como sea no dejes de venir esta noche.

-¿Tendré la respuesta favorable?

-¡Eh! de algo hablaremos, en cualquier caso.

Cuantos consultó Mercado al día siguiente, hijosdalgo y gente de chupa corta, soldados y religiosos, se mostraron contrarios al pedido de Bohórquez, protestando de todo convenio con el falso Inca, y declarando que ya se había ido demasiado lejos en el camino de los desaciertos comprometedores. El anciano capitán don Pedro de Soria y Medrano -cuya descendencia vive y brilla aún entre nosotros-, caballero venerable, de consejo e influencia, fue el más resuelto condenador de Bohórquez.

-Por mucho que confiéis en ese titiritero -dijo a Mercado, entre otras cosas-, siempre será un personaje de feria. ¿Y no comprendéis que puede verse, y se verá sin duda, en el caso de elegir entre la muerte ominosa del traidor, infligida por los indios, o la insurrección contra el poder de España, que es traición también, pero cuyo castigo sería siempre más tardío? ¡Los hombres de su estofa no vacilan: eligen el camino de su seguridad, aun a costa de dejar en él su honra hecha jirones!...

Carmen volvió a la carga sin desmayo, y tanto hizo, de tal modo embriagó al gobernador con fantasmagóricas evocaciones de grandeza, riquezas y poderío, que éste, a despecho de todos los consejos y todos los vaticinios, acabó por decirle:

-¡Bien! ¡Que Bohórquez aguarde! Mañana me marcho a Rioja y Córdoba, pero antes de mi regreso le enviaré un propio, señalando el día de la recepción... ¡Tal es mi voluntad, pues no quiero que la envidia me detenga en mi camino!

En este juego de intrigas, falsedades y corrupciones, los indios no se habían dejado embaucar tampoco sino en apariencia, y sabían positivamente quién era Bohórquez, pero lo consideraban inapreciable instrumento de sus fines, como lo viera con ingenua sagacidad el obispo Maldonado, y con ojo de cóndor el padre Torreblanca, quien decía para sí, tras del divide ut imperes, algo menos clásico pero exactísimo en la circunstancia:

-La sublevación es inevitable, pero con un jefe como Bohórquez, necesariamente fracasará. Ahí no hay cabeza sino labia y audacia. Bueno es, pues, que el mando quede a este charlatán, embaidor e ignorante... Dará coces al aguijón... Y aunque perezcamos en una de ellas... la obra se salvará.

Y el padre Torreblanca no se opuso nunca al engrandecimiento del andaluz; pues, en definitiva, los frailes fueron quienes conquistaron América para España...

En suma, Bohórquez trataba de embaucar al propio tiempo a los indios y los españoles; el gobernador Alonso de Mercado y Villacorta quería servirse de los indios, los españoles y Bohórquez; los indios se esforzaban por utilizar a Bohórquez, el gobernador y los españoles, por consiguiente, hasta hallarse en buen pie de guerra y el padre Torreblanca, que veía esto tan evidente cual si estuviera impreso en su breviario, pensaba que todo ello redundaría fatalmente en la grande obra de que era silencioso e importantísimo colaborador.

Pero, en cambio, si don Alonso y Bohórquez estaban ciegos, los astutos curacas veían tan claro como el jesuita: no en vano estaban hechos al gobierno de hombres tan listos y disimulados, no en vano soñaban también con una grande obra. Sus espías estaban en todas partes, hasta en el seno mismo de las familias españolas, hasta en los cuarteles y cuerpos de guardia, en el presidio del Pantano, en los fuertes: ¡qué! hasta en los consejos, hasta en el propio gabinete del gobernador.

«Porque -como dice un historiógrafo- no hay raza que aventaje a estos indios en astucia, actividad, disimulo y unión; y cosas he visto que me hicieron suponerlos, más que hombres, duendes, si existiesen éstos».

Servirse de Bohórquez, valerse de sus conocimientos tácticos (pues como español debía poseerlos, a juicio de los indios), apoderarse de las armas de fuego que sin duda sabría procurarlas, y mantener dormidos y confiados a los conquistadores; tal era su plan, cuyos preliminares no tardaron en comenzar a cumplirse.

Cierto día, en efecto, llegó a Bohórquez un mensajero comunicándole que en la primera quincena de julio sería solemnemente recibido en Londres por el gobernador Mercado y Villacorta, con todos los honores debidos a su rango. Los chasques comenzaron a cruzar la campaña, convocando a curacas y caciques; los humos de antemano convenidos, trasmitieron en pocas horas la noticia, del uno al otro confín del Tucumán, y Bohórquez no tardó en verse en Andalgalá, donde estaba, rodeado por numerosa corte, representativa del pueblo entero.

Con ciento diecisiete caciques púsose en camino, pero en Pilciao, otro enviado del gobernador le pidió, en nombre de éste, que se detuviera allí, hasta tanto se terminaran los preparativos de la recepción, que eran grandes y exigían tiempo.

Una semana entera permaneció la corte incásica alojada regiamente en Pilciao por cuenta de la corona de Castilla y de León...


Capítulo VIII