El higo pintón

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EL HIGO PINTÓN


Me había llamado siempre la atención el rubor que cubría las mejillas de mi prima Aurora y de mi hermano Rafael, cada vez que delante de ellos se hablaba de higos o de higueras.

Sin embargo, jamás hubiera atinado con la causa de tal hecho si no hubiese sido por una indiscreción de la cartera de mi hermano, en cuyas hojas encontré, años hacen, la historia siguiente, que me dió la clave del misterio, y que hoy que ambos han bajado al seno de la tierra, agobiados por el peso de los años, no me quiero privar del placer de hacerla conocer por mis lectores.

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Criados juntos, Aurora y yo, gozábamos de amplia libertad en nuestra casa y en la de ella, para entregarnos a nuestros juegos infantiles en el jardín, sin tener fijos sobre nosotros los ojos de las madres o de las sirvientas.

Nos habíamos desarrollado en esa intimidad y nuestros padres ni nadie en la familia se había apercibido que ya habíamos pasado el período de la niñez.

Siempre seguíamos siendo los muchachos para ellos y aún para nosotros.

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Un día, a esa hora llamada de la siesta en que el sol calcina la tierra obligando hasta a los pájaros a buscar un reposo a la sombra, jugábamos ella y yo bajo la más frondosa higuera del huerto, con toda la alegría inherente a nuestros catorce años bien contados.

Nos entreteníamos inocentemente en contarnos cuentos —repitiendo por la millonésima vez la historia de «Juan Sin Miedo» y del «Loro Encantado» que nos había referido la vieja sirvienta— mientras descortezábamos varillas que bañadas en pega-pega, nos proporcionarían una colección de cantores jilgueros, de barullentos chingolos o de chistadoras tacuaritas.

De repente ella, levantando sus ojos a la copa del árbol que nos cobijaba, y atravesando las verdes y ásperas hojas con su mirada, me dijo:

— Mira, Rafael, mira.., allí hay un higo pintón... ¡es el primero!

— ¡Qué pintón!... ¡Todavía no es tiempo de higos!

— No Rafael... si es pintón!... ¡Yo lo veo! Y me acuerdo que al decir esto sus labios se movían como si saborearan aquella fruta delicada.

Viendo que yo no hacía caso a sus palabras y amenazaba continuar el cuento interrumpido, me dijo:

— Bájamelo... ¿quieres?

— ¡No!... ¡Hay mucho sol!

— Entonces yo lo bajo... ¡pero no te voy a convidar por haragán!

— ¡Qué me importa!

Ella trepó al grueso y mudoso tronco sin que yo me apercibiera y luego que estuvo arriba, me gritó:

— Che... Rafael... fijate si voy bien... derecho al higo!

Levanté la cabeza con desgano y miré para arriba.

No sé lo que pasó por mí ¡lo que recuerdo es que me levanté, tiré la varilla y me acerqué al tronco añoso mirando encantado a mi prima Aurora desde abajo.

Fué en ese instante que noté la expresión picaresca de su carita rosada, coronada por cabellos de oro, finísimos; sus ojos azules que entre las hojas verdes se parecían a las campanillas silvestres que todas las mañanas recogíamos en los alrededores del invernáculo y su cuerpo gracioso en que se comenzaban a dibujarse sus formas, puestas más de relieve por el esfuerzo que hacía para mantenerse asida a las ramas.

Con la boca abierta la admiraba y su voz me sacó de mi admiración.

— ¡Dónde está el higo pues... Sonso!

— ¡Si no sé donde estaba!

— Quedaba arriba de dos gajos gruesos que se cruzan... ¿Pero que diablos miras?... Busca el higo.

Y tras largo rato de buscar, mi prima encontró la fruta que me había proporcionado el placer de verla en todo el esplendor de su belleza.

Era efectivamente un higo pintón.

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Cuando bajó del árbol, yo estaba encendido como una grana y no me atrevía a mirarla.
Ella vino hacia mí trayendo su conquista en la mano y sin notar mi turbación la alzó hasta la altura de sus ojos y me dijo:

—¿Ves que era un higo?... Me dan ganas de no convidarte!

Levanté la vista y la miré, de tal manera probablemente, que leyó en mis ojos los sentimientos que me agitaban, ruborizándose hasta el borde de sus orejitas pequeñas y rosadas.

—¿Qué miras?

—Tus ojos... ¡tan lindos!

—¡Pues no!... ¡vamos a comer el higo!

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Y nos sentamos en el viejo banco de hierro pintado de verde, donde mi madre, pasada la siesta, venía a coser.

Comenzó a descascarar la pequeña fruta aún no completamente ennegrecida y luego que terminó quiso partirlo con los dedos.

—¡No lo partas!... ¡muérdelo por la mitad!

—¡Oh!— ¿Sabés que es gusto?...

—Bueno, trae yo lo muerdo.

—No, ¡te lo vas a comer todo!

—Es que si lo partes con los dedos me vas a dar el pedazo más chico!
Y la disputa terminó porque yo le arrebatara la codiciada fruta ya pelada.

—Bueno... ahora si quieres higo lo has de comer en mi mano.

—No quiero...

—¡Entonces no comes!

Y concluimos porque yo le pusiera en la boca la parte que le correspondía.

En mi mente había surgido la idea de darle un beso y aproveché la circunstancia para satisfacer mi deseo.

Al ponerle entre los labios el pedazo de fruta codiciada, me incliné sobre ella y abarqué toda su boquita rosada con la mía.

Se rió franca y alegremente y mientras mascaba el higo pintón, me devolvió mi beso.

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Desde ese día todas las siestas buscábamos higos pintones, y en vez de contarnos cuentos, pasábamos el tiempo besándonos y comiéndolos en sociedad.

Después, cuando los higos maduraron, llegamos a tener la revelación de algo que mejor hubiera sido no se revelara y para comerlos, nos ocultábamos generalmente ya en el invernáculo a cuyo alrededor crecían las campanillas azules, otras en el banco donde comimos el primer pintón, que aquel año encontró mi graciosa prima Aurora.


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