El imperio jesuítico/Las dos conquistas

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Las dos conquistas

El estudio comparativo de la doble corriente conquistadora que dominó el antiguo Paraguay, requiere un cuadro histórico á grandes rasgos, desde 1526, año de la exploración de Gaboto que abrió el país á la conquista, hasta 1610, cuando empezaron los jesuítas sus tareas, para que el lector se dé cuenta de la situación general. Breve será esto, y al concluirlo, nos encontraremos ya enteramente en la cuestión.

Tomaré la denominación genérica de «Paraguay» aplicada al país hoy dividido entre la República Argentina, el Brasil, el Paraguay moderno y Bolivia, pues con tal nombre distinguían los jesuítas á la provincia espiritual que erigieron en estas comarcas. Abarcaba ella el Tucumán, el Río de la Plata y el Paraguay, cuyos límites orientales de entonces llegaban hasta muy cerca de la ribera atlántica, y como veremos luego, semejante división no fué puramente una expresión geográfica. De tal manera el nombre adoptado, fuera de lo que simplifica la cuestión, corresponde al plan mismo de la obra.

Como en su transcurso he de referirme indistintamente á las posesiones españolas y portuguesas, creo oportuno advertir que en caso de duda ó contradicción entre los escritores de ambas nacionalidades, he adoptado por lo común el criterio de los correspondientes á cada una, como regla de prudencia y de imparcialidad.

La conquista del Plata había quedado interrumpida por la catástrofe de Solís, hasta los años 1526-27, durante los cuales Gaboto y García entraron al estuario, llegando el primero al Salto de Apipé y explorando á su regreso el río Paraguay, hasta cerca del punto donde se fundaría luego la Asunción, así como una parte del Bermejo.

Ciertos historiadores portugueses, han dado por cierto que cuatro compatriotas suyos, enviados por Martín Affonso de Souza desde San Vicente en 1526, atravesaron el Paraguay hasta el Perú en viaje de exploración. Creo que se trata de un lapsus, en cuya virtud se atribuye á los portugueses una expedición enteramente española.

Hasta por las fechas y el itinerario, resulta en efecto análoga á aquella de los compañeros de Gaboto, que saliendo del fuerte de Sancti Spiritus en línea recta al O., reconocieron la región de Cuyo; faldearon la Cordillera y llegaron al Tucumán, remontándose por él hasta el Cuzco. Iban á las órdenes de un oficial apellidado César, y habiéndoseles llamado por extensión los Césares, dieron origen á la fábula de las quiméricas ciudades de este nombre.

La expedición portuguesa, parece, entonces, una adaptación fantástica. No hay, en efecto, otro dato sobre ella, que el de Ruy Díaz de Guzmán, quien se equivoca desde el principio, pues atribuye al mencionado capitán lusitano el envío de una expedición imposible, dado que éste no arribó al Brasil hasta 1530. Un escritor que se equivocaba en tal forma, á ochenta y dos años de los hechos narrados (compuso su «Argentina» en 1612) merece ciertamente poca fe. Por otra parte, la forma y el número de las cifras no dan asidero á una suposición de error caligráfico, mucho más cuando en el capítulo siguiente se incurre en uno más grave aún, dada la notoriedad del hecho, teniendo por realizado en 1530 el viaje de Gaboto.

Esta nueva errata, probaría que la expedición brasileña de que hablo más arrriba, fué la misma de los Césares, pues atribuye á Gaboto la fecha del viaje de Souza, siendo ya dos deficiencias concurrentes al mismo fin.

Fuera perfectamente natural, sin embargo, suponer una transposición del número (1526 por 1530) dado que el habitual desgaire de los cronistas españoles, sobre todo en lo referente á fechas y graduaciones geográficas, tenía por digna continuación las trocantintas peculiares del copista [1], pero hay otros lapsus más redondos y en los cuales no cabe ya explicación.

Así, por ejemplo, nuestro desenfadado historiador atribuye á Américo Vespuccio el descubrimiento del Brasil, y afirma que Solís regresó á España en vez de haber sido muerto por los charrúas...

Sirva este caso de tipo al lector, para que aprenda á desconfiar en materia de papeles antiguos-que suelen ser tenidos por las mejores-y para que valore el mortal fastidio inherente á semejantes compulsas. Leer y citar es nada; lo arduo está en controlar [2] lo que se cita.

Como quiera que sea, el caso es que el Brasil progresó mucho antes que el Paraguay, estribando en esto el comienzo de su rivalidad histórica.

Sesenta años después de su descubrimiento, la posesión portuguesa exportaba ya algodón y azúcar con tanto éxito, que este último producto contó por 32.000.000 de francos al empezar el siglo XVIII. Las nueve Capitanías en que estaba dividida, florecieron presto, existiendo en todas ellas casas de la Compañía de Jesús.

Este progreso, que era una amenaza indirecta, dado lo vago de los términos geográficos empleados por el Papa Alejandro para redactar su conocida bula arbitral,[3] y sabiéndose que en el Brasil existía una administración regular desde 1530, ocasionaron la expedición de Mendoza, entre el entusiasmo causado por la de Gaboto.

Puede decirse que con Ayolas, enviado por aquél en reconocimiento, empieza recién [4] la verdadera conquista. Subió por los ríos Paraná y Paraguay, venciendo fácilmente la escasa resistencia de las tribus ribereñas; fundó la Asunción, y continuó su viaje hasta Candelaria. Ordenando á Irala que le esperase allá con la escuadrilla durante seis meses, atravesó el Chaco y llegó hasta las fronteras del Perú, de donde regresó con algunas piezas de plata, siendo muerto por los mbayás y serigués entre los cuales se había establecido al no encontrar á sus compañeros.

La tenaz oposición de los indios de Buenos Aires, que amenazaban malograr toda fundación, mientras no se tuviera una base sólida de operaciones sobre ellos, acarreó el abandono definitivo de la nueva ciudad y la reconcentración consiguiente de todos sus elementos en el Paraguay, donde los naturales se manifestaban más dóciles. Éste tuvo desde entonces, y á pesar de su carácter mediterráneo, la superioridad política que por tan largo tiempo iba á conservar.

Durante el gobierno de Ayolas y los comienzos del de Irala, la guerra no fué el único trabajo de los conquistadores, pues éstos, con una actividad ciertamente admirable, dadas sus expensas, fundaron trece pueblos en aquellos territorios.

Irala había sido electo popularmente gobernador; pero el arribo de Alvar Núñez, Adelantado real, le despojó del mando. Para llegar á su sede, éste acababa de realizar la segunda gran expedición por tierra á través de la comarca, en un viaj de ocho meses, desde el río ltabucú frente á Santa Catalina, hasta la Asunción, ó sea en un trayecto de trescientas leguas.

De orden suya, Irala efectuó la tercera, con el objeto de franquearse un camino hasta el Perú y unificar la acción conquistadora, dándose la mano con aquellos expedicionarios. Sin idea clara todavía sobre el inmenso territorio intermedio, los conquistadores paraguayos procuraban su acceso al país del oro; y la Corona que veía en él un centro político, procuraba darle, con miras de economía y de administración, la mayor zona de influencia posible, fomentando aquellas exploraciones.

Irala regresó con informes, habiendo llegado hasta los 17° de latitud, y entonces el Adelantado intentó por su cuenta el acceso; pero la inundación de las tierras le redujo á volverse.

Depuesto por el descontento de sus soldados, á quienes había querido imponer reglas de disciplina, predicando con el ejemplo de su honradez y de su cultura, que no hizo sino exasperarlos más, su intrépido teniente emprendió otra vez el camino del Perú.

Esta expedición señala el hecho importante de que los indios empezasen á figurar como aliados de los españoles en sus guerras civiles, pues demuestra que ya se había producido entre ambas razas un principio de fusión.

Consiguió Irala por fin llegar hasta Chuquisaca, resolviendo no pasar adelante por el estado político en que se hallaba el Perú, á objeto de evitarse compromisos con los bandos en lucha.

Envió desde allí á Nuflo de Chaves, con una solicitud á La Gasea para que lo confirmase en el gobierno, regresando al Paraguay donde á tiempo debeló la usurpación de Abreu. Poco después llegó Chaves, el cual, con aquel doble viaje, acababa de realizar la expedición más notable que haya salido del Paraguay.

Los indios de la Guayra, duramente explotados por los portugueses que los esclavizaban, reclamaron la protección de Irala, cuyo renombre se extendía ya hasta por la selva como un símbolo de prestigio y de justicia. Acudió el conquistador á la demanda, recorrió entera la región, estableciendo el dominio español sobre blancos é indios, y abriendo de este modo una vía de comunicación entre su sede y tan lejana barbarie.

Hasta entonces la conquista se había realizado sin ninguna intervención religiosa, de tal modo que recién al año siguiente de esta última expedición (1555) llegó al Paraguay su primer obispo. El territorio ocupado después por el Imperio Jesuítico, estaba completamente abierto ya, no obstante su extensión, con más otras regiones adonde no llegó nunca la expansión misionera.

Dos nuevas expediciones á la Guayra, acabaron de cimentar en ella el prestigio español: una de Chaves, que buscaba salida al Atlántico por la costa del Brasil, y otra de Ruy Díaz Melgarejo, que fundó en dicha provincia la Ciudad Real.

No se había perdido la idea de buscar comunicación directa al Perú, é Irala envió á Chaves nuevamente con tal objeto. Ya no volvería á verle, pues murió antes de su regreso, pero aquel infatigable conquistador había cumplido sus órdenes con éxito extraordinario. Recorrió en efecto la provincia entera de Chiquitos, y el Matto Grosso, verdaderas regiones de leyenda cuyo acceso requería una constancia rayana en obstinación y una intrepidez realzada al heroísmo. Ya sobre la actual Bolivia, encontróse con Manso que venía del Perú. Disputaron sobre la posesión de aquellas tierras, que le fueron adjudicadas por el Virrey, y á su regreso fundó la ciudad de Santa Cruz.

Gonzalo de Mendoza, heredero de Irala, murió un año después de su elevación al gobierno, nombrándose en su reemplazo á Ortiz de Vergara, con quien empezó la serie de motines y golpes de mano, en que la ingerencia política del clero se manifestó por primera vez.

Entre tanto, habían continuado las fundaciones, hasta alcanzar, sumadas con las trece antedichas, el número de veintiocho en setenta y cuatro años.

Azara, en su lista de pueblos, incluye como laicas las trece primeras reducciones de la Guayra; pero no creo que deba imputarse este error á malevolencia sectaria con objeto de desprestigiar la obra jesuítica; pues de Moussy, en quien ya no cabe igual sospecha, lo reprodujo. Es verosímil suponer una confusión con las trece fundaciones efectuadas en los años de 1536-38 por Ayolas é Irala, dado que la coincidencia del número, tanto en las jesuíticas como en las laicas, pudo motivar el trastrueque; y sin que esta explicación pretenda discutir el sectarismo de Azara, indudable por otra parte.

La conquista laica tuvo en Irala su dechado. Hombre de gobierno ante todo, su administración dió la pauta á las organizaciones futuras, que nunca pudieron sobrepujarla. Su intrepidez y su rectitud, combinadas en admirable equilibrio, le conciliaron el afecto de los indios y de los blancos.

Legislador, sus reglamentos gobernaron por muchos años el Paraguay, siendo ahora mismo, y en atención á la sociedad que organizaron, un modelo de sabiduría política. Incansable en sus empresas, dilató los límites de su territorio hasta puntos que no fueron alcanzados sino doscientos cincuenta años después; y sus expediciones al Perú, no han vuelto á repetirse.

Más político que Alvar Núñez, cuya rigidez se volvió odiosa ante sus compañeros, él supo conciliar la severidad con la blandura, hasta hacerse idolatrar por los soldados, que le veneraban como á un padre, y amar por los indios como á un justiciero protector.

La influencia española alcanzó á su impulso el máximum de eficacia. Dejó planteada en grande escala ya, la industria de la yerba, que formaría hasta hoy, puede decirse, el principal recurso del país, siendo notable, entre otras explotaciones, la de Mbaracayú en la Guayra. El plantel de ganado mayor y menor, quedaba arrojado en las selvas y praderas como proficua simiente, que á los pocos años ya fué cosecha asombrosa.

Basta, en fin, para apreciar en conjunto la importancia de la conquista laica, saber que desde 1526 hasta 1610, fundaron los conquistadores casi tantos pueblos como los jesuítas en siglo y medio, á pesar de que éstos tuvieron la senda abierta.

Las poblaciones laicas alcanzaron á veintiocho, como dije antes, debiendo agregárseles diez ciudades, de importancia relativamente considerable [5]; mientras los jesuítas, que en los cinco primeros lustros de su apostolado fundaron diecinueve pueblos, no llegaron sino á catorce durante los ciento treinta y tres años medianeros de 1634 á 1767, figurando entre ellos seis, creados con indios de reducciones ya existentes.

Quedaba expedito, además, el camino del Perú; abierta una salida al Océano, que es decir á Europa, por el Marañón; demostrada la posibilidad de comunicarse con el Tucumán á través del Chaco, según lo había probado Diego Pacheco en su travesía de ida y vuelta desde Santiago del Estero á la Asunción; establecido desde 1573 el contacto entre las conquistas peruana y platense, con la fundación simultánea de Córdoba y Santa Fe, y todo esto casi sin sacerdotes, ó á lo menos sin su concurso especial.

Los primeros españoles sólo tuvieron uno. Veinte años después de la conquista, en plena acción expedicionaria y fundadora, apenas había diecisiete, incluso el obispo y canónigos, y treinta años después, veinte por todo.

Facilitaron aquella expansión puramente laica, las tendencias regalistas de la Corona, para quien la Iglesia fué al principio un subalterno, con frecuencia humillado y siempre contenido; pero el auge de los jesuítas, con todas las complicaciones y concurrencias ya enunciadas, engendró la reacción, incorporándolos al país, en tiempo de Hernandarias, como un elemento conquistador.

Su intervención quedó justificada desde luego, por el mal trato creciente que se daba á los naturales. Ya en 1496, Peralonso Niño había llevado á España el primer cargamento de indios esclavos; y es sabido que treinta años después, Diego García envió otro á un comerciante de San Vicente (Brasil) con quien tenía contrata por ochocientos, para ser remitidos á Europa; lo cual demuestra la regularidad del tráfico. Al suspenderse éste, la encomienda lo reemplazó como medida interna. Hernandarias pudo decir con razón á unos indios tomados en 1593, con un cargamento de yerba, que lo mandaba quemar en su presencia, presintiéndolo como causa de su ruina. Desde que empezó por entonces la explotación de los yerbales del actual Paraguay, la extinción de la raza fué problema resuelto.

La conquista no era una colonización, y traía aparejadas para los vencidos todas las consecuencias de la guerra. Poco tenía en qué efectuarse el saqueo, dada la pobreza de los naturales; pero la necesidad de mujer, que tan irritantes desmanes ocasiona en semejantes casos, y mucho más con tales hombres, así como la crueldad exasperada por el eterno chasco del oro, causaron horrorosos vejámenes.

Después del combate de Guarnipitá, que trajo por consecuencia la fundación de la futura capital paraguaya, figuraron en el tributo de guerra impuesto á los indios, siete muchachas para Ayolas y dos para cada uno de sus compañeros, siendo esto la regla general.

Schmídel, actor en lo más recio del drama, y á quien no puede sospechársele exageración, dada la escasa jactancia de sus narraciones, cuenta que en la expedición contra los agaces, todos los pueblos de éstos fueron quemados. La lujuria del conquistador, está visible en la calificación de «hermosísimas y lascivas» que da á las mujeres de los jarayes, lo cual demuestra que las frecuentó; así estuviera aquella hermosura muy exagerada, como es probable, por el celibato forzado del narrador. Durante año y medio de expedición, cautivaron, dice, en las tierras de los guapás, doce mil indios; habiendo soldado raso que tenía cincuenta para su servicio. Con exageración y todo, la realidad de la esclavitud no sería menos evidente.

El instinto aventurero se sobreexcitaba hasta lo increible en aquellas comarcas, cuyo aspecto decorativo producía, y con mayor razón en los espíritus predispuestos, un delirio de grandeza teatral. La solemne espesura, inspiraba con su misterio; cada matorral podía esconder la fama ó la fortuna; los obstáculos no eran sino un incentivo mayor á la constancia, exagerada por una heroica rivalidad. Endilgados en el bosque virgen, al rastro de tal cual fábula que en caprichosa etimología derivaban de una palabra ó mito indígena, ya no habían de volver sino con la certidumbre por premio.

Crédulos acogieron la leyenda de las perlas en tal laguna del Chaco; la referencia de aquel peñón de plata que resplandecía en medio del Paraná, camino á la Guayra; los cuentos de dragones y de pigmeos; la existencia de mitológicas amazonas...

Su transcurso quedaba señalado por la devastación. Incendiaban una aldea como quien prende un fuego de artificio, y allá quedaba el tendal de violaciones y de adulterios, comentando las orgías de una noche. Al padecer ellos tanto en sus jornadas, en poco tenían el dolor ajeno; mucho más tratándose de seres tan inferiores, que hasta la humanidad se les discutía. Un feroz individualismo reinaba en aquellas huestes, apenas vinculadas por la propia inseguridad. El botín, precario casi siempre, ocasionaba disputas cuya inmediata consecuencia era el homicidio. En torno de la fogata que formaba el corazón del vivaque, antes que los pucheros funcionaban los cubiletes. Ni la fatiga de jornadas terribles, ni las heridas del dardo salvaje, extinguían aquella pasión en sus férreas naturalezas. Y entrada la alta noche, bajo la sombra de aquellos bosques sin rumores, que atemorizaba á veces el rugido de algún jaguar en ronda, salían del atroz peladero para improvisar sus tálamos brutales en el rebaño de cautivos, ó para dirimir en el asesinato anónimo una apuesta infortunada, una fullería, una broma quizá.

Dogos sobre un hueso, á puñaladas y arcabuzazos disputaban la menguada presea que la suerte les ponía al alcance, en los cabellos de alguna india opulenta, estando su avaricia en razón directa de la escasez. Cómplices, no compañeros, aquellas expediciones los unían como un delito; y sólo por indefensos prefería á los indios su ferocidad. Allá dominaban exclusivos el coraje y el interés.

También así eran de tremendas sus penurias. La naturaleza oponía de sobra la resistencia que el aborigen no supo organizar; y si aquel desenfreno de los instintos, tan característico de la guerra, trajo consigo, como parece, la obstinación demostrada por los conquistadores, en un verdadero apogeo de fuerza bruta, justo es confesar que á él se debió la conquista.

Schmídel nos ha dejado en su narración, un cuadro por demás interesante sobre aquellas exploraciones de la selva tropical. Se refiere á la que, capitaneada por Hernando de Rivera, envió Alvar Núñez para descubrir el imperio de las Amazonas.

Una vaga relación de los indios, á la que mezclarían, como es natural, sus mentiras de práctica, embrollándola más aún con su costumbre de adherirse á cuanta conjetura se les propone-decidió la expedición.

El fantástico imperio quedaba, según sus inventores, á dos meses de viaje por la selva inundada; pero ni esto arredró á los exploradores. Tribus, terreno, arboledas, animales, régimen meteorológico de la región, todo les era desconocido. Caminaron durante quince días por un interminable pantano, llevando á la rodilla y á la cintura el agua, que los soles tropicales calentaban hasta una mórbida tibieza en la cual bullían pestíferos fermentos. Con ella apagaban su sed, exasperada por la fiebre que en ella misma bebían. Los gajos de los árboles eran sus lechos. Para comer, encendían sus fuegos sobre pértigas entrelazadas, á modo de trébedes gigantescas. Todo caía en ocasiones al fango, y los últimos días de aquel viaje, ya no hubo más alimento que el cogollo de las palmeras.

Llovía entre tanto espantosamente, inundándose cada vez más la selva, y sin que por ello una ráfaga de frescura aliviara la emoliente asfixia de aquel lúgubre sudadero. Todas las sabandijas del bosque, exaltadas por la germinante humedad, se abatían sobre los expedicionarios en ferocísimos enjambres. Pero nadie intentó retroceder. Más pálidos que espectros, chapaleando pesadamente con el pantano eterno sus propias disenterias, devorados por comezones enloquecedoras, delirantes de hambre, furiosos de clausura entre aquella fronda con su ambiente de sótano, latigueados por funestos escalofríos bajo los chaparrones, profundizando su silencio lóbrego entre el agua implacable-ninguno, sin embargo, desfalleció; y tiene algo de dantesco aquella feroz pandilla, que arrastra sus lodientos harapos bajo ese bosque, medio engullida en líquida tumba por el charco cálido y muerto como una jofaina de pediluvios.

Treinta días duró aquello, pues fueron y volvieron á su través; y si hubo motines, se debieron á la disciplina que intentó imponer el Adelantado para contener las depredaciones. El saqueo y la lujuria componían su pitanza de tigres, que no había podido arrebatarles el Papa mismo.

Así fueron los dominadores del salvaje.

Conforme á cédula real, Irala había empadronado y repartido con perfecta equidad los primeros indios en número de veintiséis mil.

A este objeto, se los dividía en dos clases. Los yanaconas ó vencidos en guerra, que componían las encomiendas perpetuas; y los mitayos, sometidos voluntariamente ó por capitulación, en cuyas encomiendas sólo trabajaban los varones de dieciocho á cincuenta años. Su tarea anual no debía exceder de dos meses, quedando libres el resto del tiempo, y es difícil concebir nada más humanitario; pero como el gobierno, en el intento de abrir cuanto antes el país, permitía las expediciones particulares contra los indios, y el consiguiente establecimiento de encomiendas yanaconas, que eran naturalmente la más solicitadas-las mitayas quedaron abolidas de hecho.

Su institución fué algo así como la coartada moral del poder; pero dadas las costumbres y el concepto legal predominantes, la excepción se convirtió en regla, acentuando más todavía el carácter de conquista que revistió la ocupación.

Igualmente desusadas quedaron las obligaciones que la Corona imponía á los encomenderos, en lo relativo al trato de sus indios. En una y otra clase de encomienda, el dueño no podía venderlos ni abandonarlos, aun por razones de enfermedad; estaba así mismo sometido á cuidarlos, alimentarlos, doctrinarlos, darles oficio; y existía además otra prescripción, que comportaba una verdadera garantía del porvenir: tanto los yanaconas como los mitayos, quedaban libres á las dos generaciones, con la sola carga de un módico tributo.

Todo lo concerniente á las relaciones entre el indio y el encomendero, era un sentimentalismo de aplicación imposible; pero aquella manumisión constituía una sabia medida de gobierno, pues prevenía radicalmente el daño de la esclavitud perpetua. De persistirse en ella, nada le habría faltado á la conquista laica para su éxito completo; pero la tendencia improvisadora de una legislación arbitraria y enteramente formal, hizo fracasar el experimento en una crisis de impaciencia. Una expedición desgraciada [6], bastó para dar por muerto el fruto que iba á lograrse quizá, poniendo en otras manos su cultivo.

Mientras, las provincias de Vera y de la Guayra llevaban ya cincuenta años de régimen encomendero; así es que sus indios iban á entrar en libertad, cuando fueron entregados á los jesuitas.

No creo que aquello hubiera dado mucho de sí, pero el ensayo no se hizo, y queda la duda, existiendo además una circunstancia que tiende á reforzarla.

Como los españoles no trajeron consigo mujeres, su unión poligámica con las indígenas produjo numerosos mestizos, libres según la voluntad real, cabiendo inferir que su contacto con los indios, habría podido ser benéfico para éstos; pero insisto en que sólo se trata de conjeturas.

El hecho establecido es que las encomiendas constituían, á despecho de las leyes, una esclavitud efectiva, considerablemente agravada al aumentar la explotación de los yerbales. Aquella especulación desaforada, que hoy mismo es una tiranía odiosa, abolió toda noción de piedad y hasta de respeto por la vida humana.

La semi-esclavitud del indio venía á redundar en contra suya, pues no habiendo capital invertido en él, su dueño no tenía interés en conservarlo. Trabajaba con bestial exceso, y tan hambriento, que á veces sucumbía de inanición sobre su carga. A la par seguía cebándose en sus filas la crueldad conquistadora, y su disminución fué tan rápida, que en algunas partes estaba reducido al uno por mil.

Apenas se le concedía carácter de hombre, aunadas la filosofía y la teología para declararlo, además, esclavo de nacimiento. La encomienda, instituci6n feudal que prosperó durante casi toda la Edad Media, arraigaba como planta indígena, sin que nada pudiera contener sus abusos, sobre la raza servil é indefensa y sobre el ánimo del conquistador, más regresivo, si cabe, al revivir sus cualidades de paladín en un medio que imperiosamente las suscitaba.

Su incapacidad productiva y su desdén por el trabajo, volvían más pesada la opresión, desde que él se limitaba á mandar siervos: sin colaborar en sus tareas, residiendo aquí su diferencia substancial con el colono.

Quizá habría bastado para contener sus desmanes, un patronato espiritual de los indios; pero la Corona no sabía conciliar, siendo la intolerancia su característica, y los jesuitas eran demasiado absorbentes para resignarse á una participación. El ensayo de teocracia iba á realizarse, pues, con toda amplitud.

Los primeros religiosos que predicaron el evangelio á los guaraníes del Paraguay propiamente dicho, fueron los franciscanos Armenta y Lebrón, que Alvar Núñez halló en Santa Catalina en 1541; pero ya antes dije que los sacerdotes no tuvieron influencia sensible durante la conquista laica.

Propiamente considerada, la «conquista espiritual», que así la llamaré adoptando la denominación de uno de sus más célebres autores (el P. Montoya) comenzó al finalizar la expansión descubridora de la otra, empalmando con ella en su concepto substancial.

Los primeros jesuitas que la raza guaraní conoció, llegaron al Brasil en 1549. Desde 1554, este país formó una provincia espiritual; y los P.P. empezaron sus fundaciones, internándose rápidamente desde el litoral atlántico hasta las nacientes del Paraná, y elevando á treinta su número. Una de ellas, la de Manizoba, estaba situada en la Guayra misma.

El lector sabe ya que la rápida prosperidad brasileña, puso en guardia al gobierno español, motivando la expedición de Mendoza. No constituían la menor fuente de recelo aquellas reducciones, que empezaban á fundarse en el propio territorio español; pues los P.P., lógicos en esto con su política, obedecían á los gobiernos bajo cuya jurisdicción se encontraban, haciéndolos servir por tal manera al interés general de la orden. Esta no conocía patria, teniendo por tanto una superioridad inmensa sobre aquellos, en cuanto á la unidad de su acción y á la multiplicidad de sus medios.

La evangelización de las tribus guaraníes, que dió su base experimental al proyecto del Imperio futuro, había empezado con método admirable. Las capitanías del Brasil eran otros tantos centros de operaciones, que aspiraban á entenderse naturalmente con los establecidos en el Tucumán; pero necesitaban para esto de un foco intermedio, siendo inaccesible la distancia entre ellos, y el Paraguay se presentaba desde luego. Lo que la conquista procuraba realizar de su parte, acomodándose á las circunstancias creadas por descubrimientos sin plan, los jesuítas concibiéronlo con adoptarlo en el territorio ya poseído.

Aventajaban á los demás en el conocimiento previo, que para aquella había sido consecuencia fortuita, y tenían mucha mayor capacidad para organizar una empresa, por su férrea disciplina, la simplificación de método que suponía su renunciación de todo incentivo terrenal, en bien de su orden, y el concurso, para este fin, de las grandes Inteligencias con que contaban.

En 1588 llegaron los primeros al Paraguay, enviados desde el Brasil. Eran experimentados misioneros y sabían el guaraní. Su acción iba á buscar, en sentido inverso, el contacto que había insinuado treinta años antes, por la Guayra, aquella reducción de Manizoba, malograda en su intento á causa de su origen portugués, que la hizo naturalmente sospechosa para los expedicionarios españoles sobre aquel territorio.

Al situarse en la Asunción, aquellos jesuítas se colocaban bajo la influencia española, salvando así los celos patrióticos, mientras sus compañeros del Brasil seguían de consuno la obra proyectada. Pero como España era la más fuerte, y como sus dominios llegaban hasta la misma costa de aquel país, los últimos se limitaron á conservarse en ella. El Paraguay fué el centro de irradiación elegido, y la unidad de la acción que se intentaba quedó establecida de allí á poco, por la constitución de la provincia espiritual, que abrazaba, como se recordará, regiones tan diversas.

De tal modo revelaba aquello una acción futura, que la comunicación entre dichas regiones no existía. A ser la tal provincia una mera subdivisión, que la desprendía del Perú para facilitar su administración espiritual, habría debido crearse otra en el Tucumán. Es que mientras la conquista laica seguiría buscando su contacto con el Perú, desde aquel centro y desde el Paraguay, la espiritual, más audaz, más lógica, y sin el estorbo de los límites territoriales, orientaría todas sus aspiraciones á conseguir el desahogo marítimo por la costa del Brasil.

La primera, dirigida desde España sobre la base de informes no siempre desinteresados y fieles, tuvo por norte el miraje del oro; con más que las posesiones portuguesas la habrían opuesto siempre un obstáculo, á querer tomar el rumbo de la segunda.

Ésta, concebida por un poder nada disperso en complicaciones políticas, y exento de penurias económicas, contó desde el primer momento con la experiencia de hombres avezados é inteligentes, que percibieron sin vacilar la futura grandeza, apreciando á la vez, en su justo valor, la importancia real de aquel oro que tantas cabezas trastornaba. No le desconfiaban los intereses patrióticos, puesto que su influencia era igual en las naciones rivales; y el Evangelio le daba un admirable estandarte, para garantirle la consideración de las dos.

La relación con el Perú, que no podía ser abandonada enteramente, quedó secundaria, no obstante, sobre todo en la primera época y mientras se constituía un poderoso centro de operaciones; pero nunca fué abandonada en absoluto. Era también una posesión de la orden, cuya frontera convenía frecuentar.

Compusieron la primera misión al Paraguay, los PP. Soloni, Ortega y Fildi. El primero era un veterano de las misiones. Ya en 1576, acompañando á su maestro, el P. Gaspar Tulio Brasiliense, había fundado entre los tabayaras la reducción de Santo Tomé. A aquellas fundaciones se agregaron, hasta 1577, la de San Ignacio entre los surubís y la de San Pablo en la costa del mar, vecina al río Sergipe. Llevaba, pues, el referido sacerdote, catorce años de predicación en el Brasil, donde fué ordenado. Sus compañeros entraron hasta la

Guayra, y allá, en unión con los PP. Barzana, Lorenzana y Aquila, que llegaron del Tucumán poco después, formaron el primer plantel de reducciones paraguayas.

Organizando misiones, que eran más bien reconocimientos, siguió paralizada la expansión hasta 1599, en que muerto Soloni, fué nombrado superior Lorenzana.

Poco después el P. Esteban Páez, Visitador de la comarca, teniendo en cuenta la distancia á que se hallaban aquellos P.P. de su casa central del Perú, lo cual impedía auxiliarlos con eficacia, resolvió que se retiraran al Tucumán; encargando la evangelización á los del Brasil, que se hallaban más próximos y sabían la lengua de los naturales. Lorenzana y Ortega se marcharon, pero Fildi quedó enfermo en la Asunción.

No cabe duda de que aquellos sacerdotes, informaron detalladamente á su generalato, sobre las condiciones del territorio por ellos reconocido, su situación intermedia entre el Tucumán y el Brasil, la posibilidad de una salida marítima por este país, una vez efectuado el contacto, la facilidad de comunicaciones con el Perú y con Buenos Aires, la índole favorable de la raza y la consiguiente facilidad de dominarla, todavía favorecida por la influencia militar de los españoles. Si á esto se agrega el conocimiento de la extraordinaria fertilidad y excelente clima, que prometían grandes compensaciones al trabajo inteligente, no es arriesgarse hasta lo fantástico suponer que la idea del Imperio fué concebida desde entonces.

Los jesuítas eran demasiado expertos, para no comprender que la restauración teocrática no prosperaría ya en Europa; pero poseían al mismo tiempo bastante decisión, para aprovechar aquella coyuntura experimental que se les ofrecía. Sus misiones de Asia, no podían aspirar á influir sobre la política de imperios constituídos, que supieron oponerles con eficacia el prestigio de religiones organizadas; mas la orden era eminentemente política, á causa de sus procedimientos modernos, y no se resignaba á proceder como una de tantas. Acogió, pues, gozosa la ocasión que se le presentaba en aquel manso país, con la rudimentaria estructura social de sus tribus, como una masa plástica sensible á cualquier presión, entrando acto continuo á realizar el vasto plan.

Fué el primer paso, la erección de la provincia espiritual del Paraguay, que el quinto General de la Compañía, P. Claudio Aquaviva, efectuó en 1604. El año anterior, Hernandarias había realizado una expedición contra las tribus del Uruguay, siéndole adversa la fortuna, pues aquellas llegaron á exterminar su infantería; y esto le decidió á impetrar de la Corona el establecimiento de misiones, dando por infructuosa toda acción ulterior sobre los indios.

Semejante pesimismo, á todas luces sorprendente en un carácter tan intrépido, y cuando estaba fresco aún el recuerdo de Irala, me hace sospechar que la influencia jesuítica, siempre grande sobre él, no fuera ajena á su determinación.

De todos modos, la Corona en su real orden del 30 de Enero de 1609, encargó la reducción de los indios á los jesuítas.

La organización se encontró planteada, con tal oportunidad, que revela á primera vista una inteligencia entre el generalato jesuítico y el gobierno; pues éste era demasiado celoso de sus prerrogativas, para no protestar eficazmente si aquel hubiera procedido sin su aquiescencia.

Efectivamente, el general de los jesuítas había encargado al superior de la compañía en el Perú, P. Romero, la erección de la provincia del Paraguay, que en 1607 tuvo su primer Provincial en la persona del P. Diego de Torres Bollo, el cual empezó sus tareas acompañado por quince sacerdotes.

Bien se predisponía todo en favor de los nuevos misioneros, revelando la certeza de sus cálculos. Diríase que la América estaba predestinada á aquella influencia. En 1508, el mapa de Ruysch llamaba á la del Sur «Terra Sancta Crucis», denominación corriente, al parecer, pues el globo Lenox la repite[7]; y concretándonos al Paraguay, encontramos que éste, poco antes de la época á que voy refiriéndome, tuvo de obispo á Fray Martín Ignacio de Loyola, sobrino, nada menos, del fundador de la Compañía.

Los diecisiete años de activa labor yerbatera habían hecho intolerable la crueldad de los encomenderos; de modo que cuando Alfaro, Visitador de la Corona, realizó la investigación que ésta le había cometido sobre la situación de los indios paraguayos, no vaciló en tomar su partido, de acuerdo con los jesuítas, cuya acción apoyó decididamente con sus célebres ordenanzas. El segundo gobierno de Hernandarias, en 1615, robusteció aun más su naciente poder.

El Gobierno, cuyo ideal teocrático tan bien se avenía con aquel ensayo, miró á los autores como á sus vasallos predilectos, facilitando su acción con toda suerte de preferencias.

Penetraron, pues, con buen pie al país abierto ya en toda su extensión por las correrías de los conquistadores, demostrándose su acción secundaria á este respecto, con una sola consideración:

Mientras en Norte América y en Asia fueron notables sus descubrimientos por aquel mismo tiempo, durante el siglo y medio que duró su imperio en el Paraguay, sólo se cuenta tres expediciones suyas de este género. Las de los PP. Castañares y Patiño por el Pilcomayo, y la del P. Ramón por los ríos Negro y Orinoco [8].

En las seis grandes expediciones que reconocieron el territorio, desde 1515 á 1610, la religión no tuvo parte. La conquista laica se desarrolló sola, y con tal éxito, que sólo ocho de sus veintiocho fundaciones fueron destruidas; al paso que las trece de los jesuítas en la Guayra, más otras muchas suyas hasta alcanzar á cuarenta, desaparecieron por causa igual.

De aquí á juzgar con Azara y otros liberales, que la primera empresa fué superior á la segunda, hay mucha distancia; y si he insistido de nuevo en el parangón, es á objeto de que se vea cómo la ley histórica, en cuya virtud la conquista militar precede á la religiosa, se cumplió aquí una vez más.

Continuaban al propio tiempo las fundaciones en el Tucumán y en el Perú, contándose dos poderosos centros en Córdoba y Santa Fe, que con los paraguayos y brasileños daban ya el boceto de la dominación futura. Los establecimientos de la Guayra y los del distrito del Tape, tenían tan visible objeto de darse la mano con los costaneros del Brasil, que dejaron casi abandonado el territorio intermedio entre ellos y la Asunción, donde sobraban infieles, sin embargo. El ataque simultáneo de los mamelucos sobre ambos puntos, demuestra que aquellos también se daban cuenta del plan seguido por sus poderosos rivales.

Los jesuitas, reaccionaron sobre la idea que consideraba á los indios como bestias semi-racionales, mas para tenerlos por niños, lo cual equivalía á prolongar indefinidamente su tutela. Quedaban, con relación á sus protegidos, en la misma situación que los encomenderos, y debe alabárselos por no haber abusado de ella; pero el hecho es que, salvo el buen trato, la tendencia conquistadora permaneció incólume.

Como los espíritus más selectos habían adoptado, según dije, la carrera eclesiástica al pronunciarse la decadencia española, su mayor delicadeza de sentimientos y su elevación moral, ocasionaron el trato más humanitario de los indios en las misiones. Pero la teología hueca y la piedad acomodaticia influyeron sobre la conquista espiritual, haciendo de las conversiones un asunto mecánico. Lo que se quería, era bautizar á toda costa; y á veces una tribu, vencida por la tarde, era cristianada al día siguiente en masa, sin otra comunicación evangélica que la muy precaria entre vencedor y vencidos.

Siendo tan diversa la situación moral de uno y otros, y actuando ambos en esferas psicológicas tan opuestas, claro es que la predicación sólo daba resultados insignificantes. En los primeros tiempos, se efectuó á veces con ayuda de intérpretes; y es fácil suponer la manera como los conceptos teológicos del catolicismo pasarían á las mentes salvajes, traducidos por el guaraní de un lenguaraz.

Aunque los PP. contaron desde luego con el catecismo de los franciscanos, en lengua indígena, y por más que algunos ya la sabían, las dificultades fueron casi insuperables para comunicar cosas tan sutiles y complicadas como las teológicas, sin que el fetichismo aborigen presentara una sola coyuntura en su tosca sencillez. La conciencia errátil del indio producía un obstáculo quizá mayor, no quedando entonces otro expediente que una imposición directa y autoritaria.

Fué lo que se hizo, imprimiendo en aquella indolente plasticidad, todavía aumentada por su situación de vencida, el sello teocrático, y atrayéndola con el único medio de relación posible, dada su impenetrabilidad psicológica: la tentación sensual, por medio de golosinas, músicas, pinturas, etc.-arte en el que, ayer como hoy, eran maestros aquellos religiosos.

Los indios sólo adoptaron, pues, la exterioridad del nuevo culto, sin que esto perjudique á la intención de sus misioneros, pues por algo había que empezar; pero no está probado que salieran de allí. Fué una sustitución de s idolatría, mísera y rudimentaria, por otra, llena de ceremonias aparatosas, en las cuales era dado participar con trajes de viso y títulos que halagaban la pasión del fausto, tan dominante en el indio. El estilo charro, característico de los ornamentos y templos jesuíticos, estaba más próximo de su mentalidad que la severa belleza de los tipos clásicos, con su exceso decorativo que los P.P. exageraron todavía.

Fiestas patronales de los pueblos, y onomásticos del Rey, han dejado en las crónicas un recuerdo de lujo bárbaro, que revela con significativa elocuencia el método.

Todo era, naturalmente, religioso. Los recamados ornamentos resplandecían al sol; aguas perfumadas servían en las ceremonias. Había profusión de incienso y de repiques; y por sobre todo, esta suprema vinculación de la gratitud primitiva con la religión que ocasionaba los festejos: aquel era el día de banquetear y vestirse bien. Familias enteras se envanecían con el roquete y los zapatos de un monaguillo. El pueblo aplaudía entusiasta á las comparsas de niños, que trajeados de ceremonia recitaban loas ó danzaban, componiendo con sus figuras cifras místicas, al compás de estrepitosas orquestas. Petardos, cajas, clarines y cascabeles que propagaban su sonoro escalofrío en el temblor de las gualdrapas, subían hasta lo delirante la fanfarria clamorosa. Simulacros militares, encendían el atavismo bélico de la sangre aún montaraz; corridas de sortijas, autos en guaraní, toscas comedias, enteraban el programa, todo ello rematado por general comilona al aire libre, bajo las galerías que rodeaban la plaza.

La procesión del Corpus era especialmente suntuosa. El oficiante recorría la plaza, deteniéndose en multitud de sitiales, bajo cuyos camones de follaje aleteaban pájaros de los más brillantes colores, sirviéndoles también de adorno vistosos peces conservados en diminutas canoas. Los acólitos iban sembrando el piso con granos de maíz tostado, que imitaban blancas florecillas, y la dulzura del ambiente, que perfumaba el naranjal cercano, imprimía un sello de tierna unción á la fiesta.

Pero el carácter pueril de esa devoción resaltaba en todo, hasta en las iglesias, más suntuosas que sólidas; trabadas generalmente con barro, pero profusas de campanas, de imágenes, de dorados y de cirios. Baste saber que sólo en las últimas, construídas después de siglo y medio de dominio, se empleó argamasa para asentar los sillares.

La conquista no fué, sin embargo, enteramente pacífica, aunque presentó desde luego un notable contraste con los excesos laicos. También los P. P. redujeron por la fuerza algunas tribus; pero su método preferente era la seducción. Empezaban por no exigir sino el bautismo, sabiendo que en cuanto los indios cedieran algo, acabarían por otorgarlo todo.

A pesar de su dulzura, la mayor parte de las tribus quedó sin reducirse, sin que esto sea imputable á falta de tiempo, pues en el momento de la expulsión, los habitantes habían disminuido.

El sistema social vigente en las reducciones, fué el mismo de la Compañía; aunque sin duda facilitó su implantación, la mita con sus escasas tareas y la organización comunista de algunas tribus.

Tuvieron las reducciones su cacique cada una y sus autoridades á la española, pero todo aquello fué nominal. De hecho no había otra autoridad que los P.P., y todos esos alcaldes, corregidores y alféreces, jamás pasaron de una decoración política, sin la más mínima autoridad efectiva.

La situación privilegiada que el gobierno creó á los jesuítas en las reducciones, pudo notarse desde el primer momento por la exención de tributos. El de las encomiendas fué substituído, en efecto, por un impuesto de un peso[9] anual sobre cada hombre de dieciocho á cincuenta años. Esta carga única, exceptuaba todavía á los caciques y sus primogénitos, á los corregidores, y á doce individuos afectados al servicio de los templos. Con el diezmo, fijado en cien pesos anuales, concluía toda obligación fiscal.

Ahora bien, como en las reducciones el trabajo era obligatorio para todos, desde los cinco años, el de las mujeres y los niños, por escaso que fuera, quedaba como producto líquido, determinando así una competencia ventajosísima con los empresarios laicos.

Los encomenderos tenían que pagar un jornal de cuarenta reales [10] mensuales á sus indios, y cinco pesos por cada uno á la Corona, ó comprar esclavos para explotaciones como la del azúcar, que sólo aguantaba el negro; creándose entonces una situación de ojeriza comercial entre las dos conquistas. La Corona no supo conservar el equilibrio, procediendo más por corazonada que por cálculo entre aquellos intereses; y el resultado de sus medidas, naturalmente inspiradas por los jesuítas, redundó al fin en perjuicio de los naturales.

Éstos fueron, ó siervos de los P.P. á quienes se lanzó en la especulación comercial, con el privilegio que la hacía pingüe, ó víctimas de los odios despertados por la rivalidad entre laicos y religiosos. Su condición servil permanecía en ambos casos inconmovible.


  1. Es extraño que Ángelis, á quien debió llamar la atención el doble error, no lo aclarase en una nota; pues se siente uno tentado á atribuírselo. Pero un estudiante primario no incurriría en él, mucho menos un compilador, por torpe que se le suponga. Puede dárselo, entonces, como perteneciente al historiador.
  2. No acepto el académico «contralorear», derivado de «contralor», con que la Academia, más papista que el Papa, traduce contrôle, síncopa de contre-rôle; pues no veo el derecho con que los etimólogos españoles refaccionan una palabra francesa, de más fácil pronunciación y más breve en su forma original que en su restauración arcaica-inocente pedantería con que se disfraza tanta miseria casera.
  3. Es curioso que la primera cuestión de límites en América, haya sido resuelta por el arbitraje. La bula del Papa Alejandro VI, no era otra cosa en efecto.
  4. Como no alcanzo la razón que haya para limitar el oficio de esta palabra á su combinación con el participio, adopto nuestra lógica generalización. Igualmente usaré la palabra rol, bajo su acepción francesa de papel ó figura en un desempeño; así como yerbal y yerbatero, derivados de yerba (ilex paraguayensis). Por último, emplearé como sinónimo de asperón la palabra gres que la Academia no acepta.
  5. Estas fueron: Asunción, Ciudad Real, Santa Cruz, Villa Rica, Jerez, Concepción, Ontiveros, Corrientes, Santa Fe y Buenos Aires.
  6. La de Hernandarias, de que se hablará más adelante.
  7. Llamado así porque pertenece á la colección «Lenox», de Nueva York.
  8. Falkner no entra en esta cuenta, por haber sido su campo de acción la Patagonia; pero su obra fué allá tan notable y benemérita, que bien merece una mención especial.
  9. El peso en cuestión valía, salvo las naturales fluctuaciones del cambio, 5 francos 446, á juzgar por su peso de 26 gramos 928 y su ley de 0.910 de fino, conforme á las equivalencias fijadas por la Convención Internacional del Metro en 1875. El peso á que me refiero, es el anterior á 1772; pues desde esta fecha, su ley fué bajando progresivamente.
  10. Cerca de 22 francos.