El maniquí de mimbre: XIII

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El maniquí de mimbre Anatole France



El señor Bergeret se acostumbró a pasar una hora todos los días en el café de la Comedia. Le censuraban esta nueva costumbre; pero allí sentía un goce, un calor, una luz que no eran, seguramente, matrimoniales. Leía los periódicos y veía rostros de personas que no le deseaban ningún mal. Solía encontrar algunas veces a Goubín, su discípulo predilecto desde la traición de Roux. El señor Bergeret gustaba de sentir preferencias, porque su espíritu estético se complacía en la elección. Goubín era su preferido, sin llegar a interesarle. En verdad, Goubín distaba mucho de ser un mozo agradable. Delgado, enclenque, disminuido pobre de carnes, de pelo, de voz y de inteligencia; de ojos lacrimosos y labios macilentos; con pies y alma de señorita, era puntual y minucioso. A su cara, menuda como todo él, se adherían las orejas enormes, abarquilladas y puntiagudas, lo único abundante de aquel organismo indigente. Goubín tenía el don natural y el arte de escuchar.

El catedrático de Literatura disertaba con su discípulo Goubín ante los vasos de cerveza y al rumor de las fichas arrastradas por los jugadores de dominó sobre las mesas de mármol. A las once se levantaba el señor Bergeret. Goubín hacía lo mismo; se iban juntos por la desierta plaza del Teatro y por las calles poco alumbradas, hasta llegar a la triste de Tintelleries.

Andaban así en una hermosa noche de mayo. Lluvias tormentosas habían renovado el aire sutil, impregnándolo con olor de tierra mojada y de hojas nuevas. El cielo, sin luna y sin nubes, tachonaba su oscuridad profunda con puntos luminosos, blancos en su mayoría como el diamante, y algunos rojos o azules. El señor Bergeret alzó la vista para contemplar las estrellas; reconocía fácilmente las constelaciones, y guió con la punta de su bastón las miradas indecisas y turbias de Goubín hacia la de los Gemelos, mientras murmuraba esta estrofa:

Sea porque un fulgor suave —de los hermanos de Helena el mar Jónico encadena— cuando lo surca tu nave. Sea porque a las orillas de Poestrum...

De pronto se interrumpió y dijo:

—¿Sabe usted que se reciben de América noticias de Venus, y que no son muy satisfactorias las tales noticias?

Cuando Goubín se preparaba con docilidad a la busca de Venus, el catedrático le advirtió que Venus ya se había ido a dormir.

—Esa hermosa estrella es un infierno helado y ardiente. Lo sé por el propio Camilo Flammarión, que me entera cada mes de todas las novedades celestes en sus interesantes artículos. Venus presenta siempre al Sol, como la Luna a la Tierra, el mismo hemisferio; así lo afirma el astrónomo del monte Hamilton; según él, uno de los hemisferios de Venus echa lumbre, y el otro es puro hielo y sombra. Por tanto, la estrella más brillante, al amanecer y en las primeras horas de la noche, sólo es un desierto silencioso donde reina la muerte.

—¡Caramba!, ¿será posible? —dijo Goubín.

—Así lo aseguran este año —respondió el señor Bergeret—. Por mi parte, me siento inclinado a suponer que la vida, tal como nos la ofrece la Tierra, es decir, el estado constante de actividad que presenta la sustancia organizada en los animales y en las plantas, no es más que una erupción perturbadora en la economía de nuestro planeta, un producto mórbido, una sarna, cualquier cosa repugnante que no se halla en los planetas sanos y bien constituidos. Esta idea me sonríe y me tranquiliza, porque resulta muy triste imaginar que todos los soles encendidos en el espacio den calor a mundos miserables como éste, y que todo el Universo copie y multiplique el dolor y la fealdad.

"Nada podemos decir de los planetas dependientes de Sirio o de Aldebarán, de Altar o de Vega; de los granos de polvo que pueden acompañar a las gotas de fuego esparcidas en el espacio, puesto que de su existencia solo tenemos barruntos, fundados en ciertas analogías de nuestro Sol con los demás del Universo; pero si hacemos deducciones referentes a los astros de nuestro sistema, no es para imaginar en ellos una vida indecorosa, como suele serlo aquí; no es posible suponer que haya organismos semejantes a los nuestros en el caos de los gigantes Júpiter y Saturno. Urano y Neptuno carecen de luz y de calor.

Así, pues, el género de corrupción que llamamos vida orgánica no puede producirse allí; y aún es menos creíble que aparezca en la ceniza de astros dispersa en el éter entre sus órbitas de Júpiter y de Marte. El pequeño Mercurio sin duda es demasiado abrasador para producir un moho semejante a la vida vegetal y animal. La Luna es un mundo muerto.

"Acaba de averiguarse que no es propia la temperatura de Venus para cobijar lo que llamamos organismos. No es posible suponer, en vista de todo esto, que haya en el sistema solar algo semejante al hombre, como no sea en el planeta Marte, que, por desdicha suya, ofrece mucha semejanza con la Tierra." Dicen que allí hay agua y aire; acaso haya también una sustancia de qué hacer bichos como nosotros.

—¿Es verdad que lo suponen habitado? —preguntó Goubín.

—Se tuvo casi por cierto —respondió el señor Bergeret—. Su configuración es aún mal conocida; parece variable y agitada sin cesar. Se advierten canales cuya naturaleza y origen se ignoran, y no estamos seguros de que seres análogos a los hombres entristezcan y degraden ese mundo vecino. El señor Bergeret se detuvo a la puerta de su casa, y dijo:

—Me complace suponer que la vida orgánica es una calamidad exclusiva de nuestro mezquino mundo. Sería desconsolador cerciorarse de que también se come y se devora en otras regiones del espacio infinito.



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