El pájaro asustado

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Este texto ha sido incluido en la colección Textos póstumos de Felisberto Hernández
Compilado de relatos, no agrupados en libros, revisados por la Fundación Felisberto Hernández en colaboración con Creative Commons Uruguay
[El pájaro asustado]

[El pájaro asustado]
de Felisberto Hernández


En una pequeña ciudad y en una mañana de sol yo paseaba con botines nuevos. Cruzaba un parque que había cerca de un río. Yo no era del todo feliz; tenía la preocupación de un concierto que daría esa noche; y además me apretaban los botines nuevos. Decidí sentarme en el primer banco que encontré. Antes saludé a un hombre que estaba sentado en la otra punta. Él apenas me contestó; le quedaba un solo mechón de pelo encima del cráneo; sus ojos chicos, pero muy abiertos, parpadeaban a largos intervalos y lo hacían con gran rapidez; los movimientos de la cabeza también eran rápidos y parecía un pájaro asustado. No sé por qué yo trataba de no hacer movimientos bruscos: primero saqué lentamente un libro del bolsillo y después, con disimulo, saqué los pies de entre los zapatos. Sin embargo vino una corriente de aire fresco y estornudé con fuerza.

No habrían pasado muchos minutos cuando el pájaro asustado dio un salto y corrió unos veinte metros. Al detenerse se dio vuelta y señalando para abajo de mi banco alcanzó a decir [después de un angustioso tartamudeo]:

–Una víbora.

No tardé mucho en estar cerca de él, pero había hecho el trayecto en medias y por encima de piedras puntiagudas. Yo no vi la víbora, pero ella podría haberse escondido entre los yuyos. Mis pies estaban reventados y le estuve gritando mucho rato al cochero de una volanta de cuatro ruedas que estaba como a dos cuadras. El pájaro asustado se fue sin saludarme. Yo me quedé quieto en aquel sitio y cuando vino el cochero le pedí que me alcanzara los zapatos. Al llegar a mi hotel hice llamar a la mucama y le pedí que me trajera mis zapatillas. Bajé con los botines en la mano y tuve la poca suerte de que me viera una muchacha que salía con la madre.

Al otro día fui a visitar una iglesia antigua. Me senté y en el banco de adelante estaba sentado el pájaro asustado; tenía las manos juntas pegadas a la boca y los ojos cerrados; pero al mismo tiempo silbaba; era un silbido muy fino, repetía siempre un tema corto, y parecía distraído. A veces se descuidaba demasiado y silbaba fuerte. Dio lugar a que viniera el sacristán y le dijera:

–Señor, Ud. está silbando.

El pájaro salió de su distracción, lo miró parpadeando [rápidamente] y le preguntó:

–¿Por qué dice usted que silbo como una víbora?

–No señor; yo dije simplemente que estaba silbando; pero no como una víbora.

–¡Ah! –dijo el pájaro señalándolo con un dedo–, ahora repite lo de la víbora y todavía dice que no.

El sacristán se fue sacudiendo la cabeza. Y yo también me fui.

[El pájaro asustado salió casi en seguida. Yo estaba en el atrio y no pude resistir a la manía de explicar las cosas; entonces me acerqué al pájaro y le dije:]

–Mire, puede estar tranquilo; yo oí al sacristán y realmente él no le dijo lo de la víbora.

Él abrió la boca con sorpresa, tomó aire, parpadeó y dijo:

–¿Así que entonces yo estoy loco?

–No digo eso; pero usted oyó mal.

Él no me hizo caso y se fue sin saludarme.

A los pocos días llevé mis zapatos a un remendón para que me los pusiera en la horma. Él no estaba; salió un niño y dijo:

–Mi papá se está emborrachando en el almacén.

Pero en seguida salió la madre y me encargó que no me fuera porque el marido [vendría en seguida]. Vivían en una pieza sucia de un conventillo. Yo me entretuve unos instantes en mirar la llama violácea de un primus que había en una pieza de enfrente; y después pensé: “Tanto rato el primus prendido sin nada en el fuego. Qué desperdicio!”. Y por fin [apareció ante] el primus el pájaro asustado. Lo que me vio se puso furioso y empezó a gritar:

–En el parque, en la iglesia y ahora acá ¿qué quiere? En ese momento vino el zapatero y el pájaro cerró la puerta a golpes. Entonces el zapatero, [con bastante olor a caña,] se llevó un dedo embetunado a la sien para indicarme que el pájaro era loco. Yo le pregunté:

–¿Qué serían esas dos aletas blancas que tenía a los costados del pantalón?

–¿Pero no se dio cuenta? El forro de los bolsillos. ¿No ve que tenía el pantalón al revés? Se lo pone así para no [ensuciárselo.]

Mientras ponía un zapato en la horma y mojaba un poco el cuero, me dijo que aquel tipo tenía mucha plata. Y cuando yo le conté lo del primus el zapatero [me contestó]:

–¡No! Él nunca pone nada en el fuego; prende el primus porque le gusta el ruido que hace. Se tira en la cama y se pasa las horas pensando bobadas.

Esa misma noche, cuando todavía yo no había terminado de cenar, [me dijeron que me buscaban]. Era el pájaro; me dijo que quería hablar a solas [conmigo] y fuimos al parque; confieso que yo no estaba tranquilo. Por el camino no [me] dijo nada. Y todavía estuvimos sentados un rato antes que él me preguntara:

–¿Qué le dijo mi primo de mí?

–¿Qué primo?

–Aríspides Pérez.

–¡Ah! ¿Ud. es primo de él?

–¡Hágase el zonzo!

–Señor, si usted me insulta no espere entenderse conmigo. Yo conocí a Aríspides Pérez en un café de Montevideo y él me dijo que era de acá; pero yo no sabía que Ud. era primo de él ni él me dijo nada de Ud.

El pájaro dio vuelta la cabeza hacia mí y los ojos le brillaron como armas que hubiera sacado en la penumbra.

Me sigue en el parque, me sigue en la iglesia, me sigue a mi casa, me sigue al cine...

–Pero señor...

No me interrumpa. Conoce a mi primo y quiere que le crea un santito. Vamos a no hablar más; yo le mando a su hotel doscientos pesos, Ud. se va de aquí mañana mismo y le dice a Aríspides lo que se le antoje.

–Yo me iré de aquí sin necesidad de que Ud. me dé ni un centésimo. Me iré el 28, porque el 27 doy el último concierto.

No hubiera querido contrariarlo; pero lo que hablé del concierto me miró de nuevo y dijo:

–¿Así que insiste? [Por última vez]: yo le mando los doscientos pesos y Ud. se va de aquí cuanto antes.

El pájaro se levantó y se fue por un lugar oscuro.

Al otro día vino a mi hotel el remendón; después de darme los zapatos miró para todos lados, se sacó la gorra y de entre ella un sobre cerrado; me lo entregó y esperó los acontecimientos. El sobre tenía los doscientos pesos. Yo pensé un rato y al final le pedí que volviera al otro día. Si yo entregaba aquel dinero al juez y contaba lo ocurrido podía producirse mucho escándalo. Si se lo devolvía al pájaro él no lo aceptaría. Decidí donar el dinero al hospital. Me dieron una carta de agradecimiento y al otro día se la mandé al pájaro con el zapatero. De esa manera él vería que yo no quería quedarme con ese dinero. Claro que mi procedimiento tenía fallas; pero yo tenía pereza y disgusto de seguir pensando en eso.