El pago

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Sub terra
Cuadros mineros (1904) de Baldomero Lillo
El Pago
Nota: Se respeta la ortografía original de la época
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EL PAGO

Pedro Maria, con las piernas encojidas, acostado sobre el lado derecho, trazaba a golpes de piqueta un corte en la parte baja de la vena. Aquella incision que los barreteros llaman circa alcanzaba ya a treinta centímetros de profundidad, pero el agua que se filtraba del techo i corria por el bloque llenaba el surco cada cinco minutos, obligando al minero a soltar la herramienta para estraer con ayuda de su gorra de cuero aquel sucio i negro líquido que, escurriéndose por debajo de su cuerpo, iba a formar grandes charcas en el fondo de la galeria.

Hacia algunas horas que trabajaba con ahinco para finiquitar aquel corte i empezar la tarea de desprender el carbon. En aquella estrechísima ratonera el calor era insoportable, Pedro Maria sudaba a mares i de su cuerpo, desnudo hasta la cintura, brotaba un cálido vaho que con el humo de la lámpara formaba a su alrededor una especie de niebla cuya opacidad, impidiéndole ver con precision, hacia mas difícil la dura e interminable tarea. La escasa ventilacion aumentaba sus fatigas, el aire cargado de impurezas, pesado, asfixciante, le producia ahogos i accesos de sofocacion i la altura de la labor, unos setenta centímetros escasos, solo le permitia posturas incómodas i forzadas que concluian por entumecer sus miembros ocasionándole dolores i calambres intolerables.

Apoyado en el codo, con el cuello doblado, golpeaba sin descanso i a cada golpe el agua de la cortadura le azotaba el rostro con gruesas gotas que herian sus pupilas como martillazos. Deteníase entonces por un momento para desaguar el surco i empuñaba de nuevo la piqueta sin cuidarse de fatiga que engarrotaba sus músculos, del ambiente irrespirable de aquel agujero, ni del lodo en que se hundia su cuerpo, acosado por una idea fija, obstinada, de estraer ese dia, el último de la quincena, el mayor número posible de carretillas; i esa obsesion era tan poderosa, absorbia de tal modo sus facultades, que la tortura física le hacia el efecto de la espuela que desgarra los hijares de un caballo desbocado.

Cuando la circa estuvo terminada, Pedro Maria sin permitirse un minuto de reposo se preparó inmediatamente a desprender el mineral. Ensayó varias posturas buscando la mas cómoda para atacar el bloque, pero tuvo que resignarse a seguir con la que habia adoptado hasta allí, acostado sobre el lado derecho, que era la única que le permitia manejar la piqueta con relativa facilidad. La tarea de arrancar el carbon que a un novicio le pareceria operacion sencillísima requiere no poca maña i destreza, pues si el golpe es mui oblícuo la herramienta resbala, desprendiendo solo pequeños trozos, i si la inclinacion no es bastante el diente de acero rebota i se despunta como si fuese de mazapan.

Pedro Maria empezó con brio la tarea, atacó la hulla junto al corte i golpeando de arriba a abajo desprendiéronse de la vena grandes trozos negros i brillantes que se amontonaron rápidamente a lo largo de la hendidura; pero a medida que el golpe subia, el trabajo hacíase mui penoso. En aquel pequeño espacio no podia darse a la piqueta el impulso necesario, estrechada entre el techo i la pared, mordia el bloque débilmente, i el obrero, desesperado, multiplicaba los golpes, arrancando solo pequeños pedazos de mineral.

Un sudor copiosísimo empapaba su cuerpo i el espeso polvo que se desprendia de la vena, mezclado con el aire que respiraba, se introducia en su garganta i pulmones produciéndole accesos de tos que desgarraban su pecho dejándole sin aliento. Pero golpeaba, golpeaba sin cesar, encarnizándose contra aquel obstáculo que hubiera querido despedazar con sus uñas i sus dientes. I enardecido, furioso, a riesgo de que dar allí sepultado, arrancó del techo un gran tablon contra el cual chocaba a cada instante la herramienta.

Una gota de agua, persistente i rápida, comenzó a caerle en la base del cuello i su fresco contacto le pareció en un principio delicioso; pero la agradable sensacion desapareció mui pronto para convertirse en un escozor semejante al de una quemadura. En balde trataba de esquivar aquella gotera que, escurriéndose ántes por el madero, iba a perderse en la pared i que ahora abrasaba su carne como si fuera plomo derretido.

Sin embargo, no cejaba con su tenaz empeño i miéntras el carbon se desmoronaba amontonándose entre sus piernas, sus ojos buscaban el sitio propicio para herir aquel muro que agujereaba hacia ya tantos años, que era siempre el mismo, de un espesor tan enorme que nunca se le veia el fin...

Pedro Maria abandonó la faena al anochecer i, tomando su lámpara i arrastrándose penosamente por los corredores, ganó la galeria central. Las corrientes de aire que encontraba al paso habian enfriado su cuerpo i caminaba quebrantado i dolorido, vacilante sobre sus piernas entorpecidas por tantas horas de forzada inmovilidad...

Cuando se encontró afuera sobre la plataforma, un soplo helado le azotó el rostro i sin detenerse, con paso rápido descendió por la carretera. Sobre su cabeza grandes masas de nubes oscuras corrian empujadas por un fuerte viento del septentrion, en las cuales el plateado disco de la luna, lanzado en direccion contraria, parecia penetrar con la violencia de un proyectil, palideciendo i eclipsándose entre los densos nubarrones para reaparecer de nuevo, rápido i brillante, a traves de un fujitivo desgarron. I, ante aquellas furtivas apariciones del astro la oscuridad huia por unos instantes, destacándose sobre el suelo sombrio las brillantes manchas de las charcas que se cuidaba de evitar en su prisa de llegar pronto i de encontrarse bajo techo, junto a la llama bienhechora del hogar.

Transido de frio, con las ropas pegadas a la piel, penetró en el estrecho cuarto. Algunos carbones ardian en la chimenea i delante de ella, colgados de un cordel se veian un pantalon i una blusa de lienzo, ropa que el obrero se puso sin tardanza, tirando la mojada en un rincon. Su mujer, le habló entónces, quejándose de que ese dia tampoco habia conseguido nada en el despacho. Pedro Maria no contestó, i como ella continuase esplicándole que esa noche tenia que acostarse sin cenar, pues el poco café que habia, lo destinaba para el dia siguiente, su marido la interrumpió, diciéndole:

—No importa, mujer, mañana es dia de pago i se acabarán nuestras penas.

I rendido, con los miembros destrozados por la fatiga, fué a tenderse en su camastro arrimado a la pared. Aquel lecho compuesto de cuatro tablas sobre dos banquillos i cubiertas por unos cuantos sacos, no tenia mas abrigo que una manta deshilachada i sucia. La mujer i los dos chicos, un rapaz de cinco años i una criatura de ocho meses, dormian en una cama parecida, pero mas confortable, pues se habia agregado a los sacos un jergon de paja.

Durante aquellos cinco dias trascurridos desde que el despacho les cortó los víveres las escasas ropas i utensilios habian sido vendidos o empeñados; pues en ese apartado lugarejo no existia otra tienda de provisiones que la de la Compañia en donde todos estaban obligados a comprar mediante vales o fichas al portador.

Mui pronto un sueño pesado cerró los párpados del obrero, i en aquellas cuatro paredes reinó el silencio, interrumpido a ratos por las rachas de viento i lluvia, que azotaban las puertas i ventanas de la miserable habitacion.

La mañana estaba bastante avanzada cuando Pedro Maria se despertó. Era uno de los últimos dias de Junio i una llovizna fina i persistente caia del cielo entoldado, de un gris oscuro i ceniciento. Por el lado del mar una espesa cortina de brumas cerraba el horizonte, como un muro opaco que avanzaba lentamente tragándose a su paso todo lo que la vista percibia en aquella direccion.

Bajo el zinc de los corredores, entre el ir i venir de las mujeres i las locas carreras de los niños, los obreros con el busto desnudo, friccionábanse la piel briosamente para quitarse el tizne adquirido en una semana de trabajo. Ese dia destinado al pago de los jornales era siempre esperado con ansia i en todos los rostros brillaba cierta alegria i animacion.

Pedro Maria, terminado su tocado semanal, se quedó de pié un momento apoyado en el marco de la puerta, dirijiendo una mirada vaga sobre la llanura i contemplando silencioso la lluvia tenaz i monótona que empapaba el suelo negruzco, lleno de baches i de sucias charcas. Era un hombre de treinta i cinco años escasos pero, su rostro demacrado, sus ojos hundidos i su barba i cabello entrecanos le hacian aparentar mas de cincuenta.

Habia ya empezado para él la época triste i temible en la que el minero ve debilitarse, junto con el vigor físico, el valor i las enerjias de su efímera juventud.

Despues de haber contemplado un instante el triste paisaje que se desenvolvia ante su vista, el obrero penetró en el cuarto i se sentó junto a la chimenea donde en el tacho de hierro hervia ya el agua para el café.

La mujer, que habia salido, volvió, trayendo pan i azúcar para el desayuno. De ménos edad que su marido estaba ya mui ajada i marchita por aquella vida de trabajos i de privaciones que la lactancia del pequeñuelo habia hecho mas difícil i penosa.

Terminado el mezquino refrijerio, marido i mujer se pusieron a hacer cálculos sobre la suma que el primero recibiria en el pago i, rectificando una i otra vez sus cuentas, llegaron a la conclusion de que pagado el despacho les quedaba un sobrante suficiente para rescatar i comprar los utensilios de que la necesidad les habia obligado a deshacerse. Aquella perspectiva los puso alegre i, como en ese momento comenzase a sonar la campana de la oficina pagadora, el obrero se calzó sus ojotas i seguido de la mujer que, llevando la criatura en brazos i el otro pequeño de la mano, caminaba hundiendo sus pies desnudos en el lodo, se dirijió hacia la carretera, uniéndose a los numerosos grupos que marchaban a toda prisa en direccion de la mina.

El viento i la lluvia que caia con fuerza les obligaba a acelerar el paso para buscar un refujio bajo los cobertizos que rodeaban el pique, los que mui luego fueron insuficientes para contener aquella abigarrada muchedumbre.

Allí estaba todo el personal de las distintas faenas, desde el anciano capataz hasta el portero de ocho años, estrechándose unos a otros para evitar el agua que se escurria del alero de los tejados i con los ojos fijos en la cerrada ventanilla del pagador.

Despues de un rato de espera el postigo de la ventana se alzó, empezando inmediatamente el pagó de los jornales. Esta operacion se hacia por secciones, i los obreros eran llamados uno a uno por los capataces que custodiaban la pequeña abertura por la que el cajero iba entregando las cantidades que constituian el haber de cada cual. Estas sumas eran en jeneral reducidas, pues se limitaban al saldo que quedaba despues de deducir el valor del aceite, carbon i multas i el total de lo consumido en el despacho.

Los obreros se acercaban i se retiraban en silencio, pues estaba prohibido hacer observaciones i no se atendia reclamo alguno, sino cuando se habia pagado al último trabajador. A veces un minero palidecia i clavaba una mirada de sorpresa i de espanto en el dinero puesto al borde de la ventanilla, sin atreverse a tocarlo, pero un:

—¡Retirate! imperioso de los capataces le hacia estirar la mano i cojer las monedas con sus dedos temblorosos, apartándose en seguida con la cabeza baja i una espresion estúpida en su semblante trastornado.

Su mujer le salía al encuentro ansiosa preguntándole:

—¿Cuanto te han dado?

I el obrero por toda respuesta abria la mano i mostraba las monedas i luego se miraban a los ojos quedándose mudos, sobrecoiidos i sintiendo que la tierra vacilaba bajo sus pies.

De pronto algunas risotadas interrumpieron el relijioso silencio que reinaba allí. La causa de aquel ruido intempestivo era un minero que viendo que el empleado ponia sobre la tablilla una sola moneda de veinte centavos, la cojió, la miró un instante con atencion como un objeto curioso i raro i luego la arrojó con ira lejos de sí.

Una turba de pilletes se lanzó como un rayo tras la moneda que habia caido, levantando un lijero penacho en mitad de una charca, miéntras el obrero, con las manos en los bolsillos, descendia por la carretera sin hacer caso de las voces de una pobre anciana que con las faldas levantadas corria gritando con acento angustioso:

— ¡Juan, Juan! pero él no se detenia i mui pronto sus figuras macilentas, azotadas por el viento i por la lluvia desaparecieron arrastradas, a lo lejos, por el torrente nunca exhausto del dolor i la miseria.

Pedro María esperaba con paciencia su turno i cuando el capataz esclamó en voz alta

— ¡Barreteros de la Doble! se estremeció i aguardó nervioso, con el oido atento a que se pronunciase su nombre, pero las tres palabras que lo constituian no llegaron a sus oídos. Unos tras otros fueron llamados sus compañeros i al escuchar de nuevo la voz aguda del capataz que gritaba:

— ¡Barreteros de la Media Hoja! un calofrio recorrió su cuerpo i sus ojos se agrandaron desmesuradamente. Su mujer se volvió i le dijo, entre sorprendida i temerosa:

— No te han llamado, ¡Mira! I como él no respondiese empezó a jemir, mientras mecia en sus brazos al pequeño que aburrido de chupar el agotado seno de la madre se habia puesto a llorar desesperadamente.

Una vecina se acerco:

— ¿Qué no lo han llamado todavia?

I como la interpelada moviese negativamente la cabeza, dijo:

— Tampoco a éste, señalando a su hijo, un muchacho de doce años, pero tan paliducho i raquitico que no aparentaba mas de ocho.

Aquella mujer, jóven viuda, alta, bien formada, de rostro agraciado, rojos labios i blanquísimos dientes, se arrimó a la pared del cobertizo i desde ahí lanzaba miradas fulgurantes a la ventanilla tras la cual se veian los rubios bigotes i las encarnadas mejillas del pagador.

Pedro Maria, entretanto, ponia en tortura su majin haciendo cálculos tras cálculos pero el obrero como tantos otros que se hallaban en el mismo caso echaba las cuentas sin la huéspeda, es decir, sin la multa imprevista, sin la disminucion del salario o el alza repentina i caprichosa de los precios del despacho.

Cuando se hubo acercado a la ventanilla el último trabajador de la última faena, la voz ruda del capataz resonó clara i vibrante:

— ¡Reclamos!

I un centenar de hombres i de mujeres se precipitó hacia la oficina todos ellos estaban animados por la esperanza de que un olvido o un error fuese la causa de que sus nombres no aparecieran en las listas.

En primera fila estaba la viuda con su chico de la mano. Acercó el rostro a la abertura i dijo:

— José Ramos, portero.

— ¿No ha sido llamado?

— No, señor.

El cajero recorrió las pájinas del libro i con voz breve leyó:

— José Ramos, 26 dias a veinticinco centavos. Tiene un peso de multa. Queda debiendo cincuenta centavos al despacho.

La mujer roja de ira, respondió:

— ¡Un peso de multa! ¿Por qué? ¡I no son veinticinco centavos los que gana sino treinta i cinco!

El empleado no se dignó contestar i con tono imperioso i apremiante gritó a traves de la ventanilla:

— ¡Otro!

La jóven quiso insistir, pero los capataces la arrancaron de allí i la empujaron violentamente fuera del círculo.

Su naturaleza enérjica se sublevó, la rabia la sofocaba i sus miradas despedian llamas.

— ¡Canallas, ladrones!, pudo esclamar despues de un momento con voz enronquecida. Con la cabeza echada atras, el cuerpo erguido, destacándose bajo las ropas húmedas i ceñidas los amplios hombros i el combado seno, quedó un instante en actitud de reto, lanzando rayos de intensa cólera por los oscuros i rasgados ojos.

— ¡No rabies, mujer, mira que ofendes a Dios!, profirió alguien burlonamente entre la turba.

La interpelada se volvió como una leona

— ¡Dios!, dijo, para los pobres no hai Dios!

I lanzando una mirada furiosa hacia la ventanilla, esclamó:

— ¡Malditos, sin conciencia, así se los tragará la tierra!

Los capataces sonreian por lo bajo i sus ojos brillaban codiciosamente contemplan a la real hembra. La viuda arrojó una mirada de desafio a todos i volviéndose hacia su chico, que con la boca abierta miraba embebecido una banda de gaviotas que volaban en fila, destacando bajo el cielo brumoso su albo plumaje, como una blanca cinta que el viento empujaba hacia el mar, le gritó, dándole un empellon

— ¡Anda, bestia!

El impulso fué tan fuerte i las piernas del pequeño era tan débiles que cayó de bruces en el lodo. Al ver a su hijo en el suelo los nervios de la madre perdieron su tension i una crisis de lágrimas sacudió su pecho. Se inclinó con presteza i levantó al muchacho, besándolo amorosamente i secando con sus labios las lágrimas que corrian por aquellas mejillas pálidas a las que la pobreza de sangre daba un tinte lívido i enfermizo.

A Pedro Maria le habia llegado el turno i aguardaba mui inquieto junto a la ventanilla. Miéntras el cajero volvia las pájinas el corazon le palpitaba con fuerza i la angustia de la incertidumbre le estrechaba la garganta como un dogal, de tal modo que cuando el pagador se volvió i le dijo:

— Tienes diez pesos de multa por cinco fallas i se te han descontado doce carretillas que tenian tosca. Debes, por consiguiente, tres pesos al despacho.

Quiso responder i no pudo i se apartó de alli con los brazos caidos i andando torpemente como un beodo.

Una ojeada le bastó a la mujer para adivinar que el obrero traia las manos vacias se echó a llorar balbuceando, miéntras apretaba entre sus brazos convulsivamente la criatura:

— ¡Vírjen santa, qué vamos a hacer!

I cuando su marido adelantándose a la pregunta que veia venir le dijo:

— Debemos tres pesos al despacho, la infeliz redoblo su llanto al que hicieron coro mui pronto los dos pequeñuelos. Pedro Maria contemplaba aquella desesperacion mudo i sombrio, i la vida se le apareció en ese instante con caracteres tan odiosos que si hubiera encontrado un medio rápido de librarse de ella lo habria adoptado sin vacilar

I por la ventanilla abierta parecia brotar un hálito de desgracias, todos los que se acercaban a aquel hueco se separaban de él con el rostro pálido i convulso, los puños apretados, mascullando maldiciones i juramentos. I la lluvia caia siempre, copiosa, incesante, empapando la tierra i calando las ropas de aquellos miserables para quienes la llovizna i las inclemencias del cielo eran una parte mui pequeña de sus trabajos i sufrimientos.

Pedro Maria, taciturno, cejijunto, vió alejarse su mujer e hijos cuyos harapos adheridos a sus carnes flácidas les daban un aspecto mas miserable aun. Su primer impulso habia sido seguirlos, pero la rápida vision de las desnudas i frias paredes del cuarto, del hogar apagado, del chico pidiendo pan, lo clavó en el sitio. Algunos compañeros lo llamaron haciéndole guiños espresivos, pero no tenia ganas de beber; la cabeza le pesaba como plomo sobre los hombros i en su cerebro vacío no habia una idea, ni un pensamiento. Una inmensa laxitud entorpecia sus miembros i habiendo encontrado un lugar seco se tendió en el suelo mui pronto un sueno pesado lleno de imájenes i visiones estraordinariamente estrañas i fantásticas, cerró sus parpados.

I soñó que estaba allá abajo, piqueta en mano, atacando la vena i cosa rara le parecía que aquella masa oscura, quebradiza como el cristal, no tenia la consistencia de otras veces. Sacudió la lámpara para ver mejor i su estrañeza desapareció. No era carbon, ni otro mineral cualquiera lo que heria la acerada punta de la herramienta, sino una masa rojiza, blanda-jelatinosa. Entonces, sintió que una vívida claridad penetraba en su cerebro: aquello era el sudor, la sangre i las lágrimas vertidas por las jeneraciones de mineros, sus antepasados, en los corredores de la mina i por los que aun poblaban sus infernales pasadizos. I sin asombro vió que el sudor que brotaba de su cuerpo era de color de púrpura i que poco a poco tomaba el tinte i consistencia del estraordinario filon.

Luego la vision se trasformó i se encontró delante de un inmenso crisol donde era arrojado el estraño mineral que dejaba escapar por una abertura de su parte inferior un chorro dorado que saltaba como una cascada, esparciéndose en áureos arroyuelos por los campos.

Al contacto del oro la tierra se estremecia i, como al golpe de una varilla májica, brotaban de su seno palacios i moradas espléndidas en cuyas estancias resplandecientes como el dia, innumerables parejas se entrelazaban al acompasado son de voluptuosas danzas.

De pronto los bailes i las músicas cesaron i una luz estraña, rarísima, iluminó los aposentos. Los diamantes que brillaban en los cabellos i gargantas de las mujeres se desprendieron de sus engarces i rodaron como lágrimas por los níveos hombros i senos de las hermosas, haciéndolas estremecerse con su húmedo contacto. Los rubíes dejaban al caer manchas sangrientas sobre los rejios tapices. I los paredes, las escalinatas, los bronces i los mármoles, tomaron un tinte rojo, violáceo, horrible, parecian de sangre coagulada.

Miéntras Pedro Maria contemplaba aquella brusca trasformacion, una espantable turba se abalanzó sobre los edificios: eran esqueletos que con su garfiados dedos despedazaban esos templos de la fortuna i el placer, arrancando trozos que se adherian a sus osamentas convertidos en jirones de carne palpitante.

A medida que los esqueleto se vestian de aquella estraña manera, adquiriendo sangre i músculos, los palacios se desvanecian desmenuzados por aquellos millares de tenazas i acerados garfios. Nada restaba de las soberbias moradas, ni los cimientos. I cuando hubo desaparecido el último escombro, la última piedra, solo quedó en aquel sitio una muchedumbre de viejos, de jóvenes i niños tiznados i sucios.

El obrero se despertó súbitamente. Los cobertizos estaban desiertos i las gotas de lluvia modulaban su alegre sinfonia, escurriéndose rápidas por el alero de los tejados.