El pesimista corregido: 26

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El pesimista corregido Santiago Ramón y Cajal


Al llegar a este punto de sus cavilaciones cayó Juan en profunda postración. Lo triste evoca lo triste. A su mente acudieron en tropel dolorosas remembranzas: la prematura muerte de sus padres, ensueños de gloria desvanecidos, amores sin esperanza. Al exceso de emoción intensa y angustiosa sucedió un estado de subconciencia durante el cual percepciones e imágenes lucían a intervalos como llama próxima a extinguirse. Haciendo, empero, un poderoso esfuerzo interior, a fin de encender de nuevo la luz del pensamiento, continuó:

Veo negro y siento frío. Me parece que una ola tenebrosa de la noche estelar penetra en mi alma; que la temperatura glacial de los espacios interplanetarios me empapa como el errabundo aerolito; que las células de mi cuerpo pugnan por dispersarse como enjambre de abejas enloquecidas... ¡Lástima que la muerte suspenda la conciencia sin transferirla del cerebro a la célula y de ésta a la molécula! Momento felicísimo debe ser para los átomos de carbono y de nitrógeno encarcelados en los albuminoides del protoplasma el de la liberación definitiva y su libre expansión en los amplios dominios de la atmósfera. ¡Qué placer más grande sería sentirse disolver en la nada; ocultarse de la luz, aleteando sin rumor, como el murciélago que se refugia en la caverna; caer en el abismo, a semejanza del barco zozobrado en las tinieblas, sin producir espumas ni remolinos visibles, sin dejar, en fin, en ningún corazón, el amargor de un sentimiento!

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Sudor viscoso y frío bañó el rostro de Juan. Cesaron pensamiento y palabra. Su piel estremecióse con ese intenso calofrío que traduce las sensaciones oscuras, pavorosas e indefinibles. Latíale el corazón rápida y descompasadamente, y la sangre, huyendo del frío periférico, concentraba su calor en las más nobles e importantes entrañas. El hilo, cada vez más sutil, de la percepción consciente amenazaba romperse. En tan angustiosos momentos, y a guisa de suprema despedida del mundo ingrato, tendió Juan una postrera y desmayada mirada a los seres alegres y bulliciosos que a pocos pasos de distancia representaban la poderosa y obstinada corriente de la vida vulgar, por igual indiferente al dolor y a la gloria... Y ¡oh cruel ironía! En aquel desfile de cuerpos sin alma creyó ver o vió realmente a la desdeñosa e insensible Elvira.


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