El pesimista corregido: 27

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El pesimista corregido Santiago Ramón y Cajal


Sí... ¡era ella! Venía sobre lujosa carretela; la cabeza iluminada a contraluz, con el cabello dorado y como incendiado por los últimos arreboles del cielo; con la frente serena y ennoblecida por los azules reflejos del Oriente; ardientes y arrebatadores ojos negros; los labios, semejantes a pétalos de geranio, rizados por espiritual sonrisa. Lucía talle adorablemente femenino, donde resaltaban las graciosas y rotundas curvas juveniles, triunfadoras de la curiosidad sensual de los hombres y de la inquisición maliciosa de las mujeres. En fin, la impecable estatua aparecía adornada con un soberbio traje de terciopelo verde oscuro que, por sabio y artístico contraste, además de dar al cuerpo aspecto de capullo, sonrosaba hechiceramente el nácar de una garganta de diosa y de unas manos marfilinas irreprochablemente dibujadas.

Sí... ¡no cabía duda! Era la Elvira de siempre...: la virgen fuerte, equilibrada y serena que meses antes, en un día aciago, había sido deshecha y envilecida por el implacable escalpelo del análisis; pero contemplada ahora a la debida distancia, es decir, a la distancia de la ilusión, acariciada por luz suave y armoniosa, alzada, en fin, sobre el cristalino pedestal del espacio, merced al cual los soles pierden sus manchas y las lunas sus cráteres.

Y cuando el casi expirante filósofo, mudo de estupor por la sobrenatural aparición, fijó los ojos en la radiante estrella y sorprendió una de sus ardientes miradas, sintió de repente que una oleada de sangre caliente le inundaba el cerebro, y que su corazón, reconfortado, volvía a latir con el ritmo solemne y brioso de la salud. Habríase dicho que las células de la colmena vital, antes ansiosas de libertad y expansión, estrechaban de nuevo el nexo de la solidaridad y de la sinergia orgánicas. Con el retorno de la esperanza, le pareció ahora la vida, miserable y todo, digna de ser vivida. Y la estupenda resurrección operada fue en una décima de segundo, el lapso de tiempo estrictamente preciso para sentirse enfocado por unos ojos piadosos, subyugadores, impregnados de nupciales promesas...


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