El pesimista corregido: 28

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VIII
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El pesimista corregido Santiago Ramón y Cajal


Al cabo, cumplióse el plazo señalado por el genio. Cierto día, tras sueño letárgico y restaurador, los ojos y el cerebro del afligido filósofo recobraron su normal modo de ser. Al contemplar por primera vez, después de un año de análisis despiadado, los seres vivientes con sus matices continuos y estructuras veladas; al volver a hallar el aire, el agua, los alimentos y vestidos limpios de asquerosos detritus y de amenazadores microbios, creyó haberse remontado a un planeta nuevo, presidido por algún Dios paternal, benéfico y misericordioso.

Progresivamente recobró nuestro protagonista la antigua ingenua serenidad, y curó de sus rebeldías y pesimismos. La dura lección recibida le hizo más justo con los hombres y más severo consigo mismo. Una gran luz surgió en su inteligencia, y como consecuencia de sus nuevas reflexiones se propuso variar radicalmente de conducta.

En adelante fué su más firme resolución ajustar estrictamente su acción y su pensamiento a las incontrastables leyes de la evolución moral e intelectual de la vida, sin contrariarlas en lo más mínimo, antes bien, sacando de ellas normas y principios de conducta individual y social. Su divisa fué la de Epícteto: "¡Oh Naturaleza! Yo quiero lo que tú quieres."

Por de contado, abandonó para siempre la satánica manía de hacer responsable a la Providencia del mal físico y moral, considerándolos ahora como indeclinable consecuencia de la flaqueza e imperfección del mecanismo cerebral. Comprendió que el dolor y la desgracia, irremediables en el fondo, en cuanto arrancan de la esencia y contextura misma de la máquina orgánica, sólo pueden paliarse educando a los pueblos en el altruista amor del organismo colectivo y sugiriendo a los hombres la firme convicción de que son células hermanas y equivalentes de una unidad viviente superior, Nación o Estado, cuya prosperidad y felicidad representan la suma de las abnegaciones y sacrificios individuales.

Fué tolerante con el error, y singularmente con el filosófico y religioso, en los cuales, cuando la sinceridad les santifica y ennoblece, veía ahora meras reacciones ideales compensadoras del infortunio, o consoladoras leyendas destinadas a llenar, con el perfume del ideal, el desierto de una mente sin conceptos y el vacío de un corazón sin amores. Y cuando el error, por no afectar a lo íntimo de la sensibilidad ni asociarse a un sistema de ideas compensador de la realidad dolorosa, podía y debía ser desvanecido, procedía a su extirpación con la suavidad, dulzura y miramiento con que se limpia la mancha que afea delicada y preciosísima estofa.


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