El pesimista corregido: 29

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El pesimista corregido Santiago Ramón y Cajal


Hasta las propias desgracias presentáronsele ahora bajo un aspecto nuevo y singularmente alentador. Descubría en ellas una como providencial advertencia de la debilidad creciente de su raza y de la necesidad inaplazable de vigorizarla física y moralmente.

Y ya en el camino de la justicia y de la sinceridad, cayó en la cuenta de que, en los desdenes y pretendidas injusticias de los hombres para con él, palpitaba un gran fondo de sabiduría y previsión social. Lo que, apreciado desde el punto de vista del yo egoístico, parecía crueldad, mirado desde la serena cima de la utilidad colectiva, transformóse en caridad bien entendida.

Convertido gradualmente de esta suerte al culto fervoroso de la especie, fué pío e indulgente con sus adversarios; pues echó de ver que no pocos de los impulsos, al parecer antipáticos y egoístas de los hombres, representan, detenida y serenamente analizados, sagradas e imperativas exigencias de la continuidad y prosperidad de la raza.

-Bien hicieron mis jueces decía en desairar a un opositor, estudioso y despierto sin duda, pero exaltado, desordenado y agrio. Razón tienen también mis amigos en desdeñar a un camarada pedante y enfático, que cifra su vanidad en acibarar, con sombrías y desoladoras filosofías, el optimismo y la fe necesarios a la lucha y a la felicidad. No menos prudente y razonable se mostró Elvira al interrumpir toda relación de afecto con un hombre débil, enfermo y, por añadidura, estrambótico y malhumorado. En sus frías repulsas, intolerables entonces para mi egoísmo, hablaba, sin duda, el genio de la especie. Por irreverente que parezca a los mantenedores del individualismo militante, preciso es reconocer que, en el contrato del amor, la humanidad por venir es un testigo con derecho a ser oído y a oponer su veto, si el presumible resultado de la unión conyugal contraría las sacrosantas leyes de la evolución. Ese testigo de cargo habla a menudo en la mujer desde el fondo del inconsciente. Atento al equilibrio de la forma y al progreso de la inteligencia, él fué, sin duda, quien transmitió a la conciencia de Elvira la sorda protesta de miles de gérmenes inmaturos recelosos de no ver la luz, el lamento agorero de toda una futura humanidad amenazada de morir en agraz o de arrastrarse acaso en las ignominias de la degeneración o de la locura.


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