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El resero

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El resero

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Para don Demetrio, como para todos los pequeños hacendados que no tienen campo propio, el gran problema anual era el pago del arrendamiento.

La lana, generalmente, alcanzaba y hasta sobraba, para saldar la libreta del pulpero, pero los mil pesos de dinero efectivo que necesitaba, a fecha fija, para el dueño del cuarto de legua que ocupaba con su hacienda, eran para él y para toda la familia, en Abril de cada año, fuente temida de punzantes inquietudes.

En Abril, suele haber en los rodeos, novillos gordos, y en las majadas, capones; de poderlos vender, está salvado el paso; pero, y aunque no se haga cuestión de precios, no siempre se encuentra quien los compre.

La mayor parte de los reseros, mandados por los saladeros y frigoríficos, tratan por lotes importantes, en las estancias grandes: menos trabajo y menos gastos requiere una tropa de varios miles de cabezas, así conseguida, que el aparte y la junta de pequeños lotes, en muchos rodeos chicos; sin contar que siempre, en el primer caso, sale la hacienda más pareja; pero los pequeños hacendados se quedan con las ganas.

Y por esto era que desde principios de marzo, don Demetrio, y como él, muchos otros, arrendatarios de fracciones del mismo campo, subían más a menudo que de costumbre, a la punta de la larga escalera del mojinete, con pretexto de observar el campo, para ver si la majada no se mixturaba con la del vecino, pero más que todo, en realidad, con la inconfesa esperanza de divisar, en el horizonte, la espesa silueta de don José Aramburú.

Es que don José Aramburú, era, para toda esta buena gente, el resero providencial. Era un vasco, de estatura soberbia, algo grueso, pero galopador incansable; trabajaba por su propia cuenta, con su pequeño capital y no podía aspirar a tratar con potentados, para formar tropas grandes, a precios altos; su clientela, la formaban grupos de modestos criadores, felices de encontrar en él al comprador siempre dispuesto a tomarles los escasos novillos de sus pequeños rodeos, a precios siquiera regulares, por tal que en los alrededores, pudiera alcanzar a juntar suficiente número de cabezas para formar tropa.

Lo mismo que la mayor parte de sus clientes, no sabía leer ni escribir; y esto mismo simplificaba las cosas, no habiendo nunca con él, cuentas enredadas. Nunca pedía plazo; compraba, apartaba y pagaba.

Era un mesías, el hombre; y los patacones que adornaban su tirador repleto, relucían como rayos de un sol bienhechor, en medio de la negra penuria de pesos, a la cual venía poner remedio.

De Barracas al Sur, donde tenía la familia, cerca de los corrales, irradiaba, siempre acompañado de su fiel capataz, Juan Sosa, en toda la campaña del Sud, de Chascomús a Tapalquen y de Cañuelas al Tandil. Hoy aquí, mañana allá; pero, siempre apurado, con la oferta en la boca y la plata en la mano.

Poco le gustaba la gente remolona, la que nunca sabe si debe vender o no, la que regatea, la que nunca acepta de plano el precio ofrecido, por bueno que sea, o discute sin razón el número de animales a apartar. Él sabía lo que hacía, conocía su oficio; al rato de estar en un rodeo, le decía al dueño, con su voz siempre pausada:

-«Mire, señor, de aquí le voy a sacar tantos novillos, a tal precio;» y de ahí no salía.

Nunca, por supuesto, faltan hacendados que quieren mayor precio, o quieren obligar al resero a apartar osamentas, o tratan de envolverlo en conversaciones de no acabar; y la mujer interviene, y lo dejan ir hasta el palenque, a veces montar a caballo, antes de decir que sí; con don José, era juego peligroso, pues más de una vez, había sucedido que, aunque hubieran aflojado, no se había vuelto a apear; y era esta una despedida para toda la vida, dejándolos ya que buscasen quien pagase más que él, por sus cuatro guachos.

-«Soy vasco inglés, en mis tratos,» decía él, dicho que le parecía condensar acabadamente lo infrangible de su palabra.

Con don Demetrio, se conocían desde muchos años, y este nunca hubiera vendido a otro sus novillos; pues sabía él no sólo que con don José siempre se podía tratar, sino que era hombre de buen consejo, conocedor como nadie de cuanto campo disponible había para arrendar, con precios, condiciones y todo; y esto, en ciertas ocasiones, podía ser de gran importancia.

Mientras formaba tropa, don José se hospedaba en lo de don Demetrio, y no faltaban, a la noche, visitas ni temas de conversación, pues el resero, desde veinte años que andaba derramando pesos en toda la campaña, la conocía palmo a palmo, teniendo en cada palmo un amigo, y podía dar a cualquier vecino, noticias de cuanto conocido o pariente tuviera en cualquier parte.

Y por todo esto, era una alegría la llegada de don José. Después de los primeros mates, principiaba el tiroteo serio, cruzándose las preguntas veladas sobre el estado de los novillos, por parte del resero, con las discretas indirectas sobre los precios que iba a pagar, por parte de los hacendados.

Y don José, para hacerla amostazar a la dueña de casa, empezaba a pedirle y aconsejarle a don Demetrio, como en secreto aparte, que le vendiera algunas vaquillonas gordas, unas pocas; que le podría pagar buen precio. ¡Efecto infalible!

-«Pues, señor; ¡qué barbaridad! nunca permitiría ella semejante herejía,» gritaba, al momento, la señora.

Don Demetrio, tentado, bien insinuaba tímidamente que, con plata, se compran otras; que una vaca no es más que una vaca, y que siempre se debe vender lo gordo; pero él mismo lo decía sin convicción. Es que si, para el rico que tiene grandes rodeos, la hacienda no pasa de un artículo de comercio, para el hacendado modesto, es cosa muy diferente. Para él, cada una de sus vacas tiene su nombre, su historia, su personalidad propia, y por mucho que se la paguen, nunca se le dará su valor.

Bien lo sabía esto don José, pero le gustaba hacerla enojar a la señora, para reírse después.

El enojo, de todos modos, duraba poco y pronto se llevaba el resero los novillos del rodeo, dejando ya forrados y libres de inquietud para todo el invierno, a don Demetrio y a muchos otros hacendados del pago.