El retrato oval (Olivera tr.)

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
 
EL RETRATO OVAL

 

El castillo en que mi criado tuvo á bien penetrar por fuerza, antes que permitirme pasar la noche al aire libre, en el estado en que me encontraba, á causa de mis heridas, era uno de esos edificios mezcla de grandeza y melancolía que por largos siglos alzaron su rugosa frente en medio de los Apeninos, lo mismo en la rea­lidad que en la imaginación de mistress Radcliffe.

Según toda apariencia había sido temporal y recien­temente abandonado.

Instalámonos en una de las salas ó habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas.

Dicha habitación estaba situada en una torre aislada del edificio, y su decoración era rica pero antigua y des­mantelada.

Cubrían los muros ricos tapices, numerosos trofeos heráldicos de todas formas, así como también una cantidad verdaderamente prodigiosa de pinturas mo­dernas, llenas de estilo, en ricos cuadros de oro de un gusto arabesco.

Á causa sin duda alguna del delirio que empezaba á apoderarse de mi cabeza, experimenté un interés pro­fundo hacia aquellas pinturas que estaban colgadas no solamente en los lienzos principales de los muros sino también en multitud de recodos que hacía inevitables la extraña arquitectura del castillo.

Fué tal el interés, que ordené á Pedro cerrase los pesados postigos de madera de la habitación, — puesto que ya era de noche, — que encendiese un gran can­delabro de muchos mecheros ó brazos, colocado cerca de mi cabecera, y abriese por completo las grandes colg-aduras de terciopelo negro guarnecidas de anchas fran­jas, que rodeaban el lecho.

Deseaba yo que se hiciera así para que, si no podía dormir, pudiese al menos consolarme alternativamente con la contemplación de estas pinturas y con la lectura de un pequeño volumen que había encontrado sobre la almohada y que contenía el juicio crítico y análisis de las mismas.


Largo, muy largo tiempo, leí y contemplé devota y religiosamente.

Pasaron rápidas y gloriosas las horas y llegó la media noche.

La posición del candelabro me desagradaba, y exten­diendo la mano con dificultad, — para no molestar á mi criado que se había quedado dormido, — coloqué el objeto de manera que sus rayos iluminasen de lleno el libro.

Pero la acción produjo un efecto absolutamente ines­perado.

Los rayos de las numerosas bujías (porque había muchas) cayeron entonces sobre un nicho de la habita­ción oculto hasta entonces por la profunda sombra que proyectaba una de las columnas del lecho.

En el fondo del mismo se dejó ver en medio de una luz viva una pintura que hasta entonces había escapado á mi observación.

Era el retrato de una joven ya próxima á ser mujer.

Eché sobre la pintura en cuestión una ojeada rápida, y cerré los ojos.

Al principio no me di cuenta de por qué los cerraba, pero mientras mis párpados estaban cerrados analicé rápidamente la razón que me los hacia cerrar.

Era un movimiento involuntario para ganar tiempo y para pensar, — para asegurarme de que mi vista no me había engañado, — para calmar y preparar mi espíritu á una contemplación más fría y más segura.

Al cabo de algunos instantes miré de nuevo la piuntura fijamente.

Aunque lo hubiera querido, no podía dudar de que veía con toda la claridad posible, porque el primer reflejo de la luz de las bujías sobre este cuadro había disipado el estupor de que estaban poseídos mis senti­dos y me había llamado de pronto á la vida real.

Ya he dicho que el retrato era el de una joven. Con­sistía en una simple cabeza, con hombros, todo en ese estilo que se llama en lenguaje técnico de viñeta; era algo parecido a la manera de Sully en sus cabezas de predilección.

Los brazos, el seno y hasta las puntas de los res­plandecientes cabellos se fundían de una manera impal­pable en la sombra vaga pero intensa que servía de fondo al conjunto.

El marco era ovalado, magníficamente dorado y tara­ceado según el gusto morisco.

Como obra de arte no podía hallarse nada más admi­rable que la pintura en sí. Pero puede ser muy bien que no fuese ni la ejecución de la obra, ni la inmortal belleza de la fisonomía lo que me impresionó tan súbita y fuertemente.

Menos aún debía creer que mi imaginación, al salir de aquel estado de semi-sueño, hubiese tomado la ca­beza por la de una persona viva.

Por de pronto vi que los detalles del dibujo, el estilo de la viñeta y el aspecto del cuadro hubieran disipado inmediatamente semejante encanto y me hubie­ran preservado de toda ilusión, siquiera fuese momen­tánea.

Mientras hacía estas reflexiones con mucha vivacidad, permanecí medio tendido y medio sentado una hora en­tera lo menos, con los ojos clavado en el retrato.

Á la larga habiendo descubierto el verdadero se­creto de su efecto, me dejé caer en el lecho.

Había adivinado que el encanto de la pintura era una expresión vital absolutamente adecuada á la vida misma, que primeramente me había hecho conmo­verme y por úllimo me había confundido, subyugado y espantado. Con un terror profundo y respetuoso volví á colocar el candelabro en su primera posición.

Habiendo así ocultado á mi vista la causa de mi pro­funda agitación, busqué vivamente el volumen que contenía el análisis de los cuadros y su historia. Yendo derecho al número que designaba el retrato oval, leí la vaga y singular relación siguiente:

« Era una doncella de extraodianaria belleza y tan amable como llena de alegría.

« Y fué maldita la hora en que vió, amó y se casó con el pintor.

« Él, apasionado, estudioso, austero, había ya encon­trado esposa en su Arte; ella, una joven de rarísima belleza y no menos amable que llena de alegría; no era toda ella más que luz y sonrisas y se parecía en lo alocada á un joven pavo real; gustábanle todas las co­sas; no odiaba más que al arte que era su rival; no temía más que á la paleta y los pinceles y demás instrumentos enfadosos que la privaban de la vista de su adorado.

« Fué una cosa terrible para esta dama oir al pintor hablar del deseo de pintar á su joven esposa.

« Pero era humilde y obediente, y se sentó con dul­zura durante largas semanas en la sombría y elevada habitación de la torre, en que la luz se filtraba á través de un lienzo, solamente por el techo.

« Entretanto él, el pintor, ponía su gloria en su obra que adelantaba de día en día y de hora en hora.

« Y era este un hombre apasionado y extraño y pen­sativo, que se perdía en sus divagaciones, hasta tal punto que no quería ver que la luz que caía tan lúgu­bremente en esta torre aislada secaba la salud y los espíritus vitales de su mujer, que languidecía visiblemente para todo el mundo, excepto para él.

« Sin embargo sonreía siempre, y siempre sin lanzar una queja, porque veía que el pintor (que tenía gran renombre) experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea y trabajaba día y noche para pintar á la que tanto amaba, pero que cada día se ponía más lánguida y débil.

« Y en verdad, los que contemplaban el retrato hablaban en voz baja de su parecido, como de una sorprendente maravilla y como de una prueba no menos grande de la potencia del pintor que de su profundo amor hacia la que estaba retratando tan milagrosamente bien.

« Pero á la larga, como la tarea tocaba á su térmi­no, nadie fué admitido á visitar la torre; porque el pintor se había vuelto loco á causa del ardor de su trabajo, y rara vez apartaba sus ojos del lienzo, ni aun para mirar al rostro de su mujer.

« No quería ver que los colores que extendía sobre el lienzo eran sacados de las mejillas de la que estaba sen­tada junto á él.

« Y cuando hubieron pasado muchas semanas y no quedaba casi nada que hacer, á no ser un ligero toque en la boca y un glacis en un ojo, el espíritu de la dama palpitó aún, como la llama de una lámpara que va á apagarse.

« Y entoncas se dió el toque en la boca y se arregló el glacis; y durante un momento el pintor quedó en éxtasis delante del trabajo que había realizado; pero un minuto después, como la contemplase aún, tembló, se puso pálido y se llenó de terror, gritando con voz fuerte y vibrante:

« — ¡En verdad es la Vida misma!

« Volvióse bruscamente para mirar á su muy amada, y... ¡estaba muerta! »