El silbato de plata

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EL SILBATO DE PLATA


«Abordo del Red Star se necesita un marinero experto, robusto, avezado a los peligros y que sepa hablar inglés. Contrata por dos años; salario, sesenta dólares al mes. En caso de muerte su familia recibirá indemnización de mil dólares».

Este aviso, escrito en inglés y en castellano y pegado en uno de los postes del muelle de Puntarenas, atrajo la atención de los desocupados que desde el amanecer había acudido a la playa para admirar el esbelto yate pintado de blanco con un estrella roja en cada banda, cuyo casco mecía indolentemente como un cisne en las verdosas aguas de la bahía.

El Red Star era propiedad del renombrado naturalista y archimillonario inglés Mr.Evans, quien después de recorrer las regiones menos conocidas de Brasil, se preparaba a explorar las no menos misteriosas del Asia Central, dejando depositadas en Puntarenas algunas de sus valiosas colecciones.

Cuando los curiosos comenzaron a desbandarse, uno de ellos se alejó cabizbajo, repitiendo entre dientes: «Me conviene, no hay duda». Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, fornido, moreno, de fisonomía inteligente y enérgica. Feliciano, o Chano, como le llamaba todo el mundo, había servido seis años en los vapores ingleses de la India; pero cuando se casó echó el ancla en su pueblo natal y se dedicó al aleatorio negocio de la pesca. Nadie más valiente, honrado y feliz que él: en su humilde vivienda moraban la dicha y la paz: su esposa, modelo de virtudes; su hija María, guapa, hacendosa y honesta.

Durante el frugal almuerzo discutióse el anuncio del Red Star, y no sin gran trabajo logró Chano convencer a las dos mujeres de las ventajas de su proyecto. De los sesenta dólares les dejaría cincuenta, con los cuales pasarían holgadamente y aún podrían ahorrar algo en dos años. Aquella misma tardé firmó su contrata, y al día siguiente, después de una tierna despedida, regada con abundantes lágrimas; partió para el lejano oriente.

* * *

Desde todos los puertos en que hizo escala el yate, escribió largas cartas a su familia, sin esperar contestación, pues no lo permitía el caprichoso itinerario del doctor Evans. Durante dos años recorrieron los expedicionarios casi toda la región central de la India y volvieron a Puntarenas para despachar a Europa las antiguas y las nuevas colecciones. Proponíase el célebre naturalista explorar en seguida el Norte de la China, y especialmente el Tibet, en donde es fama que hay plantas medicinales de rara virtud; y estando muy satisfecho de los servicios de Chano, le instó para que le acompañase, ofreciéndole magnífico salario. El marinero aplazó su respuesta hasta ver a su familia, y saltó a tierra para abrazar a las prendas de su corazón. Mas ¡ay! volvió para encontrar la casita cerrada y casi en ruinas, la esposa muerta y la hija desaparecida. Seducida por un rico libertino de la capital, María había huido del hogar paterno y según decires había dado a luz un niño, la misma semana que la esposa de Chano moría de dolor y de vergüenza.

El primer impulso del marinero fué ir a San José y clavar su cuchillo en el pecho del miserable; pero el seductor L... andaba con su esposa de paseo por el Viejo Continente!

Chano tomó en un momento su resolución: volver a bordo, renovar su contrata por cinco años y buscar la muerte en las apartadas tierras a donde se dirigía el sabio naturalista.

* * *

Entre las innumerables y dramáticas aventuras que ocurrieron a los expedicionarios en los países semisalvajes del norte de la China, una, sobre todo, estaba destinada a grabarse de un modo indeleble en la memoria de Chano.

Una vez cerca de Gorghi un grupo de aldeanos furiosos iba a despedazar a un pobre buhonero que yacía mal herido en tierra. El marinero intervino, y como su revólver y su uniforme europeo infundieron respeto a la chusma, pudo llevarse al pobre diablo hasta el campamento, sin olvidar el cajón de sus baratijas. El estado del chino era grave; así lo comprendió éste, y llamando aparte a su salvador le dijo en pésimo inglés: «Para recompensar tu buena acción voy a proporcionarte los medios de hacerte rico. Hay aquí una enfermedad horrible e incurable —el cáncer del Tibet— que comienza en la boca, se extiende por toda la cara y hace morir al enfermo en medio de atroces dolores».

Y abriendo el cajón lleno de juguetes, campanillas, flautas y otras chucherías, sacó del fondo un estuche de latón. «Aquí dentro —continuó el chino— hay un silbato de bambú: basta tocarlo para contraer la enfermedad. Y aquí —añadió abriendo una cajita de laca— está el remedio que sólo yo conozco». Era un silbato de plata en forma de dragón con la cola dirigida hacia atrás. «Al soplar —prosiguió el buhonero— sale por la cola del dragón un polvillo que se deposita al rededor de la boca y el mal desaparece en dos días. Así contagié a los aldeanos más ricos de estos lugares y me hice pagar bien la curación; pero los malditos sospecharon algo y por eso me querían matar. Llévate estos dos silbatos a tu país y con ellos podrás ganar mucho dinero».

* * *

Cumplida su contrata, volvió Chano a Puntarenas, en donde le esperaba un nuevo y doloroso golpe: su hija había muerto en la mayor miseria y el niño había sido encerrado en el hospicio de huérfanos.

Desde entonces la vida de Chano tuvo por objetivo una sola aspiración: la venganza. Un día en que rumiaba la amargura de sus recuerdos, atizando el odio con la representación de su hogar perdido, se le ocurrió de improviso un plan terrible. No en balde se pasan cinco años entre los tártaros, refinados artistas del suplicio, para quienes la muerte no es un castigo sino una gracia concedida a la víctima, puesto que pone fin a sus atroces torturas.

Recogió Chano a su netezuelo, hermoso e inteligente chiquillo, rubio como las espigas maduras; se trasladó con él a San José, y con sus economías, que ascendían a una respetable suma, compró una tienda frente al Parque Central, a pocos pasos de la suntuosa mansión que el señor L... habitaba desde que enviudó, sin más compañía que la de su hijo Jorge, simpático chicuelo de ocho años, que era el encanto de su padre.

Y sucedió lo que el marinero había previsto: los dos niños jugaban todas las mañanas en el Parque y acabaron por ser íntimos amigos.

* * *

Por aquellos días causó grande alarma en la capital la noticia de haber aparecido una enfermedad espantosa y extraña, especie de cáncer que comenzando en el labio inferior se iba extendiendo rápidamente; y el terror subió de punto cuando la Facultad de Medicina, después de escrupuloso examen, declaró que los pacientes en observación estaban atacados de cáncer del Tibet, mal incurable y en extremo contagioso. Eran los enfermos dos sastres, vecinos y asiduos parroquianos de Chano en cuya tienda pasaban largas horas, contemplando y revolviendo las mil chucherías orientales que éste tenía de venta.

Al saber Chano la opinión de los médicos solicitó permiso para curar a sus amigos, el cual le fué concedido entre un coro de sonrisas burlonas y puyas de los facultativos; pero tres días después los hombres de ciencia se pusieron serios cuando los periódicos refirieron los detalles de la milagrosa curación.

Chano salía solo de noche: una mañana, sin embargo, fué con su nieto al Parque, en donde no tardó en reunírseles el hijo del señor L... En un momento en que Enrique se alejó rodando un aro, el vengativo marinero sacó del estuche de latón el fatal silbato de bambú y prestóselo a Jorge para que jugase. Quitóselo en seguida y se alejó pálido y trémulo como el que acaba de cometer un crimen. Al llegar a casa arrojó el estuche al fuego y se cubrió el rostro con las manos.

Antes de finalizar la semana volvió la prensa a llenar de zozobra a la capital, anunciando la aparición de un nuevo caso del temible cáncer. Tratábase esta vez del hijo de un millonario, el señor L., ante el cual se vieron obligados los médicos a confesar su impotencia, aconsejando al afligido padre que recurriese al tendero su vecino. ¡Cómo se regocijó L... al saber que tenía tan cerca el remedio! Estaba dispuesto a dar toda su fortuna, su vida si era preciso, para rescatar la de aquel hijo idolatrado.

* * *

En la salita sencillamente amueblada, el viejo marinero, de codos en su mesita y con los puños en sus mejillas, está absorto en profunda meditación, mientras la luz de la lámpara hace brillar como hilos de plata las canas de sus sienes. Al través de la cortina de percal que separa la sala de la alcoba se oye la pausada respiración de Enrique, que duerme el sueño de los ángeles. ¡Pobrecillo! ¡Qué triste está desde que no ve a su amiguito en el Parque!

Dieron las diez y ya iba Chano a recogerse, cuando llamaron a la puerta. Antes de abrir, su corazón había reconocido al importuno. Era él, el enemigo, el infame seductor. Sin decir su nombre ni dar excusas por lo intempestivo de su visita, L... loco de dolor, expuso su pretensión en frases incoherentes. «Salve usted a mi hijo, repetía sin cesar: véndame ese silbato de plata con que curó usted a los dos artesanos... Daré por él todo lo que poseo... Pediré limosna... ¡Sálvelo, por Dios!...

Chano avanzó dos pasos hacia su interlocutor, que se había dejado caer sobre una silla. Su rostro hasta entonces impasible como el de una esfinge, adquirió de pronto una expresión de placer feroz, de saña satisfecha. «Hace años —dijo lentamente, vivía en Puntarenas un pescador feliz con el amor de su mujer y de su hija. Un infame sin conciencia sedujo a la joven... La madre murió de pesar y de vergüenza; la hija murió de hambre, dejando un niño abandonado... Ese niño —continuó Chano señalando la alcoba— duerme ahora allí, mientras su abuelo saborea su venganza, devolviendo al miserable todo el mal que hizo».

L... retrocedió anonadado, mudo; pero luego se repuso y gritó desesperadamente: «Sí, yo soy criminal... Máteme usted, es justo. Aquí estoy... No me defenderé. ¡Pero mi hijo es inocente!... ¿Qué mal le ha hecho a usted?»

A estas vehementes frases respondió Chano con una calma que enfriaba la sangre en las venas: «Yo no necesito ni sus riquezas ni su vida; salga usted de aquí». Y asiendo al infeliz millonario de un brazo, le echó a la calle y cerró con llave la puerta.

* * *

Aniquilado por una noche de insomnio y de fiebre se levantó Chano antes del amanecer y salió de la ciudad sin rumbo fijo: deseaba refrescar su frente con el aire del campo y distraer su espíritu para olvidar el pensamiento que le atormentaba. Volvió a la hora de comer, entró con paso rápido en la sala, abrió la gaveta de su mesa y no pudo contener una exclamación. La cajita de laca había desaparecido.

«¡Enrique! ¡Enrique!» gritó. Acudió el niño y al ver a su abuelo delante de la gaveta vacía, palideció, tembló y se echó a llorar desconsoladamente. Tú sacaste de aquí el silbato que te había prohibido tocar ¿verdad? –dijo el marino con severidad.

—¡Perdón, abuelito, perdón! Te lo voy a contar todo... todo...—balbuceó Enrique---. Anoche desperté... y vi en la sala al papá de Jorge... Y oí que te pedía ese pito de plata... porque si no... mi amiguito se moría. Cuando me levanté estaba la gaveta abierta y...

Los sollozos del niño redoblaron.

—Sigue –murmuró Chano, pálido como la cera. –Sí, cogí la caja... corrí... El papá estaba en la puerta con otro señor... Me despachó enojado; pero le dije a lo que iba y le di la caja... Entonces me besó, me abrazó; lloraba y se reía; quiso darme mucha plata y no quise recibirla... ¡Qué contento estará Jorge!.. ¿Por qué fuiste tan malo anoche, abuelito?

Chano no pudo proferir palabra, embargado por las más intensa de las emociones. Sentó al niño sobre sus rodillas, le abrazó estrechamente, y por primera vez desde la muerte de su esposa derramó gruesas y candentes lágrimas que caían una tras otra sobre aquella cabecita rubia, jaula de oro en donde revoloteaban pensamientos inocentes como los pajarillos y fragantes como las rosas.