Marcial Hinojosa

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MARCIAL HINOJOSA



En Febrero de 1900 me trasladé de Cartago a la capital para seguir los cursos de farmacia, y mi buena estrella me deparó en la calle de la Estación un cuartito amueblado y con servicio interior, a un precio muy de acuerdo con mi no muy repleto bolsillo de estudiante. Contraté con la patrona la comida y me arreglé de modo que de los cuarenta colones mensuales que me enviaban mis padres, aún me sobraban cuatro o cinco que invertía en café y tabaco. No tenía amigos y mi único visitante era Marcial Hinojosa, pasante de abogado, antiguo condiscípulo y comprovinciano. Rara era la noche en que Marcial no me ayudaba a preparar el café en la cocinilla de alcohol y también a tomarlo: charlábamos hasta las diez y luego volvía él a su casa y yo a mis libros.

Era Marcial un joven serio y estudioso, perspicaz y observador, muy fuerte en matemáticas y química, enemigo de los versos, pero asiduo lector de novelas, particularmente de aquellas que ofrecen vasto campo a la imaginación, al razonamiento deductivo o a la investigación.

Apasionábale, sobre todo, Conan Doyle. Si aquí hubiera verdaderos criminales—me decía —yo sería el Sherlock Holmes de Costa Rica y tú mi doctor Watson.

Y a fe que Marcial no habría sido inferior a su modelo, pues poseía en igual grado inteligencia, tenacidad y energía. En dos o tres ocasiones en que la policía se había declarado impotente para coger los hilos del crimen, Marcial la había puesto sobre la pista por medio de artículos que publicaba con el seudónimo de Lupin.

Nunca le conocí novia; era, sin embargo, ferviente admirador de la belleza, y aun sospecho que en sus cotidianas visitas a mi habitación tenía no pequeña parte mi hermosa vecina.

Casi enfrente de mi cuarto, en la esquina, se levantaba un edificio de dos pisos cuya ornamental fachada de granito y mármol pregonaba la riqueza de sus dueños. Eran éstos don Horacio Meneses, joven banquero, y su esposa Amelia, bellísima dama que a lo sumo contaría veinticinco años. Físicamente no podía darse mayor contraste entre ambos: mientras ella parecía de puro tipo sajón por sus dorados cabellos y sus ojos azules que resplandecían en una tez de nieve, él era de color moreno subido, cabellos y ojos negros y facciones que revelaban un temperamento sensual e impulsivo. Mayor, si cabe, era el contraste en lo moral, al decir de la gente entrometida: vivían separados, ella en las habitaciones del frente y su marido en las que daban a la otra calle; pero en público se dejaban ver juntos y sabían guardar las apariencias, como cumple a personas de calidad y educación.

Amelia se había casado por despecho al saber que Daniel, Téllez o el único hombre á quien amó desde niña, había contraído matrimonio en Londres. ¡Funesto error que fué la desgracia de toda su vida! Daniel regresó soltero y más enamorado que nunca: no era él sino su hermano Samuel quien se había desposado allá, y los periódicos habían confundido los nombres.

Enterónos de estos pormenores, una tarde, mi locuaz patrona, agregando que según indiscreciones de los criados, el señor Meneses estaba celoso, la señora lloraba con frecuencia y Daniel Téllez rondaba de cuando en cuando la casa. ¿Se verían secretamente? ¿Se escribirían? Esto es lo que mi huéspeda se proponía poner en claro por medio de incesante vigilancia. ¡Hum! me dijo Marcial cuando nos quedámos solos; barrunto que hay drama en el aire.

* * *

Y el drama ocurrió al fin, espantoso, con la brutalidad del rayo.

Sí, fué el 16 de Setiembre. ¿Cómo olvidar la fecha ni la escena? El 14 tomé el tren de Cartago para pasar con mi familia la fiesta de la Independencia; el 16 regresé por la mañana y cuando bajaba a pie por la calle de la Estación ví un gentío considerable enfrente de mi cuarto. Apresuré el paso y ya más cerca pude observar que los curiosos miraban hacia la casa del señor Meneses, cuya puerta guardaban dos agentes de policía.

En la esquina bajó de un coche el doctor Morán, uno de mis profesores, y llamándome con la mano me dijo: Hágame el favor de llevarme esta caja de instrumentos.

—¿Qué ocurre?—le pregunté.

—Una desgracia horrible. Sígame usted.

En su compañía subí la ancha escalera de mármol blanco, atravesamos una galería alfombrada y llegamos a una puerta custodiada por un sargento de policía. Dentro de la habitación se movían algunas personas, entre las cuales distinguí al Juez del Crimen y dos inspectores que conversaban en voz baja con Marcial. Pero no fueron ellos, ni el suntuoso dormitorio tapizado de raso azul, ni el dorado mueblaje lo que atrajo desde luego mi atención, no; fué algo que nunca se borrará de mi memoria y que repetidas veces he contemplado en toda su cruda realidad durante mis pesadillas.

Casi en el centro de la sala se alzaba un magnífico lecho, estilo Luis XV, y allí, boca abajo, ensangrentado y casi desnudo yacía un hermoso cuerpo de mujer, en cuya blanca espalda sobresalía la roja punta de una daga como un pistilo encarnado en el centro de una azucena. Era la señora Meneses, la bella e infortunada Amelia. Sentado en, el borde de la cama, su marido sollozaba con el rostro oculto entre las manos.

— ¿Un asesinato? —murmuré dirigiéndome a uno de los detectives que hablaban con Marcial.

—Probablemente un suicidio —me contestó señalando el cadáver. Entonces reparé que la señora tenía la mano derecha en la empuñadura de la daga, como si se hubiese arrojado sobre ella. Marcial nada dijo, pero se puso a examinar detenidamente la alfombra, los balcones y por último el lecho, cuando por orden del Juez fué removido el cadáver para proceder al dictamen médico legal. Las ropas de la señora Meneses yacían en un sofá: uno de los inspectores registró los bolsillos de la bata y lanzó una exclamación de sorpresa al leer un papel azul que encontró en ellos. Sin hablar palabra nos lo mostró. Decía así: «Tu negativa a tener conmigo una entrevista me va a inducir a algo terrible. Estoy desesperado. Si no accedes, tú sola serás responsable de lo que suceda. D.T.»

Nos miramos consternados: el inspector dió una orden al policial que custodiaba la puerta éste salió precipitadamente. Fácil era adivinar donde se dirigía: iba a arrestar a Daniel Téllez, presunto autor de un crimen pasional.

Un registro minucioso de la habitación no dió nueva luz sobre el asunto; la señora guardaba sus alhajas en una arca de hierro, y las gavetas de las cómodas no habían sido forzadas. Sin embargo, un detalle de suma importancia ha sido anotado por el Juez: la criada que descubrió el horrendo crimen al llevar el café a su señora, declaró que uno de los balcones estaba entreabierto.

El Juez ordenó recoger la daga, el papel y otros objetos, a los cuales se agregó, por insinuación de Marcial, la sábana ensangrentada.

* * *

En la tarde después del entierro, me encerré en mi cuarto a estudiar; pero la mente indócil a la voluntad, giraba sin cesar en torno del trágico suceso y tuve que cerrar los libros para engolfarme en mis meditaciones. ¿Sería Daniel Téllez el autor del crimen? Duro se me hacía creerlo; ni su carácter ni su educación autorizaban tal sospecha. Un hombre como él, en un arrebato de pasión habría dado muerte a su amada y se habría suicidado en seguida, sin pensar en despistar a la policía colocando el cadáver boca abajo.

La daga, una fina hoja japonesa, artísticamente cincelada, y aguzada como una lesna, pertenecía a Amelia, quien la conservaba como un recuerdo de su padre y la utilizaba a veces como plegadera.

¿No parece verosímil que la señora Meneses, desgraciada en su hogar, temerosa de ceder a las instancias de su antiguo amante o de ser causa de una catástrofe, prefiriera quitarse la vida, librándose de un martirio interminable? El haber dejado en el bolsillo de su bata el papel que comprometía a Téllez, era para mí una prueba más de la ofuscación de su espíritu.

A las siete llegó Marcial, se sentó silencioso en una poltrona y con la cabeza echada hacia atrás se puso a lanzar bocanadas de humo de un magnífico puro.

—¿Y bien?—le pregunté—. ¿Han puesto en libertad a Téllez? ¿Sé ha comprobado el suicidio?

—Téllez está incomunicado. Tu sabes que vive en un cuarto de soltero en la calle de la Sabana. Pues bien, el policial de línea declara que le vió llegar a su habitación como a las tres de la madrugada, y Daniel se ha negado a revelar al Juez en dónde pasó la noche.

—¡Pero eso es horrible! ¡Y yo que le creía inocente!

—El problema es más intrincado de lo que te imaginas, replicó Marcial, siguiendo con la vista las espirales de humo. ¿Ignoras las últimas noticias? No parecen las valiosas alhajas que la señora Meneses traía puestas ayer, y hace apenas una hora que una viejecita presentó a la policía un pendiente de brillantes que encontró esta mañana en la esquina de esta calle, pendiente que ha sido reconocido como propiedad de la víctima. El marido ha ofrecido cinco mil colones al que descubra al asesino.

—¡Pero entonces Daniel es inocente!

— ¡Hum!

Durante media hora no pude arrancarle una palabra más a Marcial. Absorto en sus pensamientos contestaba apenas con monosílabos, y después de tomar el café se despidió diciéndome:

¿Tendrías inconveniente en permitir que mañana a esta hora celebre aquí una entrevista con dos o tres personas?

—Mi cuarto está a tu disposición.

Salió y por la ventana vi con asombro que cruzó la calle y llamó a la puerta de don Horacio Meneses.

* * *

Al día siguiente a la misma hora llegaron sucesivamente a mi habitación el Juez del Crimen, el Director de Policía, un detective con una caja y por último Marcial.

Este, después de cerrar la ventana, dijo:

—Me he tomado la libertad de citar a ustedes aquí porque deseo que nuestra entrevista no tenga carácter oficial ni se enteren de ella los empleados de las oficinas, y también porque conviene que estemos cerca del teatro del crimen. ¿Cuál es la opinión de usted, señor Juez, acerca de la muerte de la señora Meneses?

—Me inclino a creer, contestó el aludido, en un asesinato por robo: la desaparición de las joyas, el balcón abierto, el pendiente perdido...

El Director de Policía y yo combatimos esa hipótesis. La señora acostumbraba dormir con la luz eléctrica encendida; la daga estaba de ordinario en una gaveta de la cómoda. Era preciso admitir que el ladrón forzó uno de los balcones sin ser oído, apagó la luz y se puso a registrar los muebles y al encontrar la daga se le ocurrió matar a Amelia y colocarla en una posición que sugiriese la idea del suicidio, y todo esto a oscuras!

El detective habló poco, pero de sus palabras se desprendió que creía en la culpabilidad de Daniel Téllez.

Marcial escuchó callado la discusión consultando de cuando en cuando su reloj. Cuando dieron las ocho se levantó del sillón y dijo:

—He practicado por mi cuenta algunas investigaciones y mi conclusión difiere bastante de la de ustedes. Desde luego hay que descartar la idea del suicidio. Usted recordará, señor Juez, que entre los objetos que recogió en el cuarto de la víctima le pedí que incluyera la sábana que cubría el colchón. Aquí está, añadió Marcial, abriendo la caja traída por el detective y extendiendo el lienzo ensangrentado. No ven ustedes este agujerito que corresponde a la posición de la espada? Fué hecho por la daga y lo vi también en el colchón. La señora fué muerta de una terrible puñalada en el pecho.

La observación de Marcial era concluyente.

—Esta mañana—continuó mi amigo—hablé con Daniel Téllez, en su calabozo, pues le han levantado la incomunicación, y me confesó el motivo de su silencio. El día del crimen recibió un papelito escrito en máquina, que decía: «Si a las doce en punto ves mi balcón abierto, entra por la puerta principal; si está cerrado, vuelve mañana a la misma hora.—A.» Inútil es advertir a ustedes que esa esquela es una falsificación con la cual se pretendía envolver a Daniel en una trama espantosa. El acudió a la cita, encontró cerrado el balcón y para calmar el estado febril de sus nervios se fue a la Sabana hasta las tres de la madrugada.

—Pero entonces el asesino... comenzó a decir el Juez.

—Esta tarde escribí al señor Meneses para que viniera aquí con un cheque de cinco mil colones, pues creo poder ya dar algunas noticias sobre el autor del crimen; son las ocho y media y me parece mejor que vayamos a ver a don Horacio para aclarar en su presencia el misterio y recordarle su ofrecimiento.

Un momento después llamábamos a la puerta de la suntuosa morada. Un criado nos condujo al salón y fué a avisar al amo; pero volvió acompañado del mayordomo, el cual nos dijo:

—El señor Meneses partió anoche a las nueve para una de sus fincas y todavía no ha vuelto.

Jamás he visto en semblante alguno una transformación tan rápida como en el de Marcial. Se puso pálido, luego encendido, se levantó de un salto, y con las facciones contraídas y los puños apretados dió algunos pasos por la sala exclamando: soy un idiota... un imbécil... Señor Juez, es preciso dar inmediatamente orden de prender al criminal. ¡Ah! ya es demasiado tarde... ¡ha tenido tiempo de embarcarse!

—¡El criminal! exclamó el Juez sorprendido. ¿Le conoce usted? ¿Cómo se llama?

—Se llama el banquero don Horacio Meneses.

* * *

Por un momento el asombro nos impidió articular palabra: por fin el Juez balbuceó:

—¡El! ¿qué dice usted? ¿Y las pruebas?

—Ahí tiene usted una, la desaparición del dueño de esta casa. Y aquí tiene usted otra, añadió dirigiéndose al último balcón que daba a la esquina.

Todos le seguimos y pudimos ver la falleba ligeramente manchada de sangre.

—Anoche, prosiguió Marcial, vine a ver al señor Meneses para manifestarle que me iba a encargar de la investigación y que tenía esperanzas de dar con el asesino. Mientras fué a buscar a su escritorio una fotografía de su esposa, me puse a examinar este balcón; pero Meneses observó desde el corredor mi maniobra gracias a ese espejo, pues advertí en su semblante cierta expresión de inquietud o angustia. ¡El miserable comprendió que estaba perdido y se puso en salvo! Es más astuto de lo que yo pensaba.

—No veo todavía que conexión hay entre esas manchas y la acusación de usted, observó el Juez.

—Ante todo es bueno dar la orden de captura sin pérdida de tiempo . . . bajo mi responsabilidad, agregó Marcial, al ver que el Juez vacilaba.

Y mientras el detective se dirigía a toda prisa al telégrafo, mi amigo prosiguió:

—Desde el primer momento sospeché del marido al ver su actitud ante el lecho mortuorio: ni una sola vez se atrevió a mirar el rostro de la muerta. La cortadura de la sábana excluía la hipótesis del suicidio. En cuanto al asesinato, a mi juicio había tres culpables de los cuales uno era necesariamente el culpado: un ladrón, Daniel y el marido. Los dos primeros ignoraban naturalmente la existencia de la daga: el ladrón además, se habría llevado, no sólo las joyas que usaba la víctima, sino también multitud de objetos valiosos, y no es verosímil que hubiese perdido tiempo en colocar el cadáver en tan extraña actitud. En cuanto a Téllez, era absurdo suponer que Amelia le hubiese dado una cita y le esperase dormida, y más absurdo aún que él la matase sin hablar antes con ella. La amenazadora carta de Daniel encontrada en la bata de Amelia fué una revelación para mí: ¿aquí en el borde, ven ustedes? está ligeramente manchada de sangre; luego, fué colocada, en el bolsillo, después de cometido el crimen.

Marcial encendió un puro y continuó:

—Meneses estaba enamorada locamente de su esposa y celoso desde el regreso de Téllez: no es aventurado conjeturar qué registrando furtivamente los papeles de su mujer encontrase la carta de Daniel y pensase desde entonces en tomar venganza de los presuntos amantes. Tal fúé su intención al enviar un billete apócrifo a Daniel y al guardar la carta de éste en el bolsillo de Amelia. ¿Se arrepintió de su villana acción al dar muerte a su esposa? ¿Se propuso agravar más la culpabilidad de su rival sustrayendo las joyas? No lo sé. Lo cierto es que para hacer creer en un robo convenía dejar alguna joya perdida en la acera, y como era peligroso salir esa noche a la calle, lo lógico era dejar caer desde el balcón alguna alhaja. Por eso examiné la falleba de aquél y ya pueden ustedes imaginar mi satisfacción al ver confirmado mi razonamiento.

Las pesquisas practicadas en la habitación del señor Meneses probaron lo dicho por Marcial. En su precipitada fuga el asesino se había llevado todos los valores de su caja de hierro, que apareció completamenta vacía; pero en un cajón del escritorio se encontraron las joyas robadas.

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Han pasado más de dos lustros desde el sangriento suceso y todavía cuando hablamos de él se exalta Marcial y me dice: Si algún día encontrase al miserable al alcance de mi revólver, creo que le mataría como a un perro. ¡Asesinar cobardemente a una mujer, y a una mujer como aquella! A la mujer no se le debe maltratar ni siquiera con una flor, como dice el proverbio oriental. Afortunadamente para Marcial no se ha presentado la ocasión de satisfacer su vengativo proyecto, pues hasta ahora ha sido imposible averiguar el paradero del odioso asesino. Si vive todavía, ¿qué mayor castigo que experimentar de día el torcedor del remordimiento y de noche el horror de la sangrienta escena, renovada sin cesar por el ensueño?