Elementos de economía política: 31

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Capítulo VIII : Del capital (continuación). -Efecto de las máquinas y de las invenciones sobre la producción.[editar]

    • I. Oficio y ventajas de las máquinas.
    • II. Las máquinas no tienen más que un inconveniente.
    • III. La introducción de las máquinas es inevitable.
    • IV. De las circunstancias que compensan el inconveniente de las máquinas.
    • V. De las máquinas de la industria trajinera. De los caminos de hierro.

§. I. Oficio y ventajas de las máquinas.[editar]

235. Debemos entender por herramientas y máquinas los instrumentos de que arma el hombre su debilidad para obrar sobre los objetos materiales. Las herramientas son unas máquinas muy sencillas; las máquinas son unas herramientas muy complicadas: no hay más diferencia entre estos dos instrumentos.
236. Las máquinas aumentan la fuerza del hombre en la producción, forman parte de los capitales, son la consecuencia de la división del trabajo y de la acumulación de los capitales. Este es, pues, el momento de estudiar su oficio en economía política.
237. Las máquinas suplen el trabajo de los hombres [1] poniendo en juego fuerzas materiales, ya proporcionen un empleo mejor del trabajo de los hombres, ya hagan obtener una cantidad igual de productos por medio de un número menor de trabajadores. En esto cabalmente estriba su principal ventaja, que pasa por un grande inconveniente a los ojos de todos los que consideran la desgracia de no suministrar trabajo a los indigentes, como superior al ligero inconveniente de pagar más caro un producto; pero lo que esas personas miran como un ligero inconveniente, dice J. B. Say, es el principal obstáculo que se opone a los progresos de las sociedades. En efecto, supóngase que los productos no cuesten ningún sacrificio, y los obtendremos por nada; verdad es que los trabajadores no encontrarán trabajo, pero también lo es que no necesitarán trabajar. Ahora bien, toda economía de trabajo es un paso dado hacia ese fin: fin que evidentemente no se alcanzará jamás; pero la economía de trabajo trae progresivamente la baratura de los productos en beneficio de la sociedad. ¿Quién podría, pues, considerar como una desgracia el descubrimiento de los medios de coger el pan amasado y cocido en los campos, el vino corriente en los viñedos, los tejidos confeccionados en el lomo de los animales, y de sacar los instrumentos ya concluidos del fondo de las minas? ¿Y quién ignora que si las máquinas no realizan estas maravillas, llenan una parte de nuestros votos, que en otro tiempo pasaban por utopías, y economizan nuestro tiempo y nuestros afanes?
238. Un ejemplo citado por J. B. Say hará más aparentes los efectos de las máquinas: -un molino de agua ordinario puede moler cada día 36 hectolitros de trigo; con molinos de brazo se necesitarían 168 hombres para hacer la misma obra. Reduciendo este número para nuestro cálculo a 150, tendremos 150 peones a 2 francos en las cercanías de París, cuyo coste, sería 300 francos. En el mismo distrito, el uso de una corriente de agua, sin contar el local y las máquinas, pues que en ambos sistemas el gasto es el mismo, puede costar 3,000 francos, que divididos por 300 días de trabajo, dan un cociente de 10 francos diarios, en vez de los 300 que hubiera costado el trabajo de los hombres, todo esto prescindiendo de las interrupciones resultantes del cansancio o de la mala voluntad de los peones, como también de la fatiga horrible que por mucho tiempo ha ocasionado la necesidad de dar vueltas a la muela.
Se han economizado, pues, 290 francos por 36 hectolitros de trigo, o sea 8 francos por hectolitro, que es la mitad del precio del trigo; además, el gasto de pan que hace cada familia ha podido reducirse por lo menos a los dos tercios del que se hacía entre los antiguos.
239. Nadie niega esta economía; pero dicen algunos que se ha obtenido a expensas de los que daban vueltas a las muelas, cuyas ganancias han disminuido en proporción, y que, por consiguiente, no ha habido más que una traslación de riquezas; pero no se puede negar que pagando 290 francos menos a los peones que daban vuelta a las muelas, se les deja la disposición de su tiempo y de su trabajo, los cuales pueden, por consiguiente, emplearse en la creación de nuevos productos. -Pero ¿quién comprará esos nuevos productos? nos preguntarán... -Los mismos que han ahorrado 290 francos sobre la harina. De suerte que la harina se ha hecho más abundante y menos cara, y un número mayor de hombres ha podido elaborarla y adquirirla.
240. Las máquinas multiplican los productos intelectuales y emancipan el trabajo. Si las diversas labores que necesita la tierra no pudieran hacerse más que por medio de la azada o de otros instrumentos tan poco expeditivos como éste; si no pudiéramos hacer coadyuvar a esos trabajos el arado y los animales, que también son máquinas, es probable que se necesitaría emplear, para obtener las materias alimenticias, la totalidad de los brazos que actualmente se emplean en las artes industriales. El arado ha permitido, pues, a un gran número de hombres dedicarse a las artes, aun las más fútiles, y lo que vale mucho más, al cultivo de todas las facultades del entendimiento y del corazón.
241. Merced también a la intervención de las máquinas, el operario se va viendo sucesivamente libre de las faenas más duras y repugnantes, es decir, de las que pueden embrutecerle y rebajarle a la condición de las bestias. El estado a que constantemente se debe tender es al de una sociedad en que toda acción maquinal se ejecute por medio de animales o de máquinas, y en que todos los trabajadores no sean más que inspectores de los motores ciegos.

  1. En 1842 se han contado en Francia 3,052 máquinas de vapor, que, con una fuerza de 59,000 caballos, representan una población de ochocientos mil hombres.
Capítulo VIII - I