Elementos de economía política: 38

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Capítulo IX : Del capital (continuación). Del capital. En monedas.[editar]

    • I. Oficio y cualidades de la moneda.
    • II. Cualidad de los metales preciosos.
    • III. Consideraciones sobre el valor de las monedas; la moneda no es ni un signo de los valores, ni la medida exacta de los mismos.
    • IV. Comparación del valor de los diferentes metales amonedados. -Monedas de cobre.
    • V. -Consideraciones sobre la forma, la composición y el nombre de las monedas.
    • VI. Del numerario.

§. III. Consideraciones sobre el valor de las monedas. La moneda no es ni un signo de los valores, ni la medida exacta de los mismos.[editar]

278. Dícese generalmente que las monedas son el signo representativo de los valores; pero esta expresión dista mucho de ser exacta. Cuando se cambia un caballo por un birlocho, ¿cuál de los dos es exclusivamente el signo del otro? ¿Por qué razón 2,000 reales han de ser más bien el signo del valor del birlocho o del caballo, que no uno de estos últimos el signo de los 2,000 reales? Esta expresión no puede, pues, tomarse de un modo absoluto. El valor de las monedas sirve frecuentemente para apreciar otros objetos y dar una idea de su valor, porque todo el mundo está familiarizado con la mercancía-moneda, todos son mercaderes de moneda, y el valor de la moneda, aunque variable, no es tan considerable como el de las otras mercancías.
279. Diciendo que un sombrero vale ocho libras de café o diez libras de azúcar, no nos hacemos comprender tan bien como cuando decimos que vale 60 rs., porque todos están más acostumbrados a cambiar reales por otros objetos que no por libras de café o de azúcar.
280. Sin embargo, ni la moneda ni ninguna otra mercancía puede servir, en razón de su valor, para medir exactamente el valor de otro objeto; porque ella misma no conserva un valor constante en todos los tiempos y en todos los lugares. Fácil es comprender que el descubrimiento de nuevas minas y de nuevos métodos de extracción puede hacer variar el valor de la actual moneda. Más hay: de cuarenta años a esta parte no se ha hallado ninguna mina importante, y sin embargo, mil reales de hace cuarenta años no son lo mismo que mil reales de hoy. Las comunicaciones están regularmente establecidas entre París y Madrid, y sin embargo, una moneda de oro de París, traída a Madrid en el bolsillo de un viajero, vale un poco más en esta segunda capital, por la razón de que, en términos generales, Madrid es más barato que París. Del mismo modo y en virtud del mismo principio, una familia pobre en Madrid con 8,000 rs., es proporcionalmente rica en un pueblo de provincia con los mismos 8,000 rs.
281. Pero a la mercancía-moneda se lo han dado todavía más privilegios que los que tiene en realidad, y se le ha atribuido un carácter de fijeza absoluta. Partiendo de este principio completamente falso, los Gobiernos han podido muchas veces cambiar el valor sin cambiar el nombre, y hacer así moneda falsa.
282. Si existiera un tipo invariable de los valores, a ese tipo referiríamos los valores de que se hace mención en todos tiempos y lugares; pero hasta ahora es preciso renunciar a esa ventaja, y limitarse a ver en las evaluaciones monetarias unas evaluaciones que se acercan más a la verdad que las evaluaciones expresadas con otros objetos; pero, en suma, unas evaluaciones puramente relativas.
283. Muchos, haciendo consistir la riqueza pública exclusivamente en la cantidad de oro o plata que posee un Estudo, sostienen que un Gobierno debe constantemente atraer estos bienaventurados metales al seno del país nacional; pero discurriendo así, se alucinan completamente. Supongamos que la Francia necesite dos mil millones para el servicio de los cambios que tiene que efectuar; si con una varita de virtudes se lograse introducir dos mil millones más en la circulación, ¿qué sucedería? Que no teniendo la Francia que ofrecer por la moneda más que la misma cantidad de mercancías que antes, lo que antes costaba 5 francos costaría luego 10. La experiencia ha demostrado este hecho, y es constante que siempre que se ha aumentado la cantidad de los instrumentos monetarios, su valor ha disminuido en proporción, así como éste ha aumentado a medida que aquella se ha disminuido [1]. Añadamos que cuando por una razón u otra baja el precio de los metales preciosos, las millas los suministran en menor cantidad, y aun acaban por no suministrar cantidad alguna cuando los filones no bastan a pagar lo que cuestan los jornales de los operarios, la manutención de las caballerías, el mercurio, el combustible, etc., etc.
284. También se han manifestado temores de que las revueltas políticas de las repúblicas de la América meridional acaben tarde o temprano con el surtido de los metales preciosos, pero sin impugnar los fundamentos de este temor baladí (porque los Estados posesores de las Cordilleras, sean cuales fueren, tendrán siempre un vivísimo interés en cultivar sus productos), admitamos la posibilidad de una producción suspendida del todo: -¿Qué sucedería? Que se consumiría menos oro y plata en los objetos de lujo, y que el deterioro de las monedas existentes sería muy lento, porque todos estarían interesados en la conservación de los metales preciosos, y porque se podría conservarlos en depósito y emplear signos metálicos o de papel para representarlos: únicamente resultaría de aquel hecho un aumento de valor en una progresión muy lenta; por donde se ve que en realidad el oro y la plata, sin los que siempre hubiera podido hasta cierto punto subsistir la sociedad, son todavía en la nuestra dos de los productos cuya falta absoluta acarrearía menos inconvenientes.
285. Hemos hablado del caso en que el aumento fuese súbito: examinemos lo que sucede todos los días para contrapesar o a lo menos disminuir los efectos de ese aumento. Se destruye mucho oro y mucha plata por el desgaste que experimentan los utensilios (cucharas, tenedores, tazas de plata); por el considerable deterioro de las monedas; por la pérdida de los metales empleados en bordaduras, en obras de pasamanería; por la desaparición anual de las sumas enterradas por los avaros o por los habitantes de los países expuestos a invasiones o a conmociones intestinas; por la de las cantidades que se bailan en las casas que se incendian y en los buques que se van a pique, en número de muchos miles todos los años; en fin, por la pérdida de una pequeña cantidad de oro o de plata empleada en las preparaciones químicas o farmacéuticas; con todo; es imposible que estas diferentes causas de destrucción absorban los 1,400 millones de reales entre plata y oro en que se calcula el producto actual de las minas. El excedente aumenta la masa de las monedas y de los objetos de oro o plata que se fabrican en todo el mundo, y provee a las necesidades progresivas de una población, que también aumenta progresivamente.
286. Por lo que ya sabemos, es lícito suponer que los metales preciosos, y sobre todo la plata, no están próximos a faltarnos. Según M. de Humboldt, en cien años se han aumentado los productos de las minas de Méjico en la relación de 25 a 110, y al decir del mismo célebre viajero, escasamente estaban aún desfloradas las minas de las Cordilleras. Además, ¿quién nos dice que las montañas del Tibet, de donde se exporta polvo de oro y otros minerales, no serán algún día tan productivas como las Cordilleras? Pero es inútil dircurrir sobre un punto tan remoto [2]; limitémonos a dejar sentado que el valor de los metales preciosos sigue, al parecer, una desestimación lenta, pero continua. En 1750, según David Hume las cosas costaban tres o cuatro veces más caras que en la época del descubrimiento de la América; hoy hay motivos para creer con J. B. Say, que cuestan cuando menos seis veces más. Así es como deben explicarse en parte el encarecimiento de los arriendos y la disminución del valor de los rendimientos a largos plazos.

  1. Véase en el capítulo XII lo que decimos sobre la teoría de los cambios.
  2. No tanto desde el reciente descubrimiento de los grandes criaderos de las Californias y de la Australia.