Ensayos de crítica histórica y literaria/La Iglesia y el Estado

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La Iglesia y el Estado ante la Historia y el Porvenir.
Discursos pronunciados en el Ateneo.


 Señores:

Nada más lejos de mi intención cuando asistí á la sesión pasada que intervenir en este debate. Alejado hace ya algunos años, no sólo del Ateneo sino también de España por los azares de mi carrera, no pensé nunca que la cuestión clerical, tan agitada por la prensa, pudiera tener eco en ciertas cultivadas y serenas inteligencias. La lectura de la Memoria del Sr. Elorrieta empezó á desvanecer mis optimismos y creería faltar á un deber de conciencia si me aviniese á escuchar en silencio algunos de los conceptos en ella tan brillantemente desarrollados.

Mucho temo que el escepticismo que invade las almas de la juventud contemporánea y que se considera de buen tono, no haya perdonado á los cultos cerebros de los señores socios del Ateneo, y no me sorprenderá por lo tanto, que acojan con una benévola ironía la buena fe y el entusiasmo con que yo trato de impugnar parte de la Memoria del señor Secretario.

Antes de entrar en materia debo advertir que más que un espíritu de oposición, más que una afición á la controversia, me impulsa á hacer uso de la palabra el deseo de que mis dignos adversarios tengan la bondad de despejar las nubes formadas por acusaciones vaguísimas que me impiden distinguir claramente los contornos de ese fantasma clerical, causa de tantas y tan arbitrarias alarmas.

La palabra clerical ha venido á substituir á la palabra neo en los eternos tópicos que invaden de continuo las columnas de la prensa periódica; ella es á veces acicate del orgullo, el más peligroso de los vicios de la razón humana; ella es casi siempre entre la gente indocta no contagiada de la funesta manía de pensar, un toque de rebato que tiende á remover pasiones y concupiscencias.

Esto es la palabra clerical, esos son los fines que persigue y los nada envidiables triunfos que obtiene. Pero permitidme que pregunte: ¿á qué idea corresponde esa palabra? ¿Cuál es el valor social que representa? ¿Cuál es, en concreto, el sambenito ó la censura que se pretende lanzar sobre el desdichado mortal á quien se aplica ese adjetivo? En suma, ¿qué es clericalismo?

No creo apartarme del tema de la discusión al hacer esta pregunta. El asunto de la Memoria es las relaciones de la Iglesia y del Estado ante la Historia y ante el Porvenir. Todo cuanto, en vuestro concepto, tienda á perturbar el equilibrio de esas dos altas Potestades encajará, por lo tanto, dentro de los límites que abarca la Memoria.

Ya que en ella no se define el clericalismo, me habéis de permitir que yo trate, no de definirlo, que esto sería muy ambicioso, sino de preguntaros si la idea que yo he formado por deducciones aproximadas de las afirmaciones contenidas en la Memoria, se aproxima algo á la preocupación que con el nombre de clericalismo habéis vosotros bautizado.

Paréceme que os valéis de la palabra clericalismo para designar la absorción que suponéis que el clero ejerce en el Estado en mengua del desarrollo de otros importantes organismos. Os parece tal vez que el Presupuesto del Clero resta recursos al de Instrucción pública y al de Obras públicas, Agricultura, Industria y Comercio. Pensáis, por otra parte, que las enseñanzas del clero ponen trabas al libre vuelo de la inteligencia humana, agota las energías necesarias para luchar por la vida; circunscribe en demasía el campo de acción de la juventud. Imagináis, en fin, que el espíritu dogmático del Clero es remora del progreso y causa eficiente del sopor que nos agobia.

Para combatir al formidable enemigo proponéis medios radicales, no más suaves ciertamente que los que con vehemente acritud censuráis al Santo Oficio de la Inquisición; medios que pugnan con esa tolerancia más nominal que efectiva, que reputáis patrimonio exclusivo de los partidos avanzados. Lógico parece tratar de demostrar lo ilusorio del peligro antes de discutir los remedios. No os extrañará por lo tanto que consagre la primera parte de mi discurso á tranquilizar vuestros ánimos asustados, á mi ver sin legítima causa, ante las supuestas extralimitaciones del Clero en la vida de la sociedad española, hasta ahora por fortuna profundamente católica.

Pensáis, repito, que el Clero consume fondos del Tesoro público que él hace improductivos y que aplicados á la enseñanza ó á la industria redundarían en el general provecho. Para dilucidar con tino los fundamentos de esta acusación importa mucho distinguir entre el clero secular y el regular, entre los Ministros de la Religión del Estado y las Ordenes religiosas.

Si refiriéndonos al clero secular, nos tomamos la molestia de comparar la cifra del presupuesto del Clero con la de cualquier rama de la Administración, no nos será difícil convencernos de su insignificancia y parecerán irrisorios los emolumentos de los Prelados si se vuelve la vista allende el Pirineo y se comparan estas dotaciones con las que disfrutan sus similares del extranjero. Es por otra parte para el Estado un deber de conciencia remunenar, siquiera sea míseramente, á una clase social destituida de sus bienes con evidente atropello de los más fundamentales principios del derecho de propiedad; y mientras sea el Catolicismo la Religión del Estado no puede ni debe éste atentar á la organización del Clero ni negarle los medios de subsistencia.

No se me oculta que los partidarios del Estado ateo replicarán que el Estado no debe tener Religión positiva y que con la misma vaguedad con que plantean el problema clerical, me dirán que el Estado no debe tener otra Religión que la Moral y la Justicia. ¡Elocuente prueba darán los que tales afirmaciones mantengan de su desconocimiento profundo del corazón humano! Porque sin la Fe en un dogma verdadero ó falso, la Moral y la Justicia serán siempre ídolos de barro que pulverizará el primer soplo de la pasión ó del egoísmo.

Además, nosotros que somos tan propensos á imitar con discernimiento escaso el ejemplo de las naciones extranjeras, debemos al examinar problemas de actualidad tan palpitante, volver los ojos á las que consideramos más adelantadas y florecientes, y ya que tenemos el mal gusto de copiar de ellas lo que es antagónico á nuestras tradiciones, imitarlas también en aquello que las sanciona y afirma.

Tomaré el ejemplo de Suecia, país famoso por su sólida organización social y por su tolerancia famosa, país del que me autoriza á hablar una residencia de más de dos años en Stockolmo. Suecia es un país próspero, un país cuyo régimen constitucional se remonta á los albores de la Edad Moderna, con algunos breves intervalos como el Reinado de Carlos XII y de Gustavo III, país que fué paladín del principio de libre examen preconizado por Lutero, país, en fin, cuya Dieta rechaza de continuo con energía los proyectos de la Corona; pues bien, en ese libre país se declara la Religión luterana como Religión del Estado, se presta apoyo oficial y pecuniario al Clero, se confían en una ley de Instrucción Primaria, que es la más perfecta de Europa, las funciones docentes á los Párrocos, se establece una honda compenetración entre la Religión y la Enseñanza y pese á la libertad de Enseñanza, el Gobierno sueco no autoriza que los catedráticos de las Universidades que el Estado costea profesen y divulguen en las aulas doctrinas, no ya opuestas, sino ni aun divergentes del dogma luterano.

Tal es el Clero protestante; así entiende sus deberes, así muestra su convicción de que la disciplina social es incompatible con la ausencia de la fe, así cumple su misión educadora de los entendimientos más que de los corazones, con el apoyo y el beneplácito de los Poderes constituidos. ¡Comparad este rigor con la lenidad de nuestras leyes de Instrucción pública! Comparad también sus efectos, para nosotros perniciosos y agravados considerablemente porque en los cerebros latinos como en tierra más fértil, se desarrolla más rápidamente y con mayor ímpetu se multiplica la semilla venenosa. Ya me parece que alguien se indigna ó se extraña de la temeridad con que yo califico de venenosa semilla las peregrinas esperanzas del libre pensamiento, pero se indignará ó extrañará más todavía si aplico al principio de libre examen el dictado de absurdo para todos los pueblos y de funesto para los dotados de una imaginación como la del nuestro y con una inteligencia en general más apta para abarcar superficies que para penetrar filones.

Es el principio de libre examen absurdo en todo caso. Basta la razón natural para comprenderlo. ¿Qué diríais vosotros, poetas, escultores ó pintores, si un ignorante artesano se permitiese emitir juicios sobre las obras de vuestro ingenio? Vuestro primer movimiento sería evidentemente recusar semejante juez por incompetencia notoria: y sin embargo {peregrina inconsecuencia! le reconocéis facultades para interpretar á su arbitrio código tan profundo y tan complejo como la Biblia! ¿No salta á vuestra vista la sinrazón del principio de libre examen? El pernicioso influjo de este principio no ha sido deletéreo en los pueblos del Norte, porque las inteligencias germánicas son tardas, su facultad de asimilación deficiente y la vida necesariamente laboriosa á que los condena la precisión de luchar contra los rigores del clima, les deja menos ratos de ocio para dedicarse á especulaciones intelectuales.

El Sr. Elorrieta invoca en algún pasaje de su interesante trabajo la autoridad de Taine; permitidme que yo intente esgrimir la misma arma de combate y que llame vuestra atención acerca de la importancia que Taine concede á la etnografía y á la geografía para la explicación de los fenómenos políticos y sociales.

Taine establece con una claridad diáfana las diferencias profundas que separan á los germanos de los latinos y sobre todo á la gente del Norte de la gente de Mediodía. Si las sociedades del Norte son más robustas consiste en que el cimiento de toda sociedad es siempre la tradición y en los pueblos del Norte no ha sido nunca la tradición demolida. Sobre la sólida base de la tradición han construido alemanes y daneses, ingleses y suecos el moderno edificio social y los estadistas de aquellos países han tenido el tacto de no acometer reformas ni empresas que contradigan el carácter ni las costumbres de sus pueblos.

Hasta en las cuestiones de policía urbana no adoptan ellos modas arquitectónicas ni progresos materiales que no hallen tierra abonada para prosperar en los países que gobiernan; y prudentes al fomentar el cosmopolitismo de la civilización moderna, han cuidado siempre de guardar incólume el sello nacional. Nosotros por el contrario, nos hemos contraído desde el advenimiento de la casa de Borbón á aspirar las corrientes ultrapirenaicas y nuestros hombres de Estado, los Aranda, los Campomanes y los Floridablanca, como quien da palos de ciego, intentaron muchas veces inocular en la generosa sangre española, la savia corrompida de la Enciclopedia y de Jansenio.

El hombre del Norte profesa religiosamente el principio de la división del trabajo. Amante de la tradición en la esfera civil como lo es en la esfera política el estadista que le gobierna, no sueña por lo común con abandonar la profesión ó el oficio que dio de comer á sus padres y acepta ávido la cultura que el Estado le proporciona, no para salir de su clase, no para subir en jerarquía social, sino para sobresalir entre los de su gremio, utilizando la adquirida instrucción en perfeccionar y enriquecer el taller heredado y en contribuir con su personal esfuerzo desde el puesto donde plugo á Dios colocarle, á la riqueza y á la prosperidad de la patria.

En cambio el hombre del Mediodía sueña siempre con hacer papel y con trabajar lo menos posible; apenas sabe leer, escribir y cuatro frases huecas aprendidas en inconscientes publicaciones, cuando acaricia la idea de despojarse de la blusa para vestir la levita. Si se juzga instruido irá á alistarse á la Junta que en su barrio tenga establecido el partido político más avanzado. Jugando al intelectual pretenderá ser concejal ó diputado provincial y soñando con la hora del reparto de los bienes del prójimo que predican cuatro apostoles de mala muerte, abandonará su empresa comercial ó industrial y acabará por verse arruinado en detrimento de la nacional economía y sin haber tenido la satisfacción de haber oído sonar la hora de la igualdad ambicionada. Porque ¿conocéis nada más insensato que la igualdad grabada en los frontispicios de los palacios oficiales de la República vecina? ¿Puede caber en vuestros cerebros que lleguen jamás á ser iguales hombres nacidos con distintos temperamentos, caracteres y aptitudes?

Tal vez imaginéis que me aparto algo del tema de la Memoria al esbozar este paralelo entre el hombre germánico y el hombre latino, pero presto veréis que es el que sigo camino que á ese tema me conduce.

Al impugnar el principio de libre examen por pernicioso al carácter y al entendimiento meridionales, implícitamente y con mayor rigor condeno el libre pensamiento como norma de la conducta del ciudadano; y claro es que tamaña condenación es extensiva al Estado director que tiene el deber altísimo é ineludible de predicar con el ejemplo. Estado que no tiene fe mal puede inculcarla á los hombres que gobierna. Sociedad compuesta de hombres sin fe, cuando no es un rebaño de hambrientos lobos que acaban por devorarse los unos á los otros, es por lo menos un tropel de vagabundos que toman el sol á lo largo de las aceras, indiferentes ante el incierto mañana.

Debe, pues, el Estado respetar la tradición del pueblo que gobierna é identificarse con su sentimiento. Católico es el sensimiento del pueblo español y católica debe ser por lo tanto la Religión del Estado. Esta Religión debe tener sus Ministros y estos Ministros constituyen el Clero secular que con gran moderación y economía mantiene el Estado español.

No he de acabar este primer punto de mi discurso sin recoger algunas frases que he sorprendido en la Memoria del Sr. Elorrieta, acerca de las relaciones de la Iglesia con el Estado norteamericano. Cítanos el Sr. Elorrieta la República de los Estados Unidos como el modelo que debemos imitar para la resolución de tan arduo problema. En respuesta á sus afirmaciones me limitaré á decir que si no considero pertinenente la ciega imitación de ejemplos dados por naciones cuya constitución social se ha verificado paralelamente á la nuestra, aunque no fuese más que por la diversidad de tradiciones, costumbres y carácter, menos admisible me ha de parecer la copia de otra nación que carece de tradición en absoluto y que aunque iniciada por un núcleo desprendido de los Puritanos de Escocia, debe su formación á un número indefinido de confesiones y de razas.

Los sentimientos tradicionales allí no existen, los caracteres son heterogéneos y las costumbres cosmopolitas. Fuera la que fuere, la fe que el Estado adoptase no sería verbo de las múltiples religiones por el pueblo profesadas: en una palabra, el Estado yanqui, al declararse ateo, no derriba los cimientos de tradición alguna.

Examinemos ahora hasta qué punto es justa la pertinaz campaña emprendida por una parte de la opinión contra las Ordenes religiosas y en qué medida han contribuido ellas á la ruina económica de la Nación, de que tan elocuentemente se lamenta el Sr. Elorrieta. Empieza el Sr. Elorrieta por pintarnos un cuadro desolador de nuestra patria, allí en los siglos medios cuando los conventos eran dueños de una considerable porción del territorio. Olvida, á mi ver, el Sr. Elorrieta, que en los primeros siglos de la Reconquista eran los monjes, dado el carácter esencialmente religioso de la contienda, los más habilitados para ser verbo de la aspiración nacional en cada uno de los Reinos cristianos. Eran además, á causa de la rudeza de los tiempos y de las costumbres nómadas, los únicos capacitados para asegurar la planta del vencedor en los conquistados terrenos y los únicos que por la superior fuerza que da la cultura, eran acreedores á recibir patrimonios que no hubieran sabido administrar ni aun conservar los seglares.

En las repetidas ocasiones en que era necesario hacer armas contra los Sarracenos, las huestes monásticas poseían una disciplina que no podían tener las heterogéneas mesnadas de los ricos homes; y esa disciplina era para los Reyes una garantía de que los territorios confiados á su custodia serían siempre los mejores y más tenazmente defendidos.

En la primera etapa de la Reconquista el guerrero cristiano que recibía del Rey algún trozo de terreno como recompensa á sus servicios, no miraba esta donación sino como una propiedad efímera constantemente amenazada de volver á caer en manos de los infieles; y era frecuente que anteponiendo en aras del fervor católico los intereses del Rey á sus intereses privados, dejase al morir sus tierras á beneficio de alguna Comunidad religiosa, seguro de que en manos de ella estarían menos expuestas que en las de su propio hijo, á ser de nuevo pasto de los paladines del Islam.

Pero cuando ya la frontera musulmana pasó de Sierra Morena, juzgaban los conquistadores cristianos sus Patrimonios más seguros y comenzaron á fundar vínculos y mayorazgos en sus respectivas familias, desarrollando así una inmensa amortización civil mayor aún que la eclesiástica y muy estimulada por la vanidad que hacía vincular á cualquier obscuro hidalgüelo. Ya Saavedra Fajardo en pleno siglo XVII apuntaba la muchedumbre de mayorazgos como una de las principales causas de la penuria económica de España.

También las leyes de la Edad Media y las de nuestros siglos de oro XVI y XVII propendían á perjudicar la economía nacional prohibiendo á los españoles hacer préstamos con interés y facultando en cambio á los judíos primero y después de la expulsión de éstos á los genoveses y flamencos para practicar la usura en nuestro territorio, acaparando de esta suerte el oro español, que iba á llenar las arcas genovesas y venecianas. Prejuicios de aquel tiempo ajenos á la intervención clerical, hacían mirar como indignas las operaciones bancarias y los extranjeros se vengaban del concepto de viles en que los españoles les tenían al permitirles el ejercicio de la usura, sacando de España á manos llenas los metales preciosos transportados por los Galeones y por la Flota.

Ya veis, señores, cómo deficiencias legales y errores sociales y económicos independientes del desarrollo de las Comunidades religiosas influyeron poderosamente en la penuria de nuestro Erario. No fué de los menores el descubrimiento del Nuevo Mundo, adonde la ingénita holganza y el carácter aventurero arrastró á buena parte de la juventud española. En este suceso mismo se advierte el contraste entre la caridad evangélica de las Ordenes religiosas y la codicia de algunos de los conquistadores seglares; en ese trascendental suceso de la Historia resplandece el soberano altruismo de la colonización católica si se le compara con la crueldad monstruosa de la colonización protestante; pero sucesos son éstos ajenos al tema del debate y que he de contentarme tan sólo con apuntar de pasada.

Es el hecho que por una serie de circunstancias históricas de momento, las Ordenes religiosas eran dueñas en España de pingües propiedades y que las Mitras españolas conservaban todavía una especie de organización feudal que pugnaba con el absorbente espíritu de las Monarquías absolutas.

Veamos cuál fué la actitud del Jefe Supremo de la Iglesia ante los conflictos entre el Poder civil y el Poder eclesiástico. Conviene no confundir entre sí los dos aspectos del doble carácter que presentan los Pontífices Romanos antes de los recientes días de la Unidad Italiana; conviene separar el concepto que merezca la política del Rey de Roma, de los juicios que se formulen acerca de la prudencia y sabiduría del Vicario de Jesucristo.

Los Papas Reyes, por lo común italianos, acariciaron continuamente después del fin del Cisma de Occidente y sobre todo á partir de Julio II, la gigantesca idea de unificará Italia. En esto como en todo, vemos á la Iglesia adelantarse á los políticos del siglo. Verdad es que la mala fe diplomática del Renacimiento no perdona á los jerarcas de la Iglesia Católica, quienes sueñan á veces con poner su independencia espiritual á cubierto de la ambición de los Príncipes cristianos, ensanchando hasta los Alpes y hasta el estrecho de Mesina sus temporales dominios. En la persecución de este fin político los Papas cometieron errores y provocaron á veces la justa cólera de Reyes y Emperadores; pero en el gobierno de la Iglesia, en la misión espiritual que les legara el Divino Maestro, mostraron siempre los Pontífices en equilibrio admirable, la más sabia firmeza y la prudencia más noble.

De la Santa Sede dependían las Ordenes Militares españolas y á Bulas pontificias debían su existencia. Tres de ellas, las de la regla del Cister, tuvieron un origen monástico y las cuatro un carácter profundamente religioso. Sin embargo los Reyes Católicos las juzgaron poderosas en demasía, creyeron ver en ellas un óbice á la trabazón social indispensable para consolidar la unión de las Monarquías ibéricas y el Pontífice Alejandro VI accedió á la demanda de aquellos ínclitos Monarcas de incorporar á la Corona los extensos dominios de los cuatro Maestrazgos.

El problema del Regalismo, latente desde que el poder civil se robustece en todos los reinos de Europa, por primera vez ostensible en los días del Papa Gaetani y de continuo suscitado en España desde el advenimiento de la Casa de Austria hasta el momento presente, el problema del Regalismo viene á poner de relieve la alta prudencia de los Papas. Siempre se manifiestan ellos propicios á otorgar concesiones á la Potestad civil, siempre deseosos de armonizar las indeclinables facultades que por derecho divino les corresponden, con las no siempre moderadas pretensiones que apoyadas en el derecho humano formulan las testas coronadas.

Los conflictos entre el Poder civil y la Potestad religiosa tienen por principal fundamento lo difícil que es trazar con precisión una línea que separe la jurisdicción temporal de la jurisdicción espiritual, empeño tan arduo y arriesgado como sería precisar la parte que en nuestras impresiones y en nuestros actos tienen las potencias del alma y los sentidos del cuerpo.

Censuraba el Sr. Elorrieta al Clero por haber olvidado aquella frase del Salvador: «Mi reino no es de este mundo» y pregunto yo al Sr. Elorrieta: ¿Por ventura esa máxima reza no más con el Clero? ¿En virtud de qué principio de justicia negáis al Clero el derecho á desear lo que codiciáis vosotros?

Además, ¿por qué aventuráis la presunción temeraria de que el Clero ambiciona las riquezas para satisfacer vitandos apetitos? ¿No sería más caritativo y sobre todo más lógico, suponer que el Clero solicita actualmente los medios pecuniarios, por la misma razón que en la Edad Media le impulsaba á construir inexpugnables fortalezas y á buir y aprestar las armas de combate?

En la época de las Cruzadas los Monjes se mezclaban á los armados caballeros y con las puntas de las lanzas rechazaban los ataques de los Sarracenos; en tiempo de la Reforma, con la espada y con la pluma acometían á los Herejes los hijos de Loyola; en nuestro tiempo no se libran las batallas en los campos ni al pie de los muros de las ciudades sino en los mercados y tras los parapetos de las logias. En medio de la sed de oro que devora al siglo, del dinero se sirven los enemigos del Evangelio para exterminar la Fe, de la propaganda asalariada los partidos radicales para descatolizar á España y ¿os sorprende que los prosélitos de la Cruz acepten la contienda y traten de buscar para rechazar á los sectarios del error, armas análogas á las por ellos esgrimidas?

Por otra parte, ¿os atreveréis á conciliar los principios de libertad para vosotros sacrosantos con el encono con que rechazáis toda pública y aun privada manifestación del sentimiento religioso en nuestra patria?

Siempre que he apremiado á cualquiera de los muchos radicales que conozco para que concrete cuáles son los desmanes y abusos cometidos por las órdenes religiosas, ha venido á decirme en substancia que lo menos tolerable son sus portentosas riquezas.

Ilusorias son, en efecto, la mayor parte de esas execradas riquezas; pero supongamos por un momento que fuesen efectivas. Este hecho más hablaría en pro que en contra de su influjo en la sociedad. Porque ¿á qué deberían esas supuestas riquezas las Ordenes religiosas? ¿Al Estado? No, porque ni las subvenciona ni las protege, puesto que las somete á la ley común. ¿A los particulares? Tampoco; porque no son frecuentes las donaciones que de ellos reciben y por lo común no suelen ser muy cuantiosas: deberían tales riquezas á la sabia administración y á la austera disciplina.

¿Por qué en vez de flagelar sin piedad á las Órdenes religiosas, no imitáis la prudencia con que gobiernan sus respectivas sociedades y la perseverancia y honradez con que explotan sus fincas?

Estáis tan desatentados que pretendéis buscar por arriscados y tortuosos caminos una prosperidad para cuyo inmediato logro os ofrecen las Comunidades religiosas saludable ejemplo. Si en vez de fomentar la ya crónica indisciplina social predicando el abuso de los derechos, trataseis de encauzar sus energías latentes, recordando y enseñando el cumplimiento de los deberes, llegaríais seguramente á obtener una prosperidad para la patria, que nunca podréis alcanzar amamantando en las ubres del sofisma á un pueblo díscolo, orgulloso y ateo.

Las ideas de Regalismo, erróneas siempre pero al cabo y al fin excusables como un exceso de celo en las épocas de Reyes que soñaban con la universal Monarquía; en los tiempos de Reyes filósofos, pero absolutos, cuando el poder civil no autorizaba las libertades de que nos ufanamos ahora y no permitía á los ciudadanos asociarse para fin alguno, las ideas de Regalismo resultan anticuadas y tiránicas ahora, sobre todo cuando se acentúan y extreman en la medida en que lo hacen los partidos avanzados.

Aunque las ideas de Regalismo pugnan el con el dogma católico y significarán siempre una intromisión de los poderes temporales en la jurisdicción espiritual del Pastor Supremo de nuestra Santa Madre la Iglesia, sustentadas por un Monarca absoluto no significan una contradicción de las doctrinas por dicho Monarca aplicadas á la gobernación de su Reino; pero esas mismas ideas que llegan á no admitir la formación de Asociaciones religiosas, no pueden ser seriamente sostenidas por un Estado que permite congregarse y laborar públicamente á los enemigos de las Instituciones.

Hay un período álgido del Regalismo en el Reinado de Carlos III, cuando ya el funesto Pacto de Familia echó por la ventana el risueño porvenir económico que Fernando VI preparara con laudable prudencia. La absurda administración del Tesoro por gobernantes ilusos que habían derrochado en el Océano la sangre del pueblo español en el exclusivo provecho de Francia, pedía nuevas víctimas. D'Alembert y sus secuaces la señalaban ya desde el otro lado del Pirineo: las riquezas de la Compañía de Jesús eran el cebo de la codicia de los espíritus filosóficos.

Leed las páginas de la expulsión y comparad después la iniquidad de la medida con el provecho de sus consecuencias. Veréis que las ávidas suposiciones de los enciclopedistas fueron en gran parte defraudadas. Pero si por un instante concedemos que el lucro respondió debidamente á la infamia del despojo, ¿os atreveríais á concretar las ventajas que de aquel ilegal ingreso sacaron los que tuvieron la poca envidiable gloria de proporcionarlo? ¿Queréis concretar primero y demostrar después cuáles fueron los beneficios que en los órdenes políticos, social y económico, trajo á España la expulsión de los Jesuítas?

Vosotros no sabréis satisfacer estas preguntas de un modo satisfactorio y categórico. Yo sí puedo en cambio enumerar los males que el despojo de los Hijos de San Ignacio acarreó á nuestra patria. Por de pronto, las funciones docentes que ellos habían desempeñado con tanto celo y con tan extraordinario tino, vinieron á caer entre las pecadoras manos de los laicos. La juventud amamantada en las mal digeridas doctrinas extranjeras, fué digna precursora de los pisaverdes que despertaron la fina sátira de Bretón de los Herreros; y debilitada la fe y olvidada la tradición y perdida sobre todo una fija orientación de las energías futuras, la maltrecha nave del Estado sin timón y sin brújula, navegó á merced de los caprichos de la moda ó de las orgullosas osadías de la ignorancia, hasta los días luctuosos de Santiago y de Cavite.

Los bienes de la Compañía, como más tarde los de las demás comunidades religiosas, fueron malbaratados en públicas subastas con perjuicio gravísimo de la riqueza nacional; porque los advenedizos que los compraron por un puñado de reales de vellón, vieron satisfechas sus aspiraciones con la complicidad en el crimen y juzgaron ya cumplida su misión en la sociedad al comerse las rentas de las fincas robadas, en cuya administración demostraron una desidia sólo comparable á su ignorancia y á la presteza con que acudieron á apoderarse del ajeno patrimonio.

No he de acabar este discurso sin manifestar la extrañeza que me causa la insistencia con que se lamentan los adversarios del Clero de los privilegios que disfruta esta clase de la sociedad. Permitidme que pregunte: ¿cuáles son esos privilegios? Si por privilegios entendéis el fuero eclesiástico á que se hallan los clérigos sometidos en caso de que delincan, sólo haré observar que tienen también los militares su fuero propio, lo que por lo común parece muy lógico y muy en armonía con las exigencias de la realidad.

Resulta, pues, que el privilegio de que los clérigos disfrutan no es de ellos exclusivo, ya que de análogos privilegios disfrutan otras clases de la sociedad; pero en cambio puedo citar un derecho que puede ejercitar todo ciudadano y que sólo se niega al Clero: el de representar al país en Cortes.

¿Cuáles son, pues, los temores racionales que puede despertar un clero mezquinamente retribuido y privado de derechos de que goza el último de los súbditos españoles?

Teméis á la propaganda del Clero y le combatís por eso; también él y con él y de todo corazón la mayoría inmensa de las almas españolas, abomina de la propaganda vuestra y se apresta á atajarla con todas las fuerzas de que dispone, con una sola diferencia: que el Clero acude al palenque libre con que las libertades públicas le brindan para combatir al adversario, y el adversario quisiera en nombre de esas mismas libertades, que el poder político, juez de la contienda, faltando á la fe jurada, asestase al Clero golpe traidor que le impidiese entrar en batalla. Yo tengo una fe profunda en que no sucederá así y si acaso sucediese, la Iglesia católica que en el alma colectiva del Clero atacáis vosotros, se repondría del golpe alevoso y volvería á erguirse triunfante, que no en balde dijo su Divino Fundador que las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. Señores:


Defiriendo á las oportunas indicaciones de la Presidencia que son siempre para mí muy respetables, me propongo ser muy breve en mi rectificación. Oblígame á esta brevedad por otra parte, la circunstancia de que no habiendo podido rectificar en la sesión antepenúltima ni asistido á la última sesión, no habré probablemente retenido en la memoria los conceptos aquí tan brillantemente emitidos por los señores Escobedo y González (Don Alfonso) y que á mi juicio merecen ser refutados. La sucinta redacción de las actas de las sesiones no me permiten tampoco entresacar de un modo completo los conceptos á que acabo de aludir, por cuya razón y muy á pesar mío, quedarán sin contestar algunos de ellos.

Con gran deleite del oído y no menor regocijo de la fantasía tuve el placer de escuchar el discurso del señor Escobedo: el valor con que defendía sus opiniones un tanto vagas y los dejos de aticismo que ponía en la impugnación de las nuestras, despertaron en más de una ocasión las simpatías de los adversarios; y como en los períodos de la oración de S. S. la ligera elegancia de la dicción sobrepujaba notablemente á la solidez de los argumentos y á la rigurosa dialéctica del raciocinio, paréceme que S. S. no ha de llevar á mala parte que yo no consuma el breve espacio de tiempo de que dispongo para molestar vuestra atención benévola, en destruir con la fuerza de la lógica argumentaciones un tanto gratuitas, dictadas más bien por vehementes obsesiones que por serenos raciocinios.

No he de pasar, sin embargo, en silencio la peregrina acusación que el señor Escobedo ha tenido la audacia de lanzar aquí contra las Hermanas de la Caridad. Yo no puedo creer que el señor Escobedo haya obedecido al aventurar acusación semejante, á los dictados de una convicción profunda; inclinóme á creer que el señor Escobedo ha tratado tan sólo de producir en el culto auditorio un efecto parecido al que causa el tosco brochazo del pintor escenógrafo en las ingenuas miradas de los espectadores de la galería.

En concepto de recurso retórico, á modo de estratagema de combate, es sólo lícito dirigir tan agrias censuras á esos seres privilegiados que por el amor de Dios practican sinceramente el amar al prójimo como á ellos mismos.

Los hospitales de sangre en tiempo de guerra, los establecimientos de beneficencia en todos los tiempos y ocasiones, atestiguan con el mutismo conmovedor y elocuente de los hechos la notoria injusticia de los cargos que S. S. ha formulado aquí contra esas beneméritas mujeres. Comparaba S. S. la caridad de las Hermanas con el laudable celo de los enfermeros y practicantes y, de buena fe sin duda, tenía el valor de atribuir más mérito á este celo que á aquella virtud sublime. No sería difícil demostrar por medio de la enumeración de frecuentísimos casos, que la abnegación de las unas supera á la solicitud de los otros; pero renuncio á abusar de vuestra paciencia con el empleo de este medio de prueba y me atrevo á tener la generosidad de concederos que Hermanas de la Caridad y enfermeros seglares sean igualmente asiduos y celosos en el exacto cumplimiento de su misión filantrópica.

Pues bien, así y todo, yo os afirmo y yo os pruebo que es infinitamente más meritoria, es infinitamente más heroica la conducta de las Hermanas de la Caridad.

En efecto: para juzgar del valor ético de una acción humana no es posible prescindir del examen de los móviles que la determinan; y á medida que estos móviles sean más puros y lleven menos aparejada la idea de lucro, serán las acciones más generosas y sublimes.

Examinad ahora cuál es el resorte que impulsa los abnegados actos que constantemente ejecutan las Hermanas de la Caridad, y veréis que se halla exento de todo ideal terreno, de todo efímero aplauso, de toda recompensa inmediata. Ellas se consagran al cuidado de los pobres, al alivio de los que sufren, porque esos pobres y esos enfermos son sus prójimos; porque ellas aman á Dios y saben que no hay medio más eficaz de atestiguar ese amor que cumplir con el precepto del Decálogo que resume todos los demás preceptos del Código Divino: Amar al prójimo.

Los seglares, los laicos que se consagran á la asistencia y curación de los enfermos ejecutan sin duda, acciones dignas de loa; pero puede asegurarse que no tendrían la suficiente energía moral para ejercitarlas si en plazo más ó menos remoto, no entreviesen al cabo de los prestados servicios, una temporal recompensa representada ya por un avance positivo en la carrera emprendida, ya por la adquisición de un empleo retribuido con más ó menos pingües emolumentos.

No hace falta, á mi ver, aquilatar en demasía los movimientos que agitan el alma humana ni profundizar excesivamente en el complicado laberinto del corazón humano, para ver con una claridad diáfana cuánto mayor altruismo resplandece en la misión de las hermanas de la Caridad, que no en esos útiles servicios de los laicos que arrancaban tan pomposas frases de alabanza de los elocuentes labios del señor Escobedo.

Los cuidados asiduos de enfermeros y practicantes seglares tienen fundamento ético análogo á aquel en que se apoyan los de las caritativas enfermeras protestantes; el cumplimiento del deber. Base ciertamente convencional y elástica cuya solidez estriba en algo tan vario como el propio juicio siempre más egoísta que la conducta inspirada por los sentimientos católicos.

Para corroborar esta aserción mía habréis de permitirme que os refiera un caso que tuve yo ocasión de presenciar cuando hace poco más de un año me hallaba en la capital de Holanda desempeñando una comisión diplomática. Residía en El Haya una ilustre familia calvinista á la que fui recomendado, compuesta de una madre y de dos hijas. La mayor de estas jóvenes padecía grave enfermedad crónica que requería cuidados permanentes. Causóme gran sorpresa que en aquella familia fervorosamente protestante estuviese confiada la asistencia de la enferma á religiosas católicas y no pude resistir á la tentación de preguntar á la respetable y afligida madre cuáles eran los motivos que la habían inducido á preferir los servicios de estas monjas á los de las enfermeras calvinistas.

Con noble y amarga sinceridad satisfizo mi curiosidad la interpelada, confesándome que las hermanas católicas llenaban con mayor esmero y abnegación su piadoso cometido; porque las protestantes se limitaban á cumplirlo con exactitud cronométrica, sin que ni una súbita agravación de la paciente ni el trastorno de horas ocasionado por cualquier incidente imprevisto, fuesen jamás suficientes para perturbar el cotidiano plan de vida de las enfermeras heterodoxas, ni para privarlas del placer de comer en familia ó de la satisfacción de celebrar con el novio la entrevista acostumbrada.

Hechos como éste, autorizados también por personas poco interesadas en ensalzar las virtudes que fomenta el sentimiento católico, pudiera citaros y os citaría muchos, si así me lo permitiese la promesa de ser breve con que empecé mi discurso. A la rectitud de vuestro juicio y á la conciencia de los hombres de buena voluntad dejo la tarea de hacer comen tarios y de sacar consecuencias. Sólo dos palabras me restan que decir para contestar á la elocuente y briosa peroración del señor González (D. Alfonso).

Empezaba S. S. censurando el abuso que hacíamos los que nos sentamos en estos bancos, de las citas históricas, sin darse cuenta que estas censuras alcanzaban en primer término al digno autor de la Memoria que discutimos.

El señor Elorrieta ha sido quien nos ha dado el ejemplo y nos ha trazado el camino con el simple enunciado de su notabilísimo trabajo. Titula el señor Elorrieta este trabajo la «Iglesia y el Estado ante la Historia y el Porvenir» y si hemos de ser metódicos en el examen de la Memoria, paréceme pertinente empezar por el estudio más ó menos somero de los antecedentes históricos del asunto, brújula que puede guiarnos en el dédalo de complicaciones que la cuestión presenta en sus aspectos presente y futuro.

El señor González (D. Alfonso) ha tratado de comprender bajo el común denominador de ultramontanos, reaccionarios ó tradicionalistas á cuantos con fe y entusiasmo defendemos aquí las creencias católicas; é importa mucho á mi seriedad y á mi delicadeza que antes de entrar de lleno en la refutación de las doctrinas expuestas por S. S., queden los campos perfectamente deslindados. Empiezo, pues, por declarar sin ambages ni rodeos, que yo no soy ni he sido jamás carlista sino monárquico, constitucional y dinástico; y todavía sostengo, respetando el fervor con que defienden los carlistas sus ideales, que impropiamente se llaman ellos tradicionalistas, porque ni en poco ni en mucho pueden considerarse sus aspiraciones políticas como el verbo de la tradición española. El Gobierno con que sueñan los secuaces del Pretendiente es, con ligeras variantes, el Gobierno absoluto importado de Francia después de la Guerra de Sucesión y que dista tanto de la tradición genuinamente española, como aquel otro Gobierno de los Austrias que ahogó las energías y las libertades castellanas y aragonesas en aras de una política de familia contraria á los intereses de nuestra Patria.

Si diésemos á la palabra tradición su sentido estricto y verdadero, no vacilaría yo en llamarme tradicionalista, porque para mí el tradicional gobierno de nuestra Patria acaba cuando en Madrigalejo expira Don Fernando el Católico, el más grande entre todos nuestros reyes. Yo soy verdaderamente entusiasta de nuestra tradición representada en Aragón por su Constitución y condensada en Castilla en la sana y robusta autonomía de aquellos Concejos que dieron autoridad á Doña María de Molina y el trono á Don Fernando el Emplazado.

Pero dejando para ocasión más oportuna el exponer mis personales opiniones, impórtame insistir de nuevo en mi dinastismo ferviente, porque habiendo tenido la honra de ostentar, aunque de modo interino, en diversas Cortes europeas la Representación de S. M., no sería para mí nada honroso que nadie osase dudar de mi lealtad incondicional á los Poderes legítimamente constituidos.

El señor González (D. Alfonso), menos conciliador que el señor Arantave, extrema su enemiga contra las santas creencias que profesa la inmensa mayoría de los españoles, y llega á proponer, en nombre de esa libertad de que se siente apóstol fervientísimo, que se prohiba ejercer la enseñanza á las órdenes religiosas.

No imaginéis, señores, que me ha causado indignación tan radicalísimo proyecto; antes bien lo he escuchado con sumo regocijo, porque esta proposición atrevida no es, en puridad, sino la más paladina confesión de debilidad que pudiera hacer S. S. en nombre de sus camaradas.

Vosotros que os llamáis defensores de la libertad, abrigáis el tiránico propósito de no tolerar que propaguen sus ideas los que como vosotros no piensen: nosotros, á quienes juzgáis enemigos de la libertad, damos por el contrario inequívocas pruebas de tolerancia al aceptar vuestro reto. Nosotros toleramos que un inmenso número de cátedras de nuestras Universidades estén desempeñadas por krausistas y por librepensadores: vosotros quisierais amordazar á los que siembran las verdades eternas en los corazones de la juventud española, cultivan asiduamente la beneficiosa semilla que en ellos sembrara el amor de nuestras madres y vigorizan la voluntad con la enseñanza de una abnegación que no puede ver con buenos ojos el epicureismo que os aqueja.

¿Qué prueba queréis más abrumadora de vuestra debilidad y de nuestra fuerza? Comparad la lealtad con que nos aprestamos nosotros á combatiros, con la alevosía con que vosotros seríais capaces de apuñalarnos inermes. Comparadla con serenidad de espíritu y tened el valor de confesar ese miedo vago pero intenso que os invade, ante la idea de entrar con nosotros en batalla.

Pero es inútil esta invitación que os hago; yo sé muy bien que no será aceptada porque nosotros nos apoyamos en principios morales inconmovibles y vosotros en cimientos de arena movediza que se derrumban al soplo de las pasiones; ¡que de vuestra ética y de vuestra lógica puede decirse lo que el gran Obispo de Meaux decía de las doctrinas protestante: Tú varias y lo que varía no es la verdad!