Los tres Toms de Barcelona

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El Museo universal (1868)
Los tres Toms de Barcelona
 de Bernabé España

Nota: Se ha conservado la ortografía original.

De la serie:

COSTUMBRES POPULARES.

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LOS TRES TOMS EN BARCELONA.


La fiesta del 17 de enero, lo mismo en Barcelona que en Madrid , y en otras ciudades y lugares de España, consiste principalmente en la bendición de animales, cuya tutela, de tiempo inmemorial, se halla conferida á San Antón.

Los religiosos de esta órden poseían en el estremo del arrabal su casa é iglesia, obra ésta del siglo XIV, con un bello átrio de tres grandes ojivas, que felizmente permanece, al cuidado de los padres Escolapios.

Sito junto á una salida de la ciudad, los caleseros, carromateros y tratantes en caballerías , forman su mayor vecindario, por lo que viene á hallarse en su centro natural , cuando los parroquianos antedichos, considerablemente aumentados con gran muchedumbre de similares del interior y del esterior, acuden en la mañana del indicado día para dar sus tres carreras ó vueltas (toms), mientras el sacerdote desde aquel gótico vestíbulo les echa la bendición.

Al través de largos puestos de feria, puestos de varias frutas, avellanas, nueces, etc., en medio de una concurrencia numerosa, donde no faltan las garridas menestralas del barrio y otras beldades de mayor coturno, luce tumultuosamente su garbo aquella caballería heterogénea, notable así por la disparidad de monturas, como por la variedad de ginetes, desde el rumboso arriero hasta el maleante jitano.

En otros días, los gremios de alquiladores de muías, carreteros de mar y tragineros de la biga, formaban dos brillantes cabalgatas que, con seguimiento de música y aficionados allegadizos, izada la bandera gremial, y recibida la religiosa lustracion, paseaban en solemne marcha las principales calles, yendo á saludar á sus mayores y a las autoridades superiores de la localidad.

Suprimidos los gremios, sale aun, cuando hay humor y recursos, alguna comitiva improvisada, con pendón y todo, que se encarga de mantener la tradición, sino por espíritu de cuerpo, por jactancia de clase, la cual, entre paréntesis, dista mucha do andar en postergación.

Dígalo sino el lujo con que suelen presentarse , rizado el cabello , enguantada la mano, charolada la bola, luciendo ricas cadenas y botonaduras, vistiendo de rigurosa etiqueta y á la última moda, sin faltarles para semejar cumplidos caballeros, mas que dos faldones en el chaquetin.

Al compás de la música que les antecede ó les sigue, gallardéanse con petulancia sobre briosos corceles, que á su vez caracolean bajo sus jaeces y mantillas, adornadas las crines de cintas y trenzas, las colas de moñas, ramilletes y acaso sortijas de valor, y la cabeza de penachos que se mecen en incesante undulación. El abanderado y los cordonistas suelen llevar en la mano ricos pañuelos de encaje, y casi todos los cabalgantes llevan embrazado un lio de dulces, ó un enorme roscón de circunstancias, que después se consumirá en familia ó en un banquete procomunal, obligado de toda fiesta, sin contar el baile con que por la noche suele terminar.

El vulgo se ríe un poco de estas estravagancias; pero ve con gusto mantenerse una costumbre , que al fin y al cabo, como otras populares, tiene mucho de inocente, mucho de característico, y cuando menos proporciona un espectáculo gratis, ios que siempre, tuvieron aceptación en ciudades populosas, donde es crecido el linage de los zánganos y los sándios. De esta fiesta acompaña un grabado al presente número de El Museo.

J. Puiggarí.