Gallística

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GALLISTICA

Apuntes sobre la lidia de gallos

Después de los datos tauromáquicos deben entrar los gallísticos. Tratándose de espectáculos semibárbaros, el segundo es complemento del primero. En el uno peligra la vida del hombre, y en el otro la honra y la fortuna.

El origen de las peleas de gallos es el siguiente:—Temístocles, en la expedición contra los persas, dijo á los soldados de su ejército que peleasen con el esfuerzo de los gallos. Obtenido el triunfo por los atenienses, para perpetuar la memoria de él, se dictó una ley estableciendo una lucha anual de gallos, costumbre que pasó á Roma, donde, á grito de pregonero, se convocaba al pueblo con estas palabras: pulli pugnant (hay pelea de gallos). Hubo suntuosos túmulos para sepultar en ellos á los gallos que más se distinguieron en la lucha. De Roma pasaron las lidias á los demás pueblos de Europa.

Sin que pueda determinarse á punto fijo cuándo tuvo lugar la primera lidia de gallos en Lima, sábese de cierto que medio siglo después de fundada la ciudad era ya general la afición; y que en las calles, plazuelas, huertas, y aun en los claustros de los conventos había jugadas de á pico y de á navaja. Como sucede hoy mismo en los pueblos de la costa, la festividad de ciertos santos se celebraba con fuegos de artificio, novillos y gallos, espectáculos que también tenian lugar en la elección de prelados ó en conmemoración de sucesos faustos.

En los tiempos de Amat, era la plebe harto entusiasta por las lidias de gallos, y así los artesanos como los sirvientes, desatendían sus deberes por jugar gallos en plena calle. Resultaban de aquí graves pendencias y alarmas para el vecindario pacífico.

No atreviéndose el virrey á ponerse en pugna abierta con el pueblo, prohibiendo el feroz entretenimiento, se decidió á reglamentario; y para ello empezó por aceptar la propuesta que hizo don Juan Garial para construir un coliseo en la plazuela de Santa Catalina y en terreno colindante con la muralla. La fábrica se concluyó en 1762, y el empresario Garial se comprometió á dar anualmente quinientos pesos al Cabildo y quinientos al hospital de San Andrés, en compensación del privilegio exclusivo que éste tenía sobre la casa de comedias.

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A] principio concedió Amat permiso para que los domingos, días festivos, martes y jueves, pudiese el empresario lidiar gallos; pero en 1786, y por real cédula que vino de España, se hizo extensiva la licencia á los sábados.

En 1781 pasó el edificio á ser propiedad del Estado, asignándose al juez del espectáculo el sueldo de quinientos pesos al año.

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En 1804 se trasladó el coliseo ó cancha de gallos á la calle del Mármol de Carbajal, en la parroquia de San Marcelo, edificio que conocimos en pie hasta 1868, en que fué demolido pasando á ser propiedad de un particular que, sobre el terreno donde corriera la sangre de innumerables víctimas de la navaja, construyó una espléndida casa.

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Proclamada la independencia, el ministro Monteagudo, por decreto de 16 de Febrero de 1822, abolió el juego de gallos. El coliseo permaneció cerrado hasta pocos meses después de la batalla de Ayacucho, en que los colombianos, que eran tan aficionados como los limeños á la lucha de animales de pluma, pasaron por encima de la prohibición. Poco después, el Consejo de Gobierno restableció las lidias, destinando el producto del remate para sostenimiento del Seminario.

Continuó funcionando la casa de gallos hasta el 9 de Febrero de 1832 El Ministro de Gobierno don Manuel Lorenzo Vidaurre pasó en esa fecha un oficio al Prefecto de Lima, en el que dice: que no podía tolerarse que el producto de una casa de inmoralidad, patrocinadora del ocio y del fraude, se aplicase al Seminario de Santo Toribio, dándose por sustento á una escuela de virtud el pan producido por el vicio.

Vino la guerra civil, y con ella bastó una disposición prefectural para convertir en letra muerta el decreto supremo, hasta que, bajo la administración del presidente coronel Balta, se eliminó de la central calle del Mármol de Carbajal ese foco de corrupción.

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Fuentes, en su Estadística de Lima, publicada en 1858, trae la siguiente descripción:

La cancha ó lugar de la lucha, es perfectamente circular, y tiene de circunferencia cuarenta y dos y media varas. Los asientos, colocados alrededor, forman nueve gradas que pueden alcanzar para ochocientas personas. Tiene doce palcos bajos y treinta y uno altos, además de la galería del juez. La entrada vale dos reales por persona. Hay doscientas ocho galleras, que son unos pequeños cuartos sin puertas, separados unos de otros por quinchas de caña. El juez recibe una gratificación (cuatro pesos) todas las tardes de lidia. Las jugadas se hacen, en la actualidad, casi todos los días. Concurren á ellas, por término medio, cuatrocientas sesenta personas; y á las de mucho interés, hasta mil doscientas, que son las que la casa puede contener. El número medio de corredores es de quince. El dinero que, según datos fidedignos se atraviesa en todo el año, entre caja y apuestas, asciende á noventa y ocho mil pesos, no incluyéndose las jugadas extraordinarias, en las cuales toman parte personas de alta posición social, y en las que han solido apostarse hasta veinte mil pesos en una tarde.

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El gallero es un tipo digno de estudio.

Dejando aparte á los aficionados, cuya fortuna les permitía criar gallos en cómodas casillas ó galleras, y destinar dos ó más criados para que los cuidasen, exhibamos sólo al gallero del pueblo bajo.

No había en Lima rapista ó maestro de obra prima que no fuese insigne gallero. Tras de la puerta de la barbería ó al pie de la mesita de trabajo, y entre el cerote, las hormas y el tirapié, estaba amarrado el malatobo, el ajíseco, el cenizo ó el cazilí.

Cuidábanlo como á la niña del ojo, y bien podía faltarles el pan para su familia antes que el maíz para su engreído.

Una mañana el zapatero apocaba la pinta ó el espolón del gallo de su vecino el barbero. Picábase éste, y quedaba amarrada pelea para una semana después. Desde ese instante se daba otra alimentación al animal y se le medía el agua.—Ciencia se necesita para preparar un gallo, y cada aficionado tenía su método especial, fruto de la experiencia.

El día señalado para la lidia apenas si se dejaba probar bocado al animalito, porque recelaban que, con el buche lleno anduviese pesado en su vuelo y movimientos. Aquel día no cesaba el dueño de acariciar á su dije.

Por la tarde envolvíase el zapatero en la mugrienta capa y, llevando bajo sus pliegues escondido al gallo, dirigíase al reñidero, acompañado de sus amigos que, habiendo conocido al animal desde pollo y vístolo topar, no daban por medio menos su victoria sobre el lechuza del barbero.

Tal vez de aquí nació el preguntar, en Lima, á todos los que llevan un bulto bajo la capa:—Amigo, ¿se vende el gallo?

Acontecía que el lechuza hacía picadillo al aguilucho, Los perdidos se volvían cariacontecidos, llevando el dueño, bajo la capa, se entiende, el cuerpo del difunto que, con arroz y pimientos, hallaba al otro día sepultura digna en el estómago del zapatero y de sus camaradas.

Así el triunfo, como la derrota, eran pretexto para empinar el codo. El vencido encontraba siempre manera de defender al muerto, culpando al que amarró la navaja ó á un tropezón con la tapia del circo.—De puro bueno perdió mi gallo; porque, si el contrario no se rebaja á tiempo, le habría clavado la navaja hasta el sursum corda.

Jamas convenía el perdidoso en que su gallo hubiera sido vencido en buena ley, ó en que era chusco y cobardón.

Los corredores de gallos (dice otro escritor) tienen signos convencionales para entenderse desde lejos. Son los siguientes:

El restregar cuatro dedos de una mano con el pulgar de la otra, significa que se da diez contra ocho.—Juntar los índices quiere decir pelo á pelo ó sin ventaja.—La mano puesta sobre el hombro equivale á dar diez contra seis.—Hacer un signo en la frente, como dividiéndola, es dar diez contra cinco.—Y por fin, echar un corte de manga, significa diez contra siete.

Esto de contratar por señas convencionales, nos recuerda á las meretrices de Grecia, á las que el galán solicitaba alzando el dedo índice, y la hembra contestaba formando un anillo con los dedos pulgar y anular. No había para qué gastar palabras.

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Pocos juegos se han prestado á trampas más que el de gallos. Para explotar á los incautos, echaban á la arena un animal rozagante contra otro de enclenque aspecto. Las apuestas en favor del primero eran, por supuesto, numerosas, y teníase por gran torpeza arriesgar un centavo en pro de su rival. Pero, ¡oh maravilla! El gallazo, ó no hacía golilla, ó cacareaba y corría, ó se dejaba matar por su contrario el gallito tísico.

Los que estaban en autos sabían que al rozagante, ó lo habían emborrachado con sopas en vino, ó puéstole un pedacito de plomo en la cola para embarazarle el vuelo, ó apretádole las entrañas el careador, ó hecho con el infeliz alguna otra diablura.

Gallo hubo reputado por invencible y que contaba por docenas las victorias. ¡Era un diablo el animal! A la postre, una tarde se descubrió la trampa: era gallo blindado como los buques de guerra. Su dueño lo armaba con coracita de hoja de lata, ingeniosamente dispuesta, y contra la que era impotente la navaja.

«Las personas encargadas de preparar los animales para la lucha (dice Fuentes); las que con el nombre de corredores se ocupan en arreglar las apuestas; y todos cuantos tienen interés ó participación en las jugadas, cometen hechos de la más demostrada inmoralidad y del más declarado robo, terminando casi siempre cada pelea con una algazara en la que, no pocas veces, se oyen insultos á la autoridad que preside el espectáculo, Las cuestiones sobre equívoca victoria de un gallo se dirimen por careo ó por dictamen, frecuentemente parcial, de los peritos nombrados ad hoc.».

Eso de amarrar la navaja, requiere ciencia, y más que todo, probidad. Los amarradores, sujetos á quienes el pueblo bautiza con algún apodo, son propensos á dejarse cohechar.

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Así como la víspera de una corrida de toros y con acompañamiento de banda de música popular, se hacía por las calles de Lima el paseo de enjalmas, así cuando se trataba de alguna jugada de importancia recorrían la capital dos negros tocando una chirimía y un tambor, seguidos de un muchacho que cargaba una jaula con un gallo.

Tal era el convite de lujo, salvo casos en que circularon invitaciones impresas.

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Si los toros han tenido y tienen su literatura especial—los listines y las descripciones en que los gacetilleros de los periódicos agotan el tecnicismo tauromáquico,—las lidias gallísticas no habían alcanzado á tanto hasta 1874, en que se estrenó el actual circo de Malambito ó portada del Callao. Verdad es que el general don Ignacio de Escandón, en 1762, escribió y publicó en Lima un folletito de ocho páginas, á dos columnas, con un largo y pesado romance octosílabo, celebrando las lidias de gallos y la erección del circo que autorizó el virrey Amat, Titulábase ese engendro monstruoso Epoca Galicana, egira Galilea.

Alguien que yo me sé, intentó crear la revista gallística en la prensa: pero, afortunadamente para las letras peruanas, no halló eco su propósito y tuvo que guardar la pluma.

Sin embargo, y para satisfacer curiosidades exigentes, ahí va una descripción mía de la lidia gallística del domingo 15 de Septiembre de 1874. Conste que no reincidí en el pecado.

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A eso de las 3 y 20 salió el Volantuzo á revolver la arena con un pinto, que se encontró con un carmelo de regular alcance y de mejor lámina. Aderezados los gallos, con el careo y la navaja, y puestos en el redondel, partió con presteza el pinto, bajando el cuarto al carmelo, que no quiso darse por vencido hasta que una nueva acometida del contrario, que era de mucho registro, le quitó el habla.

Después de la chusca principió la jugada. Era ésta de cincuenta y doscientos. Llevaba la voz y la campana el señor X . . . . . y los contendientes que eran los señores H . . . . y N . . . . eran los mismos que amarraban. Conjuntivitis, á la derecha, y Chuchumeco, á la izquierda, estaban á la puesta y á la levantada, y á los careos.

Soltó el segundo un ají-seco prieto, cabeza rota, juntón, contra un ají-seco claro, cola blanca, de más alcance, pues era de plaza, pero de menos vuelo que su adversario. Hecha la apuesta, avanzó el prieto y, zafando con malicia de la acometida en vuelo del cola blanca, levantóse más y, en el aire, hirió á éste. Luego contestó el cola blanca; pero un tiro de suelo, de oportunidad y mucho brío del prieto, y dos prendidas, le dieron el triunfo. Duró la pelea un minuto y dieciséis segundos.

Conjuntivitis se presentó con un ají-seco, machetón, de tamaño regular, contra otro idem-idem, de más alcance. Al partir en vuelo el machetón se hizo atrás el contrario; pero, á su vez, al bajar, pudo herirlo, Después de una cita algo prolongada, subieron ambos; y superitando el último, por ser de más ala, venció al contrario que, con tres sacudidas, besó á su madre. Duró un minuto y diecinueve segundos.

Se sacó en tercera un malatobo, pata amarilla, contra un ají-seco, ala blanca, golilla anaranjada y de más cuartilla. Partir el pata amarilla y agarrarse á la mecha con el machetón, todo fué uno. Era el último un gallo muy frío; pues, habiendo salido mejor librado del ataque, se puso á dar vueltas sin querer definir. Dos careos sucesivos hicieron salir al pata amarilla llorando á buscar piedra. Duró un minuto y cincuenta segundos.

Un cenizo, pata prieta, guaragüero y cuatralvo, de Chuchumeco, se encontró con un ají-seco, crespo, de más alcance y más grande. A la partida falsa de este último se citaron los gallos, y remontándose el que partió venció á su adversario en un solo tiro. Duró once segundos. El vencedor fué amarrado por Conjuntivitis.

Un carmelito, de porte regular, se las hubo con un ají-seco, zanqui-largo, que amarró también Conjuntivitis. Partió este último con tres ataques de tanta sustancia, movimiento y prontitud, que hubieran hecho añicos á otro gallo que no hubiese sido el carmelito, el que, sorteando sobre la cola, llamóse á defensa y pudo escapar; y luego, citando un momento, dióle el carmelo un navajazo tan terrible al ají-seco que éste se desparramó. Nos entretuvimos cincuenta y cuatro segundos.

Se careó en seguida un papujo, cenizo, cola blanca con un ají-seco, prieto, flaco, juntón y desplumado, de Chuchumeco. Avanzó el primero, y árrancando el segundo en vuelo, le quitó el cuarto al papujo que quedó sin poder hacer. El prieto era picador; pero se levantaba en el aire sin saber definir, por lo que duro la pelea un minuto doce segundos, y fué necesario dar un careo.

Un ají-seco, pata blanca, de última, se topó con un jiro, plateado, de Conjuntivitis. El ají-seco se presentó distraído y parecia no estar preparado. Súpolo esto el jiro y se lanzó con tres tiros, logrando solo el último. Cogido á su vez sufrió una cernida que hizo esperar á todos el triunfo del ají-seco; pero no fué así, pues reponiéndose el jiro, que estaba enterote, pasó sobre el enemigo varias veces, moviéndole las costillas y haciéndolo bajar el pico. Duró minuto y medio.

Terminada la Jugada que ganó H . . . . caja, cuarta parte y mejoras, y que por un tris no fué capote, empezaron las chuscas.

Apareció un cenizo de alcance, enjuto y barrillón, con un carmelo de mejor estampa. Puestos en la arena, partió éste en vuelo contra el cenizo, que yo no sé cómo pudo evitar una acometida de tanto movimiento y fondo. Repetido el mismo ataque, al verse superitado en el aíre, se ladea el cenizo y, paralelo al suelo, hiere en su tiro al adversario. Elévanse de nuevo, cambia otra vez el cenizo, porque á subir no puede con el carmelo y, deteniéndose un momento, aprovecha del descanso del otro para mondarle la pata. Desciende, y un tiro de suelo de una agitación eléctrica, apenas visible, le dió una victoria que su malicia nos hace llamar sobresaliente.

Luego vino un ají-seco, pata prieta, con otro más chico, cazili, pata amarilla. El triunfo estaba por este último, que era de más ejecución; pero una sacudida, oportuna y feliz, dió la victoria al otro. Conjuntivitis, en los careos del primero, que ya estaba muerto, quiso hacer de las suyas, Que la autoridad abra el ojo.

A un ají-seco, papujo, lo partió un pinto, en vuelo, y le vació el alma en cinco segundos.

Salió luego un cazili, mosqueado, zanqui-tuerto, con un cenizo cola blanca, que le hirió al partir. Cogiéronse á la mecha y apartados. Dióle tres batidas en el lomo el primero al segundo. Calmada la rabia, fué menester tres pruebas; pero el cenizo dijo que tenía que hacer, y se despidió cacareando.

Un barbitas, pata amarilla, se careó con un golilla-naranja, pata prieta, de tan buena estampa que hizo dar plata á siete. ¡Vaya un animal bien laminado! Un tiro en vuelo y dos batidas endemoniadas, dieron en tierra con el barbitas.

Cerró la tarde un ají-seco, que, por más que lo buscaba, no había encontrado desde algún tiempo rival que le bajase el penacho. Echáronle de tapada un jiro, aplomado, recio de cuadriles. La bondad del primero no le bastó para vencer; pues, habiéndosele torcido la navaja, le mató el contrario. Mucho se murmuró por este incidente contra Chuchumeco, y dicen que si hubo intención ó no hubo intención en amarrar mal la navaja. El juez ha prometído averiguarlo. Lo que resulte lo sabremos.... el día del juicio.

Resumen: la jugada fué buena y entretenida, El único gallo sobresaliente fué el cenizo de la primera chusca. Gallos de esa inteligencia para el quite y el ataque, y para aprovechar el único momento posible de triunfo, no se ven sino de tarde en tarde: son rara avis. También mencionaremos á su advero que hubiera triunfado á no encontrarse con un pillo de tan asombroso metal.

Aunque la autoridad estuvo sensata, desearíamos que, en adelante, les meta la mano á Chuchumeco y á Conjuntivitis. Al público se le ha encajado entre ceja y ceja que, como careadores y amarradores de navaja, no juegan limpio, y cuando el río suena, señor juez.... tendrá por qué sonar.


Por esta revista se habrá el lector formado idea de los colores y condiciones de los gallos, de los lances de una lucha, y de que Conjuntivitis y Chuchumeco, apodos de los amarradores, eran dos peines de encargo. Réstanos algo por explicar.

Cada jugada se componía de siete parejas. Regularmente los jefes de los dos partidos interesados apostaban cincuenta pesos á cada gallo, y depositaban doscientos que corresponderían al que ganase cuatro peleas.

A veces triunfaba un partido en las siete peleas, y á eso se llamaba dar capote, Ganar seis era dar mantilla.

Coteja se decía por dos gallos de igual peso y tamaño, y que antes de salir á la arena habían sido topados por sus dueños,

Tapada se llamaba la pelea en que cada dueño escondía su gallo, dejándolo ver en el instante mismo de amarrar las navajas. Las tapadas eran motivo de intriga constante; pues cada interesado procuraba averiguar las cualidades del gallo preparado por el contrario, para proceder con conocimiento. El amigo vendía el secreto del amigo.

Tras de las siete jugadas de interés, que eran las dadas por personas de fuste, venían las chuscas, que eran las de la plebe, y en las que el gallo del zapatero hacía cecina al del barbero. En éstas, la caja no pasaba de doce pesos.

Aunque el reglamento limitaba la suma de las apuestas, no por eso los jugadores estaban imposibilitados para arriesgar mil pesos en cada gallo. Personaje hubo en Lima que en una tarde perdió quince mil duros, El hecho es reciente y notorio. [1]

El tecnicismo gallístico es casi tan rico como el tauromáquico. A ser yo más entendido en esa jerigonza, no dejaría en el tintero algo que descifrar querría. Baste, por hoy, con estos desaliñados apuntes, que tal vez otro prójimo ampliará algún día.

  1. Ya, en 1899, ninguna persona que en algo se estima concurre al circo; y aun entre el populacho va perdiendo terreno la afición á la lidia de gallos.