El poeta de la Ribera don Juan del Valle y Caviedes

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EL POETA DE LA RIBERA DON JUAN DEL VALLE Y CAVIEDES

En 1859 tuvimos la fortuna de que viniera á nuestro po- der un manuscrito de enredada y antigua escritura. Era una copia, hecha en 1693, de los versos que, bajo el mordedor título de Diente del Parnaso^ escribió, por los años de 1683 á 1691, un limeño nombrado don Juan del Valle y Caviedes.

Caviedes fué hijo de un acaudalado comerciante español, y hasta la edad de veinte años lo mantuvo el padre á su lado, empleándolo en ocupaciones mercantiles. A esa edad, envió- lo á España; pero, á los tres años de residencia en la metró- poli, regresó el joven á Lima, obligado por el fallecimiento del autoi de sus días.

A los veinticuatro años, se encontró Caviedes poseedor de modesta fortuna, y echóse á triunfar y darse vida de calave- ra, con gran detrimento de la herencia y no poco de la sa- lud. Hasta entonces no se le había ocurrido nunca escribir


versos; y fué en 1681 cuando vino á darse cuenta de que en su cerebro ardía el fuego de la inspiración.

Convaleciente de una grave enfermedad, fruto de sus ex- cesos, resolvió reformar su conducta. Casóse, y con los res- tos de su fortuna puso, en una de las covachuelas ó tendu- chos vecinos al palacio de los virreyes, lo que, en esos tiem- fKXS se llamaba un cajón de ribera^ especie de arca de Noé, donde se vendían al menudeo mil baratijas.

Pocos años después quedó viudo; y el poeta de la Bibera^ apodo con que era generalmente conocido, por consolar su pena, se dio al abuso de las bebidas alcohólicas que remata- ron con él en 1692, antes de cumplir los cuarenta años, como él mismo lo presentía en uno de sus más galanos romances.

Por entonces, era costosísima la impresión de un libro, y los versos de Caviedes volaban manuscritos, de mano en ma- no, dando justa reputación al poeta. Después de su muerte fueron infinitas las copias que se sacaron de los dos libros que escribió, titulados Dknte del Famoso y Poesías varias. En Lima, además del manuscrito que poseíamos, y que nos fu^ sustraído con otros papeles curiosos, hemos visto en biblio- tecas particulares tres copias de estas obras; y en Valparaí- so, en 1862, tuvimos ocasión de examinar otra, en la colec- ción de manuscritos americanos que poseyó el bibliófilo don Gregorio Beeche.

Caviedes ha sido un poeta bien desgraciado. Muchas ve- ces hemos encontrado versos suyos en periódicos del Perú y del extranjero, anónimos ó suscritos jwr algún pelafustán. En vida, fué Cavides víctima de los empíricos; y en muerte, vino á serlo de la piratería literaria. Coleccionar hoy sus obras es practicar un acto de honrada reivindicación. Al Cé- sar lo que es del César.

El bibliotecario de Lima don Manuel de Odriozola, que tan útihnentc sirve á la historia y á la literatura patrias, dando á la estampa documentos poco ó nada conocidos, es poseedor de una copia de los versos de Caviedes, hecha en 1694. Des- graciadamente el manuscrito, amén de lo descolorido de la tinta en el transcurso de dos siglos, tiene tan garrafales des- cuidos del plumario, que hacen de la lectura de una página



tarea más penosa que la de descifrar logogrifos. Sin embar- go, á fuerza de empeño y tiempo, haciendo á la vez una nue- va copia, hemos conseguido ponerla en condición de poder pasar á manos del cajista. (1).

Habríamos querido corregir también frases, giros poéticos, faltas gramaticales, y aun eliminar algo; pero, aparte el temor de que un zoilo nos niegue competencia, hemos pensado que á un poeta debe juzgársele con sus bellezas y defectos, tal co- mo Dios lo hizo, y que hay mucho de pretencioso y algo de profanación, en enmendar la plana al que escribió para otro siglo y para sociedad distinta.

Caviedes no se contaminó con las extravagancias y el mal gus- to de su época, en que no hubo alumno de Apolo que no pagase tributo al gongorismo.

En la regocijada musa de nuestro compatriota no hay ese alambicamiento culteriano, esa manía de lucir erudición in- digesta, que afea tanto las producciones de los mejores inge- nias del siglo XVII. A Caviedes lo salvarán de hundirse en el osario de las vulgaridades, la sencillez y naturalidad de sus verbos, y la ninguna pretensión de sentar plaza de sabio. Dé- cimas y romances tiene Caviedes tan frescos, tan castizos, que parecen escritos en nuestros días.

A riesgo de que se nos tache de apasionados, vamos á emi- tir, en síntesis, nuestro juicio sobre el poeta de la Ribera.— En el género festivo y epigramático, no ha producido hasta hoy, la América española un poeta que aventaje á Caviedes. —Tal es nuestra conciencia literaria.

Las galanas espinelas á un médico corcobado, á quien lla- ma ))iá^ doblado que capa de pobre cuando nueva y

más torcido que una ley cuando no quieren que sirva;

el sabroso coloquio entre la Muerte y un doctor moribundo; el repiqueteado romance á la bella Anarda, y otras muchas

(1) Bate articulo fué encríto para servir de prólogo ¿ la oolección de poesías de Caviedes. Esta se imprimió en Lima, en 1873, y forma el tomo 5.^ de los Documentos IAUrcnrio$ cM Perú oompi- laeión notable hecha por Odriozola. En 1898 se reimprimió, como apéndice, en la obra titulada Flor de Academias.


de sus composiciones, no serían desdeñadas por el inmortal vale de la sátira contra el matrimonio.

Réstanos aún, como se dice, el rabo por desollar. Este libro escandalizará oídos susceptibles, sublevará estómagos delica- dos, y no faltará quien lo califique de desvergonzadamente in- moral. Vamos á cuentas.

Que más que las ideas son nauseabundas y mal sonantes las palabras que emplea el poeta en varios de sus roman- ces, es punto que no controvertimos; aunque pudiera decirse que el tema forzaba al escritor á no andarse con muchos per- files ni cultura. ¡Gordo i>ecado es llamar al pan, pan, y al vino, vino! Pero en esto no vemos razón para que, por los siglos de los siglos, se conserve inédito y sirviendo de pasto á ratones y polilla un libro que, dígase lo que se quiera en contrario, será siempre tenido en gran estima por los que sabemos apre- ciar los quilates del humano ingenio. Si fuera razón atendible la de la desnudez de la frase, muchos de los mejores romances de Quevedo (y entre ellos el que empieza — Yo el menor padre de todos)—} muchas admirables producciones de otros escritores antiguos, no habrían alcanzado la gloria de vivir en letras de molde

Pero por delicados y quisquillosos que seamos, en estos tiem- pos de oropel y de máscaras; por mucho que pretendamos dis- frazar las ideas, haciendo para ellas antifaces de las palabras, hay que reconocer que, en la lengua de Castilla, tiene Caviedes pocos que lo superen en donaire y travesura.

Tenemos á la vista los tres tomos con que, en 1872, ha iniciado la casa editorial de Rivadeneira, en Madrid, la publi- cación de libros raros ó inéditos y, exceptuando el volumen del Cancionero de Estúñiga^ los otros dos corren i>arejas, si no ex- ceden, en cuanto á 'pulcritud de voces, con el Diente del Farnuso, Y téngase muy en cuenta que tal publicación se hace bajo los auspicios de la Real Academia Española, cuerpo respetable que, en materia de estilo, limpia^ fija y da esplendor.

El volumen de la Tragicomedia de Lisandro y lloselia, centón de picantes y obscenos chistes, es juzgado por don Juan Euge- nio Ilartzenbuch; y el de la Lozana Andaluza, historia en que se pintan con colores muy verdes y gran desnudez de imáge-


lies, las escandalosas aventuras de una meretriz, ha merecido ser citado con elogio, en la Biblioteca de autores españoles, por el culto don Pascual de Gayángos.

La autoridad, por mil títulos respetable, de estos dos ilus- tres académicos, destierra de nuestra alma todo escrúpulo por haber descifrado el manuscrito y alentado al señor Odriozola para su impresión. Para la gente frivola, será éste un libro gracioso, y nada más. Para los hipócritas, un libro repugnante y digno de figurar en el índice. Pero para todo hombre de letras será la obra de un gran poeta peruano, de un poeta que rivaliza, en agudeza y sal epigramática, con el señor de la torre de Juan de Abad.