Gazapos oficiales

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Charla que el autor dedica al señor don Nicolás de Piérola, en remembranza de los ya muy lejanos días en que ambos discurríamos sobre lingüística castellana Di j e , no ha dos semanas, que los oficinistas somos los más recalcitrantes enemigos del bien decir, pues nuestros documentos son siempre una calami­ dad en cuanto a forma. Cuéntanme de un compañero que se afaroló un tan­ tico leyendo mi afirmación, y que dijo: —Don Ricardo ha escrito eso ad bultum tuum, y porque sí. Convencer a mi camarada de que no a humo de pajas, sino con sobra de fundamento afirmé lo afirmado, es lo que me pone hoy en el compromi­ so de emborronar algunas carillas de papel. Nunca critico el uso de neologismos, porque siempre tuve el Dicciona­ rio por cartabón demasiado estrecho. Si para expresar mi pensamiento ne­ cesito crear un vocablo, no me ando con chupaderitos ni con escrúpulos: lo estampo, y santas pascuas. Para mí el espíritu, el alma de la lengua, está en su sintaxis y no'en su vocabulario, y hasta tengo por acción meritoria y digna de loa la que realizan los que en nuevas voces, siempre que no sean arbitrariamente formadas, contribuyen al enriquecimiento de aquél. Las len­ guas son como los pueblos, rebeldes al estacionarismo. Bien venidos sean los verbos dictaminar, sesionar, exteriorizar, subvencionar, aristocratizar, si­ lenciar, salvaguardar, influenciar, esbozar, enfocar, festinar, tramitar, idea­ lizar, hipnotizar, obstaculizar, pormenorizar, modernizar, sumariar, cablegra­ fiar, subjetivar, victimar, desprestigiar, depreciar, americanizar, adjuntar, agredir, deshipotecar, descatolizar, nacionalizar, desmonetizar, clausurar, con- traprobar, democratizar, diagnosticar, editar, desarticular, desacantonar, so­ lucionar, raptar, politiquea, oificar, independizar, irrigar, hospitalizar, fusio­ nar, escobillar, exculpar, presupuestear, y tantos otros verbos que la Aca­ demia anda retrechera para darles carta de naturalización en el idioma, y que los peruanos conjugamos con plausible desparpajo. Existiendo en el léxico el verbo incapacitar, acaso por una distracción ha dejado de ponerse capa­ citar, verbo de uso muy generalizado, sobre todo en la acepción jurídica de habilitar. Lo que critico, tal vez sin más competencia que la de critiquizante, es la impropiedad, la inconveniencia y la cursilería en la forma de nuestras co­ municaciones burocráticas u oficinescas. El estilo oficinesco ha de ser llano, sobrio o ajeno a ampulosidades, aus­ tero o rebelde al empleo de imágenes, y de él debe desterrarse la fraseología de convención, que no es más que paja picada. Cuando el chocolate está chirle, se bate el molinillo para que resulte taza llena; poco líquido y mucha espuma. Quite usted en algunas notas de a pliego adjetivos rebuscados e impropios y frases de fórmula o de cajón, y quedará el documento reducido a la mitad de renglones, pero morrocotudos y sustanciosos. El señor de Piérola (y le apeo el tratamiento porque no dedico mis lucu­ braciones al jefe de la nación, sino al escritor, y nada más democrático que las letras) llevaba en su juventud el purismo hasta no emplear palabra que no hubiera recibido el óleo de la Academia. Era conservador, y a los nova­ dores nos llamaba cizareños del lenguaje. De pocos años acá hay más liberalismo léxito en la pluma del señor de Piérola, lo cual me regocija, porque lo aproxima a mi bandera revoluciona­ ria en materia de neologismos. Ya para él no vamos siendo tan indignos de sacramentos literarios los que murmurábamos de sus primitivas exage­ raciones de purismo. No es esto decir que armonice yo con aquel patán que, habiendo roto un jarrón de porcelana que tenía tres siglos dijo: —Más vale romper lo viejo que lo nuevo. En mi idiosincrasia está el apego o afición a lo antiguo. Bien podría suceder que el señor de Piérola tuviera veinte minutos deso­ cupados y, más que eso, voluntad para leer estos mis despapuchos. Quién sabe si esa lectura, hecha por el hombre de letras, inspirará al presidente de la República algo que redunde en mejoramiento del estilo oficinesco, des­ terrando de él formulillas antigramaticales, insustanciales o ripiosas. Pongamos ya el paño al púlpito, que para proemio suficit, y conste que no blasono de ser más quisquilloso que pulga académica. I Tengo la honra de acusar a V. E. recibo, etc., etc. Este, más que gazapo, es gazapón perenne en los oficios de nuestra Cancillería, así de ayer como de hoy. Acusar recibo y avisar recibo son dos locuciones correctísimas y autorizadas por la Academia, a pesar de que la primera forma la mascan, pero no la tragan los puristas o alguaciles de la Gramática. Dicho está con esto que sólo voy a echar bala rasa y metralla en este párrafo contra el disparatado tengo la honra. Lo gramatical sería, mejor dicho, es, escribir tengo a honra, aunque en puridad de verdad, no atino a explicarme qué honra coseche un señor oficial mayor con acusar o

avisar recibo. No se diría sino que la honra anda boba por el Ministerio. Y para que no se diga que critico porque me viene en antojo, ahí van las autoridades lingüísticas que vigorizan mi crítica, sin desdeñar la de don Primitivo Sanmartí, en la página 349 de su voluminoso Compendio de Gra­ mática, que prohibe a los chicos de nuestras escuelas decir tengo la honra. Dice Mora, que fue un hablista muy sesudo y respetable: «Honor, pundonor, honra.— El honor consiste en un sentimiento de que el hombre se halla animado en la conducta que se traza, en los princi­ pios que le sirven de norma en sus aspiraciones. El pundonor es el esmero con que se procura mantener ileso el honor. La honra depende de la opi­ nión de los hombres. El honor es una propiedad nuestra, y el hombre de honor no permite que se le quite la honra. El pundonor es todavía más de­ licado que el honor mismo; es la manifestación externa del honor, y con­ siste más bien en las acciones que en los sentimientos. Se quita la honra a un hombre atribuyéndole una acción villana; se ofende su honor proponién­ dosela; la indignación con que la rechaza es hija del pundonor*. Consultemos otra autoridad, la del gramático Huerta: «Honra, honor.— El honor es independiente de la opinión pública. La honra es o debe ser el fruto del honor; esto es, la estimación con que la opinión recompensa aquella virtud. Así se dice: Un hombre de h o n o r es la h o n r a de la familia. Se h o n r a , no se da h o n o r. Por eso se dice que un soberano o un hombre ilustre nos honran con su visita». Mi amigo Narciso del Campillo, en su delicada novelita El lazo, discurre así: «El honor es cosa nuestra: se tiene o no se tiene; pero la honra es obra ajena, obra de que son fautores o colaboradores todos los demás». En el Diario de Barcelona, que es el periódico decano en la Prensa es­ pañola, pues cuenta ya ciento siete años de vida, leo lo siguiente: «Una gracia honorífica no puede ser honrosa sino cuando es concedida a una acción que honre a la persona que la obtiene. Los hechos son honrosos y las distinciones honoríficas. No es castizo decir: Hónrome con ser discí­ pulo de Balmes, porque así propio nadie puede honrarse. La honra nos la reconocen o dispensan los demás. Hay que decir o escribir: Tengo a honra ser discípulo de Balmes». Los sinónimos de don Roque Barcia son libro que anda en manos de todos. Veamos lo que dice esta autoridad: «El honor se tiene, es nuestro, nos es propio. La honra es un honor tradicional, histórico, heredado. El honor es una virtud; la honra es casi una jerarquía». Roque Barcia agrega que a estas dos palabras les va sucediendo lo que a las armas de aquel caballero del romance, que con la inclemencia del tiempo se iban tomando de orín. En fin, si la rutina se impone al buen sentido ideológico y la locución ha de subsistir, que sea siquiera sin ultraje de la sintaxis. Esta exige decir o escribir tengo a honra, y no tengo la honra. II Tengo el honor de acusar recibo a U. S. Líbrame el cielo, señor oficinista-, de poner en duda que tiene usted honor: lo creo como artículo de fe. Pero ¿a qué lo cacarea usted? ¿Por qué no principia lisa y llanamente su nota escribiendo: Aviso o acuso a U. S. recibo, etc.? Con honor o sin honor era para vuesa merced obligatorio dic­ tar o escribir el oficio. ¡Vean ustedes en qué poquita cosa fincamos los ofi­ cinistas el honor! Y no me digan que la fórmula es de pura cortesía, porque no es más ni menos cortés el que dice saludo a usted, que el que dice tengo a honra sa­ ludar a usted. El primero es llanamente cortés, y el segundo hinchadamente cortés. Los franceses y los ingleses gozan la ganga de que el vocablo honneur o la voz honour signifiquen tanto honor como honra; para ellos no hay dis­ tingos. No parece sino que el castellano fuera el idioma de la camorra. Siem­ pre vivimos tirándonos chinitas los unos a los otros por el mal empleo de verbos, sustantivos, adjetivos y artículos, y por las distracciones de concor­ dancia. Siempre que recibo una comunicación oficial encabezada con el obligado tengo el honor, me digo riendo: «Ya pareció aquello», o «Ya tocó la flau­ ta Bartolo» Bartholus tibiam habebat Cum foramini unum sollus, Et ejus mullier dicebat: — Tangine tibia, Bartholus. Que traducido en romance suena así: Bartolo tenía una flauta con un agujero solo, y su mujer le decía: — Toca la flauta, Bartolo. No es esto decir que nunca toco la flauta cuando redacto un oficio. No escribir rutinariamente sería archipretencioso. Yo empleo todas las for- mulillas que están en uso, por mucho que en mi fuero interno las rechace. No tengo el derecho de innovar, y sí la obligación como empleado, de ce­ ñirme al formulario en vigencia. Conste, pues, que a sabiendas he cometido y seguiré cometiendo todos los pecados burocráticos que contra el bien decir son tema de este artículo. ¿Quién me mete a redentor, usurpando atribuciones al Gobierno, que es el obligado a meternos en vereda impo­ niéndonos corrección de forma? Yo me arrepentiré de pecar. . . cuando se arrepientan los señores oficiales mayores. Que el ejemplo venga a ellos. III Lo que me es grato comunicar a U. S. El oficial mayor de un Ministerio le transcribe al jefe de una de sus depen­ dencias cualquiera resolución que contraría, mortifica o parte por la hipote­ nusa al jefecillo, y termina con la fórmula antedicha. — ¡Para malas entrañas, ese oficial mayor! —murmura el que recibe la comunicación— . ¡Vea usted cómo le es grato el que yo rabie y tenga un sofocón! Y lo general es que el oficial mayor sea un caballero, incapaz de rego­ cijarse con el fastidio o el daño ajeno, y que sólo por no apartarse de la rutina con el discante de que le era grato que el prójimo se lo llevara una legión de diablos. Conocí a un oficial mayor o director, como ahora se estila, que ni si­ quiera mataba pulgas, pues cuando una de éstas tenía la insolencia de pi­ carle, la cogía entre los pulgares con mucha delicadeza, salía al corredor de la oficina y dejaba en libertad al animalito, diciéndole: — ¡A picar a otro, mal criada! Pues ese señor tan bendito nunca olvidaba terminar con: lo que tengo la satisfacción de decir a U. S. Si el tuétano del oficio es agradable para el que lo recibe, tampoco viene a cuento la fórmula: lo que me es grato o lo que me es satisfactorio decirle. ¿Qué hijo me ha sacado usted de pila para regocijarse con mis bienandan­ zas? Sea usted sincero, señor oficial mayor, y no por llenar papel diga usted lo que le es indiferente o lo que no siente. Aunque esas mentirillas son pecados veniales que se perdonan con agua bendita, ahórrese usted el pecar venialmente. O pecar gordo, o no pecar. Si a mi vecino le cae el gran premio de la lotería de Louisiana, a lo sumo digo para mis adentros: «Bien lo necesitaba el pobrecito, y que le aproveche como si fuera leche». IV Dígolo a U. S. para su cumplimiento, etcétera. He aquí otra fórmula que se me estomaga. ¿Y para qué, cristiano, me lo había de decir sino para que cumpla? ¿Acaso me cree usted capaz de hacer gallitos de papel con el oficio? La tal forma sólo tiene razón de ser cuando el sustantivo cumplimiento va acompañado del adjetivo inmediato; porque entonces traduzco que se me ordena olvidarme de que soy peruano, esto es, que no deje la cosa para mañana. Sobre el huevo, luego, luego, que a cumplimentar se ha dicho. V Tengo a la vista una circular citando a junta a los miembros de cierta cor­ poración, circular que termina con esta frase: Lo que me complazco en de­ cir a usted. Vea usted en qué bagatela había cifrado sus complacencias el buen señor, que para mí es el hombre más dichoso que come pan en Lima. ¡Cien circulares, cien complacencias! Bien dicen que el que no es feliz es porque no quiere serlo. VI Dejo así contestado el atento oficio de U. S., etc. Esta fórmula es ripiosa, porque bien se sabe que todo oficio, principalmente los de inferior a superior, ha de ser atento. Una comunicación desatenta, o se devuelve subrayando los conceptos o palabras inconvenientes, o sirve como cabeza de juicio por desacato al superior. También hay quienes escriben el estimable o el apredable oficio de U. S. Eso ya no es ripioso, sino cursi. Pase, en el estilo epistolar, lo de amable o estimable carta (más propio sería estimada); pero no puede acep­ tarse en el lenguaje de oficina. Muchos creen que sólo adjetivando se re­ dondea un período, y adjetivando a roso y velloso. Encuentro, sí, correcto que a un informe oficial se le califique de minucioso, detallado, circunstan­ ciado y hasta de pormenorizado (con perdón de la Academia). VII Ruego a U. S., o suplico a U. Sque se digne someter este oficio a supremo acuerdo, etc. ¿Qué 'es eso de suplicar o de rogar? ¿Qué pierdo yo, en asuntos de ser­ vicio público, con que el señor oficial mayor no dé cuenta a quien compete resolver? Quien pierde será el país, y no yo. Se ruega para alcanzar un favor personal, algo que redunda en nuestro beneficio o provecho; se estima el servicio que se nos dispensa y nuestra

gratitud queda obligada. Para dar fuerza a esta mi opinión citaré una auto­ ridad, la de Huerta. Dice así el notable filólogo: «Suplicar, rogar.— Ambos verbos significan pedir un favor; mas el pri­ mero supone respeto; el segundo humildad. El que suplica pide, con justicia o por gracia, lo que depende de voluntad ajena. El que ruega pide siempre, por pura gracia, lo que depende de la voluntad de otro. Un pretendiente suplica, un pecador ruega». Y yo añado que el jefe de oficina, que ni pretende ni peca, no sabe lo que se pesca cuando ruega en una nota. Gracias infinitas doy a Dios porque no tengo litigio ante el poder judi­ cial, pues se me engarrotarían los dedos cada vez que tuviera que estampar mi garabato después de un A usía pido y suplico. Pedir justicia, ¿cómo no? Es mi derecho; pero suplicar que me la hagan a los que están obligados y rentados para hacerla. . . es el colmo de los gazapos. VIII Estimaré, o agradeceré a U. S., la absolución de la presente consulta, etc. Yo cumplo con mi deber consultando, y no tengo por qué estimar ni agra­ decer que el superior cumpla con el suyo. ¿Acaso es arco de iglesia el que los de arriba cumplan, para que nosotros los de abajo estimemos o agradez­ camos el que haya cumplido? IX Ni aun la fórmula: Quiera U. S. atender a resolver, etc., me parece deco­ rosa. ¿Acaso está en la voluntad, en el querer de su señoría, una resolución? Eso estará en la ley o en las prácticas administrativas. Yo, oficial mayor, juro por estas que son cruces que devolvería cuanto oficio cayera bajo mis espejuelos con un quiera usía, porque había de ocu- rrírseme que la frasecita llevaba entripado, o, lo que es lo mismo, que el firmante había querido decirme: «No dé usted carpetazo o no mande al Limbo mi nota». Por menos ha habido juicio de desacato. X Con fecha tantos de los corrientes, etc. ¡Que repiquen en Yauli porque ya esta candidez va desapareciendo de nuestro estilo oficial! Hoy por hoy, sólo tengo noticia de un oficinista afe­ rrado a ella. 1 Que repiqjuen en Yault: V. la tradición homónima (TPC, 1060) sobre el origen de esta frase Allá, en los tiempos de vivanquistas y echeniquistas 2, el general Vivan- co, de quien fue muy devoto, no consentía que los oficios terminasen con un Dios guarde a U. S.: había que agregar muchos años. Para mí está oscuro si el deseo se refería a muchos años en el empleo o a muchos años de exis­ tencia. Adelante, y sea lo que fuere. El mismo general nos trajo los corrientes, y como la candidez es conta­ giosa, a los vivanquistas, que éramos la mayoría de los limeños, nos caye­ ron en gracia ambas locuciones. Cierto que el general Vivanco hablaba la lengua de Castilla como el más culto limeño (exceptuando al conde de Cheste) ha oído pronunciar la c y la z con mayor naturalidad y corrección. Era yo mozalbete y, como otros muchos creía que para merecer título de vivanquista de primera agua bastaba y sobraba con no discrepar en la pronunciación de aquellas consonantes. Hasta creo que (¡Dios me perdone el candor!) a fuerza de perseverancia llegué a habituarme. Pero pasó de moda el vivanquismo, como pasan todas las modas, todos los partidos y todos los hombres que los simbolizan, y las limeñas dieron en burlarse de los que pronunciábamos c y z, bautizándonos con el mote de azúcenos. Tra- bajillo me costó olvidar la maña, lo confieso. Volvamos a los corrientes, locución que, como la de los muchos años, estuvo en moda en España durante el reinado de Fernando VII y regencia de doña Cristina. Es mucho alambicar aquello de que por los corrientes se entienda el mes y año en curso. En fin, van desapareciendo los corrientes a todo correr, y la Providencia hará que a nuestros oficinistas no los tiente el diablo de la candidez resuci­ tando la locución semidifunta. Cuando se pide a Dios, que no es tacaño, no debe uno ser parco en pedir. Si se restableciera la fórmula vivanquista y tuviera yo, como ahora, que suscribir oficios, pondría: Dios guarde a usía medio siglo. Si el cielo atendía mi deseo, el que menos de los actuales di­ rectores llegaba a nonagenario. Aquí debería poner fin, remate y contera a la charla; pero antójaseme no hacerlo sin echar antes otro parrafillo que, aunque lejana, alguna con­ comitancia tiene con los gazapos oficiales. XI Así en la literatura burocrática como en la social, nada me parece más di­ fícil que la redacción de billetes sin que los suspicaces encuentren pero que ponerles. Ocasión hubo, ha ya muchísimos años, en que fue motivo de junta en Consejo de Ministros una esquela invitatoria para baile en Pala­ cio. Se discutió sobre el tenor de tres borradores o proyectos de esquela y, como era lógico, se decidieron por el peor, según me contaba uno de los ministros, que santa gloria haya. ¿Quién no escribe cartas? Sin embargo, saber escribirlas requiere más arte que el necesario para escribir una novela. Pocos libros, dejando aparte el Quijote, leo y releo con más satisfacción que el Centón epistolario, del bachiller Hernán Gómez de Ciudad Real, o las Cartas del obispo don Anto­ nio de Guevara. Estas lecturas saben a gloria endulzada con miel de abejas. No menos bemoles tiene el billetico, en el que se conoce por literatura mignone. En eso llevan la palma los franceses. Entre los muchos billetes espiritualmente ingeniosos que podría citar, recuerdo uno de Emile Augier, que era maestro en arte dramático y en la confección de esquelas. Excusóse un día de concurrir a un banquete con estos renglones: Madame: 1.000 remerciments, 1.000 excuses, 1.000 souvenirs. Et 1.000 Augier. Fórmula característica para invitar es la que empleaba en Lima doña Angela Cevallos, mujer del virrey Pezuela: «Mi marido y yo tendremos íntima satisfacción en que nos acompañe usted a comer el día de mañana». La hoy desconsolada consorte de don Antonio Cánovas del Castillo usa­ ba la siguiente fórmula de invitación: «Tanto mi marido como yo, agradeceremos a usted que nos acompañe a comer, en confianza, mañana a las ocho». Debe reconocerse que la fórmula mi esposo y yo, que es la empleada en Lima en los días que vivimos, es amaneradamente francesa. Desde Cervantes y demás escritores del siglo de oro no teníamos en castellano más locuciones que ésta: el marido y la mujer, el señor y la se­ ñora. Hasta los reyes escribían la reina mi mujer o el rey mi augusto ma­ rido. Las voces esposo y esposa sólo se empleaban en sentido místico o bí­ blico, por ejemplo: al traducir el Cantar de los Cantares, como que viene de spondere (empeñar palabra), de sponsum (promesa) o de sponsus (pro­ metido). San Isidro fue el primero en llamar Sponsus (el Esposo) a Jesús aludiendo a que es el prometido o el esposo de la Iglesia. Cervantes emplea una vez el vocablo esposo; pero ¿en boca de quién lo pone? En la de doña Rodríguez, dueña quintañona al servicio de la du­ quesa, pues no tuvo la suerte de quedar viuda y con fincas. Cuando la invasión napoleónica, los afrancesados de España, el gran Moratín entre ellos, dieron en la flor de llamar a su mujer mi madama o mi esposa. Y echaron la semilla en terreno fértil, pues hoy las damas es­ pañolas, así como las limeñas, tienen a menos emplear la castiza habla de

sus abuelos. Todas se han vuelto doña Rodríguez. Yo no encuentro ni ga­ lante siquiera el vocablo esposa, porque su plural me trae a la memoria las manillas de hierro con que se sujeta a los criminales. Ni los códigos traen a cuento el esposo y la esposa. Sólo hablan de ma­ rido y mujer. El virrey Amat, aunque catalán cerrado y con mala ortografía, era maestro en billetería (tolérenme la palabra). Ya en otra oportunidad3 he hablado de la bien redactada esquelita que dirigió a ocho o diez personajes de la ciudad, citándolos en Palacio a medianoche, nada menos que para tratar con ellos de la expulsión de los jesuitas. Como su excelencia era solterón recalcitrante, sin hija ni conjunta que invitase a la mesa de familia, él se las campaneaba con este billetico: «Sin disculpa, que ninguna le será valedera ante mi afecto, lo convido a comer mañana.— Amat». También tengo en mi archivo una esquelita invitatoria de la mexicanita hija del virrey Abascal: «Ramona Abascal, en su nombre y en el del señor su padre, desea y espera ver a usted en Palacio en la noche del jueves». ¡Lástima que en dos renglones haya cuatro en! No concluiré sin dar un pasagonzalo a los que terminan una carta con la fórmula Q. B. S. M. (que besa su mano). Ese su, tanto puede aplicarse a la mano del que firma como a la del que recibe la carta. Lo correcto, lo que no deja campo a duda, es escribir Q. L. B. L. M. (que le besa la mano), locución con que me despido del lector que haya tenido paciencia para apu­ rar este batiborrillo. 3 Ya en otra oportunidad. .. jesuitas: V. El nazareno (TPC, 655).