Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I): Libro Primero. Capitulo III

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Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I) de Roselly de Lorgues
Libro Primero. Capitulo III


CAPITULO III.


I.


La cristiandad tenia fijos sus ojos en el suelo español, contemplando los heroicos esfuerzos de sus denodados hijos, que de siglos atrás peleaban contra los sectarios de Mahoma, trasmitiéndose la cruzada de jeneracion en jeneracion, como un título de nobleza; y al par que se complacia de su perseverancia inaudita, presajiaba que una gran recompensa seria el galardón de tanta fe, en la gloriosa é imperecedera causa de la cruz. En efecto, de dividido que estaba su territorio en reinos y emiratos independientes, iba á ensanchar sus límites, para no ser mas que una monarquía, la mas poderosa del universo.

El nombre de una mujer ilustre resonaba en aquellos tiempos desde Europa hasta los desiertos de África, y las fronteras de oriente: era el de la reyna mas grande que nos presenta la historia, el de la sabia y victoriosa guerrera, que lo mismo en el fausto de la corte, que en medio de sus soldados, llenó de admiración á todos, permaneciendo siempre piadosa y modesta; nombre dulce é inmortal que está escrito en la primera pajina de los anales de los viajes y de las colonias en el nuevo mundo, porque la que lo llevaba fué el medio de su descubrimiento; así como el hombre, que la reveló la existencia de aquellas apartadas rejiones, era el designado por Dios para descorrer el velo que las cubria.

Debemos entrar en algunos pormenores que son de absoluta necesidad para esclarecer la mision del perfecto cristiano, cuyos hechos vamos á narrar, pues su venida á España, y el papel que representó en los destinos de la nacion, nada tuvieron de casual, sino que fueron el corolario de principios ya establecidos, el premio de una obra digna de apreciarse bajo el punto de vista histórico, y de la fé católica.

Con motivo del fallecimiento de don Enrique el doliente recayó la corona en su heredero, á la sazon de dos años, que fué proclamado con el nombre de Juan 11. Débil de espíritu como su padre lo habia sido de cuerpo, vejetó sin cuidarse del trono, entregado á todo jénero de goces, dejando reinar por él al ministro de sus placeres don Alvaro de Luna. Competía este favorito en ostentación con su señor; vivia con magnificencia, rodeado de sus jentiles hombres, de sus oficiales, de sus cortesanos y de sus poetas. Llegó á tener sus análes como un soberano, análes que ocupan un lugar entre las autoridades históricas. Pero el despotismo del condestable rebajaba al monarca, y fomentaba odios sin número, y la impunidad de que gozaban sus hechuras iba corrompiendo la justicia, multiplicando las venganzas, y de consiguiente los crímenes, y robusteciendo el poder ya temible de ciertos vasallos. Fué todo este reinado en detrimento de la fé y de la fuerza de Castilla, y don Juan; aunque tarde, confesó su incapacidad, diciendo al partirse de esta vida, que sentia no haber nacido en una humilde cabaña, mejor que en las gradas del sólio.

Contrajo dos matrimonios este rey sin ventura: del primero tuvo al infante don Enrique, y del segundo á los infantes don Alfonso y doña Isabel.

Reprodujo Enrique todas las faltas de su padre, y como él se puso bajo el yugo de su privado el marques de Villena, que habia sido paje de don Alvaro. La penuria del tesoro, que en el reinado anterior era casi completa, no contuvo las estravagantes y vergonzosas liberalidades del que la fama señalaba ya con el sobrenombre de impotente. La corrupcion se estendia por los brazos del estado, la majistratura y las dignidades eclesiásticas servian para pagar bajos y abominados servicios, y para colmo de infortunio la alteracion del valor de la moneda, impúdicamente protejida por el gobierno, vino á empeorar la miseria jeneral.

No bien hubo muerto su padre cuando don Enrique relegó á su triste viuda en el monasterio de Arévalo, el mismo en que don Pedro el cruel hizo encerrar á la desdichada Blanca de Borbon al dia siguiente de sus bodas. Olvidados en aquella soledad, y careciendo de las cosas que la costumbre hace necesarias, esperimentaron estos desgraciados príncipes las amarguras de la indijencia; aumentóse el dolor de la de Portugal con el espectáculo de su mísera situacion, su carácter se tornó sombrío y se debilitó su cerebro. Don Alfonso estaba entonces en la cuna y doña Isabel tenia cuatro años. En esta edad, en que los niños al sentir que un amor tutelar vela por ellos, no fijan su atencion mas que en cosas pueríles, comprendió la infanta que se debia á su madre y á su hermano.

Su tierno afan y su juicio apresuraron la madurez de su entendimiento, examinó las cosas bajo su verdadero punto de vista, y se penetró de la pequeñez é instabilidad de las grandezas humanas. Un ejemplo de esta terrible verdad era su madre, privada de la corona, y en seguida de la razon, despues de haber recibido las aclamaciones del pueblo.

El tiempo la enseñó tambien que solo podia contar verdaderamente con el apoyo de Dios é invocó su auxilio fervorosa y cándida, otorgándola el todopoderoso en premio de su entera confianza una gracia superior al poder de los reyes; el don de sabiduria que habia de ser el faro que la guiase en medio de un mar sembrado de escollos, en el cual hubiera zozobrado cualquiera otra princesa. De este modo en el silencio y la oscuridad de su prision, la relijion echaba en su seno profundas raices; era su único consuelo, y tambien lo único que sabia. Por eso vemos, que al cabo de algunos años la ignorancia en que el rey dejaba á sus hermanos dio lugar á enérjicas representaciones del clero, apoyadas por una parte de la grandeza; y que Enrique, finjiendo reparar su falta, los hizo traer á la corte, con el pretesto de presidir por sí mismo á sus estudios; pero en realidad no era sino para tenerlos en rehenes.

Ni el pasar repentinamente de un monasterio á un palacio, de la pobreza al brillante teatro en que la reyna disipaba su vida en fiestas, banquetes, cacerias y torneos, queriendo encubrir con un lujo deslumbrador sus vergonzosos amores, pudo ofuscarla, ni la cegó su pronta elevacion. En aquella atmósfera corrompida con la lisonja y los pérfidos consejos, rodeada de enemigas que espiaban sus palabras, y hasta sus miradas para denunciarla á su cuñada, su prudencia, su esquisita penetracion, su constante reserva, su amor al estudio, su muda deferencia hacia los reyes, y sobre todo, su sincera piedad, la salvaron de cuantas asechanzas la tendieron.

En un torbellino de diversiones procuraban sofocarse los lamentos de los castellanos. Irritado el rey contra su apodo, ansiaba escándalos y peligros, y para hacer alardes de varonil bravura, prodigaba el valor de un modo insensato. Estragado con los placeres, y hastiado del romanticismo de su valido, cayó en la mas vil abyección con los mas innobles compañeros; elevando á veces su capricho á oscuros familiares á los primeros puestos del estado. El descontento de los grandes formó un partido, que con el objeto de poner en el trono á don Alfonso en lugar de su hermano, logró con maña hacérselo entregar por el mismo rey. Los conjurados elijieron la ciudad de Avila para concentrarse y coronarlo, mientras don Enrique huia desatentado á Salamanca con la reyna y la infanta Isabel.

Felizmente para el rey, el duque de Alba, que respetaba con veneracion el dogma de la lejitimidad, voló á su socorro con sus criados y quinientos jinetes. Puede decirse que en estas circunstancias salvó esta poderosa casa el principio de la monarquía hereditaria; pues entusiasmados con su ejemplo otros grandes, reunieron en torno del soberano un ejército de veintiocho mil hombres. Pero el débil Enrique no supo sacar provecho de ellos, esponiéndose á nuevos peligros con un armisticio.

El gran maestre de Calatrava, don Pedro Giron, aprovechando con destreza estos disturbios, se atrevió á pedir al rey la mano de Isabel, en cambio de sesenta mil piezas de oro y tres mil caballos pagados de su peculio. Tan vacilante se sentía en su trono el soberano, que por mas que parezca increible, aceptó esta ofensiva proposicion, mientras la infanta indignada rogaba al señor, y á su instancia venerables sacerdotes, la quitase la vida, mejor que permitir esta deshonra. La muerte repentina del gran maestre, puso término á su inquietud. Segovia habia abierto las puertas al pretendiente, y su hermana fué á su encuentro con intencion de quedar á su lado. Valladolid siguió el ejemplo de Segovia, y la causa de don Alfonso iba ganando cada vez mas terreno, cuando una mañana se le encontró cadáver en su cama.

Isabel se retiró en seguida al convento de Avila, y en él la fué ofrecida la corona por una diputacion de la nobleza, á cuyo frente iba el arzobispo de Toledo; pero la respondió que el amor que profesaba á su hermano, y el respeto que le debia, se oponian á que los escuchara, aconteciendo lo propio á otra importante comision de Sevilla. Don Enrique enternecido con tanta lealtad se reconcilió con ella.

Un suceso imprevisto la habia libertado del ambicioso Giron; pero quedaban en pié los pretendientes coronados. El rey de Portugal, el duque de Guiena, uno de los hermanos de Eduardo IV de Inglaterra, y el hijo del rey de Aragon entraron en liza para obtener su mano. Como vecino y pariente esperaba la preferencia el portugues, tanto mas, cuanto que teniendo en favor suyo al de Villena, por su influencia don Enrique y su mujer apoyaban sus proposiciones. Mas la firmeza de Isabel hizo fracasar un proyecto trazado por la infamia, é insensible á las súplicas del favorito y á las amenazas del rey rechazó al lusitano.

Como conocia, que en las gradas del trono la eleccion de un esposo no puede depender tan solo de la voluntad del corazon, y que los monarcas deben posponer su propia felicidad á los intereses de su pueblo, despues de haber hecho tomar en secreto por su confesor, informes de cada uno de los competidores, y de comparar su mérito, se fijó en su primo don Fernando, rey de Sicilia. En vano la diplomacia y la fuerza militar procuraron apartarla de su propósito, pues mientras un cuerpo de tropas avanzaba hacia Madrigal, para asegurarse de su persona, el arzobispo de Toledo y el almirante de Castilla, llegando á la cabeza de trescientos caballeros, la condujeron á Valladohd como en triunfo. Sin embargo; no podia don Fernando sin grave peligro trasladarse allí; porque se habia dado orden de prenderlo, y al efecto vigilaban los caminos numerosas escuadras de soldados. Para evitarlas, tuvo que venir disfrazado, finjiendo ser el criado de dos de los suyos, y viajando de noche logró á costa de mil trabajos llegar á Osma, donde ya se le esperaba. Al otro dia con mejor escolta salió para Valladolid, en cuya ciudad contrajo matrimonio con Isabel el 19 de Octubre de 1469. Quizás no se vieron nunca los hijos de un rey tan desvalidos. Isabel no aportaba al casamiento sino un dote de esperanzas, y Fernando habia necesitado que le prestaran para todos sus gastos. No podian sostener su acompañamiento, ni menos aumentar sus parciales, porque su tesoro era el del arzobispo de Toledo, y este no muy jeneroso. Dependian de él por esta causa los jóvenes esposos, y en mas de una ocasion esperimentaron cuan pesada es la obligacion que se contrae con un inferior. Ademas de esto, les preocupaba el porvenir; pues el número de sus adictos disminuia, y Valladolid, la ciudad hospitalaria, se habia vuelto á don Enrique, teniendo ellos que retirarse a Dueñas, cada vez mas temerosos de los proyectos del rey, que acababa de entrar en Segovia. Entónces la amiga de Isabel, su compañera en la prision de Arévalo, doña Beatriz de Bobadilla, aprovechándose de la ausencia de Pacheco, arrostra el hablar de reconciliacion á don Enrique. Llega inopinadamente su hermana en compañia del primado, le pide perdon por su casamiento, y él de suyo bueno, y que en el fondo no podia menos de amar á tan encantadora criatura, la estrecha cariñoso entre sus brazos.

Villena murió algunos meses mas tarde, y su dócil monarca le siguió al sepulcro, dejando el cetro de Castilla á la infanta doña Isabel el dia 11 de Diciembre de 1474.


II.


Su primer paso en aquel momento, que tanto temia ella, como deseaba su marido, fué poner su corona bajo la proteccion del rey de los reyes, para que mientras estuviese en el trono todo fuera en mayor gloria de Jesu-Cristo, y felicidad de sus vasallos, implorando principalmente del soberano señor el don de justicia, que la Iglesia impetra en favor de los príncipes cristianos.[1] Desde entónces el saber, que como en un tabernáculo residia en la casta Isabel, se manifestó en sus consejos.

Recojia con su herencia el fruto de las dilapidaciones y de los vicios de las dos épocas precedentes. Aparte de las faccionas interiores veia prepararse como un huracan la invasion portuguesa que, combinada con un ataque de los franceses, y las incursiones de los moros, dispuestos siempre á pelear, podia ser de funestas consecuencias. Toda Castilla no la habia reconocido como soberana. Estremadura estaba por el duque de Arévalo, y Castilla la nueva revolucionada por el jóven marques de Villena.

En estas graves circunstancias no tan solo no podia contar con refuerzos de Aragon, apurado de hombres y dinero, sino que de allí venian las mayores dificultadas. El infante don Fernando, que no aportó al matrimonio otra cosa que deudas y enemigos, aspiraba a gobernar solo y en nombre propio, haciendo valer para ello derechos directos, y la costumbre establecida en su pais de escluir del trono á las mujeres. Mas aunque Isabel lo amaba con entrañable afecto, lo respetaba sumisa, y apreciaba en mucho la viveza de su imajinacion, su asiduidad al trabajo, y su habilidad en los negocios, no le deslumbraba su tacto diplomático, ni queria entregarle la Castilla, ni lo suponia con las fuerzas necesarias para empuñar con sus solas manos las riendas de los pueblos, que su femenil injénio habia concebido unir bajo un solo cetro.

Por un lado sus consejeros la suplicaban mantuviese sus derechos, y por otro los de Aragon escitaban á don Fernando á no ceder en su demanda, hasta que al fin el cardenal Mendoza y el arzobispo de Toledo </noinclude>, nombrados árbitros en la cuestion, fallaron que solo á Isabel tocaba gobernar la Castilla. Dióse la sentencia ante los grandes del reino, é hirió tanto el orgullo aragonés de don Fernando, que habló de separarse de su mujer, y volver á los estados de su padre. Pero ella, con aquel tacto con que lo hacia todo, apaciguó la cólera de su enojado esposo con algunas palabras llenas de saber y de ternura, que ha recojido la historia. El sencillo cronista Valles las repite bajo el epígrafe de Amoroso razonamiento, y si él encuentra en el discurso de la reyna las razones del amor, nosotros hallamos al mismo tiempo el amor de la razon, pues su lenguaje en aquel dia, que iba á decidir de la suerte de España, fué una injeniosa alternativa entre el amor y la razon, entre el corazon y el alma, entre el cariño y el deber. Con poco esfuerzo le demostró que recibirian ambos provecho en rejir cada uno sus estados, dándose mútua asistencia, y reuniendo dos nombres y dos coronas en una sola voluntad. Maravillándose el rey de la prudencia de Isabel, añade Valles, elojió mucho cuanto dijo, y concluyó declarando, que era merecedora de reinar no solo en España sino en todo el mundo.[2]

Tal vez creyó Fernando que su alabanza no pasaba de ser una galanteria; pero era un juicio, que han sancionado los siglos, y que permanece grabado en la memoria reconocida de una nacion entera.

En efecto, era digna Isabel de un trono pues parecía haber nacido para mandar. Como sabia que todo poder viene de Dios, y que la responsabilidad de un monarca se proporciona á su dominio, lo hacia todo de suerte, que pudiera responder de ello ante el eterno y la posteridad. No hay duda que fué infinitamente superior á su consorte en instrucción, en miras elevadas, en rectitud y en talento para elejir las personas y los medios. Pero como las desavenencias del rey con Francia, Italia, Flandes y Alemania lo pudieron en contacto con la diplomácia europea, y despues de la muerte de Isabel figuró durante once años en la escena política obrando por sí, la historia le ha reservado muchas pájinas, sin guardar las suficientes á su esposa, y se ha olvidado al hablar de Fernando el católico que tan hermoso sobrenombre lo debia á su compañera, que echó sobre él este reflejo de la aureola que ceñia su frente.

Aunque Fernando fuese el primero á la cabeza de todos los decretos, y aunque las monedas y los sellos del estado llevasen la doble efijie de Fernando é Isabel, no es menos cierto que la reyna gobernaba á Castilla, siguiendo su propia inspiracion; pero de tal modo, que los españoles no decian el rey y la reyna, sino los dos reyes ó simplemente los reyes, para significar á entrambos. "Hubiérase dicho, observa el ilustrado P. Ráulica, que el marido era la mujer, la reyna de época tan gloriosa, y que la mujer era el hombre, el rey." [3]

No hablaremos mas que de Isabel, porque no solamente la pertenece la iniciativa de las cosas mas grandes, sino que la tomó antes de dar su mano al rey de Sicilia, y de ocupar el trono. El tratado de 5 de Marzo de 1468, base de su contrato matrimonial establecía la guerra contra los moros. La espulsion de los mahometanos comprendia implicitamente la unidad española, la propagacion del cristianismo y de las luces, el aumento de territorio, la concentración del poder y la restauración de la autoridad lejítima.


III.


 A la señal convenida se habian sublevado los facciosos, y entrado por Castilla el rey de Portugal, capitaneando veinte mil hombres. Marchaba á cortas jornadas con aparato insolente, dando fiestas como un conquistador despues de sus victorias, y sin preocuparse lo mas mínimo del ejército español, porque sabia que Isabel estaba sin tropas, ni dinero, y ademas molestada con las fatigas propias de un embarazo adelantado.

 No conocía á la mujer.

 Isabel pasaba los dias y las noches á caballo, espidiendo correos, y acudiendo á reanimar el valor en los ciudades del mediodia, mientras Fernando por su parte levantaba tropas apresuradamente. Vestida con su traje de guerra, y llevando á la cintura su récia espada toledana,[4] toma el mando de las milicias de Avila y Segovia; pero mas escaso andaba el dinero que las armas, y los abastos que los soldados; por que despues de haber enviado á su marido diez mil marcos de plata, que le remitió su amiga doña Beatriz de Bobadilla, no le quedaba ni un ducado para los gastos de la campaña. En este aprieto sujirió el rey de Aragon á su hijo un espediente, que no podia aceptar la leal Isabel.

 La princesa que, desde la cárcel de Arévalo, habia encontrado siempre consuelo y apoyo en el episcopado, hizo un noble llamamiento á su patriotismo en las cortes de Medina del Campo, pidiéndole un empréstito titosobre la plata de las iglesias. Suscribe gustoso el clero á su demanda,[5] y entónces los soldados se ven salir por todas partes como brotados del suelo.

 Organiza el ejército de occidente en pocas semanas, se pone á su cabeza, lo conduce á las fronteras, y lanza sobre Portugal huestes tan numerosas, que don Alfonso se vé en la necesidad de dividir las suyas, para socorrer su reino, atacado por su espalda, y á la par que Fernando procura hacerle frente por vanguardia, Isabel le corta las comunicaciones, y con sus columnas volantes devasta su propio suelo. Despues de varios encuentros parciales una batalla, ganada por el rey católico al invasor, lo fuerza á suspender las hostilidades.

 Los franceses que, ahados de los de Portugal, habian puesto sitio á Fuenterrabia, y venido dos veces para embestir á los vizcainos, cansados de la obstinada defensa que inspiraba Isabel, volvieron á pasar los Pirineos, y gracias al cardenal Mendoza, se firmó entre España y Francia una tregua, preliminar de la paz definitiva con Portugal.

 Este tratado, que iba á dar el reposo á sus pueblos, le ofrecia la ocasion de desplegar mayor actividad aun, y libre ya de enemigos estranjeros, comenzó á combatir los del interior; las preocupaciones inveteradas, y los vicios sancionados por la incúria de la administracion.

 Era preciso proveer á la seguridad de las personas y de las propiedades, asegurarse de la integridad y capacidad de los jueces, restablecer el crédito de los valores públicos, y la ley de la moneda, é impedir su alteracion, en la cual se ocupaban en el reinado precedente ciento cincuenta talleres, que ponian tal confusion en el comercio, que los negocios importantes estaban en suspenso, y para el gasto diario se recurria al cambio. Isabel los redujo á cinco, y los puso bajo una rigorosa vijilancia.

 Para poner coto á los desmanes de los malhechores, que infestaban los campos y los caminos, cometiendo todo jénero de tropelias con los labradores y los viajeros; en una palabra, para establecer la policía fuera de poblado, hacia falta una fuerza respetable, que estuviese en contínuo movimiento. ¿Pero cómo sostenerla en la precaria situacion en que estaba el tesoro? Isabel no se detiene ante este obstáculo; y auxiliada por su contador Alonso de Quintanilla, hombre de grande intelijencia y fiel servidor suyo, organiza los cuadrilleros de la Santa Hermandad, que uniformados y mantenidos por el vecindario, dan un efectivo de dos mil jinetes, ocupndos en perseguir los criminales, y hacer ejecutar las sentencias sin gravar al erario en un maravedí. Hecho esto se traslada á Sevilla, para dar á los jueces ejemplos de imparcialidad, de apego al trabajo, y hasta de saludable rigor.

 Aquella mujer sublime tenia el don de justicia; pero Dios le habia infundido tambien los principios de la ciencia del derecho, la aficion á la urisprudencia, el instinto de lejislar, y esa rectitud y penetracion que caracteriza á los verdaderos príncipes en los mas grandes conflictos. Así es que se vió por primera vez á una reyna codificando las leyes, reorganizando la administracion de justicia, creando jurisdicciones y jurisconsultos, escojiendo cuidadosamente los majistrados probos é instruidos, y dándolos á sus vasallos como uno de los mayores beneficios que pudiera hacerles, destituyendo á los ignorantes y corrompidos, juzgando á los jueces, corrijiendo sus sentencias y sus autos, y erijiéndose con gran contento del pueblo en supremo tribunal de apelacion, hasta que estuviera terminada su obra rejeneradora. Mas de una vez se hizo traer á su despacho durante rantesus viajes todos los legajos de una escribania, para revisarlos y ver con sus propios ojos[6] como se habia hecho la justicia. Piadosa siempre, daba audiencia pública todos los viernes, en memoria de la pasion y muerte de nuestro señor, y escuchaba las quejas de los desgraciados, y así como atendia misericordiosa á los pobres y á los oprimidos, aterraba á los culpados con su severidad.

 Mandó coleccionar las ordenanzas y decretos de Castilla, porque tambien en esto se habia introducido la confusion, contándose nueve códigos distintos y todos vijentes. Encomendó esta difícil tarea al sabio Montalvo, que no la dió por concluida en menos de cuatro años, y se imprimió con el nombre de Ordenanzas reales. Fundó cátedras de leyes, y para estimular á los escolares, reservó todos los cargos de la judicatura y demas carreras civiles á los que se graduaban en las universidades; asistió con frecuencia á los exámenes, y concedió al último título académico el rango de caballero.

 Pero los grandes feudatarios, que se abrogaban en sus dominios el derecho de justicia mayor y menor, vieron un atentado á sus privilejios en esta reforma. Entre ellos los había temibles por su fuerza, tanto marítima como terrestre. Sus querellas aflijian á la nacion; y si bien prestaban auxilio á los reyes, se hacian pagar indirectamente su fidelidad en las ocasiones difíciles.

 A fin de reducirlos sin sacar la espada, y apoyándose Isabel en el instinto justiciero del pueblo, convocó cortes en Toledo. En ellas perdieron con sus castillos las guaridas en que se hacian impunes tantos malhechores, se prohibieron las fórmulas reales, que usaban algunos en sus cartas, y para refrenar los asesinatos que se cometian con el nombre de singulares combates, se calificaron de crímen de lesa majestad.

 Como algunos jueces especulasen con sus derechos, estableció una tarifa. Quiso hacer estensivo á todos sus estados el nuevo sistema administrativo, imponiéndolo tambien á Galicia, que de antiguo estaba sustraida de hecho á la autoridad soberana, y durante una ausencia de su marido, hallándose en Valladolid, despachó para aquel reino al licenciado Garcia Lopez de Chinchilla, en compañia del conde don Fernando de Acuña, para que procediesen á la informacion y castigo de los crímenes, que con audacia escandalosa se cometian allí. Aprehendieron estos comisionados á varios delincuentes de importancia, é hicieron con ellos ejemplar justicia. Sobre todas se cita la ejecucion de dos ilustres y afamados bandidos; el mariscal don Pedro Pardo de Cela, y el caballero don Pedro de Miranda; que, confiados en sus cuantiosas riquezas, imajinaron sin duda, que no se atreverian á poner mano sobre sus personas. Pero fueron cojidos, y estando encarcelados ofrecieron una gran suma de dinero para escapar al menos del último suplicio, lo que no impidió que los comisarios cumplieran con su deber, y que el oro no purgase sus maldades sino su sangre, que corrió en el cadalso, en espiacion de la que por su causa se habia derramado. Fué tan saludable esta leccion, que en tres meses abandonaron el país mas de mil y quinientos ladrones y asesinos.


IV.


 No se habian arraigado tan graves abusos sin detrimento de los intereses de la relijion. La relajacion de las costumbres iba á la par de la ignorancia del clero, y penetrando en los conventos.

 Isabel, que atendia con tanto esmero á la firmeza de la fe y dignidad de la Iglesia, no pudo menos de hacer uso de su autoridad con las comunidades, que se opusieron á la reforma de abusos, á que por desgracia estaban habituadas. De mil pasaron los frailes que, no queriendo conformarse con el restablecimiento de la disciplina, abandonaron el claustro. El episcopado, que antes servia para premiar el servilismo, y de cebo á las ambiciones políticas, no fué ya en adelante sino la recompensa del saber y de la virtud. Pero no satisfecha con haber reorganizado la administracion de justicia, y purificado el santuario, quiso preservar á su pueblo del contájio de las poéticas seducciones de la civilización oriental, que lentamente lo iban invadiendo.

 Durante los desórdenes de los reinados anteriores corrieron las ciencias y las letras grave riesgo, en razon á que multitud de jóvenes españoles, despues de aprender el árabe, iban á estudiar á sus mas célebres universidades. De aquí se seguian las relaciones de amistad con ellos, y una tolerancia peligrosa para la sana doctrina. Los moriscos convidaban á sus fiestas á los católicos, y estos á aquellos, por no pecar de descorteses: palabras de su idioma pasaban al castellano, y los hijos de Pelayo imitaban en los suyos los adornos de los arneses y ropajes de los elegantes de Velez y Granada: en los historiados dibujos de los libros de rezo se veian reminiscencias del gusto de los creyentes, las divisas y los nombres de los principales guerreros eran conocidos de ambas razas, los muslimes querian simular las órdenes de caballeria, y un don Alonso de Aguilar, por no haber admitido el cartel del conde de Cabra, mereció ser arrastrado en efíjie á la cola de un caballo, conforme á lo dispuesto en el código de duelo de un rey musulmán. En los balcones de Sevilla, y en los retretes de Córdoba[7] se referían y se comentaban las reyertas de las odaliscas de Abu-Hasan, los sanguinarios celos de la favorita Zoraya, y el saber de la sultana Aixá apellidada la horra (la casta). El padre y el hermano de Isabel habian tenido á sus órdenes cimitarras, y no era difícil encontrar soldados de la cruz al lado de los de la media luna, y en amores con sus mujeres; como ni tampoco hallar turbantes en los paseos, en las corridas de toros y a las puertas de las iglesias, esperando la salida de las doncellas. Los poetas de ambos cultos, se trocaban las inspiraciones, y mientras un trovador mahometano cantaba á una hermosa cristiana, un poeta bautizado suspiraba, rasgueando su guitarra, al pié de los balcones de la invisible hija de un cadí, ó de un agá.

 Resolvió Isabel apartar á sus vasallos de la conformidad con que admiraban á los maestros árabes, y estender entre los nobles la lengua del derecho y de la Iglesia católica, para que volviese mejor á su elemento primitivo el carácter nacional.

 Era menester honrar primero á la ciencia, y no era facil empresa, pues los grandes miraban con desden en su mayor parte á los libros y á la enseñanza, y no creian compatible con su clase mas carrera que la de las armas. Las preocupaciones de familia y la viveza del carácter se avenian mal con la tranquila paz de los estudios. Para darles el ejemplo, quiso imponerse del latín, é hizo tales progresos con su maestra doña Beatriz Galindez,[8] á la que colmó de favores, que al año[9] pudo hablar en él con los embajadores, que así se entendian entónces los diplomáticos.

 Anímanse con esto los cortesanos, y hasta los viejos anhelan la instruccion; y los que no pueden leer los clásicos en el orijinal, buscan con ánsia las traducciones. Vierte el cardenal Mendoza, la Eneida y la Odisea, á Valerio Máximo y á Salustio, para uso de su padre; Diego Lopez de Toledo, los Comentarios de César; Alonso de Palencia las Vidas de Plutarco; el arcediano de Búrgos, á Juvenal y al Dante; Jorje de Bustamante, á Justino, á Floro y á Heliodoro; y el P. Alberto Aguayo los escritos de Boecio. Acepta gustosa para fomentar la erudicion las dedicatorias de la de Josefo, por Alonso de Palencia; de la Gramática de Lebrija; la del Vocabulario de Rodrigo de Santailla, y la de las Tablas astronómicas de Alonso de Córdoba, y ordena al docto Diego de Valera que escriba el Compendio de la historia jeneral de España.

 Entónces los señores se avergüenzan solo de no saber, y Fernando Enriquez y Fadrique de Portugal acuden á Salamanca, de cuya universidad era catedrático don Gutierre de Toledo, primo del rey, y en la que Velasco, heredero del gran condestable de Castilla, esplicaba á Ovidio y á Plinio ante un numeroso auditorio.

 Alburquerque, Alba, Medina-Sidonia, Villena, Vélez, Astorga, Benavente, Castro, Altamira y Manrique se familiarizan con las musas, y una vez desvanecida la prevencion contra la aptitud literaria del bello sexo, las damas disputan á los caballeros los laureles de Helicona.

 Lucía de Medrano, comentando á los autores antiguos en las aulas de Salamanca, competia con Francisca de Lebrija, cuya elocuencia se admiraba en las de Alcalá, é Isabel de Vergara y Maria Pacheco tenian fama tambien de buenas hablistas. La crónica de Juan Vaseus dá testimonio de que habia un gran número de mujeres versadas en la literatura griega y latina, ademas de las dos hermanas Sigeo: Ánjela, latina elegante y conocedora de la música, y Luisa que se limitó á los idiomas, sobresaliendo de tal modo, que puso al papa Pablo III. una carta en cinco lenguas. El latin, el griego, el hebreo, el árabe, y el sirio, eran para ella como el suyo propio.

 Sobre todo amaba Isabel la pureza, la severidad de principios, el decoro y la devocion. Convencida de que el ejemplo debe venir de arriba, no admitia nunca á su servicio sino á mujeres de reputación mas limpia que su sangre. Trabajaba con ellas durante muchas horas en las labores propias de su sexo, y á la par iba formando el corazon de las jóvenes de alto nacimiento, que tenia consigo, para irlas insensiblemente educando á su manera, y dando estado segun su voluntad.

 Tan bien distribuia el tiempo que, despues de presidir el consejo, de dar audiencias, de revisar causas, de conferenciar con los embajadores, de despachar con sus mayordomos y secretarios, de cumplir con los deberes de la relijion y de atender á la enseñanza de sus hijos, le quedaba espacio para coser la ropa blanca de su marido, por lo que decia, con cierta complacencia, remontándose á la antigüedad, y á los libros santos, que su elejido no se habia puesto camisa que ella no hubiera hilado y cosido con sus propias manos. [10]

 La cualidad instintiva y dominante en Isabel era un santo pudor. Su alma permanecía vírjen; á pesar del matrimonio. Por delicadeza no cedia á ninguna otra el cuidado de su veleidoso compañero, y recatada en estremo, no permitia que sus damas entrasen en su tocador mientras se estaba vistiendo, ni aun cuando se bañaba los pies. Las mayores exijencias de las enfermedades no la pudieron arrancar una concesión á la decencia, y fué tan grande su fuerza de voluntad, que si bien no pudo eludir la condicion de las mujeres, dando á luz sus hijos sin dolor; al menos no profirió esos quejidos, con que parece recibir consuelo la naturaleza, y los reprimió con valor estoico.[11]

 Con tal superioridad de carácter, y conducta tan sin tacha y admirada, hizo Isabel de su corte una escuela de honor, en que al nacimiento, la poesia y la gloria realzaba el respeto involuntario que impone la virtud, el entusiasmo que inspira la modestia sublime. De esta suerte cultivaba las intelijencias, morijeraba las costumbres, temperaba los ímpetus tan propios de los valientes castellanos, y tan peligrosos para el sosiego de las familias; los habituaba á la obediencia, y era tan equitativa en sus decisiones y mandatos, que al ejecutarlos el pueblo, parecia obedecer á los decretos de la misma justicia. La concentracion de la autoridad, la regularizacion del poder y de los medios ejecutivos imprimieron al reinado de Isabel un carácter de firmeza y majestad desconocido hasta entonces.


V.


Isabel queria estirpar en Europa el culto de Mahoma, que florecia de siglos atrss en la península. Sin embargo; avara de la sangre de sus vasallos, como una madre de la de sus hijos, nunca hubiera sido la primera en romper las hostilidades sin necesidad absoluta. Pero Dios ciega á los que quiere perder, y los moros se acarrearon ellos mismos su desgracia.

 Despues de haber pedido la prorogacion de una tregua, de mucho tiempo vencida, repentinamente y sin anunciarlo sorprendieron como traidores á Zahara. No quedó sin castigo esta pérfida agresion; pues la toma de Alhama, la de los magníficos baños, respondió en seguida á tan salvaje desafio. Desde aquel momento se prosiguió la guerra intermitente, irregular, como el terreno y el clima del pais. Isabel se habia propuesto no deponer las armas sino despues de haber espulsado á los árabes de la católica España; puesto que se la obligaba á empuñarlas. Se puso una nueva armadura, que aun existe en Madrid: su espada de mas lonjitud que la que empleó contra Portugal y mas rica tambien, tenia el pomo y el guardamano dorados, y se encerraba en una funda de terciopelo celeste bordada de plata, su monograma adornaba su casco y un gracioso dibujo de flores, sus brazales, su coraza y sus botas de acero bruñido.

 Antes de abrir la campaña imploró las oraciones de la Iglesia, porque su verdadero fin era el triunfo social de la cruz. En vez de imitar las levas en masa de las antiguas cruzadas, y de arrojar pueblos contra pueblos, temió previsora escitar el fanatismo, la acumulacion, los desórdenes de un entusiasmo indisciplinado, y el abandono de la agricultura. Sus sentimientos humanitarios querian economizar la sangre, y su fervor relijioso ganar almas para el cielo, y no esterminar las criaturas. Concibió pues un sistema, en que la paciencia, la habilidad y el valor personal debian, supliendo al número, evitar una gran pérdida de soldados, y darle la victoria. Consistia esta táctica femenil en aprovecharse de las rivalidades intestinas del enemigo, en dividir sus intereses, y debilitarlo poco á poco, quitándole una en pos de otra todas sus plazas fuertes, concentrarlo en Granada, y luego acometer á la soberbia ciudad, orgullo del islamismo en occidente.

 Su principal idea era aparentar no tener ningun plan fijo sobre la campaña; á pesar de que decia con reserva que, grano á grano habia de comerse la granada.


VI.


 Al oir la relacion de tantas y tan grandes cosas, llevadas á feliz término por la mano de una reyna, el pensamiento procura tener una idea de la persona que las hizo. Felizmente abundan datos exactos sobre ella, que nos han legado los escritores de su tiempo, y que harán mas fácil nuestra tarea.

 Era Isabel de mediana estatura; pero proporcionada de un modo tan admirable, que la elegancia y suavidad de sus formas la ponia al nivel de lo mas perfecto, que pueda imajinarse. Lo dulce y lo sereno de su mirar,[12] la blancura sonrosada de su tez; á pesar de sus trabajos de reyna, y de sus fatigas de madre, su casta boca, sus rubias trenzas, formando como un marco bruñido al óvalo perfecto de su cara, su actitud llena de dignidad y de nobleza, el metal de su voz, claro y firme como su carácter, sus movimientos, su recato, su honestidad en el vestir, todo estaba en armonía en aquella mujer sublime, todo respiraba en su ser la paz, el reposo, la tranquilidad de su alma pura. Por eso tenia poco que temer del estrago de los años, este bello conjunto; y así al despojarse de la lozania y la frescura que constituyen los encantos y los misterios de otras hermosas, aumentó su majestad. Isabel, á la que con tanta razon llama Montalembert "la criatura mas noble que haya reinado jamas sobre los hombres," fué un todo maravilloso, que se reprodujo repartido entre sus cuatro hijas como una herencia.  Lejos de exajerar con nuestro entusiasmo las prendas de Isabel, hacemos con nuestra ruda prosa un pálido retrato de tan escelente modelo. Cuanto va espuesto no llega ni con mucho a lo que sentimos, y lo que sentimos, como quiera que es menos de lo que nos enseñan los analistas contemporáneos, vamos á concluir citando los testimonios tributados á su memoria; no por los poetas y los escritores de la corte, sino por eclesiásticos de cuenta, que callaron mientras vivió, y cuyo elójio póstumo no deba ser sospechoso.

 El cura de los Palacios esclama con injénua y piadosa admiracion en su Historia de los reyes católicos: "¡Quien podrá enumerar las perfecciones de esta cristianísima y bienaventurada princesa, la mas digna de elójio! Ademas de ser casta por escelencia y noble de oríjen, tuvo entre las numerosas cualidades con que nuestro señor la dotó, la de sobrepujar y eclipsar á todas las reynas que la precedieron, no solo en España, sino en el mundo. "En cuanto á la fé la compara á santa Elena, madre de Constantino, y al hacer mencion de su veracidad, de su lealtad política, de su celo por la Iglesia, y la pureza del clero, de su obediencia á su marido, de su sincera piedad, y de su liberalidad con los templos, la llama la segunda santa Isabel.[13]

 El franciscano de Valladolid autor anónimo del Carro de las Doñas, y que la conoció, al querer describir tanta grandeza de alma, tanta virtud y tanta modestia y hermosura, esperimenta el mismo embarazo que Oviedo,[14] no se siente con fuerzas bastantes para hacerlo, y prorumpe de esta suerte, hablando del sabio arreglo que introdujo en su palacio y su persona: "No solamente esta cristianísima reyna crió á sus hijas en gran perfeccion; mas aun las damas y mujeres de su casa todo era perfeccion y santidad."

 El continuador de la Historia palentina, del obispo Rodrigo Sanchez de Arévalo, dice sin rodeos, que la naturaleza no produjo nunca, y que la providencia no puso jamas en un trono á una mujer semejante á la católica Isabel; porque todas, ó por debilidades del corazon, ó del gobierno, flaquearon en alguna circunstancia, mientras que esta, siguiéndola de la cuna al sepulcro, se vé que su grandeza de alma sobrepuja á cuantas la precedieron, y llega á suponer que su pureza fué tan superior, que no cometió ni una falta mental.[15]

 Lucio Marineo no puede relatar tantos encantos, reconoce que todo cuanto poseia el rey de gracia, de distincion y de dignidad estaba reunido en su mujer en grado superior, y la declara "La felicidad de las Españas, el honor de la nacion, la muestra mas cabal de las virtudes."[16]

 Mas tarde el venerable don Juan de Palafox, obispo de Osma, estableció cierta afinidad moral entre santa Teresa y ella, por la semejanza de su estilo epistolar, su modo de concebir las cosas, y las formas del pensamiento, deduciendo de esto "que si la Santa hubiera sido reyna, fuera otra Isabel; así como si Isabel hubiera sido relijiosa, fuera otra santa Teresa."[17]

 Mas para que no se crea que el transcurso de los años ha podido añadirle nuevos títulos, oigamos á un testigo ocular, que tomó nota de sus impresiones al lado de aquel prodijio. Pedro Mártir, literato de fama, escribia al gran clásico de Roma Pomponio Læto: "Considera lo que voy á decirte como un oráculo: esta mujer es mas fuerte que un hombre fuerte, aventaja á todos los espíritus humanos: es un modelo admirable de honestidad[18] y decencia, y en parte alguna produjo su sexo otra con que compararla. No te sorprende, Pomponio, que las dotes mas opuestas á las de su condicion las tenga en abundancia, y como naturalmente?"

 El tiempo justificó las palabras del protonotario apostólico. La virtud de Isabel cada vez fué á mas ennoblecida con las penas y consagrada con el sufrimiento. Era tal la pureza de esta madre del dolor, que asegura el mismo, se la hubiera podido creer la castidad personificada; y añade para completar su idea, que despues de la vírjen[19] no hubo mujer mas casta.

 Hé aquí una apreciacion mas eminente aun, que las que preceden, porque pertenece á un hombre verdaderamente estraordinario, que permaneció pobre y humilde toda su vida en medio de los honores, sin dejar de ser por eso gran arzobispo, gran cardenal, gran ministro y gran capitan. El sabio franciscano Jimenez de Cisneros despues de haber descrito á la que él "reverenciaba con admiracion, espone: "Que no alumbró el Sol otra como ella."[20] Si este varon santo se comprometió en tal afirmacion, fué porque tomó parte en sus consejos, examinó su conciencia, conoció su ferviente piedad, y midió la asombrosa profundidad de sus alcances.*[21]

 Bien á pesar nuestro los límites de este libro nos impiden tratar con mas estension y detenimiento á tan gran rey. Pero con lo dicho, y lo que está por decir, probaremos que la sublime Isabel era la personificacion del carácter caballeresco de su siglo y de su pueblo; que ninguna mujer tuvo en el trono una fé mas sincera, ni una prudencia mas consumada, ni brilló con mayor lealtad; que Dios parecia bendecir sus proyectos y sus acciones; que pudo cuanto quiso, y quiso cuanto pudo; que la victoria coronó cada una de sus empresas; que estendió el pequeño reino que habia heredado envilecido, y lo elevó por sí sola al rango de potencia de primer orden; que, al emplear en su servicio á las mas altas capacidades, permitió el señor que su sabiduria aventajara la de sus consejeros; que por Isabel se verificó el mas grande acontecimiento de la política europea, la espulsion de los moriscos; y que con Isabel se llevó á cabo la obra mas estraordinaria de la humanidad; la que duplicando su dominio terrestre, decuplicó el horizonte de sus investigaciones científicas.

  1. Deus judicium tuum Regi da. et justitiam tuam filio Regis. Psalm. LXXI.
  2. Valles. Sumaria adicion, cap. V, Introduccion á la Crónica de Hernando del Pulgar.
  3. P. Ventura de Ráulica. La mujer católica, t. II. p. 329.
  4. Esta espada récia y elegante, obra maestra del armero Antonius, no tenia sino un guardamano de acero bruñido, adornado al gusto árabe, y en la hoja estas divisas: Deseo siempre onra. Nunca veo paz conmigo. La armeria real de Madrid, t. I. núm. 16.
  5. * "Fué tal el entusiasmo del clero que él mismo procuraba disipar los escrúpulos de la reyna con testos y autoridades sacadas de los libros santos." Lafuente. Hist. jen. de Esp., t. IX. p. 13. N. del T.
  6. Garibay. Compendio historial de las chronicas, etc., tom. I. lib. XVIII. cap. XXXI.
  7. "Y ocupaba los ánimos de la primera nobleza." Conde. Historia de los árabes, etc., Parte cuarta, cap. XXXIV.
  8. * No, sino Beatriz Galindo.— N. del T.
  9. "Per unius anni spatium tantum profecit, ut non solum latinos oratores intelligere, sed etiam libros interpretari facile poterat." Lucius Marineus Siculus. De rebus Hispaniæ memorabilibus, lib. XXI.
  10. Flores. Reynas católicas, t. II. p. 832.
  11. "Ipsa quoque corporis dolores animosissime pertulit semper, non solum adversæ valetudidis sed etiam partus. In quibus nec questa quidem fuit nnquam sed admirabili fortitudine, ut ab ejus matronis cubiculariis accepi, dolorem vocemque supprimebat." Lucius Marineus Siculus. De rebus Hispaniæ memor., lib. XXI.
  12. "Muy blanca y rubia, los ojos entre verdes y azules." Hernando del Pulgar. Chronica de los reyes católicos, cap. XXIII. fól. 18.
  13. "Fué muy prudentisima reyna, muy católica en la santa fé, sicut Hellena mater Constantini..... Fué muy devotísima é muy obediente á la Santa Madre Iglesia, é muy amiga é devota de la Santa é limpia religion.... Lismonera edificadora de templos, monasterios, iglesias, secunda Helisabeth continents." Andrés Bernaldez. Historia de los reyes Católicos, cap. CC. Ms.
  14. Aunque yo no sea tan suficiente ni tal mi estilo para navegar é discurrir por la muy alta é profunda mar de sus exeléncias. Oviedo y Yaldes. Quincuajena III, estancia XI.
  15. "Non natura ei similem in regio dico diademata constitutam procreavit... Hanc enim si a primis ejus cunabulis emissam usque ad animam ejus vitam contemplamus.... ut in ea ullum nunquam caloris illiciti stimulum."
  16. "Omnis Hispaniæ felicitas, omne decus, omnium virtutum pulcherrimum specimen." Lucii Marinei Siculi. De rebus Hispaniæ memorabilibus, lib. XXI.
  17. Clemencin. Memorias de la real academia de la historia, Ilustracion XXI. t. VI. p. 573.
  18. "Habeto pro Sibyllæ folio, Pomponi, qued nunc referam. Est hæc femina forti viro fortior, omni auima humana constantior. Mirum pudititiæ et honestitatis exemplar, etc., Opus epistolarum, Petri Martyris Anglerii Mediolanensis, fól. 2. epist. VI.
  19. "Hæc sibi post illam intemeratam Virginem Dei param." Opus etc., liber. XVII. epist. CCLXXVIIII.
  20. Cui similem sol noster planetaris nunquam in terris aspexit. Fortunatus Hubertus. Menologium Sancti Francisci, p. 1033.
  21. * El testimonio del ilustre cardenal Cisneros es uno de los que mas fuerza tienen entre los muchos que se citan, y podrian añadirse aun acerca de la pureza y acrisolada virtud de la mujer sublime, que ocupó un dia el trono de Castilla, ofreciendo al mundo todo el modelo mas perfecto de las cualidades que deben adornar el corazon de la hija, de la esposa, de la madre, y de la reyna. En repetirlo se complace nuestro erudito y apreciado amigo el autor, por lo que le quedamos sinceramente reconocidos, á fuer de españoles. Pero por lo mismo que es un estranjero, al tributar los elójios que merece la incomparable Isabel, pone mas de relieve la lijereza de un distinguido poeta de aquende los Pirineos, que no vaciló en colocar en su corazon sentimientos que jamás cupieron en él, y que la igualan á la mas vulgar de las heroínas de teatro. Nos referimos al señor Rodriguez Rubí en su drama titulado Isabel la Católica, que á pesar de haberse recibido con jeneral aceptacion, tiene un lunar, que no es en nuestro humilde concepto, sino un borron en la gloria nacional de España, y que por lo tanto no se debió dejar pasar sin un correctivo, que neutralizase los efectos que pudiera causar en el ánimo del público, aberracion tan inconsiderada como reprensible, y con la cual ha manchado en mal hora este escritor, al par que su buen nombre literario, la reputacion de la grande Isabel. Nosotros apreciariamos, y hasta nos aventuramos á creer que á nuestro deseo se uniria el de los españoles sensatos, que el señor Rodriguez Rubí nos dijera ¿en dónde halló la luz que le condujo á á descubrir en el pecho de la reyna católica una pasion de mal jénero por su leal y esforzado vasallo Gonzalo de Córdoba? Mientras esto no tenga lugar, permítanos el señor Rodriguez Rubí que miremos su produccion como una solemne impostura, demasiado ofensiva para tolerarse con calma como licencia poética.
    N. del T.