Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I): Libro Primero. Capitulo IV

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Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I) de Roselly de Lorgues
Libro Primero. Capitulo IV



CAPITULO IV.


I.


 En aquellos tiempos, á media legua de Palos, en la cumbre de un cerro situado en la orilla del mar, asomaba por un bosquecillo de pinos el blanco campanario de Santa Maria de la Rábida, como el cuello de un cisne entre los juncos. Levantada sobre las ruinas de un templo de jentiles, agrandada en diversas épocas, sin cuidarse de la simetría, y embadurnada de cal á la usanza de los árabes, contenia en su recinto dos claustros, una capilla con portada gótica, y un jardin en el cual, á los lados de una parra, y apoyados en limoneros, crecían jazmines, reales.

 En Julio de 1485 fue nombrado guardián de este convento un hombre, con quien pecaron de ingratos sus contemporáneos; pero que nosotros no podemos olvidar en nuestra historia.

 Fiel observante de la regla de su instituto, daba este relijioso á su comunidad el ejemplo del discípulo perfecto de san Francisco, y no hacia uso de sus prerogativas de superior, mas que para prolongar sus horas de estudio y de meditacion. La fama de su piedad y de su virtud voló por España. Le llamaron á la corte, cuando menos lo esperaba, y la reyna despues de consultarle varias veces, llegó á tenerlo en tanta estimacion, que lo hizo su confesor. Y no solo le apreciaba Isabel por su espíritu evanjélico y eminentemente relijioso, como director de su conciencia y teólogo consumado, sino tambien porque con su singular penetracion descubrió en él, á pesar de su escesiva modestia, al buen astronomo [1] y mejor cosmógrafo. Pero como el fausto de los palacios le era insoportable, suspiraba el humilde franciscano por el dulce sosiego y la soledad de su celda, logrando así á fuerza de súplicas y ruegos, que le dejasen volver á ella.

 Ni su laudable fervor le distraia de su aficion á las matemáticas, ni le apartaba del cultivo de las letras el conocimiento de las ciencias exactas. La variedad de su saber está reconocida tanto por Oviedo, que dice "era un gran cosmógrafo," como por Herrera que añade al título anterior el de "gran humanista," [2] y por López de Gomara, que menciona su erudicion y su especialidad en las ciencias.[3] Para completar este bosquejo nos valdremos de las propias palabras del primer obispo de las Antillas, Alejandro Geraldini, que dijo al papa, León X, que, "la escelencia de su virtud y santidad de sus costumbres estaba confesada por todos."[4]

 Este era Fr. Juan Pérez de Marchena.

 Despues de haber probado la superioridad intelectual y ascética del guardian de Santa Maria, sigámosle con el pensamiento á la cúpula de la iglesia, dónde como astrónomo tenia una especie de observatorio.

 Allí era el sitio de sus visiones seráficas, y allí subia en las noches serenas á meditar, á elevar su alma al creador de ambos mundos, y á contemplar el curso armonioso de los astros. Su imajinacion ardiente como un faro, cuando sus ojos se posaban en el mar, y veian las olas perderse en lontananza hácia donde nace el Sol, le decía, si mas allá de aquel espacio jamas surcado por ningun bajel, existia en realidad la terrible mar Tenebrosa, llamada así á causa de las tinieblas y de la oscuridad que la guardaban.

 Su duda era ya un progreso!

 Las ideas de los cosmógrafos estaban entónces muy confusas acerca de la mar Tenebrosa pues mientras unos aseguraban que navegando á poniente por tres años, no llegarían á tocarse sus orillas, otros sostenían que era ilimitada, y se prolongaba hasta lo infinito. En esta diverjencia de opiniones sobre la configuracion de la tierra, cada maestro variaba de sistema, al tratar de este asunto; pero el P. Marchena, sin hacer alto en los jeógrafos árabes, ni en los pilotos de renombre, é impulsado por su amor á la humanidad, su solicitud por la salvacion de los pueblos, que ignoraban la venida de Jesus, y su anhelo de que le bendijesen y alabasen en todas las naciones, se preguntaba sin cesar; ¿si no habria mas lejos tierras desconocidas de los cristianos? Su corazon le daba siempre una respuesta afirmativa.

 Ademas de sus conocimientos teóricos, y á causa de su intimidad con los marinos de Palos, pueblo hoy abandonado; pero en aquella sazón centro de apartadas relaciones, estaba muy al corriente de los viajes de los portugueses á la costa occidental de Africa, y de los descubrimientos de las Azores y de las islas de Cabo Verde; encontrándose con fuerzas para dominar las preocupaciones vulgares de aquellas jentes.

 Un dia que acertó á pasar por el locutorio vió en él á García Hernandez, médico de la comunidad, que consideraba atentamente á un viajero, que mal vestido y con un niño de la mano pedia un pedazo de pan, y un poco de agua para su hijo. Su acento estranjero y la dignidad de su presencia, contrastando con sus ropas destrozadas, interesaron al P. Marchena, que no pudo menos de preguntarle con un tanto de curiosidad adónde iba, y de dónde venia. El le contestó sencillamente que iba á Castilla, y venia de Italia, para comunicar á los reyes un proyecto de la mayor importancia. El fraile, que ya se sentia atraido hacia Cristóbal Colon (que así se llamaba el caminante) como por un poder magnético, le hace entrar, le habla con el cariño de un hermano, se establece pronto entre ambos una íntima relacion, hija de la conformidad de ideas, que unia aquellas dos intelijencias antes de conocerse, y pasadas las primeras confidencias, le insta á que permanezca á su lado, hasta que llegue un momento oportuno de someter el proyecto á la corte.

 Bajo el burdo sayal del P. Marchena latia un corazon rebosando jenerosidad y patriotismo, que ni la edad, ni la ciencia, ni las vijilias habian amortiguado, y su carácter espansivo se conservaba lleno de viveza y lozania, reflejándose en todo su ser esa permanente primavera, que enjendra la virtud, y que no puede destruir la nieve de los años.

 Cómo pudo llegar Colon al monasterio no se esplica de un modo natural; pues ya sea que hubiera desembarcado en el Puerto de Santa María, en San Lucar, en la Higuerita, ó en el mismo Palos, aquel no era paso para ninguna parte, y ademas cubierto con un bosquecillo de pinos el edificio por el lado de la tierra, ni aun podia haberlo divisado desde el camino de Huelva, que era el que debia seguir. Solo estraviándose encontraría la Rábida, y por una de esas casualidades, dispuestas de modo tan admirable, que nos manifiestan la influencia de un ser superior, ante el cual inclinamos nuestra frente.

 No iba entónces á Huetra á visitar á su cuñado el ex-gobernador de Porto Santo[5] Pedro Correa, sino á á Huelva á casa de un tal Muliar, casado con la mas jóven [6] de las hermanas de su mujer, á la cual tal vez tendria intencion de confiar su hijo por el tiempo que estuviese en Castilla.

 No hay duda que si la manera como Cristóbal Colon arribó á Portugal fué romántica y poética, el modo con que le protejia la providencia al pisar el suelo español, no era menos estraño y maravilloso; pues careciendo de proteccion y de recomendaciones en un pais del cual hasta la lengua ignoraba, lo conducia la misericordia divina á la criatura mejor dispuesta a entrar en sus miras, á la mas digna de comprenderlo y fortificarlo en su misión.

 Pretenden ciertos escritores que, desconfiando de sí propio, mandó buscar á Palos el P. Marchena al médico Garcia Hernandez, por estar muy versado en las matemáticas, y que despues de discutir entre ellos el proyecto de Colon en varias conferencias, y de reconocerlo racional, se decidió ponerlo en práctica. Este es un error, que ha desmentido el mismo Hernandez en una declaracion judicial.[7]

 Entre Colon y su huésped no intervino nadie: la confianza del P. Marchena fué espontánea y absoluta, porque la demostracion era exacta, porque la gran mision de aquel estranjero se traslucia en su persona, porque el franciscano poseia esa luz del corazon que despeja las mas grandes cuestiones, y las decide sin discutirlas , y porque le bastaban sus conocimientos para poder apreciar el sistema cósmico del hombre que le enviaba la providencia.

 El guardián de la Rábida oyó, comprendió y creyó. De esta manera, en un convento de franciscanos, se esplicó por el jenio y se acojió por el entusiasmo el concepto mas grande de la humanidad: de esta manera se creyó en aquel retiro instantáneamente con fe implícita en la redondez de la tierra, en la existencia de islas y continentes ignorados, y en la posibilidad de llegar á ellos entónces, cuando en todas las academias, colejios y universidades se hubieran tenido estas ideas por delirios de un calenturiento.

 Huésped Cristóbal Colon de la comunidad, y libre de los cuidados de la vida material, pudo dedicarse de un modo esclusivo á los de su alma, á la contemplacion de las cosas divinas, trabajando en su perfección moral, porque queria hacerse menos indigno de ejecutar la obra inmensa, á que se veia llamado por medio de las oraciones y la pureza. Con entrada franca en la biblioteca, se inició en las Santas Escrituras, examinó los autores eclesiásticos, los parafrastas y los comentadores. No hay duda que fué allí donde adquirió aquel conocimiento de las obras de teolojia, de que dió pruebas mas adelante; pero tenemos fundado motivo para decir que los trabajos del ánjel de la escuela y del doctor seráfico, las cuestiones especulativas de la metafísica y de la moral, no apartaron su mente de una investigación menos elevada y mas práctica, cual es el estudio vulgar de la vida de los santos, dedicándose á considerar los ejemplos de aquellos hombres, que habían servido á Dios, de tan diferentes inodos; unos con humilde constancia y abnegacion, otros con el brillo del jenio y del saber, todos igualmente preciosos á los ojos del señor y venerados por su Iglesia. Por mas que perteneciera entónces al mundo, aspiraba desde lo mas íntimo de su corazon á celebrar la gloria de Jesu-Cristo, y guiado por la luz divina con que las Santas Escrituras iluminan el entendimiento del fiel sinceramente sometido, vivió como un cenobita asociándose á las meditaciones y á los estudios del guardian, y acompañando á la conmnidad en los oficios y en el refectorio. Se aficionó á la órden, á la regla y á el hábito de san Francisco.

 A su vez amó en Colon el P. Marchena al hombre, como admiraba al cosmógrafo, al poeta, al jenio superior. Lo decimos sin temor, lo amó tanto mas, cuanto que siendo su confesor, pudo ver hasta el fondo de su conciencia que permanecia pura, cándida y llena de fé; sin embargo del atrevimiento, de la erudicion y la curiosidad del espíritu; porque contempló á sus anchas aquellos pensamientos, mas grandes que el universo; porque leyó como en un libro abierto las bellezas de su alma, que sin saberlo descubria al revelar sus culpas en el tribunal de la penitencia, admirándose de encontrar tanto saber unido á tanta humildad, pues las mas elevadas cualidades guardaban tal armonia en aquel hombre estraordinario, que mas parecia no poseer sino una sola: la que por escelencia se llama virtud. El franciscano reconoció en Colon las señales de un elejido de la providencia, y por eso se interesó en su destino con una voluntad, que no acabó sino con la vida.

 Cuando Colon debió dejar el monasterio, el P. Juan Perez le dió una pequeña cantidad de dinero, y una carta de recomendacion para el prior de Prado, confesor de la reyna; personaje de importancia, cuya benévola mediacion le proporcionaria una favorable acojida. Comprendiendo que, á pesar de su noble oríjen, la cuñada de Colon, mujer del pobre Muliar, no podria en Huelva dar una educacion conveniente á su sobrino Diego, quiso encargarse por sí mismo el guardián de su enseñanza, y así bajo el techo del convento, con el pan, los vestidos, los libros y la caridad de la familia franciscana se mantuvo, se vistió y se instruyó en su tierna juventud el hijo de Cristóbal Colon.  Con el corazon tranquilo y el espíritu libre de aquel inocente, se despidió del venerable guardian, y acompañado de sus oraciones se puso en camino para Córdoba.


II.


 La jenerosa hospitalidad, el amor y el amparo que encontró Colon en este monasterio lo han hecho interesante para la historia, y caro para los discípulos de san Francisco. Nuestros amigos de la Orden Seráfica nos agradecerán les demos algunos detalles descriptivos y exactos del convento de la Rábida.

 En aquella época se componía de dos claustros interiores, y tres pequeños edificios anexos al principal. La iglesia en forma de cruz tenia tres capillas, y la rodeaba una cerca formando en el centro un patio. Encima del altar mayor se levantaba una cúpula redonda, y blanqueada, que tenia en su circunferencia un pretil con agujeros en su base, y desde cuya altura se dominaba por un lado el majestuoso Océano, sirviendo al mismo tiempo de señal á los barcos costaneros, y por otro una dilatada campiña, que se estiende desde los llanos que riega el Guadalquivir á las montañas de Portugal.

 La desnudez de las paredes, la falta de estátuas, de cuadros, de frescos, de lámparas, de oro y plata estaban en armonia con la sencillez de los claustros, y la pobreza arquitectónica del conjunto. Parecia no contener mas de una docena de celdas, sin contar la del prior, y la biblioteca, que el refectorio y la cocina estaban en un pequeño edificio de forma oval, añadido por la izquierda. Un paredon, resto tal vez de una antigua muralla contra los moros de España y los merodeadores de Portugal, cuya vecindad era temible, encerraba como en un triángulo la escarpada y árida colina en que descansan sus cimientos; y á su lado crecian magníficos alóes y vigorosas palmeras. De trecho en trecho, subiendo la cuesta, muros de piedra encajonaban el terreno, plantado de alcaparrones, cepas é higueras. El jardin, regado por medio de una máquina hidráulica, alimentada por el rio Tinto, tenia alguna sombra, gracias á la parra y los limoneros del paseo de verano; pero ninguna escultura, ningun artifício disfrazaba la pobreza de los discípulos de san francisco, pues hasta el pozo, que hubiera podido ser un adorno rústico, estaba en un rincon de las habitaciones accesorias. Allí no habia nada grande mas que la soledad, el reposo de la naturaleza, el recojimiento del alma y la perspectiva del inmenso Océano.

 A medida que los habitantes de Palos fueron trasladándose á Moguer, y que Palos se iba transformando en una ruina desierta, los relijiosos, que ya no podian ser de ninguna utilidad para una poblacion demasiado apartada, euipezaron á pasar escaseces, y su numero á disminuir, tanto que en tiempo de la invasion francesa no habia mas de cuatro ó cinco. Entónces dicen que fué saqueada la biblioteca y destruido el archivo en que se guardaban los recuerdos de Cristóbal Colon, consagrados por la amistad del P. Marchena. En el año de 1825 existian aun cuatro frailes y á pesar de que el estado, ruinoso del edificio probaba el olvido en que yacia, se le respetaba, ó al menos la mano del hombre no contribuia á su destruccion.

 Pero vino la revolucion relijiosa de 1834, y al suprimir los conventos, dió el golpe de gracia al de la Rábida. Sin embargo, parece que por consideracion á su memoria se conservó en el papel, clasificado como propiedad nacional. Mas los habitantes de los alrededores, invirtiendo el principio que dice, que lo que es de todos no es de nadie, y no puede tocarse, discurrieron que lo que es de la nacion pertenece á todos; y de veinte años á esta parte lo saquean en detall, siempre que necesitan cantos, tejas, vigas, puertas y ventanas. Cortas más ó menos autorizadas han acabado casi con el bosque, que lo rodeaba, y el jardin por falta de cuidado se ha vuelto un erial. El tiempo y las lluvias, desmoronando las paredes, arrastraron al mar la capa de tierra vejetal de la colina que enseña avergonzada sus flancos rojizos y descarnados. Solo una palmera se sostiene junto á las ruinas de la máquina hidráulica entre alóes espinosos, único y último testigo de la vejetacion que sostenia en este peñasco el trabajo y la paciencia de los buenos frailes.




 En los momentos en que con un profundo sentimiento de tristeza, escribiamos estas líneas, una persona augusta tomaba bajo su proteccion el ruinoso monasterio de la Rábida.

 Simpático por naturaleza á la gloria, afanoso de acrecentar la de la nacion española é inclinado por instinto hacia un héroe que tan capaz es de comprender, S. A. R. el duque de Montpensier, resolvió conservar á la posteridad el humilde convento en que primero tuvo acojida la idea que duplicó el mundo.

 El 11 de Marzo de 1854, emprendió el príncipe, en compañia de su esposa, un viaje á la Rábida juntamente con la reyna Maria Amalia, la madre de inefables dolores, compadecida y venerada de la Europa entera, que tambien quiso, sobreponiéndose á las molestias del camino, visitar unos sitios tan caros á las almas elevadas. Y quizas la piadosa atraccion del mas alto sufrimiento por el mas noble infortunio haya sido el homenaje mas espresivo, con que la providencia ha permitido honrar á su servidor Cristóbal Colon.

 A la vista de aquellas ruinas, amenazando una destruccion próxima, los augustos viajeros formaron acto contínuo un fondo, bastante para las reparaciones mas perentorias, y dando el ejemplo de una suscricion, toda la Andalucia se apresuró á tomar parte en ella. Comenzaron los trabajos; y la celda del P. Marchena quedó restablecida, en lo posible, en su antiguo estado. S. A. R. el duque de Montpensier hizo poner en ella el retrato de Cristóbal Colon y dispuso se pintaran cuatro cuadros que reprodujesen las principales escenas de su vida. La restauracion de la iglesia progresaba: se levantó en ella un altar mayor á costa de S. A., y de su orden se compró todo cuanto pudo hallarse de la antigua pertenencia del monasterio. Meses después, el príncipe tornó a la Rábida para, con su presencia, dar mayor impulso á las obras.

 Finalmente, el dia 15 de Abril de 1855 SS. AA. RR. los duques de Montpensier y de Nemours, en una peregrinacion cristiana y poética á la Rábida, inauguraron en medio de un inmenso concurso de jentes de los pueblos inmediatos la restauracion del antiguo edificio, con una ceremonia relijiosa en la cual el célebre dean de la catedral de Sevilla, don Manuel Cepero, pronunció su último sermón, rebosando patriotismo. Notables poesías, recojidas en un álbum, fueron el armonioso memorial de aquella jornada de justicia histórica y de agradecimiento nacional, en que la Francia, su inspiradora, estaba representada por los mas nobles de sus hijos.

 SS. AA. RR. los duques de Montpensier no han cesado de protejer el convento de la Rábida. Todos los domingos y dias de fiesta vá un sacerdote de Moguer á Palos pagado de su peculio, para decir la misa.

 Un reciente decreto de S. M. la reyna doña Isabel II, debido á la perseverante solicitud de su augusto cuñado destina en adelante el monasterio de la Rábida, para retiro de los franciscanos de Tierra Santa, ó de los misioneros que van á predicar el Evanjelio en las Américas. De esta suerte, gracias á S. A. R. el duque de Montpensier, continuará siendo objeto de las piadosas peregrinaciones de nuestros descendientes el monumento histórico mas patético de los tiempos modernos; el asilo de Colon en la celda del franciscano que inmortalizó su amistad. En nombre de aquellos á quienes es cara la memoria de Colon damos las gracias á S. A. R. por su noble iniciativa, y porque al hacer esto se ha anticipado á los deseos de las almas jenerosas y evitado al mundo eterno, sentimiento. Nosotros en particular, felicitamos desde lo mas íntimo de nuestro corazón á el augusto príncipe por haber pagado de un modo tan digno para la Francia, una deuda de España al culto de los grandes recuerdos.[8]

  1. "Porque es un buen astrólogo, y siempre nos pareció que, &c. &c." Carta de la reina á Colon, fecha 5 de Setiembre de 1493. Documentos diplomáticos, nº LXXI.
  2. Oviedo. Historia natural y jeneral de las Indias, libro II. cap. V.
    Herrera. Hist.jener., decada I. libro I. capítulo VII.
  3. 3. "Cosmógrafo y humanista." López de Gomara. 'Historia de las Indias.
  4. 4. "Homo vita, religione et sanctimonia undique probatus." Itinerarium ad regiones sub æquinoctiali plaga constitutas, Alexandri Geraldini, Amerini episcopi &c., liber XIV.
  5. Sin escepcion, todos los biógrafos de Colon han ignorado la existencia del humilde Muliar, y á semejanza de Washington Irving han tomado á este vecino de Huelva por su otro cuñado, el portugues Pedro Correa, ex-gobernador de Porto Santo y sujeto de importancia.
  6. Esto es positivo: "Iba derecho de esta villa á la de Huelva para fablar y verse con su cuñado, casado con hermana de su mujer, é que á la sazón, é que habia nombre Muliar." Pleito. Probanzas hechas por el fiscal del rey. Pregunta 13. Suplemento primero á colección diplomática núm. LXIX.
  7. El mismo Garcia Hernandez ha señalado la fecha de esta conferencia, á causa de que, sin saberlo él, se mandó al piloto Sebastian Rodriguez al campo de Santa Fé en el invierno de 1491, seis años despues de la fecha equivocadamente señalada por Washington Irving y sus imitadores.
  8. Post-scriptum de la 2ª y 3ª edicion francesa.