Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I): Libro Primero. Capitulo X

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Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes (Tomo I) de Roselly de Lorgues
Libro Primero. Capitulo X



CAPITULO X.


I.


A fuerza de bordadas consiguió el almirante entrarse hasta el fondeadero de Rastrello, dando gracias al todopoderoso por haberlo apartado de riesgo tan inminente.

Despachó en seguida un correo á Castilla, para dar parte de su llegada á SS AA., y después escribió al rey de Portugal, que se habia retirado á su palacio de Valparaiso, huyendo de la peste, con el objeto de que le permitiera echar el ancla en Lisboa, no creyéndose seguro en un sitio como Rastrello, tan abundante enjentes capaces de venir sobre la Niña, á la que suponían atestada de oro, en razón á venir de las Indias, descubiertas por él; y preveyendo la susceptibilidad de Juan II, le insinuaba con destreza, que no habia ido hácia Guinea, sino al estremo del Asia por occidente.

Hecho lo cual, añadió una postdata á la carta que redactó en medio de la tormenta, á la altura de las Azores para Luis de Santangel, el hombre que con mas ahinco sirviera á su espedicion, con fijar el ánimo de la reyna, para decirle, que los elementos le habian forzado á guarecerse en el Tajo, lo cual tenia por la cosa mas sorprendente. Y en efecto, no iba descaminado al estar temeroso de las fronteras del monarca que lo mandó perseguir guir en la mar á su partida, y cuyos ajenies, violando los derechos mas santos, quisieron hacerle zozobrar á su vuelta, ya que no pudieron sepultarlo vivo en el cala- bozo, que de antemano le habian dispuesto. Venir hoy á refujiarse en sus estados, era ponerse entre las garras del león. El almirante conocia á punto fijo lo grave del caso; y sin embargo, no podia menos de arrostrarlo. Pero Dios, que lo salvó de los conjurados y de la furia de los elementos, velaba sobre él, y por esa causa al com- prender Colon lo estraño y misterioso de la irresistible necesidad, que lo impelia á los brazos de su enemigo, ne se turbó. En el acto escribió para otro personaje de la corte, el tesorero don Rafael Sánchez, una relación de su viaje, que poco después fué impresa en Roma, la cual, indén- tica en el fondo, solamente difiere en el estilo de la que recibió Luis de Santangel. Adviértese en ella esa sobrie- dad de imájenes, y en su consecuencia esa candidez y ese vigor propios de Colon. La terminaba con un rasgo de entusiasmo, propio para llegar á el alma de un cris- tiano. Decia: '^Todo cuanto acabo de esponer parece inaudito, es- traordinario, y cosas mas grandes diria, si hubiera teni- do á mi disposición buques bastantes, como habría con- venido. No se debe á mi mérito tan grande y vasta em- presa, sino á la santa fé , católica, á la piedad y á la re- lijion de nuestros monarcas ; que otorgó el señor á los hombres, lo que la intelijencia humana no pudo con- cebir ni esperar, pues Dios escucha á veces las oracio- nes de aquellos de sus servidores, que siguen sus man- damientos hasta en las cosas que parecen imposibles. Esto es lo que me ha sucedido á mí, que he conseguido la victoria en una empresa, que hasta la presente ningún mortal osó formar, porque aun cuando hubieran ya es- crito ú hablado de la existencia de estas islas, todos ha- blaban y escríbiau de ellas por conjeturas y de un modo ambiguo, atendido á que, como ninguno aseguraba ha- berlas visto, se las reputaba por fabulosas. De consi- guiente el rey, la reyna, los príncipes y sus estados, de concierto con la cristiandad den gracias á nuestro señor Jesu-Cristo, que nos ha concedido una tan gran victoria. Que se hagan procesiones, que se celebren fiestas solem- nes, que se cubran de ñores los altares, que Jesu-Cristo aparezca en la tierra deslumbrante de alegría, así como se regocija en los cielos, esperando las salutaciones de tantos pueblos hasta ahora entregados á la perdición^. Regocijémonos igualmente, tanto á causa de la exalta- ción de nuestra fe, cuanto por el acrecentamiento de los bienes temporales, de los que no será sola España para recojer el fruto, sino la cristiandad toda.'^ Al dia siguiente, Bartolomé Diaz, oficial de la ma- rina portuguesa, embarcado en el navio almirante, el bu- que de mayor número de cañones que se conoció hasta entonces, pasó en una lancha á la Niña para intimar á Colon que presentase sus papeles á su jefe, é hiciera su declaración á los empleados de la aduana. A pesar de hallarse al alcance de las baterías del navio lusitano, le respondió Colon que, á bordo de su pequeña carabela, y en calidad de almirante de los reyes de Castilla, de nada tenia que rendir cuentas á tales personas, y que no iria. Pidióle al oírlo el oficial que, al menos enviase al con- tramaestre, á lo cual replicó el vírey que, enviar á uno de sus hombres era igual á ir él, que ninguno saldría de la Niña sino por la fuerza, y que los almirantes de Castilla sabían morir antes que entregar contra derecho á cualquiera de sus marineros. Tan firme actitud atemorizó al oficial que, cambian- do de tono, le suplicó únicamente le hiciera ver las prue- bas de su calidad, para informar de ello al superior. Co- . Epístola Cristoferi Colomb (cui etas nostra multum debet: de iusulis in mari indico nuper inventis, etc.) ad magnificum dom. E,a- pliaelen) Sanxis, etc., quam nobilis ac litteratus vir Aliander De Cosco, ab Hispano ydeomate in latÍDum convertit.— liorna). 1493. lon no vaciló en mostrarle su diploma, y no bien el co- mandante don Alvaro de Acunha hubo recibido la rela- ción del oficial, vino con grande aparato, al son de trom- petas y timbales á visitar al virey y ponerse á sus ór- denes. La nueva de la descubierta del nuevo mundo por un bajel, á la sazón anclado en el Tajo, corrió con la rapidez de una cKispa eléctrica de un estremo á otro de Lisboa. No obstante el mal tiempo, una multitud de lan- chas rodeaba á la Niña. No era menor la sorpresa que la curiosidad, y todos daban gracias al señor por un su- ceso, que su corazón les decia ser de incalculables con- secuencias. La voz del pueblo era una en proclamar, que tamaña gloria recala sobre Castilla en recompensa del celo de sus monarcas por la relijion.^ Después del pueblo tocó su vez á los grandes. Al dia siguiente, personajes de cuenta, y hasta del mismo go- bierno, vinieron á la Niña para ver y oir las maravillas de aquel otro mundo, que reputaran fabuloso. Los unos deploraban que el ref no hubiese acojido las ofertas de Colon, y los otros, bendiciendo á Dios, decian, que así premiaba la perseverancia de los piadosos soberanos de Castilla en propagar la doctrina de Jesu-Cristo.^ II. El Viernes 8 de Marzo, vino á sancionar un mensaje del rey de Portugal los testimonios que se habian tributa- ^ 1. "Dando gracias á Nuestro Señor, y diciendo que por la gran fé que los reyes de Castilla tenian, y deseo de servir á Dios, que su alta majestad les daba todo esto." Miércoles 6 de Marzo. . "Porque SS. AA. se trabajaban y ejercitaban en el acrecen- tamiento de la relijion de Cristo." Jueves 7 de Marzo. do espontáneamente al hombre de la providencia. Siguiendo el soberano el impulso de sus vasallos, suplico á Cristóbal Colon, ya que el mal tiempo lo detenia en la rada, viniese á visitarlo en su retiro; y al mismo tiempo dispuso que los factores lo proveyeran gratis de cuanto le hiciera falta, tanto á él como á sus marineros y á su buque; que los principales de su servidumbre salieran á su encuentro, y que se le preparase en Sacamben, donde debia dormir, un magnífico alojamiento. Púsose el virey en camino acompañado de uno de sus pilotos, que hacia oficio de ayudante; pero la persistencia de la lluvia no le permitió llegar á Valparaíso hasta el otro dia por la tarde, en que hizo su entrada en medio de un lucido y numeroso acompañamiento.

La singular acojida que le dispensó don Juan II escedió á los honores tributados de antemano, pues recibiéndolo como á príncipe de la sangre, lo mandó sentar y cubrir en su presencia, le manifestó la mayor consideración, le habló con afabiHdad, le dijo el contento de que estaba poseído por el éxito de aquella empresa, y concluyó por añadir, que se felicitaba de ello, tanto mas, cuanto que según un tratado concluido con Castilla en 1479, el descubrimiento y conquista de las nuevas rejiones le pertenecían de derecho.

Colon le contestó que no teniendo noticia de este tratado no podía hablar de él sino inútilmente, y que solo le prescribían sus instrucciones no ir hacia las minas de oro, ni á las costas de Guinea, cosas ambas que se publicaron en todos los puertos de Andalucía antes de su embarque. A lo cual replicó con donaire don Juan que, este negocio se arreglaría entre los dos reyes y él, sin intervención alguna.

Poco después confió á Colon al personaje de mas elevada categoría de su corte.

El Domingo por la mañana al salir de misa reanudó el rey la interrumpida pláctíca con Colon, y le pidió detalles de su viaje. Mas pródigo en preguntas que la víspera, diversificándolas como intelijente en cosmografía, y satisfaciendo su curiosidad, reconocía la grandeza de la espedicion, y esperimentaba en su interior un despecho secreto de haber dejado escapar las maravillosas rejiones, con que le brindara Cristóbal antes que á Castilla. Y como tuviese dudas con respecto á las distancias y al camino seguido, y le pareciese que habian usurpado á Portugal los derechos que le garantizó la bula, espedida á ruegos del infante, convocó inmediatamente su consejo para tratar del caso. Mientras que, conforme á su costumbre, pasaba Colon entre la meditación y el rezo las horas del Domingo, á pocos pasos de su estancia, en la sala del consejo, se ajitaba la cuestión de dar al traste con el fruto de sus trabajos, y de usurpar las nociones de su descubrimiento, asesinándolo. Propúsose al monarca la muerte del apóstol. Por repugnante que sea tal pensamiento, por imposible que hoy nos parezca en el estado de nuestras costumbres, se tuvo por los cortesanos, envidiosos de la gloria estranjera, y avaros de mostrar al rey su fidelidad á los ódios que le suponian. Se quisiera poder dudar de semejante infamia; pero si Colon fué tan jeneroso que la dejó pasar en silencio, y si su hijo don Fernando la calló caritativo, los primeros historiadores de Portugal la consignan sin estigmatizarla. Un escritor español,* Vasconcelos, biógrafo de Juan II, reasume con la mayor sencillez esta sesión del consejo real. Dudando quiso el rey, dice, oir á sus consejeros para tomar una resolución. Algunos oradores, ignorantes en jeografia, trocando las posiciones de las tierras, afirmaban que los paises descubiertos por Colon, pertenecían á Portugal, y eran de parecer que muriera antes de tornar á Castilla,1 sin lo cual, de la ejecución de su empresa, resultarían graves inconvenientes; y que en tales circuns-

  • Vasconcelos era portugués de nación. 'N. del T.

1. Vasconcelos. Vida y acciones del rey don Juan II, lib. VI fol. 293 y 294. tancias lo útil se anteponía á lo honrado, tanto mas cuan- to qne mirái.dolo bien, ¿no nierecia el último castigo quien habia osado burlarse de tan gran príncipe? Sabiendo lo mucho que deseó el rey acometer el des- cubrimiento, las ofertas que después hizo á Colon en carta de su mano, recordando su cólera, cuando tuvo noticia de su tratado con los españoles, las órdenes dadas á los gobernadores de islas y á los capitanes de los bu- ques, que dieran con él en alta mar, pensaron los pala- ciegos agradar al monarca, sujiriendole una ocasión favo- rable á su venganza. Insinuaron que Colon no habia ve- nido á Portugal sino para mofarse del rey, y que osten- tar allí su descubrimiento era un ultraje, un crimen de lesa majestad. Un biógrafo notable llamado García de Resende dice, que '^solicitaron del rey tuviera á bien lo matasen allí, para que con su muerte no fuera el des- cubrimiento á Castilla'V y el padre de la historia por- tuguesa, el célebre Joan de Barros añade, que '^varios caballeros se brindaron á servirle de asesinos'^^ Resulta de las diversas relaciones lusitanas^ que los cortesanos encontraban un pretesto plausible para des- hacerse de Colon, ya considerando €omo una ofensa el placer con que detallaba al rey la importancia de la des- cubierta, ya valiéndose de su estremada vivacidad para provocar una querella, y desembarazarse de su persona. Pero el rey, temeroso de Dios, rechazó tales ofrecimien- tos, como príncipe cristiano, dice Barros. Por otra parte, su espíritu elevado, y su amor á las ciencias y á la na- vegación le hacían sufrir mejor que á otro de no tan alta . "El rey foy cometido que ouvesse por bem de llio matarem allí, porque có sua morte ó descubrimento nao yria mais avante de Castella." García de Resende. Vida éfeitos del Hey dom Joam Segundo, capít. CLXIII. . "Offereceram-se delles que ó queríam matar, é com isto se epata- ría ir este homen á Castella." — Joao de Barros. Da Asia, decada I. liv. III. cap. XI. p. 246. . En su Crónica manuscrita del rey Juan II. Ruy de Pina, en el capítulo LXVI ■ )nfirnia también esta proposición de asesinato. intelijencia, el ascendiente que ejercía la presencia de Colon. Su aspecto disipó las señales de resentimiento y cólera, y prohibió con la mayor severidad cualquier tentativa sobre su huésped, mandando por el contrario que se le tratara con la debida consideración. Otros consejeros menos violentos que astutos, reconocían en principio, que habia una obligación en los monarcas de acojer en sus puertos á los que en ellos se refujiaban; y opinaban porque se dejara salir libre á el almirante; pero querían que la cuestión de la descubierta se resolviese con las armas, y que antes de que Castilla hubiera aprestado lo necesario para un segundo viaje, se tomase militarmente posesión del terreno, lo cual seria fácil guiándose por las indicaciones de los dos portugueses que venian en la carabela. Don Juan siguió este consejo, y en seguida combinó su espedicion en secreto. El Lúnes se despidió Colon del rey, que le colmó de distinciones, y de cuya órden don Martin de Noroña le fué acompañando hasta gran distancia con todos los señores de la corte, para honrarlo mas. Una urjente invitación de la reyna obligó al almirante á ir al monasterio de San Antonio, donde se hallaba con las principales damas de su servicio. Mucho lo agasajó la esposa de don Juan, y muy complacida quedó con oir sus respuestas acerca de aquel nuevo mundo, al que deseaba llevar la ley del Evanjelio. Su curiosidad lo detuvo tan largo espacio, que cuando salió para ir á re- posar á Llandra estaba cerrada la noche. Al despertar al dia siguiente llegó un escudero del rey á ofrecerle de parte de su señor, si prefería partir por tierra, acompañarlo hasta la frontera, y facilitarle por cuenta de la corona alojamiento, caballos y cuanto necesitase, presentándole al mismo tiempo una mula, que D. Juan le regalaba, y otra, con veinte ducados de oro al piloto que iba con él. Pero el almirante prefirió tornar embarcado, puesto que el tiempo estaba mejor. Llegó á la Niña aquella misma noche, ya tarde, y al otro dia, á las ocho de la mañana, mandó levar anclas , haciendo rumbo á España con N.NO; mas como cediera la brisa, adelantó poco en la primer singladura.