Julio César (Shakespeare, Astrana Marín tr.)/La obra

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LA OBRA


Las obras dramáticas de Shakespeare pueden dividirse en tres órdenes: tragedias, comedias e historias.

En los dos primeros el autor analiza al hombre con sus pasiones, dando rienda suelta a su imaginación y fantasía creadoras. En las historias, sin perder su individualidad, circunscríbese a dramatizar los hechos de lo que él considera la verdad histórica o de lo que por tal se tiene. Las historias shakespearianas forman dos ciclos: el inglés y el romano. El objeto del primero, según la tradición, fué el vehemente deseo que sentia el príncipe de los poetas por enseñar la historia de Inglaterra a su propio país. El del segundo, mostrar las vicisitudes de Roma a través de las luchas entre patricios y plebeyos, que arrancan en Coriolano, se continúan en Julio Cesar Y extinguense en Antonio y Cleopatra, trilogia que, constituyendo separadamente tres obras de arte sin aparente conexión, muévense en torno de aquella gran evolución histórica que dió fin de la república y de la oligarquía. En Coriolano asistimos al espectáculo de una Roma pujante y en creciente ascensión. En Julio Cesar ha trazado su máximo círculo. En Antonio y Cleopatra decae ya visiblemente. Coriolano es la España de los reinados de Fernando e Isabel; Julio Cesar, la del emperador Carlos V — hay sombras de semejanza entre el gesto de los conjurados y el de los comuneros —; Antonio y Cleopatra, la monarquia disipada de los Felipes.

Shakespeare, al delinear las tragedias romanas, se ha atenido a un análisis riguroso de Plutarco, cuyas Vidas sigue punto por punto, conservando hasta los más insignificantes detalles. Una comparación entre lo que el referido autor griego cuenta sobre César, Marco Bruto, Marco Antonio y Casio y el giro que da Shakespeare al desarrollo de su Julio Cesar, serían de suma utilidad e interés para los que no establecen distinción entre el historiador y el poeta.

Veriase cómo el genio puede, guardando su personalidad, tomar de un historiador un relato dramático, y, transportando a la escena la verdad histórica, transformarla en verdad poética. También se vería que la imitación no es una esclavitud; que el arte de imitar es el arte, no de copiar, sino de embellecer los modelos, y que una obra maestra literaria estriba menos en los elementos que la componen que en la manera como el escritor ha sabido sacar partido de estos elementos.

Los que se imaginan al genio guiando únicamente a su inspiración, como un producto salvaje de la Naturaleza, quedarán defraudados al examinar los ciclos referidos. Julio Cesar, como las restantes obras, supone un trabajo colosal de investigación. Apenas existe frase que no cuadre con la época, se respira el ambiente, las costumbres están sabiamente descritas, y adecuadas las metáforas. Causa asombro de qué manera tan sencilla, tan natural, va introduciendo Shakespeare poco a poco el texto de Plutarco en las escenas, en muchas ocasiones con sus mismos términos. La maravilla es tan grande, que, a no tener ante los ojos las aludidas biografías, no sabríamos si en este momento copiaba o inventaba en el otro.

No hay verdadero héroe en esta tragedia. Aunque se denomina Julio Cesar y la sombra del dictador influye hasta el último instante en el curso de los acontecimientos, igual podría llamarse Marco Antonio o Cayo Casio. Sin embargo, el personaje principal es Marco Bruto.

Shakespeare ha interpretado exactamente la verdad histórica presentando a Bruto como un instrumento en manos de Casio. El célebre poeta, como nuestro gran Quevedo, ha hecho de la figura del severo estoico un noble y alto carácter lleno de las más estimables virtudes romanas.

En cambio, menos fiel a la verdad histórica, pero más lógico y humano, nos muestra al vencedor de Munda, no como padre de su pueblo, sino como un espíritu débil y un ambicioso vulgar. Los rasgos más salientes de su carácter son la superstición y el orgullo; además, le pinta receloso, suspicaz, desconfiado y epiléptico (y lo era —afirma Suetonio—), vicios y defectos que parece eshibir para que disminuya la admiración que comúnmente le hemos prodigado. La única virtud que le concede es el valor, que no podía negaric; pero aun este valor se traduce en fanfarronadas, con la intención de que nos inspire algunas dudas. Pese a la Historia, es posible que aqui el poeta, el adivino, el genio, haya superado al historiador, habida cuenta del fin de la mayoría de los héroes y grandes capitanes, el éxito de cuyas empresas —y buena prueba es Napoleón— se ha debido las más de las veces a la buena suerte y casualidad.

La figura de Casio, forjada admirablemente, es la del conocido envidioso de la gloria de César, y la de Antonio, la del hombre sagaz y mundano, dispuesto siempre a sacar partido de las circunstancias; político profundo, que aprovecha la muerte de César, vengándolo para su propia elevación. Los restantes personajes, el fogoso Octavio César, el silencioso Cicerón, el brusco Casca, etcétera, poseen esa fuerza que de continuo concede Shakespeare a los tipos secundarios, entre los que sobresale la viril y delicadísima Porcia.

Julio Cesar, que se mantiene generalmente en un tono trágico sereno, de sorprendente modernidad, exento de toda afectación, está cunjado de bellezas, y algunos trozos, como la escena de los conjurados en el jardin de Bruto y el discurso de Marco Antonio, son, junto con el acceso de sonambulismo de la Lady Mácheth y el reconocimiento por el rey Lear, de Cordelia, las páginas más felices que salieron de la pluma portentosa del creador de Hamlet.