Juramento

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Baile
La guerra gaucha de Leopoldo Lugones
Juramento


JURAMENTO


La calurosa noche transpiraba humedades de tormenta. Sólo se veía sombra y no se divisaba cielo. Adivinábanse en las tinieblas, árboles, montes, como otros tantos seres de temerosa inmediación. Alguna luciérnaga parpadeaba á lo lejos. Callado el aire, enmudecían también las hojas.

Previendo un chubasco, la servidumbre pernoctaba en los galpones famularios de la finca. Únicamente en el corredor susurraban dos voces de cuando en cuando, pues los interlocutores al parecer más pensaban que discurrían.

Inmediato á ellos columbrábase el caballete de las monturas, y sobre el poyo un brasero apagado. Palpitaban fuertes los pechos de las personas, que eran hombre y mujer.

—...Siempre? rogó uno.

Y al cabo de un tiempo no breve:

—Siempre!... suspiró la otra.

Y continuó el silencio.


Noches antes, la montonera local capturó en un páramo vecino quince rezagados, que avivaban con las cajas de sus fusiles y los bastos de sus monturas un mezquino fogón. Del degüello general salvaron solamente dos oficiales, pues a éstos los preservaban para canjearlos como rehenes. Uno sucumbió en el camino; el otro llegó muy enfermo á la finca donde se acuartelaban sus vencedores.

Pertenecía ella á una joven viuda cuyo prestigio totalizaba en adoración verdadera los afectos del lugar; pues como madre y señora de todos era; y así, de madre y señora, le decían sus mucamas.

Descubría á los asuntos mal avenidos el arrequive de cada cual; providenciaba noviazgos; ayudaba á bien morir y adoctrinaba á los huérfanos. Más que andar, se deslizaba semejante a una nube. Esclarecía su beldad una cabellera zaina de oro. Llamábase Asunción. Sus veintinueve años eran como un ramo de flores. Tenía las manos de pálida finura, transparentando sus puños venitas violetas; la frente apacible como el agua, negligente la sonrisa y azuleando en sus ojos la ternura de una tarde primaveral.

Una de las primeras que sacaron la cara el Año Diez, lo abonaba desde que enviudó, con más ahínco todavía. El marido, enfermo, no concurrió á la guerra sino con su fortuna; y a su muerte, ella, ejecutando sus mandas, equipó una partida.

Reconociendo su fidelidad de albacea, tachábase de infeliz su matrimonio. Cierto día un hombre habíala pedido; ponderándolo de rico; apenas lo conocía y se desposó por obediencia. Sacó de sus nupcias incompletas una medrosa avidez de amar con la que se complicaban exquisitos dolores. Empero, su talante recataba la lucha con benévola dignidad. Su emoción no era ciega llama ni raudal preso; antes flor en capullo, á espera de céfiros amigos, como la del tarco familiar que, con la primer temperie, apunta en la desvestida rama.

El temperamento se imponía, no obstante, en la bravura zafírea del ojo cuando revivía la estirpe solariegos orgullos; en el mirar ceráuneo si la cólera refulgía; en los labios vivísimos. Su ternura latente se trocó en lástima del realista vencido. Horrorizáronla al principio las parihuelas de troncos, el sibilante anhélito del herido, un rostro traspillado por la fiebre. Después se impuso la caridad.

Dejaría el pobre sus hijos, un padre valetudinario tal vez, en la lejana España. La guerra lo embastecía sin disimular su vigor pregonado por su fértil vello; y los soles que lo atezaron en la campaña no habían marchitado enteramente su cálida palidez. Deliraba con luchas y correrías, no recordaba al viejo ni á los niños. Claro! Militar cuadrado, su alma de hierro no albergaba una memoria para aquellos seres.

Una noche habló por fin de su pueblo, de Lima, en una charla incoherente que mezclaba nombres de regimientos realistas a proezas de caballos. Entonces ya no le perdonó la señora. Además de enemigo, resultaba traidor — cierto! — traidor, esclavo del godo. Para qué servía ya?...

Á pesar de la antipatía, más se empeñaba por él en una especie de clemencia desdeñosa. A su cabecera se lo pasaba, con una apatía invencible que sólo sacudía para propinar las prescriptas pócimas: cortezas febrífugas o vulnerarias mixturas que la médica elijaba en secreto. Aborrecía a esa comadre. Su nariz oleosa, las hileras de porotos partidos que subcercaban sus órbitas, su cutis percalizado por la vejez, su truhanería siniestra á la que coadyuvaba cierta majestad científica, doblaban de terror la malquerencia. Estremecíala el chancleteo de sus ojotas. Al decir de las gentes, provocaba lluvias estaqueando panza arriba al sol, sapos que flagelaba con ortigas. Y recelábase por igual sus comentarios y sus agüeros, pues á bachillera nadie le ganaba para divulgar los tiquis miquis del vecindario. Así, la dama recobró su bienestar cuando, ya bueno el paciente, regresó aquella bruja á su rancho, rumbosamente pagada con una ternera de dos para tres.

Comenzaron, entonces, los eficaces ocios de la convalecencia, junto al catre del oficial, en coloquios de una dulzura casi triste. Él, por lo común taciturno, poco hablaba. Una que otra frase de gratitud alimentaba las conversaciones; pero ya los ojos se amistaban, así callasen las bocas. La mirada del convaleciente impetraba misericordias, desvalíase en mansedumbres a despecho de la situación ambigua. La otra respondía con esquiveces e indulgencias, ambas aquerenciándose más y más en la afición; pero frustrábanla ellos, pues la simpatía naciente antojábaseles deslealtad. Él se sabía prisionero, ella responsable ante la patria; y si uno lo encubría con altivez, la otra dimidiaba en la angustia su corazón, no acertando á preferir entre sus escrúpulos de patriota y aquella molitiva indolencia que la agobiaba como un mal.

En veces, en brusca conformidad, amañaban su destino. Atribulábalos la fatalidad; la pava con su dormilón murmullo adioseaba separaciones, y el aceptado sacrificio endurecíales el alma...

Pero los campos verdes enmelaban más que nunca sus aromas. Tal cual jilguero albriciaba idilios, y una como demisión infantil amansaba sus corazones. La patria, el rey, la guerra, convertíanse en una afable divinidad que desde el ápice de sus eternidades los anegaba en su compasión inmensa; y sus almas disolvíanse en esa bondad como dos gotas de miel en una tisana.

La convalecencia seguía. Llegó la oportunidad de los paseos al atardecer; hasta el corral donde bullían los cabritos de la parición reciente. La primera vez ella había invitado como al descuido, con volubilidad que enmascaraba inquietudes. Compareció el oficial en el patio, lleno de barbas, encabestrillado aún. Los peones soslayando torvas miradas, saludaron silenciosos; los perros arrufaron, oliendo en el hombre aquel algo enemigo.

El oficial se demudó. Sin un gesto, tremantes los labios, cruzó a la par de la señora. Ella, con una mirada, contuvo la manifiesta ojeriza; mas el paseo fracasó. Volvieron más apartados que al salir, extremando él hasta la minuciosidad su cortesía.

Lo odiaban... Bueno! y qué? Cosa más sencilla!... Pero él por su parte... De no recobrarse á tiempo, espantaba a sablazos semejante ralea. Mas si la suerte le deparaba esa amargura, el rey merecía más. Esa misma noche definiría su posición, provocando un desenlace. Viva el rey! y todo concluía con un degüello.

Pero, y ella? Ella?... ¡Se resarcía de sus pociones, de sus fundas con encajes, entregándolo imbele á los peones y á los perros! Bien lo presumió cuando lo invitara al paseo. Reía y reía. Gozaba de antemano con su ira ante las cantaletas de la servidumbre...

Lágrimas más bien de dolor que de ira le escaldaron los ojos redoblando su cólera. Ya no se acriminaba tan sólo; se despreciaba. Necio! ¿No se sorprendía paliando cobardemente la hipocresía de la pérfida? Y su indignación rebufaba otra vez.

Hermosísimo! Un oficial del rey convertido en monigote del gauchaje! Pero esa misma noche, esa misma, acababa todo.

La señora se excusó de la cena aquella noche.

Semejante contratiempo exaltó su furia. Temía sus reproches, por eso se esquivaba. ¿Mas qué de extraño en todo ello?... Y deseaba tanto verla, no por verla, no, sino por aplastarla con su altivez decidiendo su destino, que casi le manda recado á pesar de la afectada indisposición.

En fin, un sacrificio más por sus convicciones y su deber.

Por instantes la pena se exacerbaba de ironía. Prisionero... Prisionero de una mujer! Cuánta mengua! ¿No parecía un romance caballeresco — el paladín en manos de la fada su enemiga?... Prisionero y — qué vergüenza! — á discreción de una mujer!

Con la noche, ya desfogados los ímpetus, invadiéronlo las nostalgias del terruño, del ejército victorioso, sin duda, en Tucumán. Si lo recordarían siquiera sus camaradas del Gerona, ¡sus jefes del Imperial Alejandro! Ellos por allá, entre aventuras y jolgorios, tan lejos del compañero herido en mala guerra y con la perspectiva de un degüello para final.

En esto de sus meditaciones, oyó á la distancia lastimeras súplicas, después convulsivos ululatos de perros, una insólita agitación en los galpones, nada después...

Más se le enjorguinó el alma con eso. Ya no lo añusgaba el llanto, bien que le ardieran los párpados como por la tarde.

Pobres muchachos esos de la tropa! Cuánto lo querían!... ¡n toque de clarín a esa hora y en ese estado! Lloraría, lo adivinaba. Y luego, ¡qué desamparo el suyo! Cómo necesitaba un caballito, un perro, cualquier cosa para querer!

Incomodábale el corazón batiéndole el pecho como una aldaba de bronce. A tufaradas atosigábalo otra vez el sofocón de la injuria. Bah!, por último, todo acababa al otro día. Cuestión de tiempo.

El refrigerio del alba consiguió aliviarlo un poco. Al volver de un sueño, con el sol alto ya, vio, mirando en torno, que la joven se desprendía de su cabecera. Llevábase el jarro que agotó él durante el desvelo, lindísima con sus papillotas al desgaire y su deshabillé de luto. Atravesó la pieza con su andar flotante, y sin volverse desapareció.

¡Cuántas veces, al curso de la enfermedad, habíala visto así, enternecido hasta las heces! ¡Cuántas había encarnado en ella á la hermana que imploraría del destino! Y así mismo, sin discrepar un punto: rubia, delgada, tristecita para mejor cobijarla en su devoción:— como ella en todo.

¿No cometía una indignidad sospechándola de hipocresía? Cómo no lo advirtió el día antes, cuando injuriaba de soez al mismo ángel enfermero que quién sabe por qué favor merecía?

Una humedad lenitiva como un colirio le enturbió los ojos; y ante el buen consejo de la mañana, estimó que apenas la desagraviaría haciéndose matar por ella.


A la tarde, repitiose el paseo, en una bien visible ausencia de peones que agradeció con toda su alma como un precioso don. Cuestionaron la guerra y el país, él proponiendo, ella objetando en charla cordial, casi disputando como dos amigos, cuando de un bosquecillo salió un hombre con el caballo de la rienda.

Disculpábase aduciendo excusas en una fosca turbación. Su saludo de la víspera había recalcitrado porque él veía un enemigo en el oficial. ¡No lo despidiese la señora! Era tan de adentro en la estancia, que aquello equivalía á decretarle la orfandad. Allá se crió, allá quería morir. A su parecer bastaba con los azotes.

Esto inquietó vagamente al realista. Recordó los lamentos de la pasada noche, los gañidos, el movimiento insólito y casi temblando preguntó. Un destello de cólera airó los ojos de la dama. Sí, por su orden se había castigado a aquel badulaque, se había ahorcado á la perra, y de ahí los ruidos. En cuanto a ése, que se fuera. Fincas y partidas abundaban para conchabarse. En las suyas no cabían bellacos.

Caminó el hombre un poco, después de haber saludado, y á tiempo que el otro intervenía, se volvió de golpe:

—Bueno, se alzaría entonces como un matrero. Vendría de noche, á ver la estancia solamente, y con que no le echasen los perros se contentaba. ¡Que le diera su bendición la patrona... y á correr su destino como le ayudara Dios!

El oficial intercedió entonces, accediendo aquélla. Agradeció el paisano con un balbuceo, guardó el doblón con que lo gratificó el huésped y se marchó.

Durante la noche entera pensó este último en la patria. Qué parangón cabía entre ese rasgo y su lealtad? La patria!... No residía en ella algo de la joven? Y él, á su vez, no pertenecía al mismo suelo americano después de todo? Su punto de honor no era sino timidez. La deserción clareaba más y más el ejército realista, pues los soldados criollos se pasaban á docenas. Por qué había de ser un menosprecio? Valía más, entonces, combatir contra su propia tierra? En el fondo, realista ó patriota, se moría lo mismo.


Algunos días más tarde, la señora, en uno de los paseos cotidianos, se insinuó con más viveza sobre el desamor que atribuía al militar para con sus deudos. ¿Tanto lo absorbía la guerra, que padre, hijos, todo lo había de sacrificar? No se lo reprochaba, pero lo sentía...

El militar se asombró risueñamente. Reproches? ... Aun merecidos, nada valieran para con lo que le debía. Pero supuso mal. Por huérfano metiose soldado casi desde niño, y en cuanto á matrimonio, fuera de la espada...

Caminaban lentamente por un callejón de cercos entretejidos de enredaderas. El ocaso proyectaba sobre la inmensidad flabeliformes haces rosas. Algunos balidos cruzaban el ámbito. En las chozas encendían fogatas claras.

La joven seguía con más pausa aún, y dominada por el estupor que comportaba su regocijo. Mullíase la tierra bajo sus pies. El alma se le guarecía muy adentro con una especie de pavor. Sentíase desamparada en medio de una gran luz. Así, tal vez, sería la muerte...

El oficial meditaba también. En ese momento, la pugna de su lealtad con su amor, se decidía. ¡Con ella, sí, con ella hasta la muerte! La gloria, la carrera truncada, la posible tacha de defección?... Qué importaba! solo en el mundo, sin un cariño, no cifró en ella durante las malas horas toda la excelencia de su querer?

La ceja de la naciente noche subía. Bucólico vientecillo los abanicaba como lánguido tafetán. Un atajacaminos se levantó casi de sus pies, voló abajito un instante, se ocultó más allá, surgió de nuevo. Con notable atención seguían sus cabriolas casi interesados en que loqueara sin pararse para retardar la ya inevitable decisión.

El militar, poco a poco, se angustiaba con la sensación de una inmensa vaciedad. Ella por su parte, acongojábase en el pasmo de una abismadora claudicación; mientras por el aire, difluyendo con zurdas gambetas su flaccidez de hilacha, el ave, a flor de tierra, cual una almita negruzca, atenuaba un vago aleteo de pluma floja cuyo vuelo eludía la fuga con furtiva guiñada, calladamente, como atufado en felpa. El oficial habló por fin, y esa noche, desde el corredor oscuro, eligieron la estrella de su suerte común en el cielo de la patria.


—... siempre! respondió la señora.

Para la eterna súplica, la constante promesa de eternidad. Abríase la noche sobre sus cabezas á modo de una profunda flor. Por el cénit, las estrellas de Orión se destacaban entre todas como un señuelo de siete ovejitas blancas. La contemplación adormecía sus tiempos. La prodigiosa vida de los astros insinuaba en sus pechos un indeciso afán. Alguna frase venía en recuerdo del pasado, pues el porvenir se desvanecía en el optimismo de sus mirajes. Refería ella sus ensueños; él su animosidad, sus torturas cuando creyó en la befa aquel día; y cómo se le entró por el pecho el cariño semejante al arrullo de una tórtola invisible. Bebían el estío en las auras con una suerte de embriaguez que embarnecía visiblemente al oficial. Ella, con un tuco anudado en su pañuelo, se daba la luz del insecto relumbrante, que envolvía en romántico misterio sus manos meditativas, su faz cavada de sombras bajo la vislumbre, sus ojos, su cabellera y la flor del aire con que se la bien armaba. Y á los decires del amado apaciguábala inefable misticismo, como si le cayera derecho sobre el corazón un rayo de luna...

Por ruego de aquél punteaba en ocasiones para alguna endecha antigua ó espinela amorosa las cuerdas de la guitarra. Ah galardones de la dicha expresa en versos campesinos! Ah tristes ingenuos que resucitaban infortunios, porque el amor, como el vino, revive las penas! Ah quejas del corazón que ya no podía más de tanto fruir en su deleite:


De aquel cerro verde
Quisiera tener;
Hierbas del Olvido
Para no querer...


El día se agrisaba ligeramente. A ratos, desde las fisuras que el sol abría en las nubes, una evasión de claridad refundía en deleble amarillez lejanos verdores. Por quebradas y vertederos el gauchaje confluía en grupos á la estancia, loando á la patrona y por anticipado a la revista tanto como al festín que celebrarían su boda. Echaban el resto ese día en tientos y chapeados. Así, no más, no se asistía á suceso de tal calibre!

Y empezaban los comentarios:

Por eso, desde que convaleció el herido, la señora se enrulaba el pelo sobre la frente. Seña mortal!

Qué ojo el del godazo! Godo?... no; americano, de Lima. Y la patrona se acordaría del refrán:


Ah Lima,
Quien no te conoce no te estima.


¡Caramba con la patrona, qué conquista! ¡Un jefe nada menos para los hijos del país! Ché, y jinete que no parecía peruano! Con su labia y sus quereres trastabillaba cualquier corazón. Y eso que la patrona no se la daba por un real menos.

Ahora, qué crías de mi flor las que irían a sacar! Si no nacían obispitos ó coroneles... Porque machitos serían, á buen seguro, dado que en el tiempo de guerra multiplican los varones.

En la finca, al paso que funcionaban los osladores, íbase machacando en confección de potajes las alcamonías cuyo buen olor anticipaba suculencias. Otros mosqueteros acudían. Un viejo que siempre montaba en macho, con la mayor de sus hijas, doncella esquilimosa á quien achacaban un hijo del cura, y que no obstante sus dengues, ingería á guisa de desayuno, unos tras otros, tamales insolados de ají. Un antiguo pretendiente de la viuda, mocetón lauto al cual magnificaban unas espuelas de cincuenta y cinco onzas. Contaban que una vez, como lo hiriesen cuando se disponía para una cueca, ordenó "firme la niña" y se la bailó entera escupiendo sangre por la puñalada. Ya casó; mas pleitaba con su suegro que le hacía robar hacienda, y á quien, en castigo, unció con un toro, malmatándolo en la prueba. Una solterona ricacha, que dormía en marquesa y eruptaba a cada paso, porque, afectada de mola, se le subía la madre continuamente; y dos señoronas más, cuyo fausto inaudito se ostentaba en una vajilla de loza, pero que de cicateras mateaban con granzas y ordeñaban personalmente su rodeo...

A eso de las diez, la partida montó, disponiéndose en semicírculo sobre la playa frontera. Tremolaban en los chuzos banderolas nuevas. Algunos caballos lucían testeras rojas; otros coleras trenzadas con follaje. Apareció el oficial, de paisano, en un malacara pisador que estornudaba generosas furias. Su silla era de entrapada, así como el mandil guarnecido de oro. Por insignias llevaba un galón en el sombrero y la espada al cinto. En el tupé de su caballo se encrespaba una piocha de cintas blancas y azules.

Junto á él, en un blanco crinudo — ¡la patrona! Un murmullo se levantó de la concurrencia. Los montoneros se codeaban.

De "color bandera" vestía. Celeste la falda y blanco el corpiño; celeste el polí que formaba su tocado; celeste el cordón de seda de las bridas, celeste la fusta y celestes las crines de su corcel. Una pompa realmente solar la alhajaba, fulgurando en centellas sus dedos excesivamente anillados de brillantes, sus pendientes que goteaban fuego, su collar de perlas que la descotaba en blancuras casi lunares, su tahalí de pedrería, el tisú argentino de su bata y las lentejuelas de oro que recamaban su brial. Y sobre aquel serpenteante relámpago que era su cuerpo, las cocas rubias de la cabellera la aureolaban escapándose del polí como las carrilleras de una gálea imperial. Florecía el regocijo en sus mejillas. Airosa se cimbreaba en los lomos del animal, que con la vibración de su brío la estremecía como á una flor del agua la corriente.

Piafaban ardorosos los caballos de la montonera. Al enfrentarla, la pareja con un breve impulso arrancó al galope. Hasta la punta fueron, sentaron allá los caballos que escarceaban pidiendo riendas — volvieron. Ahuecóse en el giro la pollera de la amazona, descubriendo entre randas una botina de tabinete azul. Otra rayada, y afirmándose en los estribos, la espada en alto, el jefe arengó.

Fué como si en una reculada la serranía se abriera sobre una mar de luz.

Soldados: Al campo del honor nos convida nuestra adorada patria. Allí nos exhorta, ó por la deseada y tranquila paz, ó para preferir la muerte antes que caer bajo el ominoso yugo de la esclavitud.

Subyugaba aquella voz de combate rebotando en los cerros: la voz del jefe que aconsejaba lealtad. Flagraban en su acero fugaces lampos. A cada acción, su caballo alfaba.

Amados compatriotas: Si la libertad de nuestra patria ha ocupado siempre en vuestros ánimos el lugar preferente á cualquier sacrificio; si la celosa atención a sus progresos os ha hecho olvidar de vosotros mismos, se os vienen ya á las manos los preciosos momentos de calificar a la faz del mundo, que vuestros heroicos esfuerzos saben realizar los sagrados anhelos que os empeñan.

Aclamaba á la libertad con una verba combustible como la pólvora y numerosa como un redoble de tambor. Y después, volviéndose para la señora, le expresó la fidelidad de esos valientes que a su amparo luchaban, comprometiole los laureles, prometiole la victoria en arras sublimes. Ella la simbolizaría en los combates, con su nombre en los labios morirían, y para demostrárselo mejor, á ella en persona la jurarían por bandera.


Desmontaron junto con la partida, y el jefe cruzó su espada sobre el pecho de la patrona.

Uno á uno, los montoneros depositaban sobre la hoja el solemne beso que en una brumita pasajera se desvanecía. Y á través del acero, la bandera viviente sentía en sus entrañas el magnetismo de esos espíritus, como una concepción. La misma castidad de aquellos ósculos que implicaban un compromiso de muerte, añadía á la ceremonia algo de terrible. Ya herida por el amor, tantas emociones la vencían. A cada beso un alma oscura entraba como soplo de huracán en su ser desfalleciente. De sus ojos, sin una palpitación, sin un suspiro, se deshilaba el llanto. Por instantes revertíale de adentro un borbollón de orgullo. La proximidad del amante circundábala de fortaleza. Pero otras almas venían a juramentarse en ella, otras, otras, y el endeble ser rebosaba de nuevo en llanto.

El silencio que la escena producía, solemnizábase ganando con su emoción al oficial. Por la cinta de acero corrían de corazón á corazón efluvios en que la esencia de dos vidas se sublimaba. Y los besos seguían cayendo en el seno de la amante como gotas de perfume amargo. Vida tras vida, todas se le consagraban en ellos. En nombre de la patria, cuya grandeza resumía, aceptaba esa oblación de existencias. Los labios vibraban de unción y respiraban entusiasmo. Santificábanla esas bravuras que de ofrenda le imponían en el pecho sus devotos. El cielo con sus nubes, la tierra con sus montes, componían el altar de su triunfo. El alma de tal tierra, la luz de semejante cielo, la abnegación de aquellos combatientes, substanciarían el ser que procreado en calipedia heroica, iba a encarnar en el suyo su prez como garante de prosapias ilustres.

Frisaban la seda del corpiño los foscos bigotes. Los corazones desbordaban como vasos rebosantes en inseguras manos, y el ¡viva la Patria! en que se vertieron, participó del rugido y del sollozo, cuando el jefe, con brusco ademán, blandió la hoja empañada de alientos.