Serenata (Lugones)

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La guerra gaucha de Leopoldo Lugones
Serenata


SERENATA


El payador de la comarca partíase á la guerra con dos amigos.

Traían mucho camino por la sierra, con bastante gazuza, y como el enemigo ocupaba todos los pasos, corríanse a su flanco de trasnochada afinando sus sigilos. Aproximábanse a la finca de su último patrón, hombre de avería en otros tiempos, firme patriota cuya frente aguantaba sin pesadumbre ochenta años más frescos que la espuma de las cascadas.

Si por probo lo querían, lo respetaban por veraz. Sus chacras y sus talegas enorgullecían a la región. Ahora escaseábanle al hombre las peonadas, pues él mismo emancipó á sus esclavos para que montonearan, bien sabido era, costándole más de cuatro mil pesos aquella manumisión.

Así, no iban por conchabo, sino á agenciarse de cabalgaduras y de vituallas para la tentativa; pues según mentaban los expertos, en la guerra superabundaban para el hijo del país, godos y vacas ajenas.

El viejo aquel apreciaba mucho al cantor, admirándole dos cosas sobre todo: la poesía y el coraje. Daba con gusto una vaquillona de pella por una copla, y una plaza de capataz al tercio por un revés de fantasía. Fanático por la Revolución, había renunciado al de que ennoblecía su apellido, y acababa de arruinar, hospedando tropas, un ingenio que constituía su principal haber.

Aunque algo majadero por la edad, su alegría emparejaba con su fortaleza. Conservaba todos los dientes; no hacía talón con la lengua cuando se afeitaba. Por espacio de veinte mil noches había leído con incansable entusiasmo un solo libro: la Historia de Carlo Magno y de los Doce Pares de Francia.

Sentado en su sillón de vaqueta, recogiéndose sobre las rodillas el balandrán de paño, sobresaliéndole las orejas de las botas que tragaban su calzón de prunela, sujeto á la nuca para no mortificar la sotabarba el sereno, con el rapé y las despabiladeras al alcance — hundía entre las páginas su nariz de nobiliario fuste, que la falta de bigote aun realzaba, y durante una hora rugían los añafiles; Oliveros hendía yelmos y cabezas hasta los dientes; Floripes restañaba las heridas de Guy de Borgoña; Roldán trucidaba cabezas de paganos y la giganta Amiota alardeaba sobre la puente de Mantible. Después, cuando la felonía de Ganalón ocasionaba aquel pasaje en que Roldán, agonizando, invoca a Durandal: "¡Oh espada de gran valor, la mejor que nunca fué forjada!" — invadía al anciano un sordo coraje; sus pestañas de algodón se humedecían, y con ojos que esmerilaba el llanto inquiría nuevas del ausente emperador.

Alguien le calificó una vez sus bélicos monigotes de fábulas y pasatiempos. Fué una de las raras ocasiones que lo vieron disgustarse seriamente. Retrepose en el sillón, vibrándole empalidecida la punta de la nariz, titilando enérgicamente los hollejos de sus párpados.

Mentira el almirante Balam?... El gigante Farragús?... Mentira, no? Se figuraban que ni el más sabio de los hombres era sujeto de llenar con falsedades un libro de ese tamaño?

Enojado, astillaba con sus uñas el carey de la tabaquera; y en sus labios, que las canas, con menudo brote, exasperaban como hojas de melonar, escocía el reniego favorito:

—¡Voto á Tristán de Cartas!

Dormían de tiempo atrás en la finca, pues ya mediaba la noche. En el cercano chiquero, las ovejas revolvíanse á ratos con sordo trajín sobre el colchón de boñigas; unas desveladas por el celo, las otras adormecidas en una beata plenitud de rumia. Como un caserón recién enlucido, el ámbito de la noche estaba lleno de luna y de silencio. La gente reposaba en el patio sobre catres y monturas. Algún perro, circulando silenciosamente alrededor de los dormidos, olfateaba una cabecera junto á la cual se enroscaba luego. Abiertas de par en par, las puertas ahoyaban con sus vanos la sombra. Bajo la ramada, y junto al horno, vaporizaba entre exhaustos tizones la olla jabonera, saponificando con dejo alcalino sus chicharrones. Por la techumbre escurríase una comadreja en merodeo, con la suavidad de una tira de faya.

Mientras tanto, un ejército de nubes subía del horizonte. La humedad condensábase en motas por el cielo, donde la luna, hasta entonces quieta, marchaba ahora. Los caminantes llegaban en ese momento al guardapatio. Detuviéronse junto al pozo y deliberaron bajito. Los perros, al reconocerlos, saltaban al rededor acezando y rabeando. Era una imprudencia despertar la gente a esa hora; mas las montoneras organizadas á gran prisa, no aguardaban.

Ocurriósele entonces una idea al payador. El patrón gustaba mucho de los versos; él traía consigo su guitarra y en su repertorio unas décimas, las favoritas de aquél. Décimas patrióticas compuestas cuando las victorias de Tucumán y Salta para glosar una epístola de Goyeneche hallada en los bagajes de Tristán, y en la cual anunciaba éste el envío de un sable cuya vaina requería compostura. Despertarían al anciano con un rasgueo de vihuela y el primer pie de la glosa, convirtiéndola en serenata de despedida.

Aprobaron el expediente, así sacarían caballos y bastimentos para el viaje. Entre sonrisas, bajo los alones de sus chambergos, idearon la conjuración. Desenvolvieron la guitarra que venía en un poncho, á resguardo del sereno; y acuclillándose, con dos tientos ágiles como suspiros, el mozo afinó en temple del diablo para cantar su glosa. Crujieron las clavijas, murmuró una nota que se descolgó por la cuerda como una arañita, y un momento después el payador alcanzaba la cuja donde su patrón dormía con la nobiliaria nariz vuelta hacia el firmamento.

Un gallo cantó en ese momento la media noche, y por instinto los caminantes alzaron la vista para confirmarlo con la luna. Allá arriba librábase en silencio un combate entre el astro y las nubes. Profundizaban éstas sus moles con la grandiosidad de una selva, virando deslizamientos sobre resbaloso cristal. La luna flotaba en un claro que por contraste con el inmediato candor parecía un remanso negro. Desmoronó al pasar uno de aquellos rocallosos picos, descubriendo terrones de plata; se sumergió en la abundancia brumosa, desvelose á medias entre turbios vahos, se hundió de nuevo y por fin corrió hacia una infinitud de vago celeste, rodando por el borde de una nube como una perla de hielo sobre el bozo de un cisne. La escena modificábase sin cesar. Las nubes, bajo la incidencia luminosa, pasaban del gris torcaz al blanco de magnesia. En ciertos bordes exaltábase el esplendor hasta un matiz azul eléctrico, opalizándose en trémulas ternuras de cuajadas. A ratos la luna retraíase en una serena latitud; mas á poco regolfaban desde el horizonte vedijas pardas, que aproximándose á ella cobreábanse levemente; alcanzaban una traslucidez de alumbre y verdegueaban por último hasta pasar frente al astro, iluminándose de argentina escarcha las unas, otras conservando su opacidad entre espejos de lóbrego azogue.

Aludes sin eco rodaban por las planicies celestes; copas de robles fantásticos se retorcían. Sobrepujaban á los promontorios sombrías eflorescencias de tapioca, casi instantáneamente ahogados en la expansión de grandes borrones cuya movilidad engendraba aquella orografía negra, aquel derrumbre de árboles prodigiosos y cargas de nieve que algún desnivel de los cielos amontonaba en el camino de la luna.

Luego, toda esa inmensidad declivó al horizonte. Como bajeles desancorados, con lentitud majestuosa, las nubes partieron esmaltándose de plenilunio ó proteizando sobre la marcha sus siluetas. En copos desflocados, en lanosas gibas, fraccionose su deleznable grandeza. La luna bogaba en su soledad magnífica por una confluencia de luminosos piélagos, vulnerando en parábola de quimérico proyectil aquella fantasmagoría que el horizonte enterraba como una fosa.

El cantor, siempre á gatas, llegó por fin junto al lecho del anciano; enderezose colocando su pie izquierdo junto al cabezal, y á vuelta del ademán con que se empinó el chambergo sobre la nuca, el canto empezó:


Ahí te mando, primo el sable;
No va como yo quisiera:
de Tucumán es la vaina
Y de Salta la contera.


Dulcemente, el dormido abrió los ojos, sonrió á la copla que aleteaba en torno de su cabeza, y permaneció cruzadas las manos, subrayada la nariz por una sonrisa. Las sombras de las nubes pasaban sobre su rostro como telarañas. En las habitaciones, tras las puertas entornadas ahora, parpadeaba un candil; crujían enaguas, oíase trastornos de menaje, cuchicheos de las mujeres que se arreglaban preparando a la vez el mate, con cautelas premiosas. Mientras, el payador proseguía:


Cercado de desventuras
Desdichas y desaciertos,
No distingo sino muertos,
No veo sino amarguras.
Los hijos de estas llanuras
Tienen valor admirable:
Belgrano, grande y amable,
A mí me ha juramentado,
Y pues todo está acabado
ahí te mando, primo, el sable.


Ahora se veía bien la faz del cantor —picada de peste, oblicuos los ojos, ralo el bigote de mestizo. Su camisa arremangada descubría los venudos brazos; y el calzoncillo, muy corto, desnudaba desde la escamosa rodilla al pie. Varias cicatrices bordaban aquel semblante. Rastros de turbulentas payadas en que el vencido dejó por los suelos fama y tripas; rúbricas de empresas célebres para birlarle la manceba á un corregidor, ó distraerle los cuñados á una adúltera pintona, ó sacar del cepo algún cristiano que por ratería se descuartizaba en los maderos judiciales. Un costurón en la nariz fechaba su más picante aventura.

Como en la alcoba de las muchachas no había más puerta que la medianil con la de los mayores, gateaba por una de éstas aproximándose al nido de su cortejo, en la oscuridad, tan caviloso de que lo apernara algún perro, que se llevó de narices un travesaño de la mesa. Al estropicio, la vieja se enderezó.

Momentos de angustia. Mas, sobreponiéndose valeroso, al tiro concibió la salida. Con los dedos apeñuscados se rascó á golpecitos tangenciales sobre el temporal, y tras un breve silencio, la vieja, engañada gruñó fuera perro! y se durmió. La guitarra reía anchurosamente la segunda décima:


Cada jefe, testimonio
Dio de ser un adalid;
Díaz Vélez más que el Cid,
Rodríguez como un demonio;
Aráoz por patrimonio
Tiene la índole guerrera;
De Figueroa, á carrera
Me libré, si no me mata...
Estoy ya de mala data;
No va como yo quisiera.

Y qué pico de oro el condenado! Al cura su tutor, le ayudaba á misa en latín y le descifraba los libros de letra chica. De esto se le pegaron como suyas las picardías de Pedro Urdemalas, cuya historia leía asiduo. Sabía de memoria varias novenas; y así, mascullando gozos y letanía, se aficionó á la parranda y á los versos, hasta que se desgració por una moza rompiéndole la guitarra en la frente al entenado del alcalde, y abandonando la tutela parroquial para bribar en chacota perpetua. Excelente músico, no ignoraba uno de los cinco tonos para temple de vihuela. Por derecho para canciones, por falso para yaravíes, por el del diablo para las gauchas; y hasta los de tresillo y por música, difíciles entre todos. En los fogones contaba vidas de santos y remedaba á la perfección el lenguaje de los presentes. A guapo y galán nadie le competía, pues cabriolaba lo mismo un zapateado que un zafarrancho á puñal. En los velorios, seguro que se aparecía de botarga espantando gente; ó que desleía sen en las pavas, sobre todo cuando excedía en el trago; pero era muy servidor, eso sí, aunque de bebida cargosa. Los préstamos y los convites lo tenían de la cuarta al pértigo, mas, queriéndolo las muchachas, con chichisveos se resarcía. Nadie como él para argumentarle á una celosa ó asediar á una ingrata.

Forest, Superí y Dorrego,
Perdriel, Álvarez y Pico,
Zelaya, en laureles rico,
Y Balcarce, brotan fuego.
Arévalo, de ira ciego,
Su patriotismo no amaina;
Me han cebado una polaina
Los tales oficialitos,
Y ahora dicen los malditos:
De Tucumán es la vaina.


Las nubes, reteniendo su carrera, soldábanse en témpanos blanquecinos a través de los cuales amortajaba el paisaje, como leve ceniza, la vislumbre lunar. Una agravación de silencio coincidió con esa atonía gris. La cara del viejo, inmóvil en su éxtasis, tomaba la misma lividez del firmamento; y en la serenidad de cien leguas que rodeaba el paraje, la glosa concluía petulando travesuras, al compás del bordoneo que se desgranaba denso y mate como una gotera de agua hirviendo sobre un reseco piso:


Por fin ese regimiento
Llamado número uno,
Me ha dado duro escarmiento.
Y es tanto mi sentimiento
Que ya existir no quisiera,
Pues la fama vocinglera
Publicará hasta Lovaina.
Que es de Tucumán la vaina
Y de Salta la contera.


Con el último verso, el anciano apartó sus colchas tendiendo una mano al mozo. Pedía sus prendas: las botas... el balandrán... su sillón.

Orden de no dormir en la estancia. Mate y cigarrillos para los huéspedes; y al alba, caballos, que así marchaban con la fresca. Caballos de su marca, eh?... la marca de parrilla, con sólo dos barrotes y un martillo.

Confusos, ponderaban ellos tanta generosidad, agradeciéndola. Valdría cada uno dos, en esos caballos. Bien conocían la marca — una greca de seis líneas, las tres perpendiculares más largas que las transversales, y dos barrotes internos paralelos á ésas; cada hijo del patrón añadía uno; y su nuera viuda, como ya no cabían más, pues sumaban ocho, había agregado otro martillo. Pero como famosa, la del viejo, la primera. ¿Parrilla con dos barrotes y un martillo?... Enfrenar á ojos cerrados! Para qué se molestaba el patrón! Podía auxiliarlos con cualquier cosa, no más...

—No, no; ¡qué le aspaventeaban tres mancarrones! La patria merecía mucho más, pero cada uno daba según sus posibles. Bien que lo motejaban de tacaño los vecinos. Se equivocaban. Él sabía sus cosas. Gastaba el peso como medio cuando se debía, y de no, cicateaba el medio como peso.

Todavía se recordaba su boda entre la gente de edad. Hasta volatines había costeado de Potosí. En la plaza del pueblo, durante una semana, la gente bailó y comió hasta empacharse. Se cantó una misa á san Isidro, con ceremonial de rango y procesión en la que dos bailarines, disfrazados de bueyes, deleitaron á la concurrencia. Tres hermanos suyos condujeron el guión como alféreces de la misa. Tirose manchancha de reales cuando terminó el casorio.

A la cabeza del cortejo nupcial, enancados en un rosillo, cuyos escarceos contenía á guisa de gamarra una cadena de plata maciza, los novios partieron al galope, mientras el acompañamiento prorrumpía en vítores agitando ponchos y pañolones, y desplumando gallos vivos en conjuro de la infidelidad...

La novia recibió como presente de sus cuñados una esclavita, y el novio le compró un Don al mulato bastonero de los fandangos.

Ahora, viejo ya, recordaba con gusto esas glorias de los tiempos de antes y no le economizaba á un jolgorio. Así, cuando Dios lo llamara a cuentas y le preguntara: Florencio, te regalaste? Podría responderle: Sí, mi Dios, sí me regalé.

—Pero la gente con sus habladurías! No más un hombre acomodado desamparaba á cualquier botarate, ya le negó una sed de agua al pobre y no comió huevos por no tirar las cáscaras.

Los pasajeros asentían con vagos monosílabos que espoleaban aquella trasnochada elocuencia.

—A la guerra, no?... Bien hecho! El varón precisaba aguerrirse, amadrinándose con el peligro. Ah, una llapa de mocedad para largarse lanza en ristre por esas puntas, con tanto buen americano! Plata... Caballos... Todo, hasta los zarcillos de su mujer donaría.

Y palmeando el sillón, como si lo obsedieran sus evocaciones catedrales, empalmó en el tema caballeresco. ¿No osaron negarle como una ficción sus Doce Pares y su Emperador? Y no estaban hirviendo esos pagos de Oliveros y Roldanes? ¡Cabal! cabal! Bien lo había pensado una vez: Si este Roldán parece criollo hasta por el apellido!

En aquel momento las nubes ralearon, y una cumbre repentinamente bañada de luna sonrió á lo lejos.

Iba á aviarlos con vituallas, un amasijo que leudaba adentro, quesos cuya adelantada caseación perfumaba desde el zarzo. Por el momento, una copita de aguardiente añejo. Nada lo embebecía a él tanto como el valor. Al hombre valiente lo sufría hasta ladrón. Era la primer virtud. El arzobispo Turpin, velay, cortaba cabezas de moro tan bien como Ricarte de Normandía...

Los montoneros, beborroteando su aguardiente, oían aquellos nombres un tanto sorprendidos; mas, comprendiendo que se trataba de algunos coroneles antiguos, relaciones del patrón, bajaban la cabeza respetuosamente.

El viejo, implicando cada vez más un aplauso en la aquiescencia, pues ni admitía duda sobre tan precipuas historias, proseguía, ya entrenado en la narración caballeresca, tajando escudos y desguarneciendo arneses.

Veneración y silencio de los oyentes. A miles de leguas, mediando toda la anchura del mar y todo un abismo de historia, Durandal resucitaba en esa chifladura los legendarios desafíos. Quedaba todavía una credulidad para las descomunales pajarotas de la caballería andante; y ella se comunicaba por instinto a aquel poeta insurgente, que paladeaba, junto con el relato, una actitud de brava herrumbre en esos apelativos de paladines.

Sería ridículo, pero de ningún modo imposible. ¡Mentira los Doce Pares! A él con ésas, y los patriotas venciendo en cada recodo a los vencedores de Roldán. ¿Mentira los Doce Pares?... Gauchos y todo — ¡aquí te quisiera ver, Carlomagno!

Con el frescor matutino desvanecíanse los vapores. La luna descendía acompañada por una estrella, y el alargamiento de las sombras imprimía algo de fúnebre á los objetos.

Preguntados por su arsenal, los forasteros enseñaron sus cuchillos. El viejo sonrió, fuese callado á dentro, y volvió poco después con un regalo para el cantor, según dijo. Los hombres supusieron un pichel de guarapo, dadas la forma y dimensiones del objeto; pero se engañaban. Lo que había enfundado allí era un trabuco de bronce cuyo gatillo agriaba crujidos bajo el pulgar de su dueño. Y con el arma un chifle de pólvora. Para mixto servía el pedernal del yesquero, y á falta de plomo se cargaba con piedras. No como esas tercerolas delicadas de paladar, que sólo aguantaban cartuchos.

Aquel naranjero veterano, con su carraspera de herrumbre en el gañote y una bizma de pita en la culata, escupía á lo demonio cuando llegaba el caso. Poco esbelto era, sin duda; pero ladraba la muerte como un cachorro de cañón. Temblaban entonces los caballos en diez cuadras á la redonda. Tres vidas de hombres cabían en el fulminante abanico de su disparo. Cuando joven, relumbraba en las trifulcas como una alhaja; chasqueaba limpiamente su colmillo de hierro al montarse sobre la cazoleta, y al regar su pólvora sobre el peligro, parecía un florero de metal coronado por un tulipán de fuego.

Decrépito ahora, sus regüeldos terrificaban aún. Tenía nombre como un perro, se llamaba el Ñato. No se trataba de un naranjero cualquiera; éste no pateaba, y de celoso no sufría una pulga en el oído. Descargado, servía de cachiporra; cebado, era como si llevase uno a la cintura el infierno en una píldora.

Confiábalo al payador, pues no de vicio lo conocía por ladino y aseado de conciencia. Pero no se contentaba con esto, y deseando una despedida digna de su fineza, le regalaría también unos confites de los que solían gulusmear los Doce Pares.

Tosió una risita coja, frunciendo los párpados con la malicia de su traspensamiento; una guiñada le corrió desde el labio a la ceja como un buscapiés, y entre la asombrada gratitud del mozo, hasta la boca le colmó el sombrero de doblones.