La Andriana: 06

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Escena I

CARINO, PÁNFILO, DAVO.

CARINO.- (Aparte.) ¿Es esto cosa de creer, ni de decir? ¿Que haya gentes de tan malas entrañas, que hallen gusto en hacer mal y en procurar el daño ajeno por buscar provechos para sí? ¡Ah!, ¿es esto posible? Pues existe realmente una casta de hombres que para decir un «no», tienen un poco de empacho; pero cuando viene el tiempo de cumplir lo prometido, entonces forzosamente se descubren y temen, y la necesidad les fuerza a volverse atrás de su palabra. Entonces les oiréis decir sin pizca de pudor: «¿Quién eres tú? ¿Qué tengo yo que ver contigo? ¿Que yo te ceda a ti mi...? ¡Bah!, mi pariente más próximo soy yo mismo». Y si les preguntáis qué fue de su palabra, ¡como si no!... ¡no tienen ni asomo de vergüenza! Aquí, donde era menester, no tienen reparo, y tiénenlo acullá, donde no es menester. ¿Pero qué haré? ¿Iré a buscarle, para pedirle cuenta de este agravio y acabarle a pesadumbres? Pero dirame alguno: ¿De qué te servirá? De mucho. Porque a lo menos le daré pena, y yo quebraré mi enojo.

PÁNFILO.- Carino, ambos estamos perdidos por mi imprudencia, si los dioses no nos dan algún remedio.

CARINO.- ¿Conque por tu imprudencia? Presto has hallado la excusa. ¡Bien me has tenido la palabra!

PÁNFILO.- ¿Pues qué...?

CARINO.- ¿Aún piensas engañarme con esas disculpas?

PÁNFILO.- ¿Qué es ello?

CARINO - Después que yo te dije que la quería mucho, te ha caído en gusto. ¡Ah, desdichado de mí, que juzgué tu corazón por el mío!

PÁNFILO.- Muy equivocado estás.

CARINO.- ¿Te pareció que no sería colmada tu ventura sin cebar al pobre enamorado y entretenerle con falsas esperanzas? (En tono de amarga concesión.) ¡Cásate!

PÁNFILO.- ¿Que me case? ¡Ah, no sabes bien en cuán grandes males estoy puesto, cuitado de mí, y cuán grandes congojas me ha causado con sus consejos éste mi verdugo! (Señalando a DAVO.)

CARINO.- ¿Qué maravilla, pues toma de ti ejemplo?

PÁNFILO.- No dirías eso si conocieses bien mi corazón y mi voluntad.

CARINO.- (Con ironía.) ¡Ya sé que no ha mucho que altercaste con tu padre, y que por eso está enojado contigo y no te ha podido obligar hoy a que con ella te casases!

PÁNFILO.- Antes te hago saber, para que mejor entiendas mis trabajos, que estas bodas no se aparejaban para mí, ni pensaba nadie ahora en darme a mi mujer.

CARINO.- Ya sé que te dejaste obligar... de tu propia voluntad. (Quiere irse y PÁNFILO le detiene.)

PÁNFILO.- Espera; que aún no sabes...

CARINO.- Ya sé que te has de casar con ella.

PÁNFILO.- ¿Por qué me matas? Escucha esto. No paró de instarme; no cesó de aconsejarme y de rogarme que le dijese a mi padre que me casaría, hasta tanto que me indujo.

CARINO.- ¿Quién hizo eso?

PÁNFILO.- Davo.

CARINO.- ¿Davo?

PÁNFILO.- Él lo revuelve todo.

CARINO.- ¿Por qué?

PÁNFILO.- No lo sé: sino que sé que los dioses estaban airados contra mí, pues le di oídos.

CARINO.- ¿Es verdad esto, Davo?

DAVO.- Verdad.

CARINO.- ¡Ah!, ¿qué dices, malvado? Los dioses te den el castigo que merecen tales hechos. Dime: si todos sus enemigos le quisieran ver a éste enredado en casamiento, ¿qué otro consejo le dieran, sino ese?

DAVO.- Errela: pero aún no me doy por vencido.

CARINO.- Harto lo sé.

DAVO.- ¿No nos ha ido bien por aquí? Emprenderémosla por otra vía. Si ya no es que pienses que por habernos al principio sucedido mal, no se nos puede ya trocar el mal en bien.

PÁNFILO.- Al contrario: Yo creo que si te desvelas, de un casamiento harasme dos.

DAVO.- Yo, Pánfilo, esto te debo por razón de ser tu siervo: procurar, de pies y manos, de día y de noche, tu provecho con riesgo de mi vida. Lo que a ti te toca, es perdonarme, si algo sucede al revés de mi esperanza. ¿No sale bien lo que hago? A lo menos hágolo con diligencia: si no, busca tú mejor remedio y no hagas caso de mí.

PÁNFILO.- Eso quiero: tórname al punto en que me tomaste.

DAVO.- Sí haré.

PÁNFILO.- ¡Pero de presto!

DAVO.- ¡Chist!... quieto; que ha sonado la puerta de Glicera!


Escena II

MISIS, PÁNFILO, CARINO, DAVO.

MISIS.- (Saliendo de casa de GLICERA, y hablando con ésta.) Doquiera que estuviere, yo procuraré hallarle en seguida, y traérmele conmigo a tu querido Pánfilo. Sólo tú, alma mía, no te me fatigues.

PÁNFILO.- ¿Qué es eso, Misis?

MISIS.- ¡Ah, Pánfilo! A buen tiempo te topo.

PÁNFILO.- ¿Qué hay?

MISIS.- Mi señora me ha mandado que te suplique te llegues a verla, si la quieres bien; porque dice que está con gran deseo de verte.

PÁNFILO.- Perdido soy; este mal se refresca. (A DAVO.) ¡Y que por tu causa ella y yo, cuitados; hayamos de estar en tal congoja! Porque ella me envía a llamar por haber entendido que se aparejan ya mis bodas.

CARINO.- Las cuales bien quedas se estallan, si éste. (Señalando a DAVO.) Lo estuviera.

DAVO.- ¡Así, así! Por si él de suyo no se está harto loco, atízale tú más.

MISIS.- (A PÁNFILO.) Esa es, en verdad, la causa; y eso es lo que tiene afligida a la cuitada.

PÁNFILO.- Misis, yo te hago juramento, por todos los dioses, de jamás desampararla, aunque sepa romper por esa razón con todo el mundo. Esta he deseado; hela alcanzado; cuádranme sus costumbres; vayan con Dios los que quieren hacer divorcio entre nosotros. Porque otra que la muerte no me ha de apartar de ella.

CAMINO.- ¡Respiro!

PÁNFILO.- Esto es tan cierto como el Oráculo de Apolo. Si ello se pudiere hacer de manera que mi padre no entienda que por mí ha dejado de celebrarse el casamiento, bien está. Pero si no fuere posible, correré hasta el riesgo de que entienda haber quedado por mí. (A CARINO.) ¿Qué tal te parezco?

CARINO.- Tan desdichado como yo.

DAVO.- Yo trazo un buen medio.

CARINO.- Hombre eres de valor.

PÁNFILO.- (A DAVO con desdén.) Ya ¡proyectos...!

DAVO.- Yo te lo daré en verdad puesto por obra.

PÁNFILO.- Pues eso es menester.

DAVO.- Pues ya lo tengo.

CARINO.- ¿Qué es ello?

DAVO.- (A CARINO.) Para éste lo tengo, no para ti. No vale equivocarse.

CARINO.- Bástame eso.

PÁNFILO.- ¿Qué vas a hacer, dime?

DAVO.- Todo el día temo que no me bastará para ponerlo por obra. Por eso no pienses que estoy tan despacio ahora, para haberlo de contar. Por tanto, idos vosotros de aquí; que me estáis estorbando.

PÁNFILO.- Yo voy a ver a Glicera.

DAVO.- ¿Y tú? ¿Adónde te vas tú?

CARINO.- ¿Quieres que te diga la verdad?

DAVO.- ¡Vaya si lo quiero! (Aparte.) ¡Cuentecito tenemos!

CARINO.- ¿Qué será de mí?

DAVO.- Dime, desvergonzado: ¿no te basta con ese poquillo de respiro que te doy, entreteniéndole a este otro el casamiento?

CARINO.- Empero, Davo...

DAVO.- ¿Qué empero?

CARINO.- Que la goce yo.

DAVO.- ¡Donosa ocurrencia!

CARINO.- Procura venir a mi casa, si pudieres hacer algo.

DAVO.- ¿A qué he de ir, si contigo nada tengo que...

CARINO.- -Pero, si algo...

DAVO.- ¡Hala, que ya iré!

CARINO.- Si algo hubiere, en casa estaré.


Escena III

DAVO, MISIS.

DAVO.- Tú, Misis, aguárdame aquí un poco, mientras salgo.

MISIS.- ¿A qué fin?

DAVO.- Porque así cumple.

MISIS.- Pues ven presto.

DAVO.- Luego soy aquí. (Entra en casa de GLICERA.)


Escena IV

MISIS, sola.

MISIS.- ¡Oh, soberanos dioses! ¡Y que sea verdad que no hay bien que dure a nadie! ¡Parecíame a mí que este Pánfilo era el supremo bien de mi señora, amigo, enamorado, marido aparejado para todo tiempo; y ahora, mira qué disgustos tiene por él! Realmente que hay en esto más mal, que bien en lo otro. Pero Davo sale. ¡Qué es esto, amigo, por tu vida! ¿Dó vas con la criatura?


Escena V

DAVO, MISIS.

DAVO.- Misis, para lo que ahora emprendo, necesito que me tengas a punto tu memoria y astucia.

MISIS ¿Qué pretendes?

DAVO.- Toma de presto este muchacho de mis manos y ponle delante de nuestra puerta.

MISIS.- ¿Así, en el suelo? Dime.

DAVO.- Toma de ese altar unas verbenas, y pónselas debajo.

MISIS.- ¿Por qué no lo haces tú mismo?

DAVO.- Porque si fuere menester jurar a mi amo que no le he puesto, pueda jurarlo con verdad.

MISIS.- Ya entiendo: esos son escrúpulos de conciencia que te han nacido ahora. Dámele acá.

DAVO.- Date prisa: que yo te diré luego lo que voy a hacer. (Viendo a CREMES.) ¡Oh, Júpiter!

MISIS.- ¿Qué es?

DAVO.- El padre de la desposada viene. Dejo el intento que tenía primero.

MISIS.- No sé qué te dices.

DAVO.- Yo también fingiré que vengo de hacia la mano derecha. Tú procura corresponderme con tus palabras a las mías donde fuere menester.

MISIS.- Yo no te entiendo lo que haces; pero si algo hay en que tengáis necesidad de mi ayuda, o si tú más ves que yo, aguardaré, por no estorbar vuestro provecho.


Escena VI

CREMES, MISIS, DAVO.

CREMES.- (Aparte.) Vuelvo, pues he ya apercibido todo lo que era menester para las bodas de mi hija, a decirles que la traigan. Pero ¿qué es esto? (Viendo al niño.) ¡Una criatura, en verdad! ¿Hasla puesto tú, mujer?

MISIS.- (Aparte.) ¿Dónde está aquél?

CREMES.- ¿No me respondes nada?

MISIS.- (Aparte.) No parece... ¡Ay, cuitada de mí, que el hombre me dejó y se fue!

DAVO.- (Entrando.) ¡Oh, soberanos dioses, y qué de bullicio hay en la plaza! ¡Qué de gente litiga allí!... y ¡qué caro está el pan! (Aparte.) ¡No sé qué más me diga!

MISIS.- ¿Por qué, di, me has dejado aquí sola?

DAVO.- (Viendo al niño.) ¿Qué tramoya es ésta? Di, Misis, ¿de dónde es este niño, y quién le ha traído aquí?

MISIS.- Tú no debes estar bueno, pues eso me preguntas.

DAVO.- ¿A quién lo he de preguntar, pues no veo aquí a otro?

CREMES.- (Aparte.) ¡Maravillado estoy! ¿De dónde será?

DAVO.- ¿No me responderás a lo que te pregunto?

MISIS.- (Asustada.) ¡Ah!

DAVO.- (En voz baja.) Pasa a la derecha.

MISIS.- ¿Desvarías? ¿Tú mismo no le...?

DAVO.- (En voz baja.) ¡Si palabra me dices fuera de lo que te pregunto... pobre de ti!

MISIS.- ¿Amenazas?

DAVO.- ¿De dónde es? (Bajo.) Responde en alta voz, habla claro.

MISIS.- De nuestra casa.

DAVO.- ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! ¿Qué maravilla que una ramera haga estas desenvolturas?

CREMES.- (Aparte.) Criada de la Andriana debe ser ésta, a lo que entiendo.

DAVO.- (A MISIS.) ¿Tan aparejados os parece que somos, para que así os burléis de nosotros?

CREMES.- (Aparte.) A buen tiempo he venido.

DAVO.- ¡Quítame de presto ese niño de la puerta! (Bajo.) ¡Quieta ahí, no te muevas!

MISIS.- Los dioses te destruyan; que así me haces temblar cuitada.

DAVO.- (Alto a MISIS.) ¿Hablo contigo, o con quién?

MISIS.- ¿Qué quieres?

DAVO.- ¿Eso me preguntas? Dime: ¿cúyo es este muchacho que aquí has puesto? Acaba.

MISIS.- ¿No lo sabes tú cúyo es?

DAVO.- Deja estar lo que yo sé, y respóndeme a lo que te pregunto.

MISIS.- Vuestro.

DAVO.- ¿Cómo nuestro?

MISIS.- De Pánfilo.

DAVO.- ¿Cómo es eso? ¿De Pánfilo?

MISIS.- ¡Qué! ¿No lo es?

CREMES.- (Aparte.) Con razón he rehusado siempre yo este casamiento.

DAVO.- ¡Oh infamia!

MISIS.- ¿Por qué gritas?

DAVO.- ¿No es este el niño que yo vi traer ayer tarde a vuestra casa?

MISIS.- ¡Hombre más atrevido!...

DAVO.- Sí; que yo vi venir a Cantara con un bulto.

MISIS.- Gracias a los dioses, pues se hallaron algunas matronas honradas en el parto.

DAVO.- Pues no conoce ella bien a aquel, por quien urde todo esto. Sin duda que diría: «Si Cremes viere el niño puesto delante de la puerta, no dará su hija». ¡Pues en verdad que la dará de mejor gana!

CREMES.- (Aparte.) En verdad que tal no hará.

DAVO.- Pues porque lo sepas, si no quitas de aquí este niño, yo le echaré en mitad de la calle, y a ti con él te revolveré en el lodo.

MISIS.- ¡Bah!, ¡tú no estás bueno!

DAVO.- Un embuste de otro tira. Ya oigo susurrar que esta mujer (Aludiendo a GLICERA.) es ciudadana de Atenas.

CREMES.- (Aparte.) ¿Eh?

DAVO.- Y que las leyes le obligarán a casarse con ella.

MISIS.- ¿pues no lo es?

CREMES.- (Aparte.) En un caso de reír he dado sin pensar.

DAVO.- ¿Quién habla aquí? ¡Oh, Cremes: a tiempo llegas! Escucha.

CREMES.- Todo lo he ya oído.

DAVO- ¿Todo, todo?

CREMES.- Dígote que todo lo he oído desde el principio.

DAVO.- ¿Qué lo has oído, por tu vida? ¡Ah, cuánta maldad! Esta mujer merece un gran castigo. (A MISIS y señalando a CREMES.) Aquí tienes el señor que yo te decía. No pienses que has de jugar con Davo.

MISIS.- ¡Ay de mí, pobre! Te juro, buen anciano, que en todo dije la verdad.

CREMES.- Ya sé todo el caso. ¿Está en casa Simón?

DAVO.- Sí.


Escena VII

DAVO, MISIS.

MISIS.- (A DAVO, que quiere cogerla de la mano.) No me toques, malvado. ¡Si no le digo todo esto a Glicera!...

DAVO.- ¡Ah, necia! ¿No sabes lo que hemos hecho?

MISIS.- ¿Qué he de saber?

DAVO.- Este es el suegro. De otra manera no era posible que él supiese lo que deseábamos.

MISIS.- ¿Por qué no me avisabas?

DAVO.- ¿Piensas que hay poca diferencia de hacer una cosa como de suyo y como la naturaleza la dicta, a hacerla sobre pensado?


Escena VIII

CRITÓN, MISIS, DAVO.

CRITÓN.- (Aparte.) En esta plaza me dijeron que moraba Crisis: la que quiso más ganar aquí hacienda con infamia, que vivir en su tierra honradamente con pobreza. Sus bienes me pertenecen a mí por ley de parentesco. -Pero allá veo unos de quien podré informarme-. Estéis en buena hora.

MISIS.- Cielos, qué veo! ¿No este Critón, el primo de Crisis? Él es.

CRITÓN.- ¡Hola, Misis! ¡Salud!

MISIS.- ¡Bien venido, Critón!

CRITÓN.- ¿Conque la pobre Crisis...? ¡Ah!

MISIS.- ¡Más cuitadas nosotras, que la hemos perdido!

CRITÓN.- ¿Y vosotras? ¿Cómo lo pasáis por acá? ¿Os va bien?

MISIS.- ¿Nosotras? Según suele decirse, lo pasamos como podemos, ya que no podemos como queremos.

CRITÓN.- ¿Y Glicera? ¿Encontró al fin a sus padres?

MISIS.- Ojalá.

CRITÓN.- ¡Qué! ¿No aún? No he venido yo acá con buena estrella. Por mi vida, que si tal supiese no pusiera jamás los pies en esta tierra. Porque siempre esa muchacha ha sido tenida y reputada por hermana de Crisis; los bienes de Crisis ella los posee: y que yo, forastero, me ponga ahora a pleitear, cuán fácil y cuán provechoso me sea, por ejemplo de otros puedo verlo. Fuera de que entiendo que ella tendrá ya algún amigo y valedor; porque ya era grandecilla cuando de allá vino. Daránme la vaya, diciendo que soy un picapleitos, y que voy buscando Herencias con aire de mendigo. Además, yo no querría despojarla...

MISIS.- ¡Oh, qué hermoso corazón el tuyo! ¡El mismo eres de siempre!

CRITÓN.- Llévame a su casa: ya que estoy aquí, quiero verla.

MISIS.- De muy buena voluntad.

DAVO.- Seguirelos. No quiero que en esta sazón me vea el viejo.


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