La Madre Tierra

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La Madre Tierra
de Vicente Blasco Ibáñez


El padre Sol y la madre Tierra y la hermana Agua forman la verdadera familia del hombre. Sin estos parientes bondadosos, que cuidan de su manutención y de su vida, el hombre, débil niño, no hubiese podido subsistir sobre el planeta.

En esta familia natural ocurre lo mismo que en las familias humanas. La madre excede en cariño al padre y a los hermanos, y el hombre, su hijo, ama a la Tierra con especial predilección.

La historia de ésta es su historia. Mientras el hombre vaga en los remotos siglos prehistóricos sobre la tierra cubierta de matorrales, aprovechando sus frutos espontáneos, como un parásito inútil, no existen sociedad, historia ni familia; el día en que, bajando los ojos al suelo, piensa por primera vez en los pechos inagotables de la gran madre y araña su superficie en busca del yugo de sus entrañas, empieza la gran epopeya de la bestia convertida en ser humano.

Del primer surco recién abierto nacieron, triunfadoras, nuestra civilización y la gloria regia de nuestra especie. El primer palo de punta aguzada que sirvió para arañar la tierra fue el cetro más poderoso que vieron los siglos, la espada conquistadora que sirvió para someter a la autoridad del hombre la Naturaleza entera, con sus fuerzas productoras y sus bestias inferiores.

Yo admiro, como todos, los grandes progresos modernos, los descubrimientos e invenciones de nuestros días. Pero mi amor y mi agradecimiento no son para los inventores contemporáneos. Los grandes ingenios que yo admiro no estuvieron en Universidades, no conocieron siquiera la camisa y los zapatos; fueron hombres peludos y bárbaros, de cráneo pequeño poblado de hirsuta melena; de mandíbula ruda y saliente; de ojos pequeños y hundidos. en los que los primeros albores de la inteligencia se reflejaban con una chispa maligna; de brazos largos y pies prensiles, con todas las irregularidades esqueléticas que delataban el reciente escape de la animalidad original. Su traje era la piel arrancada a la bestia luego de atroz combate a palos y pedradas; su suprema elegancia, una capa de grasa esparcida sobre el cuerpo; su arte, un collar de dientes de fiera o un adorno de espinas de pescado.

No conocían la familia, no conocían la casa, ignoraban la existencia del amor. Vagaban en cuadrillas, asociados por la simpatía de la habilidad o de la fuerza: ca-aban a la carrera la hembra que encontraban en las soledades, llevando su cría bajo el brazo, y cuando, al fin, llegaban a alcanzarla, una lluvia de puñetazos que la aturdía, un palo que la derribaba en el suelo, una pedrada que la privaba de todo movimiento de resistencia, eran la primera demanda de amor. La hembra, fecundada una vez más por la violencia, tomaba su hijo en brazos, y llevando la promesa de otro en las entrañas, seguía su camino, mientras el padre de azar desaparecía para siempre.

Estos hombres-bestias, estos seres bárbaros, que apenas habían acostumbrado su columna vertebral a la verticalidad, sintiendo la atracción, por la longitud de sus brazos, a volver a descansar sobre las cuatro patas, son los grandes inventores que yo admiro, los Inolvidables bienhechores de la Humanidad. que aseguraron nuestra existencia al aguzar su ingenio, descubriendo grandes cosas para la alimentación y conservación de nuestra especie.

El vapor y la electricidad con sus innumerables aplicaciones; los actuales medios de comunicación, que parecen extraídos de un cuento de hadas; las grandes máquinas, que producen objetos vertiginosamente; el vehículo eléctrico, el submarino, el automóvil, el aeroplano, son grandes inventos, orgullo de nuestra época. Todos ellos sirven para abaratar nuestra existencia, para acrecentar el bienestar y las comodidades, pero yo no sé por qué el teléfono o la luz eléctrica, por ejemplo, sirvan para aumentar ni en una son hora nuestra vida. ni que necesitemos del ferrocarril o del fonógrafo cada veinticuatro horas como de algo indispensable para la existencia, sin cuyo auxilio podríamos perecer. Naciones inmensas hubo en otros tiempos que no conocían nada de esto y vivieron bastante bien; pueblos enteros quedan aún en ciertas partes del planeta que no tienen noticias de tales cosas, y vegetan sin que les falte la alegría.

Los descubridores amados por mí son nuestros remotos abuelos ingeniosos salvajes que inventaron el fuego, inventaron el surco e inventaron el pan. ¿Qué descubrimientos pueden compararse a éstos? Sin la ferretería y los fluidos cautivos de la invención moderna se vive incómodamente, pero se vive: sin las ingeniosidades de aquellos inventores peludos, que aún conservaban en su agilidad y su organismo el recuerdo del parentesco con el mono, lejano primo nuestro oue no ha hecho carrera; sin el esfuerzo mental de aquellos simpáticos salvajes no hubiese habido fuego no hubiese habido pan. no se habrían creado ciudades, y tú. lector, no existirías, ni yo tampoco, y tal vez a estas horas rodaría la Tierra en el espacio silenciosa y solitaria, como una casa abandonada.

Ahora que se levantan estatuas al que realiza la más pequeña invención, imaginaos qué monumento debería elevar nuestra gratitud a aquellos descubridores desconocidos, cubiertos de pieles, untados de grasa, cuyo lenguaje no debía de ir más allá del ladrido de perro o del chillido del mono. Los Alpes, colocados sobre los Pirineos, no bastarían a testimoniar nuestro agradecimiento a estos héroes de la prehistoria, padres de la civilización y abuelos de nuestro bienestar.

Edison, rodeado en su gabinete de bocetos de invenciones, de monstruos informes de la mecánica que han de convertirse en descubrimientos, aparece como un niño de genio entre juguetes maravillosos, si se le compara con el hombre salvaje que. cejijunto por la concentración dolorosa de un pensamiento naciente, se aproximó a la hoguera encendida por el rayo en la selva prehistórica.

Aprovecharse del calor del fuego es un instinto natural. Todas las bestias, por torpes y rudimentarias que sean, saben aproximarse al fuego. Pero lo que no saben, lo que no han hecho nunca, ni aun las más inteligentes, es buscar un tronco seco o cogerlo cuando lo tienen a su lado, arrojándolo a la hoguera para que se prolongue su calor.

El hombre no inventó el fuego; pero hizo algo más útil, que fue descubrir el arte de conservarlo. La noche en que la bestia bípeda, acurrucada junto a la hoguera encendida por la tempestad, intentó el gesto salvador asiendo una rama para arrojarla al rescoldo, prolongando su luz y su calor, fue te, verdadera Nochebuena de nuestra historia, la del nacimiento del hombre-rey.

La hoguera mantenida a todas horas, el tizón transmitido de unos grupos a otros como un fetiche omnipotente, la certeza de poder producir el fuego en todos los sitios, emancipó a la pobre bestia humana, eterna víctima de otros seres más fuertes, por haber nacido débil y sin armas. El hombre ya no tuvo que refugiarse en la copa de los árboles o en las profundidades de las grietas terrestres. Las espantables bestias prehistóricas, erizadas de dientes, púas y sierras; el oso de las cavernas, grande como un toro; el ciervo, enorme como un castillo y de sanguinaria ferocidad; toda la fauna horripilante, de formas fantásticas, aborto de una pesadilla de la Naturaleza, retrocedió en la noche, guiñando los ojos con aullidos de asombro, ante el rojo sol de la hoguera encendida en la lóbrega planicie, al amparo de cuya luz pudieron dormir tranquilos los humanos.

La hembra, mísera bestia dedicada a procrear hijos de padres desconocidos y a defenderlos de sus propios generadores, se convirtió en guardadora de la hoguera, en respetada sacerdotisa de la llama. El hombre ya no tuvo que salir de caza todos los días, corriendo tras la presa, aguijoneado por el hambre, lo mismo bajo la tempestad que en días plácidos, para devorarla sobre el terreno, viva y palpitante. El fuego le ayudó a conservar su botín varios días, sin peligro de putrefacción; los alimentos almacenados le permitieron descansar, tenderse a la sombra del árbol o junto a la corriente del río, pensar, soñar, darse cuenta de lo que le rodeaba, fijarse en las fuerzas misteriosas que convivían con él, y su inteligencia fue dilatándose en estas horas de solitaria reflexión, que duraron siglos y siglos. Entonces inventó a los dioses, comenzó su interminable y confusa separación entre lo que consideraba bueno y lo que creía injusto, y contemplando su puño cerrado descubrió el martillo y la maza; mirando su mano abierta dio al pedernal la forma de hacha, inventó la lanza y la espada como una prolongación de su brazo, y copió el ángulo del codo en la rama endurecida, que fue el más primitivo de los arados.

Yo he visto en algunas exposiciones el modelo de la primera locomotora que corrió sobre los carriles y la última forma de las máquinas modernas, gigantescas como catedrales movibles de acero; he visto un facsímil del primer barco de vapor ideado por Fulton, en el que un grosero mecanismo movía los remos, y he visitado acorazados de muchos miles de toneladas, con sus cuádruples chimeneas que dan impulso a veloces turbinas. ¡Cuántos inventos prodigiosos dentro del invento original! ¡Qué larga serie de esfuerzos y perfeccionamientos entre el boceto informe y la obra definitiva!...

Y, sin embargo, estos trabajos del ingenio moderno resultan insignificantes comparados con los esfuerzos mentales de los primeros inventores, que durante siglos y siglos colaboraron en una obra que ahora nos parece sencillísima: la de abrir un surco en la tierra, depositar en él una semilla y aprovecharse más tarde del fruto de la planta.

¡Qué inmenso talento el del primer bienhechor de la Humanidad que discurrió limpiar el suelo de plantas inútiles y nocivas; que desmenuzó la tierra y la peinó con sus rudos instrumentos, dejándola fina y jugosa, con las entrañas abiertas a la fecundación atmosférica; que abrió en ella surcos y depositó las semillas para la reproducción de la vida, sirviéndole tal vez de inspiración en esta obra el recuerdo del choque sexual, del encontronazo grosero, del arar en carne viva, que perpetúa la existencia de las especies animales!...

¡Qué portentosa imaginación la del hombre que discurrió plantar el trigo silvestre, sometiéndolo a la disciplina del cultivo, y lo recolectó y luego lo hizo polvo, y uniendo este polvo con el agua creó una masa, y sometiendo la masa a la acción del fuego inventó el pan!... Aparece tan grande, tan complicado, tan inaudito este descubrimiento que, indudablemente, no pudo ser obra de un solo hombre. Se necesitaron para realizarlo centenares de inteligencias, sucediéndose en la labor a través de siglos y siglos, añadiendo cada uno un pequeño perfeccionamiento a la obra de sus antecesores, avanzando un leve paso, como en los grandes inventos de nuestros días se amontonan los ingeniosos perfeccionadores tras el primer gesto del iniciador general.

Con el primer surco se aseguró para siempre la vida del hombre y nació la civilización. El agricultor no pudo vivir allí donde la casualidad le deparaba el abrigo de una caverna, lo mismo que el pastor o el cazador; necesitó permanecer junto al campo e inventó la vivienda, copiando instintivamente la arquitectura de su esqueleto en los costillares y la viga central del techo de la cabaña. El hombre quedó fijo en el suelo. Se acabó la vida de horda, vagabunda y aventurera, en la que los hijos sólo conocían a su madre y la hembra era de todos. El hombre, en su soledad laboriosa, quiso tener una compañera, y nació la familia y apareció el derecho de propiedad—propiedad del campo y propiedad de la mujer—, creándose esta tiranía de los modernos tiempos, a impulsos del egoísmo y el amor.

Las chozas se agruparon formando aldeas: las aldeas se convirtieron en ciudades: las ciudades, por la común seguridad o por la conquista, formaron monstruosos amontonamientos políticos, que no eran naciones tal como hoy las concebimos, sino inmensas colmenas humanas, con una abeja-rey, en las que incubó y tomó forma nuestra organización actual.

¡Todo alrededor del primer surco!

De la madre Tierra salió igualmente nuestro progreso.

El gran Elíseo Reclús, en su libro El hombre y la tierra, que escribió poco antes de morir con dulce serenidad de santo laico, se detiene a examinar el simbolismo que encierra la leyenda bíblica de Caín y Abel.

Esta leyenda, como la del Diluvio y la del Paraíso con su árbol de la ciencia, es de origen caldeo. Los hebreos no vacilaron, al confeccionar su historia religiosa, en robar sus leyendas a la Caldea, soñadora, imaginativa y novelesca.

Caín fue el primer labrador. Abel vivía dedicado al pastoreo.

El uno, robusto, paciente, endurecido por la fatiga, trabajaba de sol a sol, luchando con los rigores de la Naturaleza, la extremada sequedad o las mortales tempestades, afanándose por dominar y transformar las condiciones del clima y el suelo.

El otro era el pastor vagabundo, el parásito de la Naturaleza, que vive de explotar sin trabajo a las bestias y al suelo, que deja a éste sin transformación y respeta su incultura, deseando que se perpetúe, para que sus rebaños encuentre alimento, aunque los hombres perezcan de hambre.

Caín era de carácter grave, parco en palabras y de humor sombrío, como todo el que lucha y se esfuerza, viendo incierto el porvenir; Abel, alegre y dulce, falto de preocupaciones, como un bohemio de la Naturaleza.

El agricultor ofreció a Dios las espigas de su campo, mojadas con el sudor de su cuerpo, en cuyos granos quedaba sepultada una partícula de su fuerza vital. El pastor dedicaba a la Divinidad el sacrificio de una bestia de su rebaño, cogida al azar, y elevaba al cielo sus bracos, tintos en sangre inocente. Su religión era la de los pueblos salvajes y vagabundos: la ofrenda de carne palpitante rociada de grasa; el sacrificio de la res de todos los pueblos pastores, los cuales, extremando luego su devoción, llegan al sacrificio de seres humanos.

Caín mató a Abel. Era inevitable, era justo. El símbolo de la leyenda no puede ser más acertado. Lo mató como mata el cultivador, para el bienestar de los humanos, los terrenos baldíos; como destruye el hacha civilizadora los inútiles matorrales; como el espíritu de los tiempos modernos aplasta los últimos vestigios del pasado, sonrientes tal vez y seductores al través de los siglos, pero nocivos y fatales pesos muertos que dificultan nuestra marcha. Los hijos de Caín, según la Biblia, trabajaron el hierro y los demás metales; se convirtieron en mineros y fundidores.! De la agricultura nace la industria. Del pastoreo proceden el hombre de presa, el guerrero a sueldo, el sacerdote de todos los tiempos, que convierten el cayado en signo de autoridad. Bien muerto fue Abel... ¡Viva Caín!.