La Odisea (Antonio de Gironella)/Canto Octavo

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La Odisea (1851) de Homero
traducción de Antonio de Gironella




CANTO OCTAVO.





ULISES Y LOS FACIOS.


A los primeros rayos de la aurora
Los dos reyes el lecho abandonaron.
Alcinó guía a Ulises sin demora
A la pública plaza, desde donde
El puerto se descubre y sus bajeles.
Sobre asientos de mármol se colocan
Y sentados se estan lado por lado.
Para servir de Ulises la partida
En heraldo Minerva transformada,
Por el pueblo afanosa va diciendo:

«Id todos sin tardanza á la asamblea
Allí, allí veréis á un estrangero
Que el mar á nuestras playas ha arrojado,
Y que Alcinó custodia en su palacio;
Veréis en él de un Dios supremo el brillo.»
Un curioso deseo á tales voces
Se apodera de todos: Corren, vuelan
A la pública plaza atrepellados;
Al hijo de Laërtes buscan todos.
Y atónitos, en él la vista clavan.
Mayor talla la Diosa le ha prestado,
Un ademan mas grave, derramando
Una gracia divina en sus facciones;
Quiere que alto respeto ipfundir pueda
Y que brille en los juegos de los Facios.
Dispuesta la asamblea, Alcinó esclama:
«Oïd todos, vosotros que conmigo
El cargo compartís del mando escelso;
Oïd lo que anunciaros aqui debo:
Un estrangero cuyo nombre ignoro
Sin tampoco saber cuál es su patria
Un estrangero á mi paiacio vino.
A mi piedad ausilios ha pedido
Queriendo que á sus lares le volvamos.
A los usos vetustos siempre fieles,
Corresponder sepamos á sus votos.
Jamás á los umbrales del rey vuestro
Estrangero legara cuyo llanto
Naciera de no haberle complacido
O de haber sido lentos en su amparo.
La nave que partir deba primero,
Lancémosla á la mar. Alistad luego
Cincuenta y dos mancebos, los mas aptos
Entre los Facios nueslros; que la equipea
Y vuelvan en seguida á mi palacio
A compartir la fiesta que hoy celebro
Vosotros que sois siempre del Estado

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Tanto el dolor te oprime, por que el llanto
Tu rostro inunda al escuchar de Grecia
La proeza y de Troya los estragos.
Estas fieras catástrofes son obra
De los Dioses, que llevan por intento
Dar leccion á los siglos venideros
Y ser de nuestros cantos el objeto.
¿Acaso de Ílion bajo los muros
Un deudo hayas perdido, un suegro, un yerno?
¡Dulces nombres y siempre dulces lazos,
Despues de los de sangre los mas caros!
¿Acaso, en fin, perdiste un compañero
De tu juventud tierna, ó confidente
De tus mas encubiertos pensamientos?
¡Ah! un amigo cauto y virtuoso,
Cual un hermano, está en el alma puesto.»