La Odisea (Antonio de Gironella)/Canto Primero

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La Odisea (1851) de Homero
traducción de Antonio de Gironella




La Odisea.





CANTO PRIMERO.





CONSEJO. — EXHORTACION


 Canta ¡oh Musa! aquel héroe siempre vario,
Sagaz, astuto y en ardid fecundo,
Que habiendo ya los muros abatido
De la sagrada Troya; por mil pueblos
Errante anduvo y prófugo, estudiando
Sus índoles, sus usos y sus leyes.
 Sobre el piélago insano, el alma llena
De ponzoñas y angustias roedoras,
Largos dias lidió contra el Destino,
Para tornar á la nativa arena
Salva la vida y los secuaces salvos.
Sus votos y su esfuerzo no alcanzaron
Al Hado arrebatarlos; perecieron
Víctimas de sus locos arrebatos.
¡Oh dementes que osaron con las reses
Del Númen que ilumina el universo,
Sacrílegos, saciar el hambre impía!

El Dios, airado, castigó su arrojo
Negándoles el día suspirado
Que la patria á su amor restituyera.
 Envíanos ¡oh Diosa! tus acentos
Para que al menos una parte oigamos
De estos eventos por tu voz contados.
 Ya los demas guerreros que la Parca
De Ilion en los muros no abismara
Ó en los acasos de esta lid funesta,
A la ríza escapando y á las olas,
Gozaban dulce paz en sus hogares.
Él solo, sin la patria, ni el halago
De una esposa adorada, suspiraba
Cautivo de Calípso, astuta ninfa
Que, ansiosa de enlazarle á su existencia,
En sus umbrosas selvas y sus grutas
¡Mudo y oculto imperio! le celaba.
Por fin los años, en su lento curso,
Condujeron el tiempo por los Dioses
A su anhelada vuelta prefijado.
Mas en su Itaca misma, y en el seno
De sus deudos y amigos, otras pruebas,
Mas ásperas angustias le esperaban.
 Todos los Dioses del eterno Olimpo,
Todos, de sus desdichas se dolian;
Neptuno solo, inaccesible y duro,
Hasta en el patrio linde, sin descanso,
Del triste Ulises amagó los días.
 Fuera este Númen al remoto imperio,
Al último confin del mundo puesto,
Donde toca el Etíope las puertas
De la aurora por uno de sus lindes,
Llegando por el otro al hondo seno
Donde el sol se sepulta entre las olas.
Llamado el inmortal á un sacrificio,
Respiraba su incienso y pleitesías,
Mientras los demas Dioses se juntaban

En el alcázar del señor de Olimpo.
 Sentado en medio de esta escelsa corte;
Y á la fatal idea conmovido
De la muerte de Egisto, que inmolara
De Orestes el furor; el Padre inmenso
De los seres divinos y mortales,
Severo, estos acentos prouunciaba:
« ¿Pues qué? ¿será, celestes potestades,
Que siempre los humanos infelices
Acusen á los Dioses? Segun ellos
Nosotros sus desdichas promovemos
Cuando, mas que en las leyes del Destino,
Sus penas estan solo en su demencia
Tal Egisto, retando su fortuna,
De Atrida ha seducido la consorte,
Degollando al esposo ferozmente
Al tiempo que tomaba á sus Estados.
No le arredró el aspecto de la muerte
Que agoraba á su ardor nuestro cuidado:
Guarda, le dijo nuestro fiel Mercurio ,
¡Oh! guárdate jamas de asesinarle
Y guarda de formar culpables lazos.
Cuando la edad sus brios robustezca
Orestes mismo, el hijo del Atrida
La pena te dará, al pedir, osado,
El solio que ocuparon sus abuelos.
Tal habló el mensagero, y sordo Egisto
De la benevolencia á los consejos,
¡Perece en espiacion de su delito! »
— « ¡Oh hijo de Saturno! le responde
Minerva sabia ¡oh padre! aquesta muerte[1]

De tal monstruo es castigo merecido,
Y tal perezca el que imitarle pueda.
Mas ¡Ulises! Ulises esforzado!
¡Se rompe el pecho al contemplar sus penas!
¡Desventurado! lejos de los hombres
Y sin amigos, gime ha largos días
Entre las selvas que la isla cubren
Donde la hija fiera le cautiva
De aquel Atlas que sabe los secretos
Que los abismos de la mar recelan,
Y que posee las inmensas trabes
Que tierra y cielos á la vez sustentan.
Con tiernas voces y caricias muelles
Calipso intenta que la patria olvide,
Mas Ulises tan solo ver desea
De su Ítaca alzarse los vapores,
Aunque, cumplido el voto, morir deba.
¡Oh padre del Olimpo! ¿fuera acaso
Que tales desventuras no te muevan?
¿Acaso, cuando en medio de los griegos,
Bajo el muro de Troya, Ulises, pio,
A tu culto ¡oh Señor! sacrificaba,
Merced no pudo hallar en tu clemencia?
¿De dónde tus enojos nacer pueden? »
— « ¡Oh hija amada, le responde el Númen
Que en las nubes impera, ¡cuál acento
Han formado tus labios! ¿cómo fuera

Que á Ulises olvidase, el mas sensato,
El mas devoto y fiel de los mortales?
Mas Neptuno terrible, que circunda
Con su tumido manto el mundo entero,
Le persigue porque vengarse intenta
Del valor con que al fiero Polifemo,
Cíclope formidable que Tobosa
Hija de Phorsis, Dios del mar segundo,
Tuvo del Númen en las salsas grutas,
El héroe arrebatar supo la vida.
No anhela el Dios su muerte: su afan solo
Es rechazarle de la patria arena.
Estemos, pues, para su vuelta unidos;
Abjurará Neptuno sus enojos,
Resistir no pudiendo al gran concierto
Que contra su ira forma Olimpo todo. »
— « ¡Oh padre de los Dioses! ¡Juez Supremo!
La Diosa añade; pues los inmortales
De Ulises el regreso todos quieren,
Baje Mercurio, tu leal ministro
A la isla de Oygia, y á la ninfa
One tiene en ella su fatal imperio
Tu inmutable decreto á llevar vuele.
Yo á dispertar del hijo el fuerte brio,
A Ítaca parto, y le daré la fuerza
De juntar sus valientes ciudadanos,
Para que á su presencia vedar sepa
Del palacio el ingreso á esos audaces
Amantes de su madre, que degüellan
Sus bueyes y las reses le devoran.
A Esparta haré, y tambien que a Pilos vaya
El padre á reclamar, fijando á un tiempo
Su fama y de la Grecia el alto aprecio. »
 Dice, y calza un coturno de oro puro,
Inmortal prenda, que cual raudo viento
La llevará por tierras y por mares.
Su lanza toma, su terrible lanza,

En acerada punta rematada,
Muerte de las legiones que acomete.
Desde la cumbre del sublime Olimpo
Se abalanza, y de Ítaca en el centro
Cae, de Ulises ante el gran palacio.
El talle y las facciones ha tomado
De Mentes, capitan de los Taphienses.
 Sobre las pieles de los muertos toros
De Penélope ve á los amadores,
En vil ocio jugar y solazarse,
Mientras siervos y heraldos afanosos,
Vino y agua en sus cráteres enormes
Les vierten, y las mesas otros muchos
Lavan con sus esponjas, y las ponen,
Y de partidos guisos las coronan.
 Telémaco el primero ve á la Diosa.
Sentado estaba en medio de la turba,
Lleno el pecho de angustia y cuasi absorto
Del padre amado á la fatal memoria.
¡Oh, pensaba, si al fin dado le fuese
A su alcázar tornar, poniendo en fuga
Estos viles amantes y cobrando
Su solio escelso y de su casa el cetro!
La Diosa ve, de este pesar en medio,
Y á recibirla vuela despechado
De que á su umbral aguarde un estrangero.
Una mano le ofrece, y con la otra
La mortífera lanza toma y dice:
« ¡Salve, estrangero! sin recelo llega,
Que aquí hallarás hospitalario asilo.
Cuando tus brios recobrados sientas
La causa nos dirás de tu venida. »
Dice, le guia y síguele la Diosa.
Llegados ya bajo los artesones
Del gran salon, Telémaco depone
La lanza fuerte en el armario mismo
Que, junto á una columna, es suntuoso

Arsenal de las armas de su padre.
Al falso Mentes vuelve y le conduce
Al fondo de la sala, sobre un trono
Haciéndole sentar que está tapado
Por tapiz rico y de un dosel cubierto.
En modesto escabel el toma asiento
Al lado de la Diosa; mas lejano
De los amantes de la madre infames,
Temiendo que á su lado al estrangero
Sus insolentes gritos ofendieran;
Y mas porque tambien anhela el pecho
Por el ausente padre preguntarle.
 De un agua-manil de oro, hermosa esclava
Provista llega y en sus palmas vierte
El elemento líquido, que salta
En un lebrillo de esquisita plata.
Ya preparado en elegante mesa
Donde, otra esclava anciana, guisos raros
Que á su cargo tenia, ansiosa ordena.
Un oficial de boca al tiempo mismo
Otros manjares trae, y copas de oro
A su lado coloca, y en fin, listo
A llenarlas está siempre un heraldo.
 Llegan los pretendientes turbulentos
Y en los dispuestos tronos se acomodan.[2]
Los heraldos les dan el aguamanos,
En tanto que unas jóvenes esclavas
Llenan las copas de espumoso néctar,
Y otras traen en cestas preparados,
De la próvida Ceres las preseas.
Las codiciosas manos tienden todos
Sobre los platos á su afan servidos;
Mas luego que ya el hambre está saciada
Y apagada la sed, ebrios se entregan

A la música, al baile, á los conciertos
Que esmaltan y coronan los festines;
Luego al divino Phemio, que en su aurora
Cisne famoso fuera, y que, á despecho,
Ora la indigna turba divertia.
 En tanto que el cantor sus trinos suelta,
Con tímidos acentos, y la frente
A la Diosa inclinada por reserva,
Telémaco así dice: « ¡Oh amigo mio!
Perdona el escozor que el pecho oprime:
¡Cítara y cantos!... ¡Oh, poco les cuesta
Entregarse al placer, ellos que impunes,
Devoran el hogar de un desdichado,
Cuya huesa, ya cana y carcomida,
Pudre en estraño suelo, ó va rodando
Al empuje de un mar desconocido!
¡Por qué no vive aun! ¡oh si le vieran
A Ítaca tornar, cuál desearan,
Mas que inmensos tesoros, la presteza
Del ciervo volador! mas ¡ay! no existe,
Y esperanza no resta ni consuelo.
¡Oh! dime tú... no engañes mi terneza,
¿Quién eres? ¿de qué patria? ¿tienes deudos?
¿Cuál nave, cuál piloto te condujo?
¿Cómo llegar á Ítaca pudiste?
Tú sin ausilio tal, nunca alcanzaras
Estas playas pisar de la isla nuestra.
Díme tambien ¡oh! díme sin rebozo
Si esta es la vez primera que aquí vienes;
Si fuiste amigo ó deudo de mi padre;
Pues muchos estrangeros visitaban
Este alcázar, y el padre apresurado,
Tierna hospitalidad les ofrecía. »
— « Sí, responde la Diosa, hablarte debo
Sin fingimiento alguno. Es honra mia
De Anchilao valiente ser el hijo.
Mentes me llamo y soy supremo gefe

De los Taphienses, pueblo acostumbrado
A usar el remo y recorrer los mares.
En alta nao voy, bien equipada
A Temesés el rumbo dirigiendo;
Fierro la llevo que trocar con cobre.
Descansando en sus áncoras mi nave
Al fin de la isla tuya se guarece
En el puerto de Retro, al pie del Neos
Y de sus vastas selvas al abrigo.
Grata hospitalidad nos unió siempre;
Laertes generoso te lo diga;
Él, pobre anciano, que segun la fama,
Nunca á tu ciudad viene, porque lejos
De los humanos seres, en sus breñas
Vive entre duras penas y congojas,
Con una esclava anciana que el sustento
Pobre y frugal le sirve, cuando vuelve
De recorrer sus vides y sus mieses
Al techo acostumbrado sin aliento.
Tu padre, me dijeron que á sus lares
Ya desde largos dias vuelto habia.
La amistad me guiaba al lado suyo;
Los Dioses, sin embargo, no han querido
Sus brios secundar, y el plazo alargan
De la anhelada vuelta; si, la vuelta.
¡Oh, no! no ha muerto el divinal Ulises.[3]
De vida lleno en medio de las olas,
Sin duda hombres salvages le detienen
En alguna isla agreste a su despecho.
Adivino no soy, ni sé las artes
Que el agorero invoca; mas mi labio

Te dirá lo que el cielo me declara,
Lo que en el porvenir sin pena leo.
Pronto a la patria Ulises tornar debe;
Si entre férreas argollas se mirase
Sabria romperlas su fecundo ingenio
Y asegurar la vuelta; mas ahora,
Tú tambien, á tu vez dí, sin falacia:
¿Es el hijo de Ulises el que veo?
Si, que aquesta es su frente, esos sus ojos;
Él es. ¡Oh, cuántas veces nos juntamos
Antes que con los gefes de la Grecia
Para la fatal Troya se embarcara!
Nunca, despues de dia tan infausto
A Ulises vi, ni Ulises verme pudo.
— « Si, cuanto sepa de la suerte mia
Descubriré, Telémaco responde.
Mi madre hijo de Ulises me declara ;
¿Mas de su origen quién dirá el arcano?[4]
¡Oh, cuánto mas valiera haber nacido
De padre obscuro, y de su suerte amigo,
Que entre deudos, feliz encaneciera!
¡Ay que de los mortales el mas triste
Es el que en mi infortunio me dio vida! »
— « Nó, responde Minerva, no presumas
Que al nacer de Penélope, los Dioses

Para vida sin gloria te formasen.
Mas dime, de esta junta estrepitosa,
¿Cuál es de estos aprestos el motivo?
¿Es acaso una fiesta, un himeneo?
¿Un vil escote no será sin duda?
¡Oh, cuál rumor, cuál indecente escena!
A vista tan soez y repugnante
No hay quien herido el pundonor no sienta. »
— « ¡Ah! Telémaco esclama; este palacio
Fué centro de decoro y de grandeza
Al habitarlo el dueño; mas los Dioses
De otra suerte en su enojo lo disponen.
No hay mortal á quien labren un destino
Cual el de Ulises áspero y obscuro.
¡Ah! su muerte á mi amor mas dulce fuera
Si en los muros de Troya, entre sus huestes
En medio de su gloria sucumbiese;
O si al tornar triunfante, al ver sus deudos
Debiese fenecer. La Grecia, grata,
Le elevara una tumba y lauro eterno
Al hijo al menos con tal fin dejara.
Ah ya tal vez, en desusada orilla
Pasto será de las Harpías fieras,[5]

Sin que huellas nos queden, ni camino
Por donde descubrir su suerle amarga.
Solo llanto nos deja y crudas penas
Que en su solo morir no se concentran.
Otras desdichas, otros males fieros
Los Dioses me deparan: Cuantos viven
En estas islas, jóvenes ilustres,
En Daliquio, y en Same, y en Zacinto;
Cuantos gozan en Ítaca alta fama,
Aspiran de mi madre al himeneo,
Y mi herencia destruyen y devoran.
Vacilante la triste no se atreve
Sus votos á exaudir ni á rechazarlos;
Y en tanto ellos destrozan mi fortuna
Y al fin mi vida acabará á su saña. »
Indignada la Diosa — « ¡Oh! cierto, esclama,
Del padre con razon la ausencia plañes,
Pues su brazo esa turba anonadara.
¡Oh! sí, vuelto á su patria, apareciera
Del palacio al umbral, calado el yelmo,
La una mano al broquel, la otra armada
Con dos agudos dardos, cual le vimos,
Cuando á la mesa de mi padre vino
Los dones á gozar hospitalarios!
Sobre ligera nao regresaba
De Etira, de á pedir ansioso fuera
A Ilo, hijo de Mermeris, la planta
Que á emponzoñar sus flechas se adaptara;
Temió á los Dioses Ilo y rehusóle;
Mas mi padre le amaba tiernamente
Y negarse no supo á sus deseos.
¡Ah! si cual le vi entonces, se mostrase
A ese fatal enjambre, todos, todos
A sus terribles golpes perecieran,
De su himeneo la ilusion odiando.
Mas aqueste castigo, y su retorno
Son de los Dioses un profundo arcano.

A tí, en tanto, te toca á estos malvados
Del palacio arrojar y mis consejos
Con sumision oir y ejecutarlos:
Mañana, tus mas dignos ciudadanos
En la pública plaza juntar debes.
Allí dirás tus largos infortunios
Y las injurias por tu honor sufridas.
Pide el ausilio a tu horfandad debido; '
Recuerda de los Dioses la venganza
Fulminando al tirano y a los pueblos
Que vilmente toleran sus escesos;
Convida esos audaces pretensores
A tornar dócilmente a sus hogares.
Si tu madre aspirase á nuevos lazos
Devuélvela á sus deudos, y por ellos
Halle nuevo consorte y los tesoros
Que en dote darla á su fortuna toca.
Mas importante objeto, si me atiendes,
Ora el tuyo ha de ser: tu mejor nave,
Por veinte remadores dirigida,
Apareja al instante, y por el padre
A pedir vuela á cuantos saber puedan,
Interrogando hasta la voz sagrada
Que del seno de Jove augusta sale,
Y sus arcanos al mortal revela.
Primero, en Pilos, á Nestor pregunta,
Luego en Esparta al rubio Menelao,
Último de los griegos que tornase
Al patrio hogar. Si al fin, feliz, alcanzas
Saber que vive el padre; si su vuelta
Te es lícito esperar; aunque la angustia
Te oprima el corazon, deja que un año
Se cumpla aun, y resignado aguarda;
Mas si por tu pesquisa á, saber llegas
Que sin vida estuviere, a Ítaca torna;
Levanta á su memoria un mausoleo;
Tribútale las honras que le debes

Y á tu madre procura otro consorte.
Cumplidos ya por tí deberes tales,
En silencio medita cómo puedas,
Por fuerza ó por ardid, á esos audaces
Que te injurian, matar en tu palacio.
Ya de la infancia los pueriles ocios
No cuadran á tu edad: ¿acaso ignoras
Cuál el joven Orestes alta gloria
Adquirió al inmolar al torpe Egisto
Que del heroico padre le privara?
Tú tambien, dulce amigo, eres robusto
Y propio á la virtud, pues tal te veo.
Ármate tú tambien; el brio atiza;
Trabaja a merecer por tus acciones
De la Posteridad el lauro inmenso.
En tanto yo á la nave volver debo,
Que impacientes esperan mis secuaces.
Tú piensa en tus deberes y haga el cielo
Que en tu pecho se graben mis consejos. »
— « Cual tierno padre ¡oh Mentes! me has hablado,
Telémaco responde; nunca el alma
Olvidará las doctas instrucciones
Que un interes tan dulce te ha inspirado.
Pero refrena tu cruel premura
Y á la hospitalidad un plazo otorga;
Admite un baño, a tu descanso propio,
Y de mí no te apartes sin que goces
Los deleites que ofrece esta morada;
Sin admitir, cual prenda agradecida
De los lazos que á entrambos nos aunan,
Un don que me recuerde á tu memoria,
Que del huésped amado á quien se ofrezca
Y del dueño á la par condigno sea. »
— « ¡Oh! no estorbes mi marcha, le responde
La Diosa; estoy ansiando la partida.
Ese don de tu pecho generoso
Dármele ya podrás á mi regreso,

Cuando yo un galardon tambien presente
Que contigo me deje satisfecho. »
 Veloz, á voces tales, desparece
Volando, en ave hermosa transformada;
Mas al partir, desconocida fuerza,
Nueva entereza al corazon imprime
Del ilustre mancebo, y le renueva
Del padre ausente el eficaz recuerdo.
A tan inusitadas sensaciones,
Atónito, conoce la divina
Mano que le tocó, y, sin mas retardo,
Con ademan mas digno y mas altivo,
Hácia los pretensores mueve el paso.
 Al pulsar de la lira canta Phemio;
Todos, mudos, le escuchan. Las tristezas
Canta con que Minerva afligir supo
El campo griego al desplomarse Troya.
 Desde su estancia, solitaria y triste,[6]
De Ícaro, Penélope, hija casta
Ha escuchado los trinos lamentables.
Baja, y no llega sola, que sus pasos
Siguen dos dignas siervas. Al aspecto
De los rivales á su pecho odiosos
Se estremece y se para, pesarosa,
Del salon donde estan en los umbrales.
Un velo á pliegues con primor crespados
Sobre su rostro vuela; sus doncellas
A sus lados estan, llenos los ojos

De llanto amargo: « ¡Oh dulce Phemio dice,
Tú que para ensalmar el pecho humano
Tantas sabes de Dioses y mortales
Acciones desusadas; busca entre ellas
Canciones que mas gozo les procuren
Para que mudos á tus sones beban.
Mas deja... ¡oh deja! el lúgubre argumento
Que el corazon divide... ¡Ulises mio!
Al recordar una cerviz tan cara,
Un héroe en Argo y Grecia tan famoso,
Al ansia siento sucumbir el alma. »
— Mas Telémaco cauto: « ¡Oh madre mía!
Dice ¿por qué su Genio asi contrastas?
No acuses al cantor; los Dioses solos
Su impulso avivan y sus cantos forman.
A Phemio, no, no inculpes los acentos
Con que de Grecia las desdichas canta.
Siempre el hecho reciente mas resalta.
El ánimo recobra, y sin enojo,
A oir sus voces tu valor ensaya.
Solo en perder la patria no fue Ulises;
¡Cuántos mas sepultó de Troya el muro!
Torna á la estancia tuya; las labores,
El huso y rueca vuelvan á la mano;
De tus esclavas el taller gobierna,
El trato con los hombres no codicies,
Y los derechos deja y los cuidados
Al hijo tuyo á quien compete el mando. »
 A razones tan sabias é imponentes,
Penélope otra vez vuelve á su estancia,
Aturdida á llorar con sus esclavas.....
A llorar al esposo, al tierno amigo,
Hasta que al fin, Minerva compasiva,
Al dulce sueño el párpado constriñe.
 A la vista, a las voces de la reina,
Los rivales se habian levantado.
Ya la bóveda, entonces mas sombría,

Estrepitosa escena presentaba:
« ¡Oh vosotros, altivos contensores,
A punto tal Telémaco les dice,
Que de mi madre ansiais la regia mano,
Sin demora volved á vuestras sillas,
Sin torpes alaridos ni clamores,
Y oigamos en silencio esos divinos
Cantos, que dignos fueran del Olimpo.
A la vuelta del sol, en la gran plaza,
De este palacio os vedaré el ingreso.
Buscad festines ya baje otro techo;
Vuestras mutuas riquezas devoraos;
0 si juzgais de vuestro ardor mas digno
Mi herencia consumir, tomadla al punto;
Que yo en tanto a los Dioses inmortales,
A Jove pediré que os galardone
Con una suerte igual, ó que en venganza;
La muerte halleis en este mismo alcázar
Que tanto deshonró vuestra torpeza. »
 Dice y el labio airado mueven todos
Asombrados de un tono tan altivo
Y de un discurso á tal estremo osado.
Antinó luego, que de Eupito es hijo:
« Telémaco, le dice, ¡bien los Dioses
Altanero lenguage te enseñaron,
Y en tremendo orador te convirtieron!
¡Oh Júpiter jamás llamarte pueda
En Ítaca al dosel de tus abuelos! »
— « Por mas que se exasperen tua enojos,
Diré Antinó mi idea sin rebozo,
Telémaco contesta; si lo impone
Jove divino, ocupará este trono.
¿Piensas que es desventura una corona?
El mortal que llegar al solio puede
Ve su hogar opulento y respetado;
Mas en Ítaca hay otros ciudadanos
Que pueden ser llevados á tal cumbre.

¡Otro reine si Ulises ya no existe!
Yo al menos seré rey en mis hogares,
Mandar pudiendo en los esclavos todos
Que por herencia recibí del padre. »
Eurímaco, que es hijo de Polibo,
Esclama entonces: « Las Deidades solas
Saben cuál será en Ítaca el monarca.
Tú, Telémaco, siempre serás dueño
De tu fortuna y rey en tu familia,
Pues mientras en la patria hubiese leyes,
Nadie osará atentar a tus riquezas.
Mas ora preguntarte es mi deseo
¿Quién es ese estrangero? ¿quién su padre,
Su cuna, su pais, de dónde viene?
¿Pudo del padre ausente darte nuevas?
¿Acaso á reclamar vino una deuda?
¿Cómo despareció tan repentino
Sin darse á conocer? yo en su semblante
Señal de hombre vulgar no ví ninguna. »
— « Cierto, el hijo de Ulises le responde,
Eurímaco ¡no hay vuelta para el padre!
Vano rumor no creo, ni agoreros
Escucho, cual la madre que los llama
Y consultarlos en su afan se place.
De Taphos ha llegado ese estrangero;
Mentes se llama, es hijo de Anchilao
De belicosa fama, huésped caro
A mi familia siempre, y el caudillo
De los Taphienses, esforzados pueblos
Que de los mares en las artes brillan. »
 A la música entonces vuelven todos
Y á la danza, esperando que la noche
Renuevo al fin su lúgubre carrera.
Mas ya en su carro de ébano aparece
Y tornan todos al descanso usado.
 Telémaco tambien, á rica estancia
Para el formada, cuya vista abarca

En derredor objetos deleitosos,
Se recoge llevando el pensamiento
De las penas del alma poseido.
Alumbrándole Euriclea le precede
Con ardientes antorchas. Hija fuera
De Opós, al cual dio Pisenor el dia.
En su florida edad, Laertes pudo
Por solo veinte toros adquirirla,
Y honróla al parangon de la consorte,
Su virtud respetando, temeroso
De ultrajar de himeneo los derechos.
Entre todos los siervos del palacio
La mas dulce ella fue, la mas amante
Para el hijo de Ulises, cuya infancia
Con tierno esmero y con afan cuidara.
 Abre el triste la puerta y en el lecho
Se sienta, los vestidos desnudando
Que, lentamente al aya fiel entrega.
Ella los dobla con cuidosa mano,
Colgándolos del lecho á los contornos;
Sale luego y la puerta, atentamente,
Una anilla de plata á si tirando,
Cierra al fijar una tenaz aldaba
Que una correa en el cerrojo afianza.
 Envuelto el cuerpo en delicadas lanas,
Telémaco la noche pasa entera
Ocupada la ansiosa fantasía
De la ruta que Palas le ordenara.






  1. Algunos traductores dan á Minerva el epiteto de Diosa de ojos de Azur, ojos relumbrantes; Madama, Dacier, Bitaubé y Dugas-Montbel no lo ponen. Nosotros, en general, confesamos que no hemos andado muy escrupulosos en cuanto a la exactitud de los epitetos de Homero, al considerar que muchos de ellos son intraducibles, otros ridículos en nuestro idioma, y los mas de un significado tan dudoso en las lenguas modernas, que la mayor parte de los traductores se maltratan entre sí, disputándose el acierto. Esta nos ha parecido una riña de puristas empalagosos, y como nuestra intencion es dar á conocer la obra en su grandiosidad, y no las nimiedades de ella que son tan contendibles, no tenemos reparo en prevenir que en esta parte hemos puesto mas cuidado en la poesía que en la materialidad de la version; el objeto de nuestras notas, á nuestro entender, lleva un interés mas positivo, pues que tiende á esplicar los pasos difusos, a aumentar las nociones y á atraer la atencion sobre los principales defectos y sublimidades de una obra tan vasta y genial.
  2. El trono, segun Ateneo, era una silla destinada á los hombres libres, dispuesta de modo que tambien en ella se podia estar tendido.
  3. Una de las pruebas mas eficaces de ser esta una composicion hecha á retazos, es este constante anuncio de lo que ha de suceder; lo que quita al ánimo toda la delicia de la sorpresa, y al arte el halagüeño recurso de la peripecia. El romance profetiza; el poema funda en la fluctuacion de la incertidumbre su mérito mas eficaz.
  4. Esta inmoral opinion del poeta griego sobre la incertidumbre del origen del hombre, pudo en la franqueza de aquellos tiempos figurar sin repugnancia en una obra tan grave. Aun en Roma muchos siglos despues se ostentaba sin escrúpulo esta opinion, pues que á la madre se llamaba Certa, nombre que jamas se pensó conceder al padre. Aristofano, el poeta cómico, pretendiendo el titulo de ciudadano, hizo á los magistrados de Atenas, la respuesta misma de Telémaco á Minerva. A tal propósito me permitiré decir que algunos escritores, que se obsequian con el nombre de filósofos, queriendo disculpar las desnudeces que se consiente el estilo antiguo, las cohonestan con el candor y pureza de aquellos tiempos, y dicen que la palabra se ha hecho mas hipócritamente virtuosa á medida que la accion se ha entregado mas frenéticamente al vicio. Asi se confirma el blasfemo sofisma del ilustre Talleyrand que decia que el hombre tenia la lengua para disfrazar el pensamiento. Yo, cuando ya antes del diluvio, veo a Sodoma y Gomorra abrasadas, á causa de sus nefandos vicios; no por el furor de Dios, porque para mi Dios no tiene furor, sino por su ruborosa justicia; y luego á Babilonia, Ninive y la misma Sion Santa abismadas por igual motivo; cuando contemple los retratos de todos los príncipes asirios, de Semiramis, de los Faraones, de Clitemnestra, y en Grecia los de los Cinicos, de Alcibiades, de Laïs; y en fin cuando leo esa repugnante historia de los emperadores romanos y de sus Mesalinas, confieso que me concedo alguna mas caridad para con la época á que pertenezco, y digo que las letras antiguas eran mas desfachadas porque lo eran igualmente las costumbres.
  5. Las Harpías eran una idea vaga, seres sin forma determinada, y asi es que los torbellinos y las tempestades se llaman con tal nombre.
  6. Este gran carácter de Penélope es una creacion de una sublie midad incomparable. No hay ni en antiguos ni en modernos un personage tan digno, tan tierno, tan elevado y sostenido. Asi es que al aparecer ella en la escena el cuadro se adigna, se levanta y hasta el mismo estilo toma una elocuencia que no se puede superar. Entonces es cuando parece imposible que hubiese ya, hace tres mil años, un escritor tal, y mas imposible aun que los modernos no se ruboricen de haber adelantado tan poco despues de un periodo de tal inmensidad.