La altísima: 07

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Capítulo VII
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La altísima- Primera parte Felipe Trigo


Stern trotaba por la cuesta abajo cerca del hotelillo, y Víctor traía avidez por la gratitud de la dichosa -esa otra donación tan dulce que sigue á toda enorme donación. Jamás podría olvidar las horas de la tarde antes en que una bella mujer sin voluntad se le había entregado, dominada por la suya, con la majestad de una diosa, con el fervor de una virgen, con la pasión augusta, hierática, terrible, de una amadora de fuego. Se limitó ella á escucharle, grave y trágica, al asombro de los carnales lirismos del eterno fantasista y al espanto de sus sollozos y congojas de placer. Tan enteramente no se le había entregado mujer alguna.

Saltó del tílburi.

Adria le esperaba en la salita. Al verle, se le acercó con temor, exclamando ahogada:

-¡¡Está mi tía!!

-¿No ha salido aún?

-¡No sale!

Fué á besarla y Adria huyó, quedando no lejos suspensa. Volvió Víctor y vio tras él, rígida, á la tía Sagrario.

Era la misma gruesa señora de cincuenta años y aspecto aristocrático del Cementerio. Debía de haber sido guapísima, con belleza correcta y empalagosamente fría, que se conservaba juvenil en la viveza de sus ojos y en la frescura de su boca.

Adria, azorada como una chicuela, presentó así:

-El autor de las novelas que estoy leyendo.

Correspondió la tita con ducal reverencia, examinándole de una mirada de centellazo de espejo, y comentó:

-¿Que está leyendo?... ¡Que está estudiando!

En seguida invitó á sentarse, y su misma severidad impuso un silencio bajo cuya amenaza permaneció Adria con todos los signos del pueril respeto, pero en la esquiva actitud de una pasiva y voluntariosa rebeldía.

Lenta, cortés, pareciendo ya informada por la sobrina de los viajes de él por Europa, empezó Sagrario por ponerse á tono de jerarquías hablando de su marido, emigrado político, y de los viajes de ellas á Madrid, á Barcelona, á París, á Ginebra. Su acento, duro poco á poco, sobre la callada sumisión de Víctor, llegó á ser agresivo al manifestar que ni su sobrina ni ella eran libres, que su marido podría volver... «y que por esta razón quería rogarle...»

Una fulmínea mirada de Adria la detuvo.

Quedó colérica, indudablemente desarmada; y se había creído que Adria iría á llorar, en conflicto de su humildad filial con su ventura.

De pronto Adria se levantó, se arrojó al amante y le abrazó; y le besó, le besó... y permaneció como amparada en el abrazo, mimosa, infantil, pidiéndole á la tita piedad para su alma.

-¡Hala, hija! -comentó Sagrario nada más.

Y alzada por la rabia de ver rota su comedia de respetos y decoros con tal arranque de llaneza impúdica, partió airada.

Adria lloró contra el pecho de Víctor.

¿A qué podía obedecer la absurda escena? ¿Con qué odiosas pesadumbres gravitaba sobre Adria esta mujer? ¿Qué mutua mezcla incomprensible de consideraciones, de temores, de dominios, de iras fulminantes había entre ambas?

-¡Dispénsala! -explicó Adria enjugándose las lágrimas -. ¡Me quiere tanto la pobre, y teme tanto que yo pueda querer más á otro!... Lo teme de ti, por no haber podido yo aquel día ocultarle que te devolví el dinero. Te guarda manía desde entonces: más... al ver que me buscas, que no salgo, que he hecho que salgan ellas para estar contigo. Y no por el dinero, no ni porque la importe que yo «me divierta á mi antojo»; sino al revés, porque piensa que estoy triste y porque anoche, en una carta que me sorprendió y que no sé por qué quise escribirte, descubrió que no he sido tuya hasta ayer. ¡Ya ves, la enfadó el agradecimiento que te tengo por haberme respetado un poco! No imaginarás cómo se puso. «O él, ó yo»... ¡Es una niña! créelo. Y ni ha consentido mirarme desde anoche, ni sé qué pretendía saliendo á hablarte.

Víctor la escuchaba asombrado del carácter monstruoso.

Adria continuó contando que le tenía tal pasión su tía, que por vivir juntas había abandonado en Barcelona al marido -casada efectivamente con un excapitán y periodista republicano, cuya vida entera se pasaba en prisiones ó destierros. No habiendo conocido otros, asimismo ella les quería y les respetaba como si fuesen sus padres.

Un momento después, casi amable, como á probar ingenuamente por sí propia que era una niña en verdad, volvió Sagrario con las de Adria á que las besase. Dos húngaras morenillas llenas de lunares: iban á salir con la criada. Las acarició Víctor. Cuando partieron, aún se quedó Sagrario un rato charlando de ellas -Y luego, buscando no se sabía qué en un mueble. La irritó de nuevo el cuchicheo que iniciaron poco después los dos en el sofá, y volvió á salir soltándoles arisca:

-Anda, hija, los amantes de Teruel!

-¿Ves?... ¡Una chiquilla! -insistió Adria.

Al día siguiente no se lo pareció tanto á Víctor, y menos al otro, y al otro... No salía. Era evidente su intento de estorbarles. Y como no lo lograba quedándose en el hotel con los dos raros amantes á quienes les daba igual seguir hablando como novios, por gusto de soez bellaquería, se dedicó á cortar también sus coloquios cuanto más pudo, grotescamente. Sentábase largos ratos frente á ellos, hasta para coser y vestir á las pequeñas. Tomaba por fuerza parte en las conversaciones, si no se la daba de grado la condescendiente Adria; y esta misma condescendencia hacía que pudiera arrastrarla Sagrario á su vulgaridad muchas veces, teniéndola en el perpetuo jaque de dos pudores: el que inspirábala Victor, si así delante de él la forzaba la tita á secundar ó celebrar sus necedades, á manifestarse en lo que constituía la ingrata verdad de su vida, ó el que la tita la infundía si Víctor se obstinaba en seguir cautivando su atención y mostrándola delante de ella delicada y amorosa.

Iba tornándose otra la amante, sin duda alguna, y con la misma rapidez, por la brutal influencia. Según le contaba Adria á Víctor, no habían vuelto las dos á cambiarse una palabra respecto á él, por miedo de no entenderse; pero en la lucha entablada sobre la débil voluntad, Víctor se advertía la desventaja. ¿Era que la pasiva, la toda sentimental, no sabía determinarse más que en grandes impulsiones del instinto? ¿Era que le había mentido en los breves datos que quiso esbozarle del misterio de su vida y temía ser descubierta por Sagrario?... La pasión, como dormía en Adria bajo el temor y el sobresalto, dormía en Víctor bajo la curiosidad. ¡Una curiosidad serena y vigilante hacia la estúpida mujer que le daría quizás la clave del enigma!

Lo singular estaba en que no podría sin injusticia desconocérsele á la tita el mismo fondo de candor y chiquillería que á Adria. Quería á las niñas con vehemencia; y Víctor, que ya descuidado venía al hotel más temprano algunas tardes, se admiraba del íntimo ambiente de hogar que sorprendió dos veces. -Adria aún vestida de siesta, rodando á lo mejor y dando vueltas de campana con sus hijas por el suelo, la tita riendo y como loca de contento ante la alegría de las tres. Y hasta cuando Adria por él parecía olvidar á las pequeñas, Sagrario, con su eterno luto humilde, seguía á ellas consagrada, cual si no tuviese más misión en el mundo.

Llegó un anochecer incluso á vislumbrarle á Sagrario, en sus groserías, un matiz de acaso justa amargura. Desnudaba ella y lavaba á las niñas en el comedor para acostarlas. De tiempo en tiempo, lanzábales sus comentarios á Adria y á él que hablaban en el diván.

-Sigan, sigan sus versos... eso alimenta como el jamón. ¡Por mucho que lo pienso, no puedo dejar de creer que son ustedes tontos!

Tuvo que reírse Víctor. Ella continuó entre esponjazos á la cara y al cuello de la pequeña:

-Don Víctor habría querido menos trabajo... pero tú, Adria, has tomado á pecho que te ponga en sus novelas. ¡Tendrá que complacerte! Nada, nada, amor por todo lo alto..., y qué bien vamos á estar, hija mía, pues supongo que saldré de comparsa: «Capítulo tercero... en donde se verán las refinuras que oyó la enamorada, en tanto que su tía aseábale á los hijos».

La sonrisa con que Adria ansió pedirles á él disculpa y prudencia á la habladora, le dio á Víctor la duda de si la bella niña grande sería una ciega pasional en quien debiese la tía temer, con razón, insensateces como aquella del primer amor cuyas consecuencias eran estas hijas sin padre y más queridas por Sagrario que por la madre misma. Deploró entonces oír siempre en los gorjeos de las bocas puras, en lugar de «mamá», el nombre, «mi Adria», con la llaneza que para una hermana mayor...

-¿Quién es ésta? -le preguntó á Juanita, la de tres años, que reíase sintiendo el agua por la espalda.

-Mi Adria -respondió la niña abriendo los párpados mojados.

-No, tu mamá.

-No, mi mamá, ésta -dijo señalando á Sagrario.

-¡Y ésa! -añadió la mayor apuntando á Adria.

La cual intervino:

-¡Déjalas! ¡Están en una confusión las pobrecillas!... ¡Nos preguntan... les decimos que las dos, y no saben qué creernos!

Hubo en la ligereza de esta afabilidad un inconsciente desvío que le aumentó á Víctor la pena. Adria lo notó y repuso vivaz, con su perspicacia para las sutiles emociones:

-¡Oh, piensas que no las quiero!

Y quedó agobiada como por algo enorme que no podía decir.

Quedó, pues, en la inmensa sombra de su reserva la fatalidad que pudiera sincerarla..., la posible razón de la tita capaz de excusar sus bizarras groserías, la historia, en fin, á que Víctor no tenía derecho.

Y la pregunta, el enigma, persistió: ¿qué almas eran las de estas dos mujeres?

Un azar, á la mañana siguiente, pareció querer brindarle escueta la respuesta. Bajaba a Versala para cobrar una letra del editor madrileño, y entró de paso en el hotel. Encontró á Sagrario. Adria había salido á tiendas con la vecina del conserje.

Irritada la buena señora por cualquier disgusto familiar, sus ojos negros, juveniles, bailaban siniestros en la blanca paz de su cara de «abadesa infanzona». Toda la terrible y desconfiada nerviosidad de histérica, se le recogía en los ojos. Le había hecho pasar al cuarto de costura donde cortaba patrones, mientras jugaban en torno las niñas, y empezó así, con su manía de monólogo, tras un silencio:

-Pues sí... Adria ha salido por trapos..., no piensa en más la infeliz... ¡Ay, alma mía!... Pero aguárdela, no se marche... que le daría un patatús... Le entra muy fuerte á ella... ¡siempre igual!

-¡Siempre!

Atendía más á su rencor que á insinuaciones.

-¡Mi sobrina, la pobre, es tonta -continuó dándole un cachete á Juana, que cogía las tijeras! -Pero de capirote. Ni hace caso de consejos, ni sabe letra del mundo... Así se verá. El día que lo piense menos, tocando la guitarra por las calles... ¡Ay, alma mía! ¡Piensa la infeliz que no puede cansarse... el que lo paga todo... y allá le van, á éste, sus noventa duros..., y gracias, no hay de qué por sus dos mil, por sus tres mil pesetas..., señor conde, señor rey... aunque se empeñen, que yo estoy oyendo versos!... ¡qué bruta! ¡¡Mira, Luz, que voy á romperte las manos!! -interrumpió dándole un empellón á la otra niña, que volvía por las tijeras.

Cayó Luz contra la máquina, del empellón, y fué Sagrario alarmada á recogerla. Lloraba la niña con mimoso escándalo, y se la llevó en brazos, desoladísima, á ponerle agua y vinagre. Juanita las siguió, suspensa de atención.

Víctor sentía la definitiva náusea que le haría renunciar á ver más á Sagrario.

La había escuchado bien: la ira de «la casi madre de Adria», consistía en juzgarle un estorbo para poder venderla por las dos mil, por las tres mil pesetas á que habría hecho subir sus ofertas al desairado conde de Ferrisa.

Se levantó. Iba á salir... Pero volvió en otro impulso á sentarse.

Fuera indigno de sí mismo si no supiese sostenerle la estimación á Adria por el hecho de verla ligada en su vida exterior á lo infame, á lo soez, á esta rufianesca dama sobre cuya voluntad era triunfo, precisamente, la pasiva y tenaz resistencia de la noble. Imaginó las batallas que sostendría contra la brutal despótica, la dulce enamorada, y vio en ellas su ideal corona de martirio.

Al volver la tita, la recibió cartera en mano. Sagrario se sorprendió. Venía calmada con el susto, y explicó en seguida dignamente que no había sido su intención pedir dinero. Se enfadaba por las niñas, á quienes habría que cuidar mejor que consentían los tontos gastos de Adria; ésta era la que así poníase y ponía á todos en situación de tener que hacer barbaridades; mas no, no cogería el dinero. ¡Cómo se pondría al saberlo su sobrina! -Y fué lo gracioso que necesitó Víctor persuasiones elocuentes hasta hacerla confesar que necesitaría cincuenta duros si habían de pasar bien mes y medio todavía, para hacerla aceptar el doble y para obtener, en fin, su promesa de que nada sabría Adria. «¡Era tonta en verdad!»

Así se despidieron. Todo un secreto pacto de amigos.

Ansiando ver á Adria lejos de la imbécil, continuó hacia Versala.

No había en la ciudad otra calle importante de comercios que la imperial, paseo al mismo tiempo de ociosos, á estas horas, á la sombra de los toldos. Un conocido se le juntó. Lo mismo que Marina, autorizado el tal -se llamaba cosa así de Teófilo, ó Teodomiro, ó Timoteo -por los «desahogados» libros del novelista, tratábale «desahogadamente». Ignorante de su amistad con Adria, ó fingiéndolo por malignidad, le saludó con la advertencia de ir á enseñarle «una mujer de primerísima». No sabían hablarle de más los versalenses.

-La llaman Adria -dijo -y es una chai, pero hasta allí; que de ella podría usted escribir una novela.

-Sí, y la titularía La Altísima, por rabia de no encontrarle al título empleo mejor.

-¡No, como eso sí, vale un mundo! ¡Ah, si no fuera uno modelo de recién casados! Creo que bailaba en un Concert de Marsella y la trajo hace tres meses con la madre y las hermanas no sé si un inglés, que cansado luego de la rastra, las abandonó sin un cuarto.

-Bien abordable, entonces.

-Dicen que el conde de Ferrisa y el diputado Álvarez Lapuente la dieron al principio veinte duros, treinta duros... y vale mil la chica, ¡vive Cristo!; pero ó no pudo ó no quiso emplearlos en el viaje, y no abundando aquí parroquianos de ese porte, ha tenido que ir bajando las tarifas á cinco duros, á menos, para muchos.

-¡Vaya... en realización!

-¡Justo!... ¡Por traslado! -contestó Teodomiro ó Turismundo riéndole la frase -. Ese, el del bazar, sé que ha estado en su casa por una simple sombrilla. Claro, la pobre ¡qué lástima! se ve mal con su lujo fuera de su centro. ¡Mírela!

Volvió la cabeza Víctor.

Nunca habría soñado que la impresión ingrata hubiera de confirmársela de modo tan cruel la propia Adria.

Estaba, en el bazar á que el locuaz acababa de aludir, con Romana; y en torno á las dos y enfrente, fuera y dentro del mostrador, ocho ó diez entre señoritos y tenderos. Él la vio -cruzando lento ante las tres puertas -callada, pero gozosa, coqueta, mientras la joven amiga, excitada y contenta, reía y contestaba á todos. En los demás mostradores aguardaban sin ser atendidos otros clientes, señoras también, que observaban graves el escándalo... el verdadero escándalo sin ruido que invitaba asimismo en la calle á los pasantes á retardarse por verla.

Vestía un traje de gasa blanca y gran sombrero negro de dorado broche -con elegancia más provocativa junto á la humilde compañera. Alguien del grupo debió indiscreto avisarla la presencia de Víctor, y Adria, mirándole repentina, se turbó. Fué un segundo este cruzar de miradas.

Al extremo de la calle dejó Víctor al conocido para seguir hacia los campos Elíseos, frente al mar. El mar guardábale siempre su extensa caricia benéfica.

Si fuese Víctor hombre de juzgarse en ridículo por no importaba qué ajena opinión acerca de sus voluntarias situaciones, se habría creído ahora en un ridículo insuperable.

Le preguntaba al mar cómo era posible que hubiera podido asombrarle cocota, la que él conoció cocota.

Entró á almorzar en el restorán de los baños flotantes.

Sólo otro señor de enmarañadas barbas, como un sabio noruego, almorzaba en otra mesa del extremo, dándole la espalda.

Los buques, las velas, cruzaban -y el agua brillaba al sol.

Él no era un imbécil, sin embargo; se lo decía el mar: había realizado con Adria, por magia, el ensueño de una hora. Nada importaba que hoy la verdad ya no temible lo cortase.

¡Oh, la verdad!... ¿No había sabido acaso ganarle á la verdad la batalla de mentira? ¿No tenía él, entonces, propia y potente, la luz transmutadora de lo horrible?... ¡Oh, mar, tú también, hondo y bruto y grande, si se sabía recorrerte como á cualquier prostituta! ¡Charco azul de légamos podridos para éstos que entraran burguesamente á gozarte en barca por el puerto!

Miraba, miraba Víctor, al lado inverso del mar, el camino por donde la gitana seguiría siempre alejándose entre risas, entre flores que sonaban á metal, entre condes y tenderos... Él ya habíala bebido su vida, y había descubierto su clave, además. Ningún tendero, ningún conde, podrían saber jamás, como él, la hipócrita sagaz maravillosamente peligrosa que acogían entre sus brazos por billetes ó sombrillas. Y para él, explorador de vida, descubrir en la clave rara de una vida un tipo humano, era como para otros exploradores de otras cosas descubrir el radio, el telégrafo ó la pata nueva de un insecto.

¡Quién sabría qué hubiese descubierto este sabio de ancha espalda, si lo era, que comía aquí lo mismo que él merluza frita!