La altísima: 08

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Capítulo VIII
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La altísima- Primera parte Felipe Trigo


-¿Se ofrece algo, don Víctor?

-Nada, Napoleón.

-Aquí ando, por si acaso. Mi señora está por la señorita. Ha venido usted más temprano.

Saludó el guardia marcialmente y salió. Víctor continuó oyendo una música de cítaras de la solitaria vecindad, sentado en el viejo balcón ancho como una terraza, á la sombra de la luna, entre los geranios.

«Más temprano.»

Tuvo una amante, y tenía ahora una querida, con iguales impaciencias.

No acababa de entender la difícil transición, para Adria, sin embargo, tan sencilla. La esperaba, llegaría, la abrazaría... y volvería á verla partir sin saber á quién había abrazado y á quién volvería á esperar. -Una vez más se indignó de su torpeza, y se intimó á tenerlo definitivamente sabido cuando ella entrase esta noche. Le bastaría repasar y recoger sus vivas impresiones con impasibilidad, lo mismo que al juzgar las que rompía en papel el domador de demonios...

Recostó la cabeza y se quedó mirando el cielo. Obstinóse su atención en el encuentro con Adria.

¿Cómo podía tan prodigiosamente hacer la niña hasta de sus descocos?

Certera y original la carta en que le llamó á los cinco días, sin intentar disculparse... «No sé tener el gesto que defiende á una mujer de necios... ¡estoy tan acostumbrada desde bien pequeña á creer á todos en el derecho de decirme tonterías!... Pero, ven; en vez de abandonarme, enséñame á ser altiva con los demás, á olvidar la sonrisa de paciencia que había aprendido.»

¡Ah!

Los cien duros no iban en el sobre.

Vista la combinación: la cándida malabarista de sus malicias, y detrás, cobrándolas, la tía Sagrario. Con reducirla á sí misma, forzándola á su íntima verdad; con suprimir á Sagrario, combinación descompuesta -y respondió: Mañana por la noche en casa de Marina. No quiero ver más á tu tía. Te quiero SOLA y como eres tú, hasta con tus sonrisas de paciencia.»

Fué admirable cómo se le adaptó la muy dúctil. No la dijo más sus fantasías, y le escuchó sin esfuerzo; le agradeció la comodidad, dijérase, de no tener que violentarse para oírlas y contestarlas en recíproca tensión de idealidad, la facilidad de aceptarla, al fin, por querida, simplemente.

Entregada loca á su placer, supo no perder un solo rasgo de sus candideces, ni en la mujer que ya no se ignoraba amante de ocasión ni en la meretriz á quien él fustigó con ironías. Es decir, que comprendió la carta y á pesar de ella vencíale con su belleza y su ardor, falaz ó cierto -haciendo caer á sus lujurias al que no supo sostenerla en el ensueño.

Quiso ella lo primero metodizar sus entrevistas á las noches de teatro: jueves y domingos. Iría Marina por ella, volviéndola á la una, pues no podía tampoco faltar la noche entera de su casa. «¡Aunque se sospeche todo, no es igual darle á las gentes pruebas innegables... que quién sabe si sirvieran para descubrirme á... al que nos sostiene al fin!»

¿Creía así reservarse una nota de interés al verse despojada del de bohemia noble? Por lo menos vislumbró Víctor en la invocación el sutil intento, complejo de maldades, como todo en la perversa, de cargarle á cuentas del porvenir el posible abandono del espléndido.

Y esto, tanto, más que esto, decíalo Adria sin decirlo, pérfida melosa, terrible peligrosa cuya máscara de niña persistía afianzada á su rostro y á su alma con velos de humildad y credulidad, no obstante la carta.

Y esto, tanto, mucho más luego de mostrarle infantil su alegría porque á él no le enojaba la manera cómo la trataban por las calles, supo disfrazarlo de candor, con un pasmoso ingenio de intriga, llegando á desconcertarle todas las previsiones con esta confesión cuando ya Víctor menos la esperaba:

-«¡Oh, no... no veas á mi tía! ¡Lo prefiero también, es tan... particular! ¡Mira si tuve razón al temerlo! Sé lo que te habló, del conde... sé lo que hiciste, darla dinero... ¡De haber logrado arrancárselo, te lo habría devuelto, sin verte más, aunque te hubieras quedado pensando para siempre que soy la que te hizo creer mi encuentro de la calle!»

Dejando el todo grave, trágico, digno de la perfecta actriz que no ha existido, é inclinada á él con el codo en la almohada por no restarle á su perfidia su hechizo de angélica bacante, le habló del conde y de otros que pujaban inútilmente sus favores.

-«¡Inútilmente!» -insistió enérgica, saltando por encima de Víctor de la cama.

Porque contra la prevista incredulidad, traía pruebas. Cartas que sacó presurosa del vestido, que entregó -sentándose en camisa al borde mientras leyó él. Una, con cromático escudo plata y sinople, por más fausto de seducción, del conde: dirigida á Marina, la autorizaba para entregársela á Adria, como garantía de darla tres mil pesetas y llevarla un mes á Niza, á Suiza; tenía la fecha del día de la conversación de Víctor con Sagrario. Las otras dos, directas, del día anterior, del diputado Álvarez Lapuente y del dueño del bazar; galante una y necia otra, quejábanse lo mismo de que no se dignase siquiera contestarles.

¡Con cuánta alma la hubiese abrazado á no haberla visto por sí propio ramera, coqueta entre tantos en la tienda, para obtener sin duda unas cartas que igual le servirían á la cauta de reserva de elección, que á la taimada de prueba de sus fidelidades! ¿Qué importaba que no se hubiese vendido al conde ni á los demás, si á todos les sostenía su afirmación de posible venta con sonrisas?

Pronto llegaron en estas noches, con estas cenas que las iniciaban prestándoles del jerez olvidos y alegría, á una confianza que, si no mostraba á Adria en su íntima verdad, teníala más cerca de sí misma. Borrada aquella sombra de augusta amante á que la obligó el extraño Víctor del hotel, y mejor hallada su actual farsa con su infantilismo ingénito, dejábalo libremente lucir, adornándose de él con diestra gracia. Se creería que, niña ignorante del pecado, jugaba con Víctor al amor como con un chico, en loca diversión intranscendente. Así los sollozos y sofocos de ardorosa que la hacían resoplar por las narices con su epiléptica respiración, pálida, muerta, unas veces la dejaban en largos descansos junto á él, de espaldas, con las piernas cruzadas en alto, fumando los egipcios cigarrillos

y silbando como un muchacho, y otras la hacían salir de ellos de un brinco, para tirarle pellizcos descompuesta, irresistible, ó para ponerse á hacer títeres, retrepando los pies por la pared, y á dar vueltas de campana igual que en casa con sus hijas... Sin embargo, caía á sus gravedades trágicas tan pronto como Víctor excitaba su atención. -¿Había modo de tomarla en cuenta? ¿No sería, además, crueldad ó torpeza sacarla de este limbo, si en realidad fuese la tal niña encantadora prolongada en la mujer? Cuando Marina tocaba fuera avisando, renegaba de la precisión de marcharse á lo mejor... Se calzaba, se vestía, y al partir iba grave.

-«¿Ves?... seria... ¡Nada más alegre para ti!»

Grave..., dama llena de elegancia que volvía del teatro con sus guantes y pulseras, con su claro abrigo, con su boa de plumas... un poco mal vuelta á peinar, únicamente, y las horquillas de concha en la escarcela...; y á Víctor, que se quedaba á dormir en el lecho por ella perfumado, costábale trabajo adivinar bajo las sedas y las plumas á la especie de pilluela que acababa de escapar de entre sus brazos. -Otro asombro: ¿Cómo Adria, por parecerle más chiquilla, le parecía también físicamente más pequeña en su abandono? ¿Cómo... siendo poco menos alta qué él?

Ella, ó el jerez, le habían hecho singulares confidencias... pero con la mayor singularidad de saber siempre detenerse en lo que quería ocultar; por ejemplo, el nombre de «el padre de sus hijas». No era éste ningún apuesto Don Juan que la hubiese vuelto el juicio, según Víctor creyó; sino un señor de sesenta años, con quien todavía reuníase en Madrid á temporadas. Hubo de confesárselo (con el afán de demostrarle que no había podido conocerse apasionada, hasta ahora) en un voluptuoso transporte de pasión -; casi tan desagradables y menos corteses que el galante viejo, después, los dos hombres á quienes hubiese querido querer un poco..., un fatuo tenientillo de Infantería, el último, que correspondió á la generosidad intentando tratarla á bofetones. Acabó por sospechar que tendría razón su tía Sagrario envolviendo á todos en el mismo anatema de vileza y grosería. Otra noche, burlándose del conde de Ferrisa, que pensaría deslumbrarla con sus automóviles, manifestó que los habría tenido ella, de haberlos deseado -pues aunque se entregó por nada á dos más de sus amantes, por la cuenta de visitas en una enfermedad de Sagrario, al uno, que era médico en Mallorca, y por un ópalo á un francés en Madrid, á los otros dos les había costado once mil pesetas y seis mil duros... «¡Bien!.. éste, no por una noche... y fué el primero: el padre, en fin, de sus hijas...» Contó ágil en seguida, pues lo halló chistoso, como aquel ópalo de fuegos verdes, que no valdría diez pesetas, la decidió, por montarlo entre esmeraldas, á recibir en la alcoba al francés la última noche que pasaron en la misma fonda. «Una simpleza: hablando, hablando antes de cenar..., elogió ella la sortija... se la quitó él y se la puso á ella..., y luego le dio á ella vergüenza no corresponder de algún modo al pobre francés que tantos días la cortejó y que se iba á Francia al siguiente.»

«Di. ¿Quién te vendió al primero? -preguntó Víctor entonces -. ¿Tu tía?» -Adria no contestó. Se echó á llorar. «No, no sé cómo fué aquello siquiera -dijo luego disculpándola -, la fatalidad... Tuvo que suceder...

¡Ya te contaré todo esto!»

Tal iba Víctor recordando... Pero, ahora aquí, desde el balcón, la sintió de pronto con Marina.

Vio rápido vuelo de faldas, por esta obscura acera de la sombra.

Le contrarió ver cortadas sus meditaciones antes de negar á la consecuencia final... Mas ¿qué?... en ella las seguiría.

Cerró el balcón. Encendió las luces.

Tras un veloz rumor en la escalera, giró la puerta -y la dulce, la gentilísima mujer, la elegante y clara aparición con el pelo tan negro, corrió al amante... y le abrazó, ya niña, gorjeando la emoción inmensa que no la dejaba hablar en largo rato.

Le advirtió en seguida la frialdad.

-¿Qué tienes?

-Nada.

-¡Oh, sí!... ¿Qué tienes?

-Nada. Horas penosas, que cruzan. Tú me las cambiarás.

Le miró fija, soltándole, y le arrojó él á los enormes ojos candorosos, yendo á sentarse al sofá:

-¡Tú, y el jerez... esta noche!

Desorientada, se alejó al tocadorcillo para quitarse adornos... Traía una amplia capa de pañete gris llena de bordados, un traje de gruesos encajes crudos, en transparente blanco de seda, y en las orejas dos grandes perlas, falsas.

Volvió á sentarse, cerca de Víctor -en seria expectación, casi indiferente, después, al cogerla él una mano. No habló. Bastándole la indicación de que no era el enojo por ella, nunca osaba preguntarle nada de su vida aparte, por no juzgarse con derecho á penetrarla, ó por negarle el recíproco. Y como un eléctrico y sensibilísimo condensador, se cargaba y descargábase ó mudaba de emociones al menor contacto de los nervios.

-¿Qué has hecho desde el jueves? -preguntó Víctor.

-No he salido. Coser y leer.

-¿Mis libros?

-Sí.

-¿Cuál vas leyendo?

Titubeó al contestar:

-El... último.

Pesábale á Víctor un poco su rigidez ante la belleza tan dulce; gustábale también oírle á Adria el juicio sentimental de estos libros, que con su alma impetuosa creía él que seguirían á pesar de todo, subyugándola, y le requirió aquel juicio, insistente. Tuvo una decepción. No había vuelto á leer ninguno de los demás que le llevó con férvidas dedicatorias.

Lo confesó ella, forzada por su ignorancia, por la incomprensible ignorancia hasta de los títulos:

-Mira, Víctor, no los he leído... ¡No he vuelto á leer ninguno más, ni los leeré tampoco! ¡No quiero!

Y le arrojó aún á la estupefacción del que no podía comprender esto en su incansable lectora de otro tiempo:

-No... ¡Sufro, y no quiero! ¡Los guardo por ser tuyos... pero no los leeré nunca más... por ser tuyos! Las mujeres de tus libros, me hacen ver lo que yo soy, y me angustian con la prueba de por qué no podrás quererme igual... ¡Déjame, yo soy tu distracción solamente!

La vio doblar la frente resignada, y sufrió Víctor la más dolorosa resignación de no poder discernir si tal tormento surgía de la mártir y la noble ó de la agudísima capaz de vestir de martirio y de nobleza hasta sus más difíciles embustes.

¿Por qué sí era buena y era niña no era diáfana?

«Leo, leo» -habíale dicho cada noche al preguntárselo él por una vaga necesidad de saberla conservada en el dominio de su espíritu. Y cuando él creía esto, cuando él creía que incluso el pleno infantilismo con que se le revelaba ahora fuese acentuado -aunque natural propensión en ella -por la fuerza del libro aquél en que proclamaba el novelista la hermosura de ser chiquillos siempre, Adria ni había mirado este libro de dolor y de candor en donde pudo hallarse un tanto á sí propia.

Guardó silencio, desdén, la vanidad del escritor; porque la hubiese dicho durezas excesivas el corazón del hombre.

Napoleón entró con la cena.

Fueron á la pequeña mesa, y empezaron á comer frente á frente, en la yerta continuación de aquel silencio.

Pero le servía al observador -el silencio en que Adria, la pasiva, la refleja, la fácil á todas las impresiones, mostrábase más espontánea vagando con su suelta y siempre intensa atención alrededor. Primero comió mirando un cuadro que no había visto otras noches, luego mirando al guardia...

Porque lo extravagante en la que igual se daba por miles de duros que por ópalos ó cuentas de doctores; en la explotada cuya explotadora lo mismo conformábase á su vez con tres billetes que con ciento; en la más que lista y experimentada muchacha que, pudiendo vivir á la gran horizontal, tenía para la elegancia de sus sedas perlas de á seis reales... era que miraba con idéntico descaro, alternado de asombrosas timideces, á las cosas, á las hembras y á los hombres.

Un descaro no insolente de impulsiva, en impulsión brava, invencible, sin duda superior á su voluntad; el que la había advertido Víctor desde el primer día en el Cementerio. Si algo llamaba su atención, no miraba de soslayo, ¡no sabía! -sino á toda faz: é importaba igual que fuese un ruido de ratón detrás de un mueble, un rizo mal puesto en la cabeza de Marina, un conde ó el guardia gigantesto que aquí les cambiaba platos.

Lo comprobaba Víctor. Por detrás de él iba y venía Napoleón á otra mesita improvisada de aparador, y los ojos de Adria, á ratos, desde enfrente, le clavaban fijos, tenaces siguiéndole en sus vueltas..: como se sigue á una rara mariposa... Cuando de pronto pareció notar que el amante la observaba, cesó de mirar..., al súbito recuerdo de su promesa de gravedad con los extraños.

No menos impertinente curiosidad la inspiró otra noche el camarero del Café del Puerto, que entró, por imprevisión del torpe guardia, á servir helados... Y entonces, ¿cabía la presunción de que Adria ambicionase á cuantos hombres hallaba? ¿Era admisible tampoco suponerla tan pueril irreflexión que no la dejase entender cuán imprudentemente iba encendiendo en cada uno malicias y deseos?

El guardia, en efecto, aun llamándola «señorita Adria» con todo servilismo, habría notado la procacidad, y tratábala con una punta de familiar galantería.

Salía ahora, llevando una bandeja, y Adria exclamó:

-¡Me admiran estas gentes! -¡Me admira, en cuanto suenan dos cuartos, tanto... galeoto como hay!... ¡Tanto... alcahuete, sí!

Y hasta la burda palabra llena de desprecio saltó con una estirpe hidalga de sus labios.

-¡Ah! -continuó -si yo te contase quién me sirve á mí de... eso con el papá de las niñas!... Pues uno que ha sido alcalde de la población ¡asómbrate!... uno que tiene hijas de mi edad, que antes se dejarían matar que cruzar conmigo la palabra... orgullosas, verdaderas señoritas... ¡El me escribe, y me avisa, y viene si es preciso á verme de su parte!

Víctor la contempló con miedo.

Las culpas que él creía sorprenderla como pruebas de abyección, ella se las tornaba gentilezas.

¡Quién supiese si encontrarían sus ojos un estigma de igual degradación en cada cosa que miraban tan atentos!

¡Oh, enigma!... ¡Esfinge... entre sus ingenuidades!

¿La peor... ó la mejor?

De cualquier modo, la extraordinaria, la excepcional... la más semejante suya. Un afán le invadió por penetrarla de una vez las brumas de su vida.

-Adria -le dijo poniendo en el acento la fraternal pasión con que hubiese podido abrazarla -, tu viejo amante... ¿quién es?

-¡Bah! ¡qué te importa! -eludió ella riendo.

-¿Temes quizá que pueda serme conocido? ¿Es un príncipe, un ministro, algún alto personaje que dispone de tales serviciarios?

-No, rico nada más; y ni siquiera inmensamente rico. Fuera de su población, nadie le conoce.

-¿Cómo se llama?

-¡Oh, bah! -persistió Adria en sus suaves evasivas -¡un hombre! ¡cualquiera!... ¿para qué decirlo, si no conociéndolo tú no sabrías ni si te miento?

Él cedió, pero no en sus preguntas directas. Luego que volvió á entrar y salir Napoleón con platos de fruta, formuló ésta, que correspondía á otras extrañezas:

-Dime, Adria, ¿por qué si aborreces á ese hombre, no le has dejado en tanto tiempo por cualquier otro... por cualesquiera otros inmensamente ricos?... ¡Hubieras podido tener en verdad automóviles, joyas, lujos de reina!

Y le pasmó la respuesta simple:

-Por mis hijas. Es bueno. Él no las abandonará. Esa otra vida de azar, no me ha deslumbrado nunca, y hubiese podido serme expuesta, pasajera...

La meditadora aparecía sobre esta reflexión. Víctor volvió á encontrarla respetable, y su ansia de poseerla el alma se acentuó.

-Adria, es preciso que me digas esta noche el nombre de tu amante.

-¿Para qué? -le preguntó alarmada por su repentina severidad.

-Para saberte. Para tenerte hasta en tus mismos secretos que me niegan tu confianza. Te quiero toda.

-Pero estos secretos... ¡ya ves que son de mis hijas!

-¿Y qué?... ¿No los merezco?... ¡Casada tú, me habrías dicho cien veces el nombre del marido!

Después de una vacilación, resolvió ella:

-No, no, Víctor... ¡Habla de otra cosa! ¡Qué tonto eres!

Él sintió un frío de rabioso impoderío con la rebelde, y quedó esquivo, comiendo fresas. Ella quedó pesarosa, pero esquiva también.

-Sí, bien, mira, Adria -dijo luego Víctor imitando con irónica piedad el acento de ella antes -, eres tú mi distracción de cascabeles, y haces bien en no darme tampoco más honor. Ni soy ni puedo ser más, para nadie. Eso de mis libros son violencias de mi vida que me han dejado, como á ti la tuya, con alma de payaso, si es que tuve otra alguna vez. Tan seca, que ignoro si son tus desconfianzas sabias al incluirme con los demás hombres que conoces en la abominación que tu tía... ¡Sí, bien, Adria, callate... guarda ese nombre, pues quizá yo mismo no pueda decirte si podría servirme alguna vez para enviarle «al padre de tus hijas», tus cartas, tu retrato, tu pelo, descubriéndote, falso y traidor, traidora y falsa!

A un impulso, á un resoplido de fiera, de brava, por la nariz, Adria se torció en la silla, quedando con el codo en la mesa y con la mano en los ojos. Había sentido la amenaza hondamente.

-¿Verdad que sí, Adria?... ¿Que tú lo temes de mí, del que buscas, del que encuentras en diversión de cascabeles, para el solo antojo de tu carne, dos veces á la semana?

A otro ímpetu, se levantó, toda altiva:

-¡Oh, no, Víctor... y si crees eso... ¡me iré!

Tuvo el afán de envolverla en alma. El gesto lo valía.

Sólo que podía ser el de la actriz maravillosa, y se limitó á mirarla, también altivo:

-Pues ¡vete!.... si te vas por no decir un nombre. ¡Vete!... ¡pero sabiendo que al negármelo no me dejas de tu carne, de tus besos, nada en la memoria!... Nada de tu cuerpo ardiente y tu belleza, que te juro que no me impulsarían, ni aunque tú misma sonriendo me dijeses que habías temblado de placer con otro esta mañana, á decirte esto que repito por la negación de un simple nombre en tu boca: vete y vete para siempre si no has de pronunciarlo!

El golpe, no supo el altanero dónde había herido esta vez. Únicamente vio que Adria se volvía, que dobló á las manos tronchada en llanto la cabeza, y que fué á una butaca de enfrente á desplomarse y á seguir llorando, con ese íntimo mudo llorar que se sabe abandonado de consuelos.

Se acercó Víctor, lentamente -no sabía si á dárselos. Se sentó al lado y no la tocó. La miró llorar un rato -miró su pelo negro, su espalda, corrida de sollozos.

-¿Por qué lloras? -preguntó al fin.

La helada severidad de la pregunta debió parecerle á ella más cruel; y aumentaron sus lágrimas, más recogida en sí misma.

-¿Por qué lloras?...

No le respondía, sofocada por la angustia, nerviosa y epiléptica, igual que en el placer en el dolor. Entonces él la apoyó compasivo una mano en el hombro, y reprochó con ternura:

-¡Ah, cuánto te cuesta confiarme un nombre!

Y de pronto, la nerviosa, como huyéndole la mano, alzó la cabeza rodándola al respaldo y exclamó, con la cara cubierta por las suyas:

-¡No!... Baldomero Xifrat, banquero en Castellón, apúntalo si quieres... que no es eso lo que me cuesta, lo que me duele.. sino que tanto me desprecies, que puedas jurar que no te importaría... ¡saberme de otro!

La entrega quedaba hecha sin reservas, con la sinceridad que hubiera acreditado el sobre aquel en sus timbres del correo: «Castellón de la Plana»... Sintió Víctor la amargura de las grandes injusticias, y la abrazó... y le abrazó ella, al fin, ávidamente... admirándose los dos de la efusión de intimidad enormísima puesta en tal abrazo, más que en sus fuegos de amor, al influjo de tan pequeño misterio roto entre dos almas.

-Adria, no apuntaré el nombre que ya no sé -dijo Víctor -, sino la fecha en que me has dado tu primera prueba de cariño.

Pero se oyó á Napoleón, sonando fuera en la batea la cafetera y las tazas, y Víctor, al pudor de su ternura, Adria al de su llanto, se apartaron. Se había levantado él, y rápido, hallándose junto á la llave de las luces, la torció... cuando el guardia entraba.

-Aquí, al fresco el café, al balcón -guió á obscuras, yendo á abrírlo.

Estaba en aquella especie de terraza la silla de tapicería que él antes ocupó, entre el velo de geranios, y no tuvo Napoleón sino llevar otra y servir en otra, á los pies, el café al reflejo de la luna.

-¿Se ofrece algo más, don Víctor?

-Nada, Napoleón.

-Pues que descansen -dijo el estúpido guardia. Y advirtió al salir: -Llamaré á las dos... son las diez... Mi señora dice que doña Sagrario se enfada porque vuelven tarde... ¡Anoche, ya amanecía!

Cerró Víctor la puerta con llave. Vino por Adria. La llevó al balcón.

A las diez no había un alma en el barrio. Dormía la calle, la ciudad, el mar que se veía sobre las tapias de enfrente, á la luna. La noche era espléndida.

Adria tenía su queja en el pecho, y se la arrancó: -¡Has jurado que no te importaría que fuese de otro!... ¡Lo has jurado, Víctor... tú que me juraste decir siempre la verdad!

Él la había cogido las manos en la falda:

-¿Y crees que la he dicho?

-¡Sí! -respondió aterrada ella.

-¿Por qué lo crees?

-Porque no me habías mentido nunca.

-¿Y tú á mí... Adria?

-En nada. Jamás.

Suspenso en otra fe, la oprimió las manos -soltándolas luego para sacar de su pitillera de níquel cigarrillos. Los encendieron, esquivando ella los húmedos ojos de la luz del fósforo. Tomaron sorbos de las tazas. A Víctor le placía la situación, parecida á las de las tardes del hotel más que estas últimas noches de ausencia de idealidades en que los besos y el jerez los lanzaban desde la mesa al lecho con brutas impaciencias.

-Pues, sí... -afirmó -cuando lo he dicho será que lo he sentido... que no me importen las posibles traiciones de tu antojo... si me las dices tú. Y no, Adria, escúchame serena -pidió cortándola otro rechazo de protesta -: yo, que llegaría á más que odiarte, porque te despreciaría, si descubriese que habías vuelto á venderte, pienso que no habría siquiera de enojarme si te oyese: mira, quise, anoche, y me entregué á Tal, que me fué agradable.

La protesta vibró, en un estremecimiento:

-¡No te comprendo!... ¿Por qué?... ¡Oh, no me quieres!... ¡Qué más debía darte vendida ó entregada!

-En la venta, Adria -dijo Víctor gravemente -habría bajeza... En la entrega por ti confesada, libertad, desdén á una virtud que tú no tienes y que yo no estimo; ni traición siquiera sin engaño...; prueba de amor, en fin, quizás más alta, quizás heroica, sobre la de esas otras esclavas que se juzgan fieles hurtándole su cuerpo á la traición de su intención y su deseo. ¡En éstas, Adria, sin duda seguiría siendo la carne toda del amado, pero no ya los rincones de su alma, que le esconden la traidora voluntad con la mentira! Fíjate, hasta en el juicio corriente donde estas cosas no se piensan, entre el marido y el amante á quienes da lo mismo su carne, la traición de la mujer es para aquel, porque le engaña.

Era la lógica fuerte de aquellos días. Era, igual, el paradojista cruel consigo propio, que la hablaba el lenguaje de un amor enorme por encima de él, por encima de ella.

Adria, cambiada su esquivez en la fija atención de una fascinada, arguyó dolorosa, no obstante:

-Pero... ¿por qué hace falta la prueba de ese engaño sin engaño?...

-Falta, no, mujer. Lo que sí la hace en absoluto, para nosotros que no nos hemos jurado amor, sino amistad; que no nos hemos jurado fidelidad, sino franqueza, desde el primer día, es la franqueza de descubrirnos mutuamente hasta traidores, si llegáramos á serlo. Júrame esto, otra vez, y júrame además, con pena de mi desprecio, que no te venderás á nadie... mientras nos conozcamos.

-¡Víctor!... ¿Lo temes?

-Sí -respondió él firmemente -. Tú gastas sin prudencia; tu tía misma se lamenta de tus gastos, de tus lujos, y tú, aun en este pueblo donde has dicho que vinisteis buscando economía, ya has probado en verdad tener dentro una chiquilla, por lo menos, cuya irreflexión te deja á merced de la locura. Pudieras volver á necesitar, y entonces...

-¿Qué?

-Que tendría una ridícula razón para nosotros tu tía y los tontos de Versala, que te creen de todo el mundo; que seríamos unos bien grotescos Amantes de Teruel, si á mis espaldas, por no romper la ideal pareja... tuvieras que venderte al conde!

-¡Víctor! -clamó Adria á la sospecha. Y preguntó en el triste silencio que siguió: -¿Es acaso que quieres... también pagarme?

-¡No, Adria, es que no sé lo que quiero, y temo de tu voluntad, para que evite con la previsión la contingencia, la misma debilidad que no es capaz de evitarte la sonrisa á las sandeces de los tontos!

Se apartó de él. Bajo la imputación se revolvía.

-Si quieres -dijo por último -, si te intereso algo, yo desde mañana me mudo donde me digas, me visto como me digas tú, y si no... ¡me dejas!... Pero antes de dejarme, Víctor -añadió en el primer rapto de amargo orgullo que la veía él hablando de sí propia -, yo también, como antes tú, tendría que hacerte una advertencia...; te diría que no fueron mis lujos los que me pusieron en trance de venderme, sino otra cosa distinta, única que me trajo y que me tiene en Versala... ¿La quieres saber?... Sí, voy á decírtela, puesto que hizo Dios que me encontrases de rodillas, la primera vez, rezando en el sepulcro de mi padre... Fué mi gastar... ¡para eso!... ¡para el sepulcro de mi padre!... Si al volver á casa el día que diste á mi tía el dinero no hubiese ya encontrado el último recibo del marmolista, que ella se apresuró á pagar, se lo habría arrancado y te lo habría devuelto.

Como brotan gotas de sangre en torno al puñal que se clava y queda dentro, así Víctor sintió que brotábanle los ojos lágrimas de alma en la puñalada de sorpresa. Inclinó la frente al hombro de Adria y lloró. Era el hombro tibio y blando de una hermana que tuvo que llorar también, doblada sobre su frente. Eran los brazos del fuerte, de la débil, amparándose en igual refugio de dolor y de ternura en el desierto del mundo...

Llanto intenso, fugaz, como el de dos luchadores de la vida.

Sin embargo, velaba todavía la húmeda emoción á Adria cuando ya expansible, ya cierta de haber entrado y poder libremente correr el alma del amante, le contó cuánto había querido ocultarle su acción á los extraños, cuánto habría querido ocultársela á sí misma y á aquel padre que tendría que recibir con el homenaje de la hija el de la infamia si no había de yacer en el anónimo montón de los olvidados muertos, Olvidado estaba aquí, donde nació ella, donde la tuvo en todo honor al bautizarla, poniéndola este nombre que ahora su hijo creería falso y de galantería, el padre del diputado Álvarez Lapuente; olvidado aquí, de donde partióse con ella á su país la triste viuda para morir poco después, dejándola á una hermana, á Sagrario... entonces recién casada...

Y daban las doce en las torres del puerto y de San Blas, y la luna de frente en el balcón, cuando Víctor luego, sobre la inmensa noche de soledad y de luz, acabó de musitarla en el oído, á besos y á palabras, no podría saber jamás cuáles dulcísimas canciones del fondo mismo de su vida...

-Me había propuesto esta noche saber quién eres... y lo sé: ¡la Altísima! -dijo levantándola y llevándola al lecho por el claro de la luna.

Adria le detuvo, unida á él en el abrazo de purezas:

-¿Quieres una cosa?

-Cuál.

-¡Que hablemos... nada más, esta noche!

Ardían en pureza, efectivamente, sus ojos.

Víctor los miró, miró su cara tan noblemente bella en luz de plata, y repuso:

-No. Esta noche eres la esposa que me da Dios... tienes alma por carne ¡y la quiero!

Vio ella como con el alma misma de su carne que él tenía razón.

Y mientas él encendió y reposó su delicia en la sala, ella, trémula de emoción, como si en verdad un alma de novia le palpitase por el cuerpo, se desnudaba en la alcoba, trémula, casta, apresuradamente... para entregarle su carne al esposo...


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