La altísima: 12

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Capítulo III
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La altísima- Segunda parte Felipe Trigo


Y no eran las diez cuando Alfonso, levantado de la cama á fuerza de timbre él mismo, despertó á su amo, en el apremio de la carta urgente que traía un Continental.

Leyó Víctor, con la torpeza del sueño interrumpido.

En la calle paraba un carruaje.

«Perdóname. Viaje arqueológico del diablo, por media España. Mira qué «oportuno» aviso hallé al llegar. Te escribiré. ¡Es horrible esta vida de las letras!»

¿Qué?

¿Un amigo? ¿Una mujer? ¿Bibly?

La voz de una mujer... la de Bibly, sonó fuera con Alfonso.

Bibly entró, por la semisombra del salón. Los ojos mal despiertos mirábanla como una visión que llegaba en alborozo, con sombrerito de velo, con guardapolvo de viaje...

-Ah, tú, oh, no ves? ¡Me creerías en marcha! No he querido, ¡enferma! Un segundo, y ¡zas!, tren que parte... Pero ¡calla! ¿tal vez, el chico ese que bajaba, mi continental?... ¡qué estúpidos, y la entregué á las nueve! ¡Idiotas!-Renunciando como al impulso de abrir el balcón para repetírselo al muchacho, prosiguió: -¡No he querido! Van Sapho, Coral Rodas, arquitectos, literatos, ex ministros... ¡Alfonso! ¡Alfonso! -cortóse aún en su infantil alegría yendo á la puerta -, -¿no se llama Alfonso tu criado?

Hablaba á escape, y volvió desde la puerta al lecho.

-Ah chiquillo, ¡ingenio!... ¿por qué no ha de ser una para sí... la novelista?... Verás, en la estación... ¡el viaje me cargaba!, en la estación...

-¿Llaman los señores?

-Alfonso -ordenó volviendo á las columnas repentina -, sube mi maleta del coche. Mi maleta, mi cabá. Y que espere -. ¿Eh? -continuó corriendo á cogerle á Victor las manos y esperando su contento: -¡Instalación!... Aquí contigo la semana de mi viaje! Fué una idea, cuando arrancaba el tren. ¡Enferma! ¡enferma de pronto... de amores! ¡Chiquillo!

-¡Chiquilla! -exclamó el asombrado y aún amodorrado amante recibiendo su abrazo impetuoso.

Ella se irguió.

-Pero, me marcho, sabes?... y eso que de mejor gana me acostaba. ¡Apenas descansé! Me caigo, ¡puedes suponerte!... Volveré á la tarde. Comeré con la condesa de Algora, que mañana se reunirá con los demás en automóvil. Tendré que confiarme... que advertirla que no escriban á mi casa preguntando por «la enferma», ¡horror!

Víctor no la entendía, pero acabó de despabilarse al golpear de cosas absurdas. Aun en presencia de Alfonso, que entraba la maleta, grande como un baúl, la interrogó por fin haciéndola hablar ordenadamente. Cosa sencillísima, en resumen: inscrita para la excursión artística, sin fecha determinada, la estúpida de Sapho había quedado en avisarla el día antes... y no cumplió el encargo hasta la noche... recibido ¡claro! al amanecer... Tres horas de mal sueño, y á la estación, dejando al paso la esquela... Pero se le ocurrió su idea minutos antes de salir el expreso... ya hasta vuelto su coche á casa, por lo que había tomado un simón...

-¿Y tu marido?

-¡Qué importa, hombre!... le habrán dicho los cocheros que partí... me creerá de arqueologías.

Púsose inmediatamente, abriendo la maleta, á cambiar por otro de calle su traje... yendo, viniendo por la alcoba, hablando en corsé y jabonándose las manos con total despreocupación -posesionada. Tirando de una falda cayó de la maleta al suelo, un pequeño puñal. Quiso ocultarlo, y ya lo había visto Víctor. Lo recogió, pues, llevándolo sencillamente á la mesita de noche. -«Bien, sí... por mi marido. Un bruto. Ha jurado que me ahogará. Por otros círculos, por otro mundo, afortunadamente, que el nuestro; pero más que capaz de venir y matarme y matarte si se entera... ¡Oh! eso sí, como salvaje...» -Se vestía, dejando ropas en todas partes...

-«¿Violeta, esto? Prefiero ideal, aquí está, para el pañuelo.» -Últimamente clavándose en el sombrero un alfiler, mostraba la esperanza... ¡quién supiese, quién supiese.. era tan bárbaro el rumano!... la esperanza de poder abandonarle... «de vivir, ¡chiquillo! aquí.»

-¡¡Chiquilla!! -volvió á exclamar Víctor, eco de su mismo anterior asombro en su sorpresa.

-Si no fuese por mis hijos, ¡desde hoy! -clamó ella heroica consolándole -. ¡Adiós!

Salió. Dejaba regado el dormitorio de camisas, de corsés... de cuantas cosas guardaba la maleta. Imposible más franca «instalación».

Contemplándolas Víctor, pensó con terror en Adria...

Debería venir antes de seis días. ¿Cómo iba á ser?

-«Será» -pronunció mirando la dispersión de ropas con una insolencia que parecía invitarlas á salir por el balcón.

Y sin calma para meditaciones, en su brusca interrupción del sueño, el dulcemente hastiado de limitada ventura de mujeres, se volvió en la cama, aprestándose á dormir con la impaciente ambición de su ser hacia la noble, hacia la grácil y gentil gitana del camino. Un poco de extrañeza, parecida á un remordimiento físico, dejaba por su carne la voluptuosa traición ya irremediablemente consumada y que así se le imponía como castigo.

Se levantó á las dos, se bañó, almorzó y completó de sobremesa la carta de Adria con las reflexiones prometidas y su impresión de la noche. «... Te escribo viendo la percha de mi alcoba llena de vestidos de Matilde. Mira si yo tenía razón pensando que había de ser mayor crueldad el no ser cruel desde luego». -Y firmó.

Advirtió en la frase un viso de involuntaria hipocresía, tal que si él no hubiera hecho buscando á Bibly más que complacer á Adria, y lo desvaneció debajo de la firma.

«Aunque siendo cruel sabe que habríalo sido también con mi antojo, vivamente aumentado en su presencia, por esta mujer tan blanca. Su donación lo ha calmado plácidamente en unas horas, mas no tanto que ya me fuese intolerable... si no fuera por ti.»

A las cuatro salió á ultimar con el editor la aparición de Salvata y á dejar la carta en el correo.

A las nueve volvió, retardado en sus asuntos y temiendo ser descortés con Matilde.

No estaba, y Alfonso le transmitió este aviso:

-La señora llegó á las ocho y volvió á partir. Cenará fuera.

¡Bravo! ¡Dos huéspedes sin otra cosa común que la noche y que la cama!

Cenó, y leyó Víctor el Diario Universal, y luego el Heraldo, La Correspondencia y España Nueva... prensa de la noche. A la una menos cuarto le predisponía para el sueño junto al fuego, en La Época, una crítica teatral... Comprendió que estaban aquí estos periódicos traídos por Bibly; todos decían: «EXCURSIÓN ARTÍSTICA. - En el expreso del Norte han salido hoy los distinguidos..»

Llegó Bibly cuando él dormitaba en la poltrona. «¡Ah, la vida de las letras, feroz... Comió con la condesa, tuvo que cenar con Rossina, la cronista, y luego fueron juntas al teatro para ver á un americano en el cuarto de la Rivas. Rossina quería colaboraciones, y la recomendó.»

Por lo demás, traía frío, sueño...

Tiraba por las sillas el abrigo, el paraguas, el sombrero, con su aire de mujer atareada.

-Me dispensas?... Bien, pero estuve aquí, me permití enredar por tu despacho y volví á encontrar entre cuartillas otro retrato dedicado de... esa Adria ¿Escribes quizás de ella un libro? ¿Quién es, pues, esa mujer?

Se acomodó á la lumbre, en otra poltrona. La literata no se había cuidado de darle un beso de salutación, siquiera.

Víctor, sin haberse levantado, correspondiendo á la camaradesca confianza, respondió:

-Lo estudio. Y ya te dije quién es, anoche.

-¿Qué título le pondrás?

-No sé, no lo encuentro.

-¿Tan difícil es? -repuso ya irónica la novelista, en la amante.

-Sí, tendrá que ser simple y difícil, de expresión y de... grandeza.

- ¡Hombre... para tal protagonista... ¡una... cualquiera, no dices? Entonces, La gran... ¡ESO!... ¡con toda grandeza y expresión!... ¡Alfonso! ¡Al-fonso! -llamó al criado que cruzaba el pasillo. -Un vaso de agua.

-¿Quieres pasteles... jerez? -brindó Víctor perdonándole el agravio á la que tantos tendría que sufrirle á los hechos, probablemente.

-Gracias -le contestó con sequedad -. No tengo gana más que de dormir.

Y apoyando el codo en la butaca reclinó la cabeza con los ojos cerrados y cubiertos por los dedos llenos de brillantes.

Parecía la misma amante cansada que si hubiesen vivido juntos los diez años.

-Víctor -pidió de pronto incorporándose con grave decisión -, vas á hacer el favor de decirme bien quién es... esa mujer y qué afectos la unen contigo.

La miró él, viéndola en los ojos el fuego de curiosidad en que se abrasaría. ¡Mariposa!

-¿Quieres saber la historia de ese afecto? ¿Con todos sus detalles?

-Con todos sus detalles -aceptó un poco aterrada de ir á oírle tal vez franquezas excesivas.

-La contaré.

Alfonso trajo el agua, tomo Bibly de la bandeja una copa, bebió... Volvió á salir Alfonso.

Víctor, arrellanándose en la amplia concha de muelle tapicería, y con el tono indolente que emplearía con un amigo, empezó «la historia» por el día del Camposanto. Pronto empezaron también las interrupciones de Matilde, bruscas, explosivas, lanzadas rabiosamente, para quebrarse contra la afable impasibilidad del narrador como láminas de vidrio...

-¡Ah, bravo! ¡Soberbio! -rugió, levantada por la ira á la primera romántica entrevista de Víctor y Adria en el hotel. -¡Muy noble... quien buscaba una QUERIDA llevando sobre el corazón mis cartas!

-Éramos, Bibly, dos amigos tú y yo. «Amigos de las almas», tus cartas están hartas de decirlo; un amigo, pues, podía sin ninguna traición á la amistad buscar una QUERIDA.

-¿Pero es que tú podías creer reservas los...bien lógicos pudores de unas cartas de mujer?

-En cartas de una mujer cualquiera, no; en las tuyas, á menos de negarte, tuve que conceder su íntegro valor á las frases, ARTISTA. «Jamás seremos más que amigos» -repetían.

Se mordió Bibly los labios por no negarse. Víctor conocía el poderoso efecto de la invocación á la «artista.»

-Sigue -dijo ella únicamente, volviendo á caer en la poltrona.

Era ya un élitro quemado en la coqueta á los fuegos, á los fuegos de verdad que ella misma preparó jugando á la mentira. Víctor siguió la historia como un amable dios complacido en el empeño de mostrarle á un alma lo estéril de sus farsas. ¡Empeño enorme con apariencias nimias!... En él palpitaba tal vez una iniciación social de ennoblecimiento -si asimismo rechazase cada vida de verdad su cómplice cortesía necia en el mentir de los otros, de los políticos, de los falsos sabios, como acaso aquel del tren, de las honradas, de las coquetas... de los que odiados y despreciables en las conciencias, viven sin embargo á la luz prestigiosos y honorables... Siguió su empeño y su historia, hábil demás para saber envolver en dulce amargor sus audacias. Las imprecaciones con que le interrumpía Matilde fueron poco á poco trocándose en una paciencia de despecho.

Dieron las dos, las dos y media, las tres. Había entrado dos veces Alfonso á poner leña, y Víctor se deliciaba en su relato como en una noche de sutil consagración debida á Adria, la perdida, ante Matilde, ante la honrada y fastuosa baronesa Georgesco, llena de brillantes, como un idólico símbolo social de todas las necedades.

Él, efectivamente, se las hacía ir diciendo como para ella misma, devueltas en la sonrisa á voluntad..., sin más que acentuar los idealismos de su historia en cualquier pasaje, para Matilde incomprensible, como estos de la vuelta de Adria al viejo banquero y de su entrega á los otros... en que ahora los acentuaba:

-¡Eres... inmundo!... -clamó, levantándose de nuevo y resuelta á marcharse.

No halló otro epíteto, ya agotados los de «falso», «malvado», «canalla»...

Pero su ira se sostuvo en la realidad de la prisión, de la estúpida prisión en que se hallaba en casa del amante extraño, sin poder ir á la suya por el embuste del viaje... Y volvió á caer en el asiento.

Un muñeco. Un demonio del «domador de demonios», que sonreía.

-Cálmate, mujer. Perdono tus violencias. Mas... no seguiré... puesto que no sabes sufrir la historia que ansiabas...

-¡Que ansiaste que ansiara... poniéndome ante los ojos los retratos! -le rechazó fulminante.

-Tal vez.

-¡Cínico! -le arrojó aún, pudiendo menos sufrir la concesión. Y exigió tras un retador silencio en que le habría arañado: -¿Y puede saberse, en fin, á qué obedece, cómo explicas, Víctor, esta absurda situación que has deseado, por lo visto, para la segunda noche con tu amada?

-¡A mi lealtad! -respondió él con firmeza. -No debía esquivarte todo esto, novelista, en un desleal silencio de engaño.

La novelista, nunca requerida en balde, se turbó de lógica.

Sin embargo, la mujer, mirando con odio la alcoba de su nuevo inútil sacrificio, acusó acerba:

-¡A buena hora la cuentas... tu historia! ¡Oh, noble!

-A la amiga -replicó Víctor, sin hacer caso de injurias -yo no pude referírsela sin grosería, sin jactancia imbécil, completamente, y además, inoportuna; y antes de volver á ser tú mi amante, anoche, te hice saber que lo era Adria. Bien claro, creo. ¡Era únicamente la amante, hecha de la amiga, la que adquiría de improviso derechos innegables, ARTISTA, á mis secretos de amor!

-¡Ah, bien claro, sí! -revolviose Bibly más acosada por la indicación exacta. -¡Tan claro, que no lo pude creer por absurdo... por no acertar á comprender una franqueza tan canalla... por no juzgarte, Víctor, tan vil, que hubieras de hacer lealtad y galardón hasta de tus monstruosidades... ¡No, no; yo no pude creer lo tan enorme que me afirmabas sonriendo, y que aun así fué media verdad, porque debiste añadirme para no ser cobardemente hábil á la vez, para ser leal de veras y no un canalla...

-Matilde...

-...Sí, hombre; quien acepta el noble cariño y el honor de una mujer sabiendo de antemano que no podrá corresponderla, es un canalla; y tú debiste añadir si querías no serlo: «Mira, no sólo tengo una querida (¡un caduco pasatiempo, me hiciste con la perdida pensar!), sino que la adoro y nunca podre amarte...» Oyéndolo, yo habría sabido luego si prestarme á tus deseos de bestia...

La fuerza de la indignación la puso en pie -otra vez, más enérgica.

Avanzó con los puños crispados:

-¡DI!... ¿Por qué no me hablaste así, LEAL?

-Porque no lo hubiera sido, entonces! -respondió Víctor, recogiendo frente á frente el mirar fulmíneo.

Y ella se alejó, despreciativa, vencidos no obstante sus ojos en vago paseo de impotencia que la hizo repetir:

-¡Canalla!¡Canalla!

La detuvo la lenta voz del impávido, vuelto en la poltrona.

-Matilde... Bibly... novelista escrutadora de la vida... -dijo arrojándola el halago con tristeza noble, que no era, siéndolo mañosa -: ¿Preguntas por escucharme ó por vengar con invectivas fantásticos agravios?... ¿Eres la eterna mujer impulsiva y loca á quien desdeña en ti la artista... ó eres acaso aquí, también fuera de tus libros, la artista serenísima capaz de soportar lo complejo y lo infinito, lo digno de nosotros, por extraño que parezca?

Y tuvo aún que sonreír... el «domador de demonios». La artista, mágicamente dominada con sólo tal conjuro, cortó recta por delante de la mesa á caer en un diván. Sentada, abrumada allí, su displicente atención mostró mentales reflejos.

Víctor entonces, sin moverse, por no alarmar de nuevo á la mujer, la fué enviando estas más peligrosas confesiones:

-No pude añadir eso que dices, anoche, sin deslealtad conmigo. Habíamos quedado en las cartas en que «nuestros amores de artistas son difíciles». Te he afirmado hace poco, además, que yo no amo á Adria (como á ella se lo afirmo), aunque la estimo y me interesa. Diciéndote, pues, ahora, que te amo á ti con mi amor difícil, que lo es todo en la vida y en el tiempo, mentiría... pero diciéndote anoche que no podría amarte, habría incurrido en falsedad, porque yo no sé si te amaré... ¡Y quisiera amarte, te lo juro por Dios, por mí y por Adria misma!... Como á Adria, ARTISTA, te estimo y me interesas. Está el problema en saber á cuál de ambas amaré como á Salvata!

-¡Ah!... -brincó de nuevo el desdén de la orgullosa, pero lo menos que pudo, en un gemido del pecho.

-¡Como á mi ensueño -insistió Víctor más dulce -. ¡Y no te dé, de ensueño, celos la rival insuperable, sólo imitable por... quien pueda! Sé ya de Adria que tiene corazón. De ti, novelas. No es poco si quisieras completar de corazón mis ansias... y bien me debe ser dado esperar que esté de parte tuya el triunfo, «mujer de pensamiento», novelista, sobre aquella otra tan humilde y mísera rival, que no es más que de carne y corazón.

Matilde rechazó ahora, poniéndose de pie, con todo su orgullo recto como un muelle por el cuerpo:

-¡Esa! ¡Mi... rival?

Y fué de emperatriz el gesto: su aristocracia consorte, de baronesa, rebelándose en irónica altivez ante una infeliz perdidilla.

No quiso aplebeyarse la boca con su nombre, con su directa alusión, y se limitó á comentar:

-¡Qué triunfo!... ¡Qué honra... para mí!... ¡Bah, hombre, Víctor, novelista del amor delicadísimo, y qué rival me has buscado!

La DIGNA DE NOSOTROS, novelista del amor delicadísima, pues ya te he dicho que es de corazón... ¿ó es que habrías de preferirla de alto fango... como, por ejemplo, Sapho?

Vibró ella, cual si hubiese recibido lodo con el nombre, efectivamente, en mitad de la altivez que la exaltaba en majestades. Desde la altura de éstas se vio tan suprema é igualmente inviolable para Sapho, para Adria, para juntas todas las reinas y las perdidas de la tierra... que no triunfal, más, orgullosa y magníficamente segura de sí misma, se acercó á Víctor llevándole en la faz un excelso perdón de compasiones... ¡al pobre insensato también que tan formal pudo caer en la cándida ocurrencia de querer mortificarla con rivales!

Y si no fué esto lo que pasó por ella, se lo imaginaba el amante, que no hubiera podido de otro modo comprender cómo vino á sentarse al lado suyo y á decirle entre nerviosas carcajadas:

-Mira, poeta descompuesto... te ruego nada más que guardes los retratos donde no puedan ofender mi odio á lo chico, y que no me vuelvas á hablar de... esa. Venga ó no venga con su viejo y la veas tu si quieres, también, ¡no me importa!.. ¡Pobre!... ¡Ah... preséntamela!... (¡con las debidas distancias, naturalmente!) y puesto que quiere ser cómica, la haremos cómica... ¿no te parece? Ya sabes que la Rivas rueda por mi sí se lo mando... ¡Cuenta con mi recomendación!

-Gracias, aceptada. Cuando llegue...

-¡Bien, basta de ella, hombre... y mueve esa lumbre, que me arrizo!

Tendió los pies, tumbada atrás, y sonrió á su vez sombríamente soberana, viendo á Víctor inclinado por su orden, como un esclavo, á atizar la chimenea...

«¡Oh, sí, si era corazón lo que el loco novelista reclamaba en la amante novelista, ella le ahogaría en orgullo y corazón!»

-¡Sopla un poco!

Cogió el fuelle, dócil el esclavo, y sopló. Los negros leños llamearon.

-¿Quieres traerme ahora unas pastas?... Tú mismo; deja dormir al pobre Alfonso. ¡Son cerca de las cuatro!

Salió el esclavo. Volvió con pastas y botellas. Acercó la mesita y sirvió las copas. Luego se sentó.

-¡Gracias! -dignose dar Bibly cogiendo con los dientes el sandwich que él la alargaba; y teniéndolo después en los dedos, se acordó: -Por cierto que esta noche le hablé de ti al americano, al señor Barreda, un riquísimo editor que hará mis obras por miles de ejemplares. No conocía nada tuyo, y te concedí el honor de mis elogios, hombre... que siempre valen algo... Te presentaré, te recomendaré, si quieres...

De la humillada, surgía aturdida y protectora, por una tenacidad de voluntad, la artista con la firmeza de su bello sonreír entre editores, entre críticos, entre empresarios y directores de escena... «¡Oh, esto sí, al menos... podía serle en los teatros útil á Víctor si escribía comedias!»... Y ya arrojada en sus propios ánimos de voluble olvidadiza, empleó aún su buena media hora charlando, en calentarse los pies para acostarse... ¡Moría de sueño!..

Sólo cuando iban camino de la alcoba, volvió á decir desdeñosa ante el retrato:

-Hombre, anda, sé galante... ¡quítame eso, por Dios, de las narices!

La obedeció Víctor, «el rebelde autómata por fin sometido á sus deseos».

Sin embargo, pensó Bibly pedirle que volviese por el retrato y lo quemase -cuando ya él también se desnudaba, y ella, bajo el regio dosel verde mar, esperábale con la colcha coquetamente bajo el pecho...: y dudó y no se atrevió á exponerle al desengaño la eficacia de sus gracias...de su boca roja... de sus senos blancos...

Los níveos brazos recibiéronle irritadamente, antes de dormir.