La de San Quintín: 08

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Escena VII[editar]

DON JOSÉ, DON CÉSAR.


DON JOSÉ.- (Indicándole el asiento próximo.) Ya deseaba estar solo contigo.

DON CÉSAR.- (Sentándose fatigado.) ¡Condenadas visitas!

DON JOSÉ.- Tenemos que hablar.

DON CÉSAR.- Hablemos.

DON JOSÉ.- Has cumplido cincuenta y cinco años.

DON CÉSAR.- (Suspirando.) Sí señor. ¿Y qué?

DON JOSÉ.- Que eres un muchacho.

DON CÉSAR.- Comparado con usted... Pero si miramos a la salud, el muchacho es mi padre, y yo el octogenario. ¡Si viera usted qué mal me siento de algunos días acá! (Apoya los codos en las rodillas, y la frente en las manos.)

DON JOSÉ.- Ea, no marear con dolencias imaginarias, César, no seas chiquillo. Si has de casarte no hay que perder el tiempo.

DON CÉSAR.- (Sin alzar la cabeza.) ¿Acaso el casarse por segunda vez es ganarlo?

DON JOSÉ.- En este caso sí. Vuelvo a decirte que conviene a los intereses de la casa que sea tu mujer ese espejo de las viudas, Rosita Moreno, por mal nombre La Pescadera.

DON CÉSAR.- (Alzando la cabeza.) Y usted se empeña en que me pesque a mí.

DON JOSÉ.- Exactamente. Y tengo poderosas razones para desear ese matrimonio. Es tu deber crear una familia, asegurar... como si dijéramos, nuestra dinastía.

DON CÉSAR.- Tengo una hija.

DON JOSÉ.- (Vivamente.) Pero Rufinita quiere ser monja.

DON CÉSAR.- Tengo un hijo.

DON JOSÉ.- Un hijo natural, no reconocido aún.

DON CÉSAR.- Le reconoceré... Ya dije a Canseco...

DON JOSÉ.- Sí, pero... Por dictamen mío, el reconocimiento no se verificará hasta no asegurarnos de que Víctor merece pertenecer a nuestra familia. En vista de la mala fama que trajo del extranjero, donde se educó, y de Madrid, donde vivió los últimos meses, opiné, y tú lo aprobaste, que debíamos someterle a un sistema de observación correccional. Figúrate que resultara imposible...

DON CÉSAR.- Víctor tiene talento.

DON JOSÉ.- Si como tiene talento tuviera juicio...

DON CÉSAR.- Espero que el rigor con que le tratamos, le enderezará. Y ya ve usted que soy inexorable... No le dejo vivir.

DON JOSÉ.- Así, así. Pero ¡ay! tan arraigadas están en su magín las ideas disolventes, que...

DON CÉSAR.- Fruto de las malas compañías y de las lecturas ponzoñosas. Créalo usted; los pícaros libros son la perdición de la humanidad.

DON JOSÉ.- No exageres... Hay libros buenos.

DON CÉSAR.- Pero como para saber cuál es bueno y cuál no, hay que leerlos todos, y esto no es posible, lo mejor es proscribir la lectura en absoluto... En fin, yo trato de formar a Víctor a nuestra imagen y semejanza, antes de admitirle legalmente en la familia... ¡Y cómo trabaja el pícaro! ¡Todo es fácil para él! ¡Qué inteligencia, qué prontitud, qué manos!

DON JOSÉ.- Pero esas cualidades poco significan solas. El obrero que a su habilidad no une el don del silencio, no sirve para nada.

DON CÉSAR.- Por eso le tengo prohibido que dirija a los obreros más palabras que buenos días, y sí, y no. Temo que arroje en los talleres alguna semilla de insubordinación. (DON JOSÉ empieza a dar cabezadas de sueño.) Si he de decir verdad, a mí mismo, que soy tan árido de palabra y tan seco de trato, me cautiva si me descuido. Y aunque me parecen absurdas sus ideas sobre la propiedad, el trabajo, la política y la religión, de tal modo reviste sus disparates de una forma reluciente, que me seduce, me emboba... ¡Ah! pues si yo lograra, con este régimen de esclavitud en el trabajo, que aquel talento superior entrara por el camino derecho...! (Advirtiendo que DON JOSÉ se ha dormido, inclinando la cabeza sobra el pecho.) Pero padre... ¿se duerme usted?

DON JOSÉ.- (Despertando lentamente y creyendo que habla con otra persona.) Rosario de Trastamara, Duquesa de San Quintín... perdóname si te digo que... (Sacudiendo el sopor y viendo claro.) ¡Ah!... eres... De tal modo me embarga el ánimo la visita de esa mujer, que...

DON CÉSAR.- ¿Pero es de veras?... ¿Tendremos aquí a Rosarito?

DON JOSÉ.- Ya oíste al Marqués de Falfán. No puede tardar. Su carta dice que viene a pedirme consejo.

DON CÉSAR.- ¡Pedir consejo! Traduzca usted la frase al lenguaje corriente, y diga: pedir dinero.

DON JOSÉ.- ¿Pero tan pobre está?

DON CÉSAR.- En la última miseria.

DON JOSÉ.- ¿Lo ha perdido todo?

DON CÉSAR.- Todo. A poco de morir el botarate de su marido, la propiedad inmueble pasó a manos de tres o cuatro acreedores. Rosario tuvo que vender los cuadros, armaduras y tapices, la plata labrada, las vajillas, y hasta las libreas de los lacayos.

DON JOSÉ.- ¡Qué demonches!

DON CÉSAR.- En París, según oí, ha malbaratado sus joyas. Hoy no le queda más que el guardarropa, la colección de trapos elegantes, que no valen nada.

DON JOSÉ.- ¡Dios misericordioso, concluir de ese modo casa tan poderosa!... Y dime, ¿viste a Rosario en Madrid últimamente?

DON CÉSAR.- No, señor. Desde las cuestiones agrias que tuve con su padre, la más orgullosa, la más atufada nulidad que he visto en mi vida, no me trato con ningún Trastamara, y el parentesco es letra muerta para ellos y para mí.

DON JOSÉ.- ¡Pobre Rosario! No puedo olvidar que la tuve sobre mis rodillas, que la he dado mil besos... Por cierto que si su pobreza es tal como dices, no habrá más remedio que facilitarle algunos recursos...

DON CÉSAR.- (Levantándose.) Usted hará lo que quiera. Yo no le daría un cuarto. Ella no pedirá, no; pero llorará. Verá usted como llora: las lágrimas son en esa nobilísima raza la forma elegante del pordioseo. (Se aleja.)

DON JOSÉ.- Pero aguarda... óyeme.

DON CÉSAR.- Tengo que ir al Ayuntamiento.


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