La flor de los recuerdos (Cuba): 06

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
La flor de los recuerdos (Cuba) de José Zorrilla
Una repetición de Losada: Capítulo tercero


Capítulo tercero.[editar]

Lasciate ogni speranza ¡Olí voi ch'intrate!

En una de las calles solitarias
Que, mas allá del parque del Regente,
Dan a Londres carácter diferente
Del que tiene en su centro, con las varias
Construcciones y formas caprichosas
De sus casas aisladas y dispares,
Que parecen ya quintas deliciosas
Modernas, ya castillos, seculares
De goda y de normanda arquitectura.
Ya kioskos de arabescos alminares,
Hay una que, encerrada en la verdura
De un arbolado umbroso parquecillo,
Tiene visos de quinta y de castillo.
Un muro irregular de escasa altura,
Fabricado de cárdeno ladrillo
Al estilo morisco recortado
En estrellas, polígonos, triángulos,
Y losanges, formando alicatado,
Cerca en redor el parque, cuyos ángulos
Unos pilares, dobles aseguran,
Que sirven a la yez de pedestales
A chinescos y etruscos macetones
Casados dos a dos; desde los cuales,
Cual de la India oriental en los balcones
De los palacios reales
Y en los de cuentos de hadas y hechiceras
Cuelgan cortinas de bordados chales.
Se tienden ondulantes, olorosas,
Frescas, movibles, verdes y ligeras
Cortinas de jazmin y enredaderas,
Que cubren descarriadas y viciosas
Las paredes enteras.
Cuadros de yerba exhuberante y larga,
Prados en miniatura artificiales,
Que no Dios sino el hombre allí se encarga
De crear, visten el ameno suelo;
En medio, ramilletes de rosales,
De espesos y pajizos retamales
Y otros arbustos mil de flor amarga
Y propiedades mil medicinales,
Dan vista, aroma y sombra a aquellos prados,
Cortados al capricho por caminos
Limpia y esactamente enarenados
Y que forman dibujos peregrinos.
A través de las verdes praderillas,
En torno de los árboles copados,
Bosquetes de retamas amarillas
Y ramilletes de rosales, plantas,
Y arbustos en macetas y en jarrones,
Dan estos caminillos vueltas tantas
Y hacen tantos recodos y rincones,
Que tornan aquel parque en laberinto:
Pero sus sendas a la vista sueltas
Y por dó quier partidas, con distinto
Destino y fin al parecer tendidas
Y unas en otras por dó quier revueltas,
Todas a un mismo punto conducidas,
De la casa a parar van al recinto
Después de tantas caprichosas vueltas.

Para esto de alojarse, los Ingleses
Tienen don especial, y nadie sabe
Amalgamar como ellos cuanto cabe
A un tieñipo en bienestar y en intereses.
Nosotros, gente audaz del mediodía,
Raza inquieta enemiga del reposo,
Inclinada al tumulto de la guerra,
Que tenemos la ardiente Andalucía
Con su brillante sol esplendoroso
Y su feraz y productiva tierra,
Dejamos a la mano providente
Del Supremo Hacedor omnipotente
El cuidado de darnos existencia
Feliz, con nuestros sanos alimentos,
Clima benigno, alegres pensamientos,
Y cómoda y barata residencia
En el jardín que, en nuestro rico suelo,
Bajo su azul y saludable cielo,
Nos tocó en este mundo por herencia;
Y habiendo sin afán frutos opimos
Y vida dulce y regalona hallado
En nuestro aire jamás emponzoñado
Y de la tierra fértil do nacimos
En las frutas, las mieses y racimos,
Del grande afán con que el Inglés se aloja
Hacer burla tal vez se nos antoja,
Y de él sin fundamento nos reímos.
El Inglés, que ha nacido en una tierra
Que escasísimos gérmenes encierra
De fructificación y bajo un cielo
Tan triste como estéril es su suelo,
Trabaja sin cesar, infatigable,
Porque tiene que dar a su sustento,
A su vida social y alojamiento
Lo cómodo, supérfluo o agradable
Que negó a su país el firmamento.
Así que, en los mas mínimos pedazos
Que forman de su tierra los confines,
Al poder de su ingenio y de sus brazos
Lo que Dios hizo erial torna, en jardines
El agua que las lluvias hacen lago
Con poderosos mecanismos vacia,
Sus derrames mas lejos aprovecha,
En sus terrenos áridos los echa,
Y a merced de su afán y pertinacia,
En lo que ayer fue norial frutos cosecha,
Y donde ayer hervía la inmundicia
Hoy miran, nuestros ojos con delicia
Elevarse con gracia
De un campanario la elegante flecha;
Y lo que Dios no le otorgó, lo adquiere,
Y lo que el suelo no le da, lo crea,
Y de comodidades se rodea:
Y como él se procura cuanto quiere
Y a sí mismo se da cuanto desea,
Cómodo vive y satisfecho muere;
Y así es hombre el Inglés de tal estofa
Que mas merece aplauso que no mofa;
Porque todo país civilizado
Debe de hacer de su existencia el viaje,
No en un asno o a pié como el salvaje,
Sino como a quien Dios el mundo ha dado
Con cuanto existe en él por hospedaje:
Es decir, con espléndido equipaje,
Por el genio o la fuerza arrebatado
En un vapor o cómodo carruage,
Y en una casa cómoda alojado.

Y esta casita aislada y pintoresca
De la que voy hablando, rodeada
De arboleda sombrosa y yerba fresca,
Era una elegantísima morada
De esas que nada más tiene en la tierra
La capital soberbia de Inglaterra.
Su pórtico, italiana columnata
A cuya ancha meseta se subía
Por cómoda y tendida escalinata,
Sobre estensa antecámara se abría
Que a un lado el paso del salón franqueaba
Y por el otro al comedor se entraba
Del cual a los jardines se salía.

En el piso del centro se halla todo
Cuanto preciso es de cualquier modo
A la vida social, pública, esterna;
Rico salón con música y piano,
Comedor, sala de armas, biblioteca,
Camarín de reposo, y a la mano
El jardín con columpios y con juegos,
Flores, paseo, luz y ambiente sano.
La existencia doméstica é interna,
La vida estraña al turbillon mundano,
La vida del amor, íntima y tierna,
Está modestamente retirada
Al piso superior; los dormitorios,
El baño, el tocador, el gabinete
De labor de las damas, el bufete
De trabajo del dueño están arriba;
La existencia social ocupa el centro,
Y según es de Londres la costumbre
( Y es la costumbre que mejor encuentro)
Bajo de todo y de la casa dentro
Los oficios, hogar y servidumbre.
Los muebles de la casa pocos, ricos
Y útiles son: no hay nada que no sea
Necesario; allí está la chimenea
Surtida de pantallas y abanicos:
Las ventanas y puertas con mamparas,
Los suelos con alfombras: los estantes
Llenos de ropa blanca; entran por varas
Las telas de las amplias colgaduras
Que decoran los lechos,
Necesidad que el clima trae consigo;
Cortinages de pródigas anchuras
A propósito hechos
Para el nocturno y necesario abrigo.
Están aparadores y bufetes
De plata, china y de cristal colmados:
Mas no de esos inútiles juguetes
Con que en Francia se tienen decorados,
Sino de esos mil trastos que, aunque varios
Y de rara invención, son necesarios.
Todo es allí comodidad, limpieza
Y orden; nada hay de más, nada de menos,
Nada sin un objeto en cada pieza;
Casa, muebles, criados están llenos
De decoro; y allí respira gracia
Todo; allí anuncia todo la riqueza
Y el comfort de la inglesa aristocracia.
Esta casita, en fin, a donde ahora
Conducir al lector nos interesa,
Es una habitación encantadora
Como en su rica capital las mora
Hoy solamente la nación inglesa.






La mañana está clara, el aire puro.
El cielo azul, la atmósfera serena,
Londres alegre; del laurel oscuro
Entre el follaje canta filomena:
Empiezan a venir las golondrinas
De África: empiezan a brotar las flores
Y su botón las rosas purpurinas
Empiezan a romper; jugo y colores
Toma cuanto vejeta,
Y el aura impregnan ya con sus olores.
El lirio fresco y la gentil violeta.
Del Támesis las lóbregas neblinas
El sol desgarra con caliente rayo,
Toda la tierra, en fin, se regenera
Al influjo vivífico de mayo
Y al soplo de la fértil primavera.

Iban a dar las diez de la mañana;
El portero que guarda el parquecillo
De esta casa con humos de castillo,
De la cual descripción amplia y lozana
Acabamos de hacer, engalanado
Con su librea azul, está plantado
A cuatro pasos del umbral afuera,
Mirando atento entre la doble hilera
De edificios que forman la calzada
Si viene alguno a quien sin duda espera.
En la mesa del pórtico, que entrada
Da a la casa y remate a la escalera,
Se pasea con paso mesurado
Un hombre ya de edad, condecorado
Con la legion de honor, de rigurosa
Etiqueta vestido, y de lustrosa
Bota y guantes blanquísimos calzado.
Su cabellera es blanca: su cabeza
De cabello en el centro despojada,
Su faz severa, perspicaz mirada,
Posado continente, serio trage
Y todo el esterior de su persona
Lleno de dignidad y de nobleza,
Le dan por importante personage
A quien su propia dignidad abona.
En sus ojos se vé la inteligencia
Del hombre acostumbrado de la ciencia
A engolfarse en el piélago profundo,
Y en toda su presencia
La buena educación y la esperiencia
Del hombre familiar con el gran mundo.
Benevolente, la bondad se marca
En aquel ojo que tranquilo mira
Bajo una ceja que jamás se enarca;
Este hombre, en fin, que confianza inspira,
Tiene, aun en nuestro siglo de mentira,
La digna sencillez del patriarca.
Es el doctor John Lees, que ha recorrido
Del mundo la mitad y ha atesorado
Cuanto el mundo científico ha sabido
Y lo que su esperiencia le ha enseñado.
Y es hombre que del uno al otro polo
Ha recogido de la ciencia frutos
Grandes, que más secretos sabe él solo
Que muchas academias e institutos,
Y que más moribundos ha salvado
Que Broussais y comparsa han enterrado.
Tras él y por la puerta
De par en par abierta,
Se ven en la antecámara, parados
Y en librea de gala, dos criados
De servicio interior y una doncella
De esas que hay solo en Londres en servicio,
Y que por joven, elegante y bella
Nadie la diera en tan humilde oficio:
Aunque decirse a la verdad pudiera
Que de la noble dama su señora
Es, más que servidora, compañera:
Pues que tiene a su vez su servidora
Que a su turno sus órdenes espera.
A la derecha de la casa, a sombra
De unos frondosos olmos y sentada
De un prado artificial sobre la alfombra,
Se eleva independiente la cochera
Con su cuadra y establo, a cuya entrada
Un jokey irlandés y un africano
Negro, a su vez, esperan la llegada
De quien viene, las gorras en la mano,
Con aquella paciencia y aire grave
En que tranquilo mantenerse sabe
Cual ningún otro el servidor britano;
Todo, por fin, demuestra que se aguarda
En este alojamiento cortesano
A alguien que ha de venir y en llegar tarda.
De repente el doctor, cuyos sentidos
Hizo la observación mas perspicaces.
Se paró y tendió al aire los oídos
Para coger mejor unos sonidos
Que erraron por la atmósfera fugaces.
Y un minuto tal vez no pasó entero,
Cuando vio que solícito el portero
Abrió de par en par el enverjado,
Y un abrigado faetón de viage,
Por seis caballos húngaros tirado
Y atestado de senos de equipage.
Entró por el sendero enarenado
Que, en curva suave y ascensión ligera,
Conduce del cancel a la escalera.
Salió fuera el Doctor de la techumbre
Del pórtico, y tras él la servidumbre;
Abrió la portezuela blasonada
Del carruage magnífico un lacayo.
Y saltó a la escalera embaldosada
Un hombre envuelto en elegante sayo
De viage: era Don Luis. Tras él otro hombre
Bajó del faetón: era Losada.
¿Necesitas, lector, que yo te nombre
La mujer por los dos acompañada?
Era Luz, la hermosísima habanera:
Pero ¡cuan diferente, cuan mudada
De cuando Luz de los salones era!
De aquella Luz que conociste un día
Tan hermosa en la Habana, parecía
La imagen material vaciada en cera;
Envuelta en pieles la infeliz venía,
Y en su estenuado cuerpo no tenía
Influencia vital la primavera.
Bajó ayudada por Don Luis, y el suelo
Al pisar exhaló un ligero grito
De sorpresa tal vez, como persona
Que habituada al reposo, en el momento
De ponerse en acción, el movimiento
La causa sensación y cree un instante
Que su estinguida fuerza la abandona
Al emprender su marcha vacilante.
Repuesta empero al punto, enderezóse:
Y como aquel que a voluntad ajena
Va con resignación, sino con pena,
Adonde al fin su voluntad inmola,
Melancólicamente sonrióse;
Y mirando en redor con desconsuelo
Dijo: “¡hermosa ciudad, mas triste suelo!”
Y empezó la escalera a subir sola:
Mas del ascenso a la mitad paróse;
A ella Losada entonces acercóse
Y hasta llegar arriba el brazo dióla.
“Dejadla que un instante se repose:”
Dijo el Doctor John Lees, que con anhelo
Subir la contemplaba de hito en hito,
Con la fija y recóndita mirada
Del sabio que su ciencia ve con celo.
Y aquí de ella apartándose Losada,
En el pórtico mismo presentóla,
Con la solemne gravedad precisa
De ceremonia tal en Inglaterra,
Al doctor Lees, que atento saludóla.
Ella, con melancólica sonrisa,
Sacó con lentitud su mano helada
De bajo de su abrigo
Y al doctor la tendió, con voz quebrada
Diciendo: “estoy, Doctor, muy fatigada.
“Dadme el brazo; al salón venid conmigo
“Y allí amistad haremos: y si acaso,
“Doctor, mi vida en sus estremos frisa,
“Seréis mi último amigo.” —

Casi una hora retirada estuvo
Luz con el Doctor Lees: mientras Losada
La cómoda morada
Por él para su amigo preparada
Con él a solas visitando anduvo.
Por fin, del comedor al peristilo
Del jardín asomó con Luz del brazo
John Lees; ella risueña y él tranquilo,
Del jardín recorrieron un pedazo
Hasta dar con Don Luis y con Losada,
Que sentados al borde de la fuente
Hacían a su vez tranquilamente
Dulces recuerdos de la edad pasada.
Hubo entonces por una y otra parte
Ofrecimientos de amistad sincera,
Perdurable y cordial, hechos sin arte;
Y establecióse pronto entre los cuatro,
No una franqueza falsa y de teatro,
Sino de corazón y verdadera.
Lees estuvo en sus pláticas ameno,
Luis de verbosidad y gracia lleno,
Losada original, Luz hechicera;
Quedaron unos de otros encantados:
Verse todos los días prometieron;
Y Losada y John Lees, que ocupaciones
Tienen en sus diversas profesiones,
De Luz y de Don Luis se despidieron.
Y cuando aquellos al cancel llegaron,
Y éstos a entrar en el salón volvieron,
Dentro y fuera este diálogo entablaron,
A un tiempo, dos a dos, de esta manera:
La dicha fue que platicar no oyeron
Los que estaban adentro a los de afuera.


DIALOGO PRIMERO.[editar]

Luz y Don Luis en el salón.

D. LUIS. ¿Y qué tal el doctor?


LUZ. Es un bravo hombre,

De muy buen tono é instrucción estensa.

D. LUIS. ¿Qué dice de tu estado?


LUZ. Que te asombre

Es fuerza su opinión.

D. LUIS. ¿Por qué?


LUZ. No piensa

Como los otros él.

D. LUIS. ¿Cree que te sana?


LUZ. Sola me curaré.


D. LUIS ¿Cómo?


LUZ. Con poco

Trabajo y sin tomar ni una tisana.

D. LUIS. O es muy sabio John Lees, o está muy loco.


LUZ. Dice que, si Dios quiere, es cosa llana

Sanarme con sus gotas, alimento,
Buen aire, buen humor y movimiento.

D. LUIS. ¿Y podremos al fin ir a la Habana?


LUZ. Dependerá de ti.


D. LUIS. Por mí, mañana.


LUZ. Necesito curar radicalmente

Para volver a clima tan caliente.

D. LUIS. Mas fuerza será que este abandonemos

Antes que en él en el invierno entremos.
Para ponerte en síntomas mejores
¿Qué tiempo ha menester?

LUZ. Si no hay reveses

Imprevistos, o causas estertores
Que me agraven, será de aquí a tres meses,
Cuando caigan las hojas y las flores:
Porque entonces en Cuba nos espera
El invierno de allá, que es primavera.

D. Luis. ¡Dios misericordioso!

Si te sana John Lees

LUZ. No tengas duda:

Yo en la palabra de él con fé reposo.




El Poeta.

¡Feliz quien su esperanza
De ciega fé tras el baluarte escuda!
Su esperanza a nutrir la fé le ayuda,
Y espera al menos, si jamás alcanza.


DIALOGO SEGUNDO.[editar]

Losada, El Doctor, en la puerta del parque.

LOSADA. ¿Cómo está Luz?


EL DR. Muy mal: de muerte herida.


LOSADA. ¿No hay esperanza alguna

De salvarla?

EL DR. Ninguna.

Tres meses, cuando más, tiene de vida:
Las hebras que a ella la atan son tan flojas
Que caerá en el otoño, con las hojas.

LOSADA. ¿Tan pronto?


EL DR. Esta es su tumba: y es tan cierta

Su muerte que, con Dante, de esa puerta
Pudisteis escribir en el remate:
Lasciate ogni speranza ¡oh voi ch'intrate!




El Poeta.

Luz y Don Luis quedaron arrobados
Bañándose en la luz de la esperanza;
Losada y el Doctor desesperados,
Al fondo de New Road, del brazo dados,
Se fueron a perder en lontananza.
El Doctor, en los duelos ya curtido,
Caminaba en silencio y distraído:
Mas el pobre Losada, a quien abate
El porvenir de Luz, en la alma herido,
Su pena en vano con afán combate;
Y le va resonando en el oído
Aquel verso del Dante tan sabido:
Lasciate ogni speranza ¡oh voi ch'intrate!