La importancia de llamarse Ernesto: III - III

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La importancia de llamarse Ernesto
Acto III: Tercera parte
de Oscar Wilde


(Entra Jack.)

Gwendolen: ¡Ernesto! ¡Mi querido Ernesto!

Jack: ¡Gwendolen! ¡Querida! (Le va a dar un beso.)

Gwendolen: (Retrocede.) ¡Un momento! ¿Puedo preguntar si te has prometido en matrimonio con esta damisela? (Señala a Cecilia.)

Jack: (Entre risas) ¿Con la pequeña y querida Cecilia? Por supuesto que no. ¿Quién ha podido meter esa idea en tu preciosa cabecita?

Gwendolen: Gracias. Ahora sí puedes. (Ofrece la mejilla.)

Cecilia: (Con mucha dulzura) Sabía que tenía que haber un error, Miss Fairfax. El caballero cuyo brazo está ahora rodeando su talle es mi tutor, Mr. John Worthing.

Gwendolen: ¿Cómo?

Cecilia: Es mi tío Jack.

Gwendolen: (Retrocede.) ¡Jack! ¡Oh!

(Entra Algernon.)

Cecilia: Aquí está Ernesto.

Algernon: (Va hacia Cecilia sin percatarse de nadie más.) Amor mío. (Intenta besarla.)

Cecilia: (Da un paso atrás.) Un momento, Ernesto. ¿Puedo preguntar si te has prometido en matrimonio con esta damisela?

Algernon: ¿Con qué damisela? (Mira a su alrededor.) ¡Cielo santo, Gwendolen!

Cecilia: Sí, Gwendolen, cielo santo. A ella me refiero.

Algernon: (Entre risas) ¡Desde luego que no! ¿Quién ha podido meter esa idea en tu preciosa cabecita?

Cecilia: (Le ofrece la mejilla para que la bese.) Ahora puedes. (Algernon la bes.)

Gwendolen: Sabía que tenía que haber un error, Miss Cardew. El caballero que la ha besado es mi primo, Mr. Algernon Moncrieff.

Cecilia: (Se separa de Algernon.) ¡Algernon Moncrieff! ¡Oh!

(Las dos muchachas se juntan y se cogen del talle, como buscando protección.)

Cecilia: ¿Te llamas Algernon?

Algernon: No puedo negarlo.

Cecilia: ¡Oh!

Gwendolen: ¿De verdad te llamas John?

Jack: (Levanta la barbilla, casi con orgullo.) Podría negarlo si quisiera. Puedo negar lo que quiera. Pero ciertamente me llamo John. Me he llamado John desde hace ya algunos años.

Cecilia: (A Gwendolen) Las dos hemos sufrido una decepción muy grande.

Gwendolen: ¡Mi pobre y herida Cecilia!

Cecilia: ¡Mi dulce y engañada Gwendolen!

Gwendolen: (Lentamente y muy seria) ¿Querrás llamarme hermana? ¿Quieres?

(Se abrazan. Jack y Algernon murmuran y van de un lado a otro.)

Cecilia: (Con cierta viveza) Quisiera preguntarle algo a mi tutor.

Gwendolen: ¡Estupenda idea! Mr. Worthing, hay una pregunta, justamente, que desearía me fuera permitido hacerle. ¿Dónde está su hermano Ernesto? Las dos nos hemos prometido en matrimonio con él, por lo que para nosotras es de cierta importancia saber dónde está en este momento.

Jack:(Con vacilación) Gwendolen, Cecilia, para mí es muy doloroso verme obligado a decir la verdad. Es la primera vez en mi vida que me creo constreñido a tan dolorosa posición, y realmente soy un inexperto total en el asunto. Aun así, debo deciros con toda franqueza que no tengo ningún hermano Ernesto. No tengo ningún hermano. Nunca en mi vida he tenido un hermano y no tengo, por cierto, la más mínima intención de tenerlo en el futuro.

Cecilia: (Sorprendida) ¿Ningún hermano?

Jack: (Muy animado) ¡Ninguno!

Gwendolen: (Severamente) ¿Nunca has tenido un hermano de ningún tipo?

Jack: (Divertido) Nunca. Y de ningún tipo.

Gwendolen: Me temo, Cecilia, que está muy claro que ninguna está prometida en matrimonio con nadie.

Cecilia: Encontrarse repentinamente así no es una posición muy graciosa para una chica, ¿no?

Gwendolen: Vamos al jardín. No creo que se atrevan a seguirnos.

Cecilia: No, los son hombres son tan cobardes, ¿verdad?

(Se van al jardín, mirándolos despectivamente.)

Jack: En bonito lío me has metido.

(Algernon se sienta junto a la mesa de té y se sirve un poco. Parece totalmente despreocupado.)

¿Por qué has tenido que venir aquí pretendiendo ser mi hermano? Eres un monstruo.

Algernon:(Come una tostada) ¿Y por qué has tenido que pretender que tenías uno? Es verdaderamente desafortunado. (Come otra tostada.)

Jack: Te dije que debías irte a las tres y cincuenta. Dispuse un coche para ti. ¿Por qué diablos no te has ido?

Algernon: Aún no había tomado el té.

Jack: Éste horrible estado de cosas debe ser lo que tu llamas bunburysmo, supongo.

Algernon: Sí, es Bunbury maravilloso y perfecto. EL bunburysmo más maravilloso que he visto en mi vida.

Jack: Pues no tienes ningún derecho a bunburyzar aquí.

Algernon: Eso es absurdo. Cada cual tiene derecho a bunburyzar donde le dé la gana. Cualquier bunburysta serio lo sabe.

Jack: ¡Bunburysta serio! ¡Dios mío!

Algernon: Si uno quiere divertirse en la vida, tiene que ser serio en algo. Yo soy un bunburysta serio. En lo que tú seas serio, no tengo ni la más remota idea. Me imagino que serás serio en todo. Tienes un carácter absolutamente trivial.

Jack: La única y pequeña satisfacción que tengo en todo éster terrible asunto es que tu amigo Bunbury esté a punto de irse al garete. Ya no podrás ir al campo tan a menudo como ibas, querido Algy. Y eso también me parece estupendo.

Algernon: Tu hermano también se ha descolorido un poco, ¿no, Jack? Ya no podrás escaparte a Londres con tanta frecuencia como solías. Lo que tampoco me parece mal.

Jack: En cuanto a tu conducta con Miss Cardew, debo decir que haber engañado a una muchacha tan dulce, inocente y sencilla es totalmente inexcusable. Sin mencionar el hecho de que se trata de mi pupila.

Algernon: No veo ninguna justificación para que hayas engañado a una damita tan brillante, lista y experimentada como Miss Fairfax. Sin mencionar el hecho de que se trata de mi prima.

Jack: Quiero comprometerme con Gwendolen, eso es todo. La amo.

Algernon: Bueno, yo sinceramente quiero comprometerme con Cecilia. La adoro.

Jack: No creo que haya posibilidad de que te cases con Miss Cardew.

Algernon: Yo no creo, Jack, que sea muy verosímil que tú y Miss Fairfax lleguéis a casaros.

Jack: Bueno, eso no es asunto tuyo.

Algernon: Si lo fuera, no hablaría de ello. Es muy vulgar hablar de los asuntos propios. Sólo lo hacen gentes como los agentes de Bolsa, e incluso ellos sólo en sus cenas.

Jack: ¿Cómo puedes estar sentado ahí, comiendo tostadas tranquilamente, cuando estás en un lío tan terrible. Creo, sinceramente, que no tienes corazón.

Algernon: No puedo comer tostadas agitadamente. Con toda probabilidad me mancharía los puños de mantequilla. Yo suelo comer mis tostadas sin prisa. Es el único modo de comerlas.

Jack: Lo que digo es que el solo hecho de comer tostadas en circunstancias como éstas indica falta de corazón.

Algernon: Cuando tengo algún problema, lo único que me tranquiliza es comer. Incluso cuando ese problema es serio, quienes me conocen íntimamente te lo pueden decir, desecho todo, salvo comer y beber. En este momento como tostadas, porque soy desdichado. Además, las tostadas me gustan especialmente. (Se levanta.)

Jack: (Se levanta.) Bueno, pero no hay razón para que te las comas todas y tan ávidamente. (Le quita las tostadas.)

Algernon: ¿Por qué no comes tarta? A mí no me gusta.

Jack: ¡Santo Dios! ¡Un hombre tiene derecho a comerse sus tostadas en casa!

Algernon: Pero si acabas de decir que quienes comen tostadas carecen de corazón...

Jack: He dicho que tú carecías de corazón en estas circunstancias. Y eso es algo muy distinto.

Algernon: Puede ser. (Le arrebata el plato.) Pero las tostadas son las mismas.

Jack: Algy, se amable y vete.

Algernon: No es posible que quieras que me vaya sin merendar. Es absurdo. Nunca salgo sin merendar. Nadie lo hace, salvo los vegetarianos y gente por el estilo. Además, he quedado con el Dr. Chasuble para que a las seis menos cuarto me bautice con el nombre Ernesto.

Jack: Mi querido amigo, cuanto antes acabes con tanto absurdo, mejor. Esta mañana dispuse con el Dr. Chasuble que me bautizara a las cinco y media, con el nombre Ernesto. como es lógico. Deseo de Gwendolen. No es posible que los dos nos llamemos Ernesto. Es absurdo. Además, yo tengo perfecto derecho a que me bauticen a mi gusto, porque no hay evidencia que pruebe que he sido bautizado anteriormente. De hecho, estoy casi seguro de que nadie lo ha hecho, así que el Dr. Chasuble puede hacerlo. Tu caso es distinto. A ti ya te han bautizado.

Algernon: Sí, pero hace muchos años.

Jack: A mí no me han bautizado. Eso es lo importante.

Algernon: Claro. Sólo yo sé que mi constitución lo puede aguantar. Si no estás absolutamente seguro de haber sido bautizado, debo decirte que es muy peligroso que te aventures a ello ahora. Podría no hacerte bien. No debes olvidar que alguien íntimamente relacionado a ti ha estado a punto de palmarla en París esta semana a causa de un fuerte resfriado.

Jack: Ya. Pero tú mismo has dicho que eso no es hereditario ni nada parecido.

Algernon: No suele serlo, es verdad... Pero me atrevo a decir que ahora sí. La ciencia hace progresos maravillosos en estos temas.

Jack: Algy, ¿puedo preguntarte qué demonios te propones hacer?

Algernon: Nada. Es lo que he estado intentando decirte durante los últimos diez minutos, y tú has hecho cuanto has podido para distraerme de mi propósito.

Jack: Voy a ir al jardín a ver a Gwendolen. Estoy seguro de que me está esperando.

Algernon: Yo sé por sus finísimas maneras que Cecilia me espera y por eso no debo salir al jardín. Cuando un hombre sabe exactamente lo que una mujer espera de él es que ella no piensa mucho en él. Uno siempre debe hacer lo que la mujer no espera, del mismo modo que debe siempre decir lo que ella no entienda. El resultado, invariablemente, es un perfecto entendimiento por ambas partes.

Jack: ¡Vaya! Otro disparate. Siempre estás diciendo disparates.

Algernon: Es mucho más inteligente decir disparates que escucharlos, mi querido amigo; y más peregrino pensarlos, a despecho de lo que la gente pueda decir.

Jack: No te escucho ni quiero escucharte.

Algernon: Oh, eso es sólo falsa modestia. Sabes perfectamente que puedes escucharme si lo intentas. Siempre te minusvaloras, algo absurdo en estos tiempos llenos de gente fatua. ¡Jack, otra vez estás comiendo tostadas! No deberías. Sólo quedan dos, (Muestra el plato.) y ya te he dicho cuánto me gustan las tostadas.

Jack: Pero es que detesto la tarta.

Algernon: Entonces, ¿por qué permites que sirvan tarta a tus invitados? ¡Menuda idea tienes de la hospitalidad!

Jack: (Molesto) ¡Otra vez pierdes el rumbo! No estamos discutiendo sobre tartas. (Se acerca.) Algy, estás absolutamente loco. No puedes mantener el hilo de ninguna conversación.

Algernon: No, me mareo.

Jack: ¡Cielo santo! ¡Cuánta afectación! Aborrezco la afectación.

Algernon: Mi querido amigo, si no te gusta la afectación, realmente no sé qué te gusta. Por lo demás, no es afectación. Seguir con el hilo de una charla me marea, y detesto los trastornos físicos de cualquier índole.

Jack: (Lo mira con furia, da vueltas por la sala y finalmente se acerca a la mesa.) ¡Algy, te he dicho que te vayas! No quiero que estés aquí. ¿Por qué no te vas?

Algernon: Aún no he terminado de tomar el té. Y todavía queda una tostada (Coge la última.)

(Jack lanza un grito ahogado, se desploma en la silla y se tapa las manos con la cara.)


Fin del tercer acto.

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