La isla de los pingüinos: 005

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La isla de los pingüinos Anatole France



LIBRO CUARTO LOS TIEMPOS MODERNOS: TRINCO



I. LA ROUQUINA



Aegidio Aucupe, el Erasmo de los pingüinos, no se había engañado: su época era la del libre examen.

Pero aquel hombre insigne tomaba por suavidad en las costumbres las elegancias de los humanistas —y no preveía los efectos del despertar de la inteligencia entre los pingüinos. Introdujo la reforma religiosa.

Los católicos asesinaron a los reformistas y los reformistas asesinaron a los católicos; tales fueron los primeros progresos del libre pensamiento. Los católicos vencieron en Pingüinia; pero el ansia de examen, a su pesar, había penetrado en ellos, asociaban la razón a la creencia y pretendían despojar a la religión de las prácticas supersticiosas que la deshonraron, como desprendieron más adelante de las catedrales las barras de los zapateros, revendedores y calceteros que se adosaban a sus muros. La palabra «leyenda», que indicó al principio lo que los fieles debían leer, implicó luego la idea de fábulas piadosas y cuentos pueriles.

Los santos y las santas se resintieron con tales novedades. Un joven canónigo muy sabio, muy austero y muy rígido, llamado Princeteau, señaló a muchos de ellos como indignos de ser venerados, y recibió por este motivo el sobrenombre de «desahuciador de santos». No creía que la oración de Santa Margarita, aplicada como cataplasma sobre el vientre de las parturientas, calmase los dolores del parto.

La venerable patrona de la Pingüinia tampoco se libró de su examen severo. He aquí lo que dijo de ella en sus Antigüedades de Alca:

«Nada tan incierto como la historia y hasta la existencia de Santa Orberosa. Un viejo tratadista anónimo, fraile, sin duda, refiere que una mujer llamada Orberosa fue gozada por el diablo en una caverna, donde mucho tiempo después los mozos y las mozas del pueblo jugaban aún a diablos y bellas Orberosas. Añade que aquella mujer fue la concubina de un horrible dragón que desolaba la comarca. Esto no es muy creíble; pero la historia de Orberosa, tal como ha sido relatada luego, no es más digna de fe.

La primera vida de esta santa la escribió el abate Simplicissimo trescientos años después de los supuestos sucesos que refiere el autor, excesivamente crédulo y desprovisto de toda crítica».

Hasta contra el origen sobrenatural del pueblo pingüino embistió la duda. El historiador Ovidio Capiton llegó a negar el milagro de su origen. Véase cómo empieza sus Anales de la Pingüinia:

«Una densa oscuridad envuelve esta historia, y no es exagerado suponerla un tejido de fábulas pueriles y de cuentos populares. Los pingüinos pretenden ser descendientes de unas aves bautizadas por San Mael, y que Dios trocó en hombres por la intercesión del glorioso apóstol. Aseguran que, situada en un principio su isla en el Océano Glacial, flotante como Delos, arribó a los mares bendecidos por el omnipotente, donde hoy es la reina».

Conjeturo que este mito recuerda las antiguas emigraciones de los pingüinos.

En el siglo siguiente, que fue el de los filósofos, el escepticismo se refinó. Bastará, para probarlo, este pasaje famoso del Ensayo moral.

«Llegados no sé de dónde (porque sus orígenes no son muy claros), sucesivamente invadidos y conquistados por cuatro o cinco pueblos, del Mediodía, del Poniente, del Levante, del Septentrión; cruzados, mestizos, amalgamados, los pingüinos ponderan la pureza de su raza, y es razonable, porque, al fin, ellos han formado una raza pura. La mezcla de todas las humanidades, roja, negra, blanca y amarilla, de cabezas redondas y cabezas alargadas, han formado en el curso de los siglos una familia bastante homogénea, que se reconoce por ciertos caracteres debidos a la comunión de la vida y de las costumbres.

El supuesto de pertenecer a la más hermosa raza del mundo y constituir la más hermosa familia les inspiró un orgullo noble, un aliento indomable y el odio al género humano.

La historia de un pueblo es una sucesión de miserias, de crímenes y de locuras. Esto se comprueba en la nación pingüina como en todas las naciones, y por esto su historia resulta admirable desde el principio al fin».

Los dos siglos clásicos de los pingüinos están de sobra estudiados para que yo insista; pero lo que no se ha precisado bastante, a mi juicio, es de qué modo los teólogos racionalistas, como el canónigo Princeteau, produjeron los incrédulos del siglo siguiente. Se valieron los primeros de su razón para destruir todo aquello que no les parecía esencial en sus creencias y dejaron sólo intactos los artículos de la fe; pero sus continuadores intelectuales, enseñados por ellos a usar de la ciencia y de la razón, acometieron contra lo que de las creencias había quedado. La teología razonable engendró la filosofía natural.

Por otra parte (y séame permitido pasar de los pingüinos de antes al Soberano Pontífice que ahora gobierna la Iglesia universal), nunca será bastante admirada la sabiduría de Pío X, que ha condenado los estudios de exégesis como contrarios a la verdad revelada, funestos para la buena doctrina teológica y mortales para la fe. No faltan sacerdotes que sostengan contra el Papa los derechos de la ciencia, doctores perniciosos y maestros pestilentes; pero si algún cristiano los aprueba, seguramente será un cuco o un topo.

Al terminar el siglo de los filósofos, el antiguo régimen de la Pingüinia fue completamente destruido. Condenaron a muerte al rey, abolieron los privilegios de la nobleza, proclamaron la República entre alzamientos y bajo la impresión de una guerra espantosa. La Asamblea que gobernaba entonces la Pingüinia ordenó que todos los objetos de metal contenidos en las iglesias fueran fundidos. Los patriotas violaron las tumbas de los reyes. Cuéntase que en su féretro profanado apareció Draco el Grande, negro como el ébano y tan majestuoso que los violadores huyeron aterrorizados.

Según otros testigos, aquellos hombres groseros le colocaron una pipa en la boca y le ofrecieron, para irrisión, un vaso de vino.

El día 17 del mes de la Flor, la urna de las reliquias de Santa Orberosa (desde cinco siglos antes ofrecida en la iglesia de San Mael a la veneración del pueblo) fue trasladada a la Casa de la Villa y sometida al estudio de los peritos designados para este objeto. Era de cobre dorado en forma de arquilla, cubierta de esmaltes y adornada con piedras falsas. La previsión del cabildo había quitado los rubíes, los zafiros, las esmeraldas y las bolas de cristal de roca, y había puesto en su lugar vidrios tallados. Sólo contenía un poco de polvo y el ropaje, que fueron arrojados a una hoguera encendida en la plaza de la Gréve para consumir las reliquias de los santos. El pueblo danzaba en torno y cantaba himnos patrióticos.

Desde la puerta de su barracón, adosado a la Casa de la Villa, Rouquín y la Rouquina contemplaban aquel círculo de insensatos. Rouquín esquilaba perros, capaba gatos y frecuentaba las tabernas. La Rouquina era buscona y alcahueta, pero no carecía de sentido.

—Ya lo ves, Rouquín —dijo a su hombre—: cometen un sacrilegio. Se arrepentirán.

—No sabes lo que dices, mujer —respondió Rouquín—. Se volverán filósofos, y cuando uno se vuelve filósofo, ya es para siempre.

—Te digo, Rouquín, que al cabo se arrepentirán de lo que hacen. Maltratan a los santos porque no les han favorecido mucho; pero tampoco en adelante les caerán las codornices asadas en la boca, seguirán tan pobres como eran, y cuando estén hartos de miseria, volverán a ser devotos. Llegará un tiempo, acaso no lejano, en que los pingüinos honrarán nuevamente a su bendita patrona. Oye, Rouquín: sería conveniente guardar para entonces en nuestra vivienda, y dentro de un puchero, un poco de ceniza, huesos y guiñapos. Diremos que son reliquias de Santa Orberosa y que las salvamos de las llamas con peligro de nuestra vida. Mucho me equivoco si no han de producir honra y provecho.

Esta noble acción podrá servirnos en la vejez para que nos conceda el señor cura la venta de cirios y el alquiler de reclinatorios en la capilla de Santa Orberosa.

Aquella misma noche, la Rouquina retiró de su hogar un poco de ceniza y algunos huesos roídos.

Los metió en un puchero y los guardó en el armario.



II. TRINCO



La nación soberana había desposeído a la nobleza y al clero de sus bienes para venderlos a precio vil a los burgueses y a los campesinos. Los burgueses y los campesinos juzgaron que la revolución era buena para adquirir tierras y mala para conservarlas.

Los legisladores de la República dictaron leyes terribles en defensa de la propiedad y decretaron pena de muerte contra quien propusiera el reparto de los bienes, todo lo cual no sirvió de nada a la grandeza de la República.

Los labriegos, convertidos en propietarios, comprendieron que la revolución, al enriquecerlos, puso en peligro las haciendas, porque no les permitía vivir con tranquilidad, y desearon el advenimiento de un régimen más respetuoso para los bienes de los particulares y mejor garantido para robustecer las instituciones nuevas.

No tuvieron que impacientarse mucho. La República, como Agripina, llevaba su verdugo en el vientre.

Obligada a sostener importantes guerras, creó los ejércitos que debían salvarla y destruirla. Sus legisladores pensaban contener a los generales con el terror de los suplicios; pero si algunas veces cortaron cabezas de soldados vencidos, no podían cortar las de los vencedores, que se vanagloriaban de su fortuna.

En el entusiasmo de la victoria, los pingüinos regenerados entregáronse a un dragón más terrible que el de su fabuloso pasado, el cual, como una cigüeña entre ranas, durante catorce años los devoró con su pico insaciable.

Medio siglo después de imperar el nuevo dragón, un joven maharajad de Malasia, llamado Djambi, deseoso de realizar un viaje instructivo como el del escita Anacarsis, visitó la Pingüinia, y de su estancia en ella hizo una interesante relación, cuya primera página copio:


«Viaje del joven Djambi a la Pingüinia


Después de noventa días de navegación llegué al puerto anchuroso y solitario de los pingüinos filómacos y a través de las campiñas incultas me trasladé a la capital en ruinas.

Ceñida por murallas, poblada de cuarteles y arsenales, ofrecía un aspecto marcial y desolado. En las calles, hombres raquíticos y contrahechos arrastraban con orgullo viejos uniformes y armas oxidadas.

—¿A qué vinisteis? —me preguntó rudamente, junto a las puertas de la ciudad, un militar, cuyos bigotes retorcidos amenazaban al cielo.

—Señor —le respondí—, vengo como un sencillo curioso a conocer esta isla.

—Esto no es una isla —replicó el soldado.

—¡Cómo! —exclamé—. ¿La isla de los Pingüinos no es isla?

—No, señor; es una ínsula. En otro tiempo la llamaban isla; pero desde hace un siglo lleva por decreto el nombre de ínsula. Es la única ínsula de todo el Universo. ¿Tenéis pasaporte?

—Vedlo.

—Id a legalizarlo en el ministerio de Relaciones Extranjeras.

Un guía cojo que me acompañaba se detuvo en una plaza espaciosa.

—Nuestra ínsula —dijo— ha dado a luz, como no podéis ignorarlo, al genio más grande del Universo:

Trinco. Ved su estatura frente a nosotros. Este obelisco, alzado a nuestra derecha, conmemora el nacimiento de Trinco. La columna que se alza a vuestra izquierda lleva en su remate un busto de Trinco ceñido con diadema. Desde aquí descubriréis el Arco Triunfal dedicado a la gloria de Trinco y de su familia.

—¿Qué cosa extraordinaria hizo ese Trinco? —pregunté.

—¡La guerra!

—La guerra no es una cosa extraordinaria. Los malayos vivimos en guerra constante.

—No lo dudo; pero Trinco es el héroe más famoso de todos los países y de todos los tiempos. Nunca existió conquistador alguno que pueda comparársele. Al arribar a nuestro puerto habréis visto, al Este, una isla volcánica en forma cónica, de reducida extensión, pero famosa por sus vinos: Ampelófora, y al Oeste, otra isla mayor, que ofrece al cielo una larga hilera de picos, por lo que la llamaron Quijada del Perro. Abundan en minas de cobre. Las poseíamos antes del advenimiento de Trinco, y eran el límite de nuestro imperio. Trinco extendió la dominación pingüina sobre el archipiélago de las Turquesas y el continente Verde; sometió la triste Marsuinia, clavó su bandera en los hielos del Polo y en los ardientes arenales del desierto africano; hizo levas en todos los países por él conquistados, y al desfilar sus ejércitos, detrás de nuestros zapadores filómacos, de nuestros granaderos insulares, de nuestros húsares, de nuestros dragones, de nuestros artilleros, se veían los soldados amarillos, semejantes, con sus armaduras coloradas, a cangrejos en pie sobre sus colas; soldados verdes con plumas de cotorra sobre la cabeza, pintarrajeados por el tatuaje con figuras solares y genésicas, sobre cuya espalda crujía un carcaj de flechas envenenadas; soldados negros enteramente desnudos y sin otras armas que sus dientes y sus uñas; soldados pigmeos montados en grullas; soldados gorilas apoyados en un garrote y conducidos por el viejo de su especie, que ostentaba en su pecho velludo la cruz de la Legión de Honor. Y a todos arrastró, bajo los estandartes de Trinco, un entusiasmo patriótico y ardiente que los llevaba de victoria en victoria. Durante treinta años de guerra, Trinco ha conquistado la mitad del mundo conocido.

—¿De modo que sois dueños de la mitad del mundo?

—Trinco nos lo ha conquistado y nosotros lo hemos perdido. Grandioso en sus derrotas como en sus triunfos, ha devuelto cuanto había conquistado.

Hasta se perdieron las dos islillas que teníamos antes: Ampelófora y Quijada del Perro. Dejó la Pingüinia empobrecida y despoblada. La juventud y la virilidad de la ínsula perecieron en las guerras. A su muerte quedaban sólo en nuestra patria los jorobados y los cojos, de los cuales descendemos.

Pero nos legó la gloria.

—Os la hizo pagar muy cara.

—La gloria nunca es cara —replicó el guía».



III. VIAJE: DEL DOCTOR OBNUBILE



Después de una sucesión de vicisitudes inauditas, cuyo recuerdo fue borrado en gran parte por la injuria del tiempo y por el desdichado estilo de los historiadores, los pingüinos acordaron gobernarse por sí mismos. Eligieron una Dieta o Asamblea y la invistieron n el privilegio de nombrar al jefe del Estado. Escogido entre los vulgares, no coronaba su frente con la formidable cresta del monstruo ni ejercía sobre el pueblo autoridad absoluta, y se hallaba sometido, como todos los ciudadanos, a las leyes de la nación. No recibía el título de rey, no adornaba su nombre con un número ordinal, y se llamaba Paturlo, Janvión, Trufaldin, Conquenpot o Farfullero a secas. Estos magistrados no sostenían guerras, acaso por no tener uniforme militar. El nuevo Estado recibió el nombre de Cosa Pública o República. Sus adeptos eran llamados republicanistas o republicanos.

Pero la democracia pingüina no gobernaba por sí sola: obedecía a una oligarquía bancaria que imponía la opinión a los periódicos, manejaba a los diputados, a los ministros y al presidente: disponía en absoluto del tesoro de la República y guiaba la política exterior del país.

Los imperios y los reinos armaban ejércitos y escuadras enormes. Obligada, para su seguridad, a imitarlos, la Pingüinia sucumbía bajo el peso de su organismo belicoso, y todo el mundo deploraba, o fingía deplorar, obligación tan dura. Sin embargo, los ricos y negociantes la aceptaban por patrimonio y porque veían en el soldado y el marino a los defensores de sus haciendas; los poderosos industriales favorecían la fabricación de cañones y de navíos con entusiasmo nacional y para obtener contratas. Los ciudadanos pertenecientes a la clase media y a las profesiones liberales, unos se resignaban sin disgusto porque suponían inevitable y definitivo aquello, y otros aguardaban impacientes el fin y pensaban imponer a las potencias el desarme simultáneo.

El ilustre profesor Obnubile era de los últimos.

—La guerra —decía— es un signo de barbarie que el progreso de la civilización hará desaparecer. Las fuertes democracias son pacíficas, y su espíritu se impondrá a los autócratas.

El profesor Obnubile, recluido en su laboratorio, donde pasó sesenta años de vida solitaria y estudiosa, resolvióse a observar prácticamente el alma de los pueblos, y para empezar su análisis por la mayor de las democracias, embarcóse con rumbo a la Nueva Atlántida.

Después de quince días de navegación su barco entró de noche en el puerto de Titamport, donde anclaban millares de navíos. Un puente de hierro tendido a bastante altura sobre las aguas, resplandecientes con infinitas luces, unía dos muelles, tan distantes uno de otro que el profesor Obnubile se creyó transportado a los mares de Saturno, y no dudó que aquel puente era el anillo maravilloso que ciñe al planeta del Viejo. Sobre tan inmenso transbordador circulaban más de la cuarta parte de las riquezas del mundo. Ya en tierra, el sabio pingüino se instaló en un hotel de cuarenta y ocho pisos, donde servían autómatas; luego tomó el tren que conduce a Gigantópolis, capital de la Nueva Atlántida. Había en aquel tren restaurantes, salas de juego, circos atléticos, una oficina de informes comerciales y de cotizaciones mercantiles, una capilla evangélica y la imprenta de un diario que no pudo leer el doctor porque desconocía el idioma de los nuevos atlantes. El tren atravesaba, en las orillas de anchurosos ríos, ciudades manufactureras que oscurecían el cielo con el humo de sus hornos, ciudades negras a la luz del sol, ciudades rojizas en la oscuridad nocturna, siempre clamorosas de día y de noche.

«Este —reflexionaba el doctor— es un pueblo entregado a la industria y al negocio, por lo cual no se preocupa de la guerra. Estoy seguro de que rige a los nuevos atlantes una política de paz, pues todos los economistas admiten ya como un axioma que la paz exterior y la paz interior son indispensables para el progreso del comercio y de la industria».

Mientras recorría Gigantópolis confirmaba esta opinión. Las gentes iban por las calles con tal prisa que derribaban cuanto se oponía a su paso.

Obnubile, después de rodar varias veces por el suelo, aprendió a ir con ímpetu, y cuando llevaba ya una hora de carrera, al tropezar con un atlante lo volteó.

En una inmensa plaza pudo admirar el pórtico de un palacio de clásico estilo, cuyas columnas corintias elevaban a sesenta metros sobre el pedestal sus capiteles de acanto arborescente.

Tuvo que detenerse y levantar mucho la cabeza para contemplarlo. Entonces un personaje de aspecto humilde se le acercó y le dijo en idioma pingüino:

—Reconozco en vuestro traje a un ciudadano de la Pingüinia. Domino vuestro idioma y soy intérprete jurado. Este palacio es el del Parlamento.

Ahora deliberan los diputados. ¿Queréis presenciar la sesión?

Acomodado en una tribuna, el doctor miró curiosamente a la muchedumbre de legisladores que se recostaban en butacas de junco y apoyaban los pies, indolentemente, en el pupitre.

El presidente se levantó para murmurar, más que pronunciar, entre la indiferencia de todos, las siguientes fórmulas, traducidas por el intérprete al doctor:

«Terminada a satisfacción de los Estados la guerra que sosteníamos con los mogoles para obtener la franquicia de sus mercados, propongo que se remitan las cuentas de gastos a la Comisión.

¿Hay oposición?…

La proposición queda aceptada.

Terminada a satisfacción de los Estados la guerra que sosteníamos para obtener la franquicia de los mercados en la Tercera Zelandia, propongo que se remitan las cuentas de gastos a la Comisión…

¿Hay oposición?…

La proposición queda aceptada».

—¿Lo habré oído bien? —preguntó el profesor Obnubile—. ¿Será cierto? Vosotros, un pueblo industrial, ¿sostenéis tantas guerras?

—Naturalmente —le respondió el intérprete—. Son guerras industriales. Los pueblos que no tienen comercio ni industria no están obligados a sostener guerras; pero un pueblo de negocios exige una política de conquistas. El número de nuestras guerras aumenta de día en día con la producción. En cuanto alguna industria no sabe dónde colocar sus productos, una guerra le abre nuevos mercados. Este año sostuvimos la guerra carbonífera, la guerra del cobre y la guerra del algodón. En la Tercera Zelandia matamos a los dos tercios de sus pobladores, para obligar a los restantes a que nos comprasen paraguas y calcetines.

Un hombre gordo y robusto que se hallaba en el centro de la Asamblea subió a la tribuna.

—Reclamo —dijo— una guerra contra el Gobierno de la República de la Esmeralda, que disputa insolentemente a nuestros cerdos la hegemonía de los jamones y los embutidos sobre todos los mercados del mundo.

—¿Quién es ese legislador? —preguntó el sabio Obnubile.

—Un tratante en cerdos.

—¿No hay oposición? —dijo el presidente—. Pongo la proposición a votación.

La guerra contra la República de la Esmeralda fue votada por una gran mayoría.

—¡Cómo! —dijo el doctor Obnubile a su intérprete—. ¿Aquí votan una guerra con tanta rapidez y con tanta indiferencia?

—¡Oh! Es una guerra sin importancia, que sólo costará ocho millones de dólares.

—¿Y cuántos hombres?

—Entre todo, gastos y bajas, ocho millones de dólares.

Entonces el doctor Obnubile sumió su cabeza entre las manos y meditó:

«Puesto que la riqueza y la civilización producen motivos de guerra como la pobreza y la barbarie, y puesto que la locura y la maldad de los hombres son incorregibles, se puede realizar una acción meritoria. Un hombre prudente amontonará bastante dinamita para hacer estallar el planeta, y cuando se desparramen sus fragmentos por el espacio se habrá conseguido en el Universo una mejora imperceptible, se habrá dado una satisfacción a la conciencia universal, que indudablemente no existe».




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