La isla de los pingüinos: 006

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 006 de 009
La isla de los pingüinos Anatole France




LIBRO QUINTO LOS TIEMPOS MODERNOS: CHATILLON



I. LOS REVERENDOS PADRES AGARIC Y CORNAMUSE



No hay régimen que no tenga enemigos. La República o la Cosa Pública los tuvo al principio entre los nobles desposeídos de sus antiguos privilegios, los cuales volvían esperanzados los ojos hacia el último dracónida, el príncipe Crucho, interesante por los atractivos de la juventud y las tristezas de su destierro. Tuvo después enemigos entre los humildes comerciantes, que, por causas económicas inevitables, ya no ganaban lo suficiente para vivir, y culpaban de ello a la República, de la cual se desencantaban más y más de día en día.

Los banqueros judíos y los cristianos, con su insolencia y su codicia, eran el azote del país, que despojaban y envilecían, y el escándalo de un régimen que no se preocupaban de afirmar ni destruir, seguros de hacer sus operaciones desembarazadamente bajo todos los Gobiernos; pero simpatizaban con la fórmula de poder absoluto como la mejor dispuesta contra los socialistas, sus adversarios débiles, pero apasionados, y a la vez que imitaban las costumbres de los aristócratas, imitaban también sus sentimientos políticos y religiosos. Sobre todo sus mujeres, vanas y frívolas adoraban al príncipe y soñaban con los festejos de la Corte.

La República no dejaba de tener partidarios y defensores. Si no le era permitido creer en la fidelidad de los funcionarios, podía contar con la abnegación de los obreros manuales, cuyas miserias no remedió, y que, para defenderla en los días de peligro, salían en muchedumbre de las ergástulas y desfilaban atropelladamente, pálidos, ennegrecidos, siniestros. Morirían todos por ella si fuese necesario, porque pusieron su esperanza en ella.

Cuando era presidente de la República Teodoro Formose, vivía en un arrabal tranquilo de la Villa de Alca un monje llamado Agaric, maestro de niños y casamentero. Enseñaba en su escuela la piedad, la esgrima y la equitación a los mozalbetes de ilustres familias (ilustres por su nacimiento, pero desposeídos de sus bienes como de sus privilegios), y en cuanto tenían la edad, los casaba con muchachas de la casta opulenta y «despreciable» de los banqueros.

Alto, delgado, cetrino, Agaric paseaba sin cesar, con el breviario en la mano, por los corredores de la escuela y los senderos del jardín, pensativo, con la frente abrumada por sus preocupaciones. No limitaba sus propósitos a inculcar a sus discípulos doctrinas abstrusas y preceptos mecánicos y a proporcionarles después mujeres legítimas y adineradas: tenía intuiciones políticas y preparaba la realización de un plan gigantesco. El pensamiento de su pensamiento, la obra de su obra, consistía en derribar la República. No le impulsaba un interés personal; pero creía al gobierno democrático enemigo de la sociedad religiosa, a la que se consagró en cuerpo y alma. Y todos los frailes, sus hermanos, pensaban lo mismo. La República vivía en lucha perpetua con la congregación de los frailes y la asamblea de los fieles. Sin duda, era una empresa difícil y peligrosa conspirar para el aniquilamiento del nuevo régimen; pero Agaric se hallaba dispuesto, si fuese preciso, a preparar una temible conspiración. Entonces los clérigos dirigían las castas superiores de los pingüinos, y este fraile ejerció sobre la aristocracia de Alca una influencia profunda.

La juventud educada por él sólo esperaba la hora de lanzarse contra el Poder popular. Los hijos de linajudas familias no ejercían las artes ni se dedicaban al negocio: eran casi todos militares al servicio de la República. La servían; pero no la estimaban, y lamentaban que no saliese a relucir la cresta del dragón. Las hermosas judías compartieron aquellas preocupaciones para igualarse a las nobles cristianas.

Un día de julio, al cruzar una calle del arrabal que termina en polvorientos caminos, Agaric oyó quejidos que salían de un pozo de agua corrompido, abandonado por los hortelanos, y un zapatero de la vecindad le refirió que, al pasar un hombre mal vestido que gritaba «¡Viva la Cosa Pública!», varios oficiales de Caballería lo cogieron y lo echaron al pozo, cuyas aguas le cubrían hasta las orejas.

Agaric dio fácilmente a un hecho particular una significación general: de la desgracia de aquel infeliz dedujo una imponente fermentación de toda la casta aristocrática y militar, y se convenció de que había llegado el momento esperado.

A la mañana siguiente fue a visitar en lo más intrincado del bosque de Conils al buen padre Cornamuse, y le halló en un rincón de su laboratorio ocupado en destilar un licor.

Era un hombrecillo rechoncho, de tez rojiza, con el cráneo calvo y lustroso. Sus ojos, como los de los conejitos de la India, tenían las pupilas de rubí. Saludó amablemente a su visitante y le ofreció un vasito de licor de Santa Orberosa, fabricado por él, cuya venta le proporcionaba ingresos cuantiosos. Agaric lo rechazó con un gesto suave. Después, plantado sobre sus largas piernas y apretando contra el vientre su flexible sombrero, quedó silencioso.

—Hacedme la merced de sentaros —le dijo Cornamuse.

Agaric se sentó en una banqueta coja y continuó en silencio.

Entonces el fraile de Conils dijo:

—Dadme noticias de vuestros discípulos. ¿Cómo siguen esas criaturas?

—Estoy muy satisfecho —respondió el magister—. Lo principal es inculcarles buenos principios. Hay que tener buenos pensamientos antes de pensar; de lo contrario, se pierde todo fácilmente. Hallo en torno mío muchos consuelos, pero vivimos en una época triste.

—¡Ay! —respondió Cornamuse.

—Atravesamos tiempos difíciles…

—¡Días de prueba!

—De todos modos, Cornamuse, podríamos estar peor,

—Es posible.

—El pueblo se cansa de la República porque le arruina y no hace nada por él. Diariamente se producen nuevos escándalos. La República se ahoga en sus propios crímenes. Ya está perdida.

—Dios lo quiera.

—Cornamuse, ¿qué pensáis del príncipe Crucho?

—Es un buen muchacho, digno retoño de un tallo augusto. Entristece verle sufrir en plena juventud las amarguras del destierro. Para el desterrado la primavera no tiene flores y el otoño no tiene frutos. El príncipe Crucho sabe pensar a derechas: respeta a los clérigos, practica nuestra religión, consume con abundancia mis productos.

—Cornamuse, en muchos hogares, ricos y pobres, desean ya su regreso. Creedme: ¡volverá!

—No quisiera morirme sin tener antes ocasión de tender mi manteo para alfombra de sus pasos.

Al verle tan bien dispuesto, Agaric le dio cuenta del estado de la opinión, tal como él se la imaginaba. Le pintó a los nobles exasperados contra el régimen popular; el Ejército, decidido a no tolerar nuevos ultrajes; los funcionarios, dispuestos a la traición; el pueblo, descontento; el motín, rugiente ya, y los enemigos de los monjes, amparados del Poder, arrojados a los pozos de Alca. Para concluir afirmó que había llegado el momento de lanzarse.

—Podemos salvar al pueblo pingüino —exclamó—; podemos librarle de sus tiranos, librarle de sí mismo, restaurar la cresta del dragón, restablecer el antiguo régimen, el buen régimen, para honor de la fe y exaltación de la Iglesia. Podemos conseguirlo si queremos. En nuestras manos están las grandes fortunas y ejercemos secretas influencias. Por nuestros periódicos crucíferos y fulminadores nos comunicamos con todos los sacerdotes de las ciudades y de los poblados y les imbuimos el entusiasmo que nos mueve, la fe que nos devora. Ellos la comunicarán a sus penitentes y a sus fieles. Dispongo de los más prestigiosos generales del Ejército. Estoy en inteligencia con la masa popular. Dirijo, sin que se den cuenta, a los paragüeros, a los taberneros, a los tenderos de novedades, a los vendedores de periódicos, a las señoritas galantes y a los agentes de Policía. Contamos con más elementos de los precisos. ¿Qué nos detiene? ¡Al combate!

—¿Y qué pensáis hacer? —preguntó Cornamuse.

—Preparar una extensa conspiración: hundir la República, restablecer la Monarquía, sentar a Crucho en el trono de los Dracónidas.

Cornamuse, después de relamerse como si saboreara su pensamiento, dijo con unción:

—Ciertamente, restaurar el trono de los Dracónidas es apetecible. Sí, ¡es eminentemente apetecible!, y, por mi parte, lo deseo de todo corazón. En cuanto a la República, ya sabéis lo que pienso. ¿No sería mejor abandonarla a su suerte, dejarla morir de sus vicios constitucionales? Sin duda, es noble y generoso lo que proponéis, mi estimado Agaric. Sería de buen efecto salvar a nuestra desdichada patria y restablecer su esplendor primitivo. Pero reflexionad: somos cristianos antes que pingüinos, y debemos cuidar mucho de no comprometer la religión en empresas políticas.

Agaric replicó nuevamente:

—Nada temáis. Tenemos en la mano todos los hilos de la conspiración, pero tan ocultos, que nadie nos verá.

—Como las moscas en un vaso de leche —murmuró el fraile de Conils.

Fijó en su compadre sus penetrantes papilas de rubí y prosiguió:

—Prudencia, amigo mío. Acaso la República es más fuerte de lo que parece, y también sería posible que nosotros la fortaleciéramos y la sacáramos de la perezosa quietud en que descansa. Su malicia es grande. Si la atacamos, se defenderá. Promulga hoy leyes perniciosas, pero que apenas llegan a dañarnos; cuando nos tema, las promulgará terribles contra nosotros. No nos comprometamos de ligero en semejante aventura. Pensáis que la ocasión es favorable; yo creo que no, y os lo demostraré. El régimen actual no es aún conocido por todos, y casi pudiéramos decir que nadie lo conoce. Se proclama la Cosa Pública, la Cosa Común. El populacho crédulo es demócrata y republicano: ¡Paciencia! Ese mismo populacho exigirá un día que la Cosa Pública sea verdaderamente del pueblo. Creo inútil decir hasta qué punto esas pretensiones me parecen insolentes, desatinadas y contrarias a la política deducida de las Escrituras; pero el pueblo las mostrará, las impondrá y dará fin al régimen actual. Ese momento no puede retrasarse. Entonces habrá llegado la ocasión que buscabais. ¡Aguardemos!. ¿Qué nos apura? Nuestra existencia no está en peligro. La República no se nos hizo absolutamente intolerable. Falta de respeto y de sumisión, no rinde a los sacerdotes los honores que les debe, pero nos deja vivir, y tal es la excelente condición de nuestro estado, que para nosotros vivir es prosperar. La Cosa Pública se muestra hostil, pero las mujeres nos reverencian. El presidente Formose no asiste a la celebración de nuestros ministerios, pero he visto a su mujer y a sus hijas a mis pies. Además, compran mis botellas al por mayor. No tengo mejores clientes ni aun entre los aristócratas. Confesémoslo: no hay en todo el mundo un país más conveniente que la Pingüinia para sacerdotes y frailes. ¿Dónde venderíamos en tan grandes cantidades y a tan subido precio nuestra cera virgen, nuestro incienso macho, nuestros rosarios, nuestros escapularios, nuestras aguas benditas y nuestro licor de Santa Orberosa? ¿Qué otro pueblo pagaría, como los pingüinos, cien escudos de oro por una seña de nuestra mano, un sonido de nuestra garganta, un movimiento de nuestros labios? Por mí sé decir que en esta suave, fiel y dócil Pingüinia gano con la esencia de un frasco de serpol mil veces más de lo que ganaría desgañitándome para predicar la remisión de los pecados en las naciones florecientes de Europa y América.

Acabado su discurso, el religioso de Conils se levantó y condujo a su huésped a un extenso cobertizo, donde centenares de huérfanos vestidos de azul empaquetaban botellas, clavaban cajas, pegaban etiquetas. Ensordecía el machaqueo de los martillos mezclado con los gruñidos roncos de las vagonetas sobre los raíles.

—Aquí se hacen los envíos —dijo Cornamuse—. He obtenido del Gobierno un ramal de ferrocarril que cruza el bosque y una estación en mi propia puerta. Lleno todos los días tres vagones de mi producto. Ya veis que la República no ha matado las creencias.

Agaric hizo un último esfuerzo para comprometer al sabio destilador en su conjura; le mostró un triunfo inmediato, seguro, brillante.

—¿No queréis intervenir? —añadió—. ¿No que queréis librar a vuestro rey del destierro?

—El destierro es dulce para los hombres de buen voluntad —replicó el religioso de Conils—. Si me atendierais, mi estimado Agaric, renunciaríais por ahora a vuestro proyecto. Yo no me hago ilusiones y no ignoro lo que sucederá: sea o no sea de la partida, si la perdéis, pagaré como vos.

El padre Agaric se despidió de su amigo y volvió satisfecho a su escuela. «Cornamuse —pensaba—, como no puede evitar la conspiración, dará dinero para que triunfe».

Agaric no se engañaba. En efecto, la solidaridad de los frailes y de los sacerdotes los unía y atraillaba de tal modo, que los actos de uno comprometían a los demás. Esto era lo más favorable, y también lo más peligroso, en aquel asunto.



II. EL PRÍNCIPE CRUCHO



Agaric resolvió visitar inmediatamente al príncipe Crucho, que le honraba con su confianza.

Al anochecer salió de la escuela por el portillo, disfrazado de tratante de bueyes, y tomó pasaje en el San Mael.

Al día siguiente desembarcó en Marsuinia. En aquella tierra hospitalaria y en el castillo de Chitterlings comía Crucho el amargo pan del destierro.

Agaric lo encontró en la calle, en un automóvil con dos señoritas y a una velocidad de ciento treinta por hora.

El fraile agitó su paraguas rojo y el príncipe detuvo la máquina.

—¿Sois vos, Agaric? ¡Acompañadnos! Eramos tres y seremos cuatro. Con estrecharse un poco, basta. Una de estas criaturas puede sentarse sobre vuestras rodillas.

El piadoso Agaric no protestó.

—¿Qué noticias hay, padre mío? —preguntó el joven príncipe.

—Gordas y buenas —respondió Agaric—. ¿Puedo hablar?

—Podéis hablar. No tengo nada oculto para estas a dos amigas.

—Monseñor, la Pingüinia os reclama. No seréis sordo a su llamamiento.

Agaric pintó el estado de los ánimos y expuso el plan de una extensa conspiración.

—A una orden mía, todos vuestros partidarios se alzarán a la vez. Con la cruz en la mano y la sotana recogida, nuestros venerables sacerdotes guiarán las muchedumbres armadas hacia el palacio de Formose. Sembraremos el terror y la muerte entre vuestros enemigos. En premio de nuestros esfuerzos solamente os pedimos, monseñor, que procuréis aprovecharlos. Os rogamos que ocupéis un trono que os hemos preparado.

El príncipe respondió:

—Entraré en la capital sobre un caballo verde.

Agaric levantó acta de aquella varonil respuesta. Aun cuando tenía contra su costumbre, a una muchacha sobre sus rodillas, conjuró al príncipe con sublime serenidad para que se mantuviera fiel a sus deberes reales.

—Monseñor —dijo con lágrimas en los ojos—, algún día recordaréis que fuisteis arrancado al destierro y restablecido en el trono de vuestros antecesores por la mano de vuestros frailes, que pusieron sobre vuestra frente augusta la cresta del dragón. Rey Crucho, procurad que vuestra gloria iguale a la de vuestro abuelo Draco el Grande.

El joven príncipe, conmovido, se arrojó sobre su restaurador para darle un abrazo, pero no pudo conseguirlo sin tropezar con las dos señoritas; de tal manea iban apretados en aquel coche histórico.

—Padre mío —le dijo—, quisiera que toda la Pingüinia fuera testigo de este abrazo.

—Sería un espectáculo consolador —adujo Agaric.

Entretanto, el automóvil atravesaba, como una tromba, los caseríos y los pueblos, y aplastaba con sus reumáticos insaciables gallinas, ocas, pavos, gatos, peros, cerdos, niños, labriegos y campesinos.

Y el piadoso Agaric meditaba sus designios. Su voz, que tropezaba en la espalda de la señorita al salir de sus labios, expresó esta idea:

—Nos hará falta dinero, mucho dinero.

—Procuráoslo como podáis —respondió el príncipe.

Se abrió la verja del jardín para dejar paso al automóvil formidable.

La cena fue suntuosa. Hubo brindis a la cresta del dragón. Nadie ignora que un vaso cerrado es signo de soberanía. El príncipe Crucho y la princesa Gudruna, su esposa, bebieron en vasos con tapa. El príncipe hizo llenar varias veces el suyo con vinos blancos y tintos de las cosechas pingüinas.

Crucho había recibido una instrucción verdaderamente principesca. Sobresalía en la locomoción automóvil pero no ignoraba la Historia.

Se le suponía muy versado en las antigüedades e ilustraciones de su familia, y, en efecto, a los postres dio una prueba notable de sus conocimientos en ese punto.

Se hablaba de los singulares rasgos que caracterizaron a varias mujeres célebres.

—Es indudablemente cierto —dijo el príncipe— que la reina Crucha, con cuyo nombre me bautizaron, tenía una cabecita de mono debajo del ombligo.

Agaric sostuvo en aquella velada una conferencia decisiva con tres viejos consejeros del príncipe. Resolvieron pedir fondos al suegro de Crucho, que deseaba tener un yerno rey; a varias damas judías, impacientes por entrar en la nobleza, y, por fin, al príncipe regente de los marsuinos, que había ofrecido su concurso a los dracónidas, confiado en que la restauración de Crucho debilitaría el poder de los pingüinos, enemigos hereditarios de su pueblo.

Los tres viejos consejeros se adjudicaron los tres primeros oficios de la Corte y autorizaron al fraile para que distribuyera los otros cargos en forma conveniente a los intereses del príncipe.

—Hay que recompensar las abnegaciones —afirmaron los tres viejos consejeros.

—Y las traiciones —dijo Agaric.

—Es muy justo —replicó uno de los consejeros, el marqués de las Siete Llagas.

Bailaron. Después del baile, la princesa Gudruna desgarró su vestido verde para hacer escarapelas, y con su propia mano cosió una sobre el pecho del fraile, quien derramó lágrimas de ternura y de agradecimiento.

El señor Plume, caballerizo del príncipe; salió aquella misma noche en busca de un caballo verde.



III. EL CONCILIÁBULO



De regreso de la capital de Pingüinia, el reverendo padre Agaric comunicó sus proyectos al príncipe Adelestán de los Boscenos, cuya identidad draconiana era notoria.

Pertenecía el príncipe a la más elevada nobleza. Los Torticol de los Boscenos descendían de Brian el Piadoso, y bajo el reinado de los dracónidas habían desempeñado los más importantes cargos del reino. En 1179, Felipe Torticol, almirante de la Pingüinia, valiente, fiel y generoso, pero vengativo, entregó el puerto de La Crice y la flota pingüina a los enemigos del reino al sospechar que la reina Crucha, de la cual era amante, le burlaba con un mozo de cuadra. Fue aquella ilustre reina quien agredió a los Boscenos con la bacinilla de plata que hoy lucen en su escudo. En cuanto a su divisa, no es anterior al siglo XVI. He aquí el origen: una noche de fiesta, confundido entre los cortesanos que se oprimían en el jardín del rey para ver unos fuegos de artificio, el duque Juan de los Boscenos acercóse a la duquesa de Skull y metió la mano bajo el vestido de la dama, la cual no se mostró quejosa. Al pasar el rey sorprendiólos en aquella postura y se limitó a decir: «Aprovechad la ocasión». Estas tres palabras constituyeron la divisa de los Boscenos.

En el príncipe Adelestán no degeneraban las virtudes de sus antepasados; conservaba una inalterable fidelidad a la sangre de los dracónidas, y deseaba solamente la restauración del príncipe Crucho, presagio, a su entender, de la de su hacienda arruinada. Por esto le fueron gratas las pretensiones del padre Agaric. Se asoció inmediatamente a los proyectos del fraile y se apresuró a relacionarle con los más ardientes y leales realistas de su intimidad: el conde Clena, el señor de la Trumelle, el vizconde Oliva y Bigourd. Se reunieron una noche en la casa de campo del duque de Ampoule —dos leguas al este de Alca— para examinar los proyectos y recursos.

El señor de la Trumelle se mostró partidario de la acción legal.

—Mantengámonos dentro de la legalidad —dijo en sustancia—. Somos hombres de orden y debemos perseguir con una propaganda infatigable la realización de nuestras aspiraciones. Hemos de conquistar la opinión del país. Nuestra causa triunfará porque es justa.

El príncipe de los Boscenos opinó de distinta manera, y supuso que las causas justas necesitan para triunfar el apoyo de la fuerza, tanto o más que las causas injustas.

—En la situación presente —dijo con tranquilidadse imponen tres medios de acción: contratar a los matarifes, corromper a los ministros o secuestrar al presidente Formose.

—Secuestrar al presidente Formose sería una inconsecuencia —objetó el señor de la Truinelle—. El presidente piensa como nosotros.

El hecho de que un dracófilo propusiera secuestrar al presidente Formose y de que otro dracófilo le presentase como un aliado, explica la actitud y los sentimientos del jefe de la Cosa Pública. Se mostraba Formose favorable a los realistas, cuyos gustos admiraba e imitaba, y si bien es cierto que sonreía cuando le hablaban de la cresta del dragón, no era despreciativamente, sino porque le hubiera complacido lucirla sobre su cabeza. El poder soberano le agradaba, no porque se sintiera capaz de ejercerlo, sino por su forma exterior. Según la frase afortunada de un cronista pingüino, el presidente era «un pavo real».

El príncipe de los Boscenos mantuvo su propósito de invadir, a mano armada, el palacio de Formose y la Cámara de los Diputados.

El conde Clena fue más enérgico aún:

—Para empezar —dijo—, estrangulemos, destripemos, aniquilemos a los republicanos, a todos los paniaguados del Gobierno, y después ya veremos lo que se hace.

El señor de la Trumelle era moderado. Los moderados se oponen siempre, moderadamente, a la violencia. Reconoció que la política del conde Clena se inspiraba en un noble sentimiento, reconoció su generosidad, objetó con timidez que acaso no se ajustaba del todo a los principios monárquicos, y como podía ser peligrosa ofrecióse a discutirla.

—Propongo —añadió— que redactemos un manifiesto dirigido a las clases proletarias. Que sepan lo que somos. Por lo que a mí se refiere, os aseguro que nada me arredra.

Bigourd tomó la palabra.

—Señores, los pingüinos están descontentos del régimen nuevo, porque gozan de él, y es propio de los hombres quejarse de su condición; pero al mismo tiempo los pingüinos temen cambiar de régimen, porque las novedades intimidan. No conocieron la cresta del dragón, y aun cuando aparentan desearla no hay que hacerles caso: pronto se comprendería que habían hablado irreflexivamente. No nos ilusionemos acerca de su afecto hacia nosotros. No nos quieren. Odian la aristocracia por dos razones opuestas: por envidia y por un sentimiento generoso de igualdad. La opinión pública no nos combate, porque nos desconoce; pero al enterarse de lo que pretendemos no querrá seguirnos. Si confesamos que nuestro único propósito es destruir el régimen democrático y restaurar la cresta del dragón, ¿cuáles serán nuestros partidarios? Los matarifes y los humildes tenderos de Alca. Siquiera esos tenderos, ¿nos acompañarán hasta el fin? Viven descontentos, pero son republicanos en el fondo de su corazón. Unicamente les interesa vender a buen precio sus averiadas mercancías. Si les hablásemos con lealtad, los asustaríamos. Para que nos encuentren simpáticos y nos sigan es preciso convencerlos no de que deseamos derribar la República, sino al contrario, restaurarla, purificarla, embellecerla, adornarla, decorarla, perfumarla, ofrecérsela magnífica y encantadora. Por esta razón no debemos presentarnos al descubierto. Saben ya que no somos favorables al régimen actual. Nos valdremos de un amigo de la República; mejor aún, de algunos de sus mantenedores. Lo difícil es elegirlo. Yo preferiría el más popular, el más republicano. Lo conquistaríamos con adulaciones, con dádivas y, sobre todo, con promesas. Las promesas cuestan menos que las dádivas y adquieren más valor. Nunca se nos considera tan generosos como cuando pagamos con esperanzas. No es preciso que nuestro personaje sea muy inteligente, y acaso convendría que no lo fuera nada. Los imbéciles tienen para las bellaquerías una gracia inimitable. Creedme, caballeros: nadie mejor que un republicano de los más caracterizados pudiera derribar la República. La prudencia no excluye la energía. Si me necesitáis, me hallaréis a todas horas dispuesto a serviros.

Este discurso no dejó de producir impresión entre la concurrencia. Al piadoso Agaric le emocionó profundamente. A todos preocupaba el triunfo del rey, pero más los honores y beneficios que pudiera proporcionar. Se organizó un Gobierno secreto, del cual todos los personajes presentes fueron nombrados miembros efectivos. El duque de Ampoule, el hacendista más notable del partido, se encargó del ramo de ingresos y de centralizar en él los fondos de propaganda…

En el momento de cerrar la sesión oyeron una rústica voz que canturreaba:


Boscenos es un marrano,
con el que harán salchichones,
embuchados y morcillas
para que coman los pobres.


Era una canción conocida en los arrabales de Alca desde siglos atrás. Al príncipe de los Boscenos le molestaba oírla, y al cruzar la plaza observó que su detractor estaba sobre la iglesia ocupado en reponer unas pizarras. Le rogó cortésmente que cantase otra cosa.

—Yo canto lo que me da la gana —respondió el hombre.

—Amigo mío, para serme agradable…

—No me preocupa ser agradable.

El príncipe de los Boscenos tenía el carácter plácido, aunque irascible a veces, y una fuerza descomunal.

—¡Granuja! Si no bajas, voy a subir para darte un puntapié —gritó con voz formidable.

Y como el pizarrero, montado en el caballete, no hizo caso, el príncipe subió apresuradamente la escalera le la torre, se abalanzó a su detractor y le dio un puñetazo que le hizo rodar por el alero con una mandíbula rota. Siete u ocho carpinteros que trabajaban en la bóveda, atraídos por los lamentos del pizarrero, sacaron la cabeza por los tragaluces, y al ver al príncipe sobre el caballete corrieron hacia él por una escalera tendida sobre las pizarras; le alcanzaron en la torre y, a puñetazos, le hicieron rodar por la escalera de caracol.



IV. LA VIZCONDESA OLIVA



Los pingüinos tenían el primer ejército del mundo. Los marsuinos también, y en el mismo caso se hallaban todo los pueblos de Europa, lo cual no sorprenderá en cuanto se reflexione por qué todos los ejércitos son los primeros del mundo. El segundo ejército del mundo, si existiera, se hallaría en una inferioridad evidente, con la derrota asegurada, y en tales condiciones habría que licenciarlo.

Todos los ejércitos, antes de pelear, esperan ser vencedores. Luego, cada cual es de por sí «el primero del mundo». Esto lo comprendió en Francia el ilustre coronel Marchand cuando, interrogado por los periodistas acerca de la guerra ruso-japonesa, antes del paso de Yalú, no dudó en calificar al ejército ruso como el primero del mundo y al ejército japonés como el primero del mundo. Es de notar que por haber sufrida las más espantosas derrotas un ejército no pierde su opinión, y, por consiguiente, no deja de ser el primero del mundo. Porque si bien los pueblos atribuyen sus victorias a la inteligencia de sus generales y al valor de sus soldados, achacan siempre sus derrotas a una inexplicable fatalidad. Por el contrario, las escuadras se clasifican por el número de sus barcos: hay una primera, una segunda, una tercera, y así sucesivamente, y de este modo no existe ninguna incertidumbre acerca de las guerras navales.

Los pingüinos eran dueños del primer ejército y de la segunda escuadra del mundo. Mandaba la escuadra el famoso Chatillón, su almirante.

Chatillón no procedía de la nobleza. Hijo del pueblo, era estimado por el pueblo, que se gloriaba de ver cubierto de honores a un hombre de nacimiento humilde.

Chatillón era hermoso, arrogante, feliz, vivía sin preocupaciones intelectuales; nada nublaba la limpidez de sus ojos.

El reverendo padre Agaric, rendido ante las razones de Bigourd, comprendió que sólo uno de los mantenedores del régimen actual podría destruirlo, y se fijó, desde luego, en el almirante Chatillón.

Fue a pedirle una importante cantidad de dinero a su amigo el reverendo padre Cornamuse, quien suspiró al entregárselo. Con aquel dinero pagó a seiscientos matarifes de Alca para que corrieran detrás del caballo de Chatillón y gritaran «¡Viva el almirante!».

En lo sucesivo no le fue posible a Chatillón salir a la calle sin verse aclamado.

La vizcondesa Oliva solicitó del almirante una entrevista secreta, y fue recibida en un aposento adornado con áncoras, armas de fuego y granadas.

Ella compareció discretamente vestida con un sencillo traje gris azul. Un sombrero de rosas coronaba su bonita cabeza rubia. A través del velo brillaban sus ojos como zafiros. No habite entre las aristócratas mujer más elegante que aquélla, de origen semita. Como era bien formada y alta, su cuerpo se acomodaba maravillosamente a la moda.

—Almirante —dijo con voz meliflua—, no oculto mi emoción… Es natural… Ante un héroe…

—Sois muy amable. Decidme, señora vizcondesa, a qué debo el honor de tan agradable visita.

—Hace mucho tiempo que yo deseaba veros y hablaros… Aproveché la oportunidad que se me ofrecía. ¡Traigo una misión…!

—¡Sentaos!

—¡Qué tranquilo ambiente respiráis aquí!

—Muy tranquilo. Se oyen cantar los pajaritos…

—Los pajaritos cantan… Sentaos. Y le ofreció una butaca.

Sentóse la vizcondesa en una silla, de espaldas a la luz, y dijo:

—Traigo una misión importante… Una misión…

—Explicaos.

—¿No visteis jamás al príncipe Crucho?

—¡Jamás!

Ella suspiró: —¡Es lástima! El príncipe siente por vuestra persona mucha estimación. Le agradaría conoceros, y tiene vuestro retrato sobre su escritorio, junto al de su madre, la princesa. ¡Lástima que no lo conozcáis!

Crucho es un príncipe delicioso, y ¡tan agradecido a cuanto se hace en su favor! ¡Será un gran rey! Porque será rey, sin género de duda. Vendrá… mucho antes de lo que suponen… Esto es lo que debo deciros. La misión que me trae se reduce a obtener de vos…

El almirante se puso en pie.

—Dispensadme, señora; pero no puedo escucharos. Disfruto de la estimación, de la confianza de la República. No vendo a la República. ¿Qué provecho me reportaría? Estoy cargado ya de honores y dignidades.

—Permitidme que os diga, mi querido almirante, que los honores y las dignidades que os adornan distan mucho de corresponder a vuestros méritos.

Vuestros servicios no están bastante recompensados, porque debieran crear para vos el cargo de generalísimo de los ejércitos de mar y de tierra. La República es Ingrata.

—Señora, todos los Gobiernos resultan ingratos.

—Sí; pero en la República tenéis enemigos envidiosos de vuestra superioridad. Odian a los militares, la preponderancia de la Marina y del Ejército los humilla; os temen.

—Es posible.

—Son unos miserables que agarrotan al país. ¿No sería grato para vos redimir la Pingüinia? —¿Cómo?

—Sencillamente, barriendo a esa gentuza que nos gobierna.

—Señora, ¿qué me proponéis?

—«Alguien» lo hará, sin duda. No faltará un hombre dispuesto a dar al traste con todos los ministros, diputados y senadores y a proclamar al príncipe Crucho.

—Me figuro quién es. ¡Canalla!

—Podéis anticiparos. El príncipe os prefiere, y sabrá corresponder a vuestros servicios dándoos la espada de condestable y una magnífica dotación. Ahora os traigo una prenda reveladora de la real simpatía…

Y sacó de su pecho una escarapela verde.

—¿Qué es ello? —preguntó el almirante.

—La insignia de Crucho.

—No la mostréis aquí, guardadla.

—«Otro» la espera… ¡No! Ha de lucir sobre vuestro pecho glorioso.

Chatillón la rechazó suavemente; pero la judía le había parecido muy hermosa, muy apetecible, y confirmó su opinión cuando aquellos brazos desnudos y aquellas manos rosadas y suaves le rozaron. Sometióse, y la vizcondesa le puso la cinta en el ojal con lentitud y dulzura. Luego hizo una reverencia para despedirse del «condestable».

—Fui ambicioso —dijo el marino— y tal vez aún lo sea; pero al veros, he deseado solamente una cabaña y un corazón.

Ella le sumergió en la luz de su mirada encantadora.

—Todo es posible… ¿Qué hacéis, almirante?

—Busco el corazón.

Al salir de aquel aposento, la vizcondesa participó inmediatamente al padre Agaric el resultado de su visita.

—No le dejéis enfriar, señora —dijo el monje austero.



V. EL PRÍNCIPE DE LOS BOSCENOS



Aquella noche, los periódicos subvencionados por los dracófilos prodigaban elogios a Chatillón y cubrían de vergüenza y de oprobio a los ministros de la República. En las calles de Alca voceaban los vendedores el retrato de Chatillón. Los santi barati vendían a la entrada de los puentes bustos en yeso de Chatillón.

Chatillón daba cada tarde un paseo, jinete en un caballo blanco, por la Pradera de la Reina, adonde acudía el público selecto. Los dracófilos destacaban al paso del almirante una muchedumbre de pingüinos menesterosos, y los hacían cantar: «Chatillón es el hombre del día». Los burgueses de Alca sintieron profunda admiración por el almirante. Las señoras del comercio murmuraban: «Es hermoso». Las mujeres elegantes frenaban sus «autos» para enviarle, al pasar, besos y sonrisas, entre las aclamaciones del pueblo enardecido.

Al entrar un día en un estanco, dos pingüinos que depositaban su correspondencia en el buzón lo reconocieron, y gritaron: «¡Viva el almirante! ¡Muera la República!». Se detuvieron todos los transeúntes. Chatillón encendió su cigarro ante la multitud agolpada en torno suyo, que lo vitoreó y agitó los sombreros en el aire. Sus partidarios aumentaban, se multiplicaban de día en día. La ciudad entera, como un séquito interminable y apiñado lo seguía, lo acompañaba, le cantaba himnos y le rendía homenajes.

Tenía el almirante un antiguo compañero de armas, con una lucida hoja de servicios: el vicealmirante Volcanmoule. Francote como el oro y leal como su espada, Volcanmoule, que presumía de salvaje independencia, frecuentaba el trato de los partidarios de Crucho y de los ministros de la República, y les decía muchas verdades a todos. Así, había cometido algunas veces indiscreciones enfadosas que todos le perdonaban, porque las atribuían a su rudeza de soldado ajeno a las intrigas. Iba por la mañana al despacho de Chatillón y le trataba con la cordialidad brusca de un compañero de armas.

—¡Ya eres popular! —le dijo—. Venden tu rostro en cabezas de pipa y en botellas de licor. Todos los borrachos de Alca eructan tu nombre por las calles… «¡Chatillón, héroe de los pingüinos!». «¡Chatillón, defensor de la gloria y del poder pingüinos!»… ¡Y quién lo dijera! ¡Quién lo creyera!

Reía con risa estridente, y después de un silencio cambiaba de registro.

—Bromas aparte, ¿no te ha sorprendido lo que te sucede?

—Nada en absoluto —respondió Chatillón.

Y el leal Volcanmóule, al irse, dio un portazo.

Chatillón había alquilado un entresuelito interior para recibir a la vizcondesa Oliva, en el número 18 de la calle de Juan Talpa. Veíanse diariamente. La quería con locura. En su existencia marcial y neptuniana gozó a multitud de mujeres rojas, negras, amarillas o blancas, algunas hermosísimas; pero hasta conocer a la vizcondesa no supo lo que vale una mujer. Cuando le llamaba «su amigo, su dulce amigo», sentíase remontado a los cielos, y le parecía que las estrellas le coronaban.

Acudía siempre la vizcondesa con algún retraso, dejaba su bolsa en el sofá, y decía humildemente:

—Con tu permiso, me sentaré sobre tus rodillas.

En su conversación seguía las inspiraciones del piadoso Agaric, y entre besos y suspiros le pedía la separación de un oficial o el mando para otro.

Y exclamaba con oportunidad:

—¡Qué juvenil y brioso eres, amigo mío!

Chatillón no dejaba nunca de complacerla. Su carácter no tenía doblez, porque deseaba ceñir la espada de condestable y recibir una rica dotación, porque le halagaba jugar con dos barajas, porque alentó la vaga idea de redimir la Pingüinia y porque se había enamorado.

Aquella hembra deliciosa le obligó a desguarnecer de tropas el puerto de La Crique, donde debía desembarcar Crucho. Así evitaban obstáculos a la entrada del príncipe en Pingüinia.

El piadoso Agaric organizaba reuniones públicas para que no desfalleciese la agitación. Los dracófilos celebraban cada día dos o tres en cada uno de los treinta y seis distritos de Alca y, con preferencia, en los barrios populares. Proponíanse conquistar a las gentes humildes, que son las más numerosas. El 4 de mayo hubo una reunión importante en el antiguo mercado de granos, en el centro de un barrio populoso, donde abundan las mujeres tranquilamente sentadas a las puertas y los niños que juegan en las calles. Se habían reunido allí, en opinión de los republicanos, dos mil personas, y seis mil, a juzgar por lo que decían los dracófilos. Se hallaba entre los concurrentes lo más florido de la sociedad pingüina: el príncipe y la princesa de los Boscenos, el conde de Clena, el señor de la Trumelle, Bigourd y algunas opulentas damas israelitas.

El generalísimo de los ejércitos nacionales se presentó de uniforme y fue aclamado.

Constituyeron la mesa laboriosamente. Un obrero que discurría bien, llamado Rauchin, secretario de los sindicatos amarillos, ocupó la presidencia entre el conde de Clena y el carnicero Michaul.

En varios y elocuentes discursos recibió duros ultrajes el régimen libremente implantado en Pingüinia.

Contra el presidente Formose nada se dijo.

Tampoco se trató de Crucho ni de los curas.

La discusión era libre. Un defensor del Estado moderno, republicano, de profesión manual, subió a la tribuna.

—Señores —dijo el presidente Rauchin—, hemos anunciado una discusión libre y respetaremos todas las tendencias de los oradores. En esto, como en todo, nuestra honradez es mayor que la de nuestros contrarios. Concedo la palabra a un enemigo. ¡Sabe Dios lo que vamos a oír! Os agradeceré que contengáis lo más posible vuestro desprecio, vuestro asco y vuestra indignación.

—Señores —dijo el orador.

Y sin darle tiempo a que pronunciase la segunda palabra, lo derribaron, lo pisotearon y arrojaron fuera de la sala su cuerpo desfigurado.

Rugían aún los furibundos cuando el conde de Clena, subió a la tribuna. Al clamoreo indignado sucedieron las aclamaciones entusiastas, y cuando el silencio se restableció, el orador dijo:

—Camaradas, vamos a ver si tenéis aún sangre en las venas. Se trata de acogotar, destripar y exterminar a los republicanos.

Este discurso desencadenó una tempestad de aplausos estruendosos, y en el viejo cobertizo agitado surgió un polvillo desprendido de los muros sórdidos y de las vigas carcomidas, que envolvía a los concurrentes en acres y oscuras nubes.

Votóse la orden del día, en la que se zahirió al Gobierno y se aclamó a Chatillón. Salieron todos cantando el himno libertador: «Nuestra esperanza es Chatillón».

El viejo mercado sólo tenía salida por una larga calle fangosa y formada por cocheras de ómnibus y almacenes de carbón. Era oscura la noche y caía una llovizna glacial. La Policía, que cerraba el paso al fin de la calle, obligaba a los dracófilos a disolver la manifestación en pequeños grupos, conforme a la consigna de su jefe, decidido a quebrantar el esfuerzo de una muchedumbre delirante.

Los dracófilos, detenidos en la calle, cantaban: «Nuestra esperanza es Chatillón»; pero impacientados al fin por aquella lentitud, cuya causa desconocían, comenzaron a empujar a los de delante. Aquel movimiento repercutió de un extremo a otro en la masa humana y empujó a los policías, que no sentían odio alguno contra los dracófilos; pero es natural resistir la agresión y oponer la violencia a la violencia. Los hombres vigorosos tienen propensión a servirse de su vigor.

Por esta razón, los policías recibieron a puntapiés a los dracófilos, y el retroceso produjo sacudidas bruscas. Las amenazas y los insultos se mezclaron a los cánticos.

—¡Asesinos, asesinos! «Nuestra esperanza es Chatillón»… ¡Asesinos, asesinos!…

Y en la calle lóbrega: «¡No empujar!», gritaban los prudentes. Entre éstos, erguíase plácido, inquebrantable, risueño, el príncipe de los Boscenos, que dominaba con su gigantesca estatura la muchedumbre apretujada, y entre miembros magullados y costillas hundidas sobresalían sus anchos hombros y su pecho robusto. Aguardaba con tranquilidad indulgente. Parte de aquella muchedumbre se había filtrado entre los policías, y en torno del príncipe; los codos se clavaban en los pechos menos violentamente, y los pulmones empezaban a respirar.

—Ya veréis cómo saldremos al fin, con paciencia —dijo el hercúleo gigante.

Sacó un cigarro de su petaca, se lo llevó a los labios y lo encendió. A la claridad repentina del fósforo descubrió a su esposa, la princesa Ana, desfallecida entre los brazos del conde de Clena. Levantó el bastón y lo dejó caer varias veces sobre ambos y sobre las personas que los rodeaban. Costó mucho esfuerzo contenerle; pero no fue posible alejarlo de su adversario. Y mientras la princesa, desmayada, pasaba de brazo en brazo, a través de la multitud, conmovida y curiosa, hasta llegar a su coche, los dos hombres luchaban furiosamente. El príncipe de los Boscenos perdió el sombrero, sus lentes, su cigarro, su corbata, su cartera repleta de cartas íntimas y de correspondencia monárquica; perdió hasta las medallas milagrosas que le había regalado el bondadoso padre Cornamuse; pero asestó en el vientre de su rival un golpe tan espantoso, que el desdichado se coló entre los hierros de una reja y atravesó con la cabeza la mampara de cristales de un almacén de carbones.

Atraídos por el rumor de la contienda y los clamores le los presentes, los policías acudieron a sujetar al príncipe, que opuso una furiosa resistencia. Dejó a tres pataleando en el suelo, hizo huir a siete con la mandíbula rota, el labio hendido, la nariz ensangrentada, el cráneo abierto, la oreja desprendida, la clavícula dislocada, las costillas deshechas; pero cayó al fin y lo condujeron, cubierto de sangre y con el traje hecho jirones, a la Comisaría más próxima, donde pasó la noche triscando y rugiendo.

Grupos de manifestantes recorrieron la ciudad hasta el amanecer. Cantaban: «Nuestra esperanza es Chatillón», y rompían cristales en las casas habitadas por los ministros de la Cosa Pública.



VI. LA CAÍDA DEL ALMIRANTE



Aquella noche señaló el apogeo del movimiento dracófilo. No dudaban de su triunfo los monárquicos. El príncipe Crucho recibió abundantes felicitaciones telégráficas. Las damas le bordaron banderas y zapatillas. El señor Plume había encontrado el caballo verde.

El piadoso Agaric compartía la común esperanza, y trabajaba sin descanso para reunir partidarios al pretendiente.

—Debemos ahondar hasta las capas más profundas.

Guiado por este propósito, acercóse a tres Sindicatos obreros.

Los artesanos ya no vivían, como en la época de los Dracónidas, bajo el régimen de las corporaciones. Eran libres, pero sin tener el jornal asegurado. Después de mantenerse aislados unos de otros, sin ayuda y sin apoyo, se habían constituido en Sindicatos. Como los sindicados no tenían costumbre de pagar su cuota, al principio estuvieron vacías las cajas. Había Sindicatos de treinta mil miembros, los había de mil, de quinientos y de doscientos. Algunos tenían sólo dos o tres adheridos, y como no se publicaban las listas, no era fácil distinguir los grandes Sindicatos de los pequeños.

Después de complicadas y tenebrosas gestiones, el piadoso Agaric se puso en contacto, en una sala del Moulin de la Galette, con los camaradas Dagoberto, Tronco y Balafilla, secretarios de tres Sindicatos, el primero de los cuales contaba catorce miembros, el segundo venticuatro y el tercero uno solo. Agaric desplegó en aquella entrevista una extremada habilidad.

—Señores —les dijo—, en muchos conceptos no profesamos vosotros y yo las mismas ideas políticas y sociales, pero en algo podríamos entendernos ante el enemigo común, el Gobierno, que os explota y se burla de vosotros. Si nos ayudarais a derribarlo, además de proporcionaros medios para conseguirlo, os quedaríamos agradecidos.

—Comprendido. ¡Venga el dinero! —dijo Dagoberto.

El reverendo padre dejó sobre la mesa un saquito que le había facilitado, con lágrimas en los ojos, el destilador de Conils.

—¡Enterados! —dijeron los otros dos—. ¡Chóquela!

Y así quedó sellado aquel pacto solemne.

En cuanto se alejó el fraile, satisfecho de haber atraído a su causa las masas profundas, Dagoberto, Balafilla y Tronco llamaron con un silbido a sus mujeres, Amelia, Reina y Matilde, que aguardaban la señal de plantón en la calle, y los seis bailaron y cantaron en torno del saco:


Aunque nos cubras bien el riñón,
no ayudaremos a Chatillón,
fraile frailuco, fraile frailón.


Toda la noche pasearon de tasca en tasca el nuevo cantar. Agradó sin duda, porque los agentes de la Policía secreta observaron que de día en día eran más los obreros que cantaban en los arrabales:


Aunque nos cubras bien el riñón,
no ayudaremos a Chatillón,
fraile frailuco, fraile frailón.


El movimiento dracófilo no se había propagado a las provincias. El piadoso Agaric buscaba el motivo sin poder encontrarlo, cuando el viejo Cornamuse se lo reveló:

—He adquirido la prueba —suspiró el monje de Conils— de que el tesorero de los dracófilos, el duque de Ampoule, compró fincas en Marsuinia con los fondos reunidos para la propaganda.

Faltaba dinero para todo. El príncipe de los Boscenos, que había perdido su cartera, veíase obligado a usar de recursos que repugnaban a su carácter impetuoso. La vizcondesa Oliva se hacía pagar bien. Cornamuse aconsejó que se redujeran las mensualidades de la señora.

—Es muy útil —insinuó el piadoso Agaric.

—No lo dudo —replicó Cornamuse—, pero nos arruina y compromete la causa.

Un cisma desgarraba el dracofilismo. La desaveniencia reinaba entre los consejeros. Unos querían que se adoptara la política de Bigourd y del piadoso Agaric, y se fingiera el propósito de reformar la República. Otros, fatigados por tan largo disimulo, resolvían proclamar la cresta del dragón y juraban vencer con esta enseña.

Estos alegaban la conveniencia de las situaciones claras y la imposibilidad de fingir durante largo tiempo. Ciertamente, comenzaba el público a ver la tendencia oculta de los sediciosos y comprendía que los partidarios del almirante se proponían destruir hasta los cimientos de la Cosa Pública.

Se dijo que desembarcaría el príncipe en el puerto de La Crique para entrar en Alca sobre un caballo verde.

Estos rumores exaltaron a los frailes fanáticos, alegraron a los aristócratas pobres, complacieron a las mujeres de los judíos opulentos y llenaron de esperanza el corazón de los tenderos humildes; pero muy pocos entre ellos se mostraban dispuestos a pagar los beneficios imaginados con una catástrofe social y con el quebranto del crédito público. Aún eran menos numerosos los que hubieran arriesgado en el asunto su dinero, su tranquilidad, su libertad o solamente una hora de sus goces. Por el contrario, los obreros se hallaban dispuestos, como siempre, a ceder un día de jornal a la República. En los arrabales se formaba una sorda resistencia.

—El pueblo está con nosotros —decía el piadoso Agaric.

Pero a la salida del trabajo, los hombres, las mujeres y los niños bramaban:


«fraile frailuco, fraile frailón.
¡Muera Chatillón!».


En cuanto al Gobierno, mostraba aún la debilidad, la indecisión, la indiferencia, la incuria, comunes a todos los Gobiernos y que sólo abandonan para entregarse ciegamente a la violencia. Tres frases lo definían: «El Gobierno lo ignora todo». «El Gobierno no quería nada». «El Gobierno no tenía fuerzas para nada».

Sumergido en su palacio presidencial, Formose se complacía en mostrarse ciego, mudo, sordo, enorme, invisible y encastillado en su orgullo.

El vizconde Oliva aconsejaba que se hiciera un postrer llamamiento de fondos, y que se tantease la rebelión mientras aún hervía el espíritu público.

Un Comité ejecutivo, nombrado por sí mismo, decidió disolver la Cámara de Diputados y estudió los medios y los recursos.

Fíjóse una fecha: el 28 de julio. Brillaba el sol espléndido. Frente al palacio legislativo pasaban las mujeres con sus cestas. Los vendedores ambulantes pregonaban los melocotones, las peras y las uvas, y los caballos de los alquilones, con el hocico metido en el morral, trituraban el pienso. Nadie aguardaba nada, no porque la intentona fuera un secreto, sino porque la noticia parecía inverosímil. Nadie creía posible una revolución, de donde se deduce que nadie la deseaba. A las dos comenzaron a entrar diputados, pocos, inadvertidos, por el postigo del palacio. A las tres se formaron algunos grupos de hombres astrosos. A las tres y media, compactas muchedumbres desembocaron por las calles adyacentes y se desparramaron por la plaza le la Revolución, que pronto estuvo invadida totalmente por un océano de sombreros blandos. Y la masa de manifestantes, acrecida sin cesar por los curiosos, atravesó el puente amenazadora como un oleaje tempestuoso. Voces, rugidos, cánticos, turbaron la calma del ambiente sereno. «¡Viva Chatillón! ¡Mueran los diputados! ¡Abajo la República!».

El batallón sagrado de los dracófilos, conducido por el príncipe de los Boscenos, entonaba el cántico augusto:


¡Loor a Crucho,
siempre valiente,
desde la cuna
sabio y prudente!


El silencio absoluto en que yacía el edificio y la ausencia de guardias, a un tiempo animaba y contenía a la muchedumbre. De pronto, una voz formidable gritó:

—¡Al asalto!

Y se vio la forma gigantesca del príncipe de los Boscenos erguida sobre el muro que servía de zócalo a la verja formada por lanzas y alcachofas de hierro. Detrás de él avanzaron sus amigos, y el pueblo los siguió. Unos intentaron abrir boquetes en el muro, y otros, que se esforzaron por arrancar las alcachofas y las lanzas, lo consiguieron en algunos puntos. Varios invasores cabalgaban ya sobre el caballete del muro desguarnecido. El príncipe de los Boscenos agitaba una inmensa bandera verde. De pronto la muchedumbre vaciló y prorrumpió en exclamaciones dolorosas. La guardia de policía y los coraceros de la República salieron a la vez por todas las puertas del palacio y formaron columna al pie del muro, que fue abandonado al instante. Pasado un interminable momento de angustia, se oyeron crujir las armas, y la guardia de policía, con bayoneta calada, cargó contra los sediciosos. Minutos después, sobre la plaza abandonada, cubierta de bastones y sombreros, reinó un silencio siniestro. Otras dos veces los dracófilos trataron de atacar, y las dos veces fueron rechazados. El motín estaba vencido. Pero el príncipe de los Boscenos, en pie sobre el muro que rodea el palacio, empuñaba la bandera y derribaba uno tras otro a cuantos pretendían acercársele. Por fin perdió el equilibrio, cayó sobre una alcachofa de hierro y quedó enganchado, sin abandonar el estandarte de los Dracónidas.

Al día siguiente de aquella jornada, los ministros de la República y los miembros del Parlamento resolvieron dictar medidas enérgicas. En vano el presidente Formose quiso eludir responsabilidades: el Gobierno propuso la destitución del almirante como faccioso, enemigo del bien público, traidor, etc., etc.

La noticia satisfizo a los compañeros de armas de Chatillón, envidiosos de su fortuna, que pocas horas antes le adulaban aún. Entre la burguesía conservaba el héroe su popularidad, y en los bulevares oíase con frecuencia el himno libertador.

Los ministros, preocupados, quisieron acusar a Chatillón ante el Tribunal Supremo, pero no sabían nada, carecían de pruebas, y permanecían en esa total ignorancia peculiar de los hombres. Sentíanse incapaces de formular contra Chatillón cargos de importancia. Sólo aportaron a la acusación ridículos embustes de sus espías. La parte que había tomado en la conjura y sus relaciones con el príncipe Crucho eran el secreto de treinta mil dracófilos. Los ministros y los diputados tenían sospechas, casi certidumbres, pero les faltaban comprobantes. El fiscal del Tribunal Supremo dijo al ministro de Justicia: «Con muy poco entablaría yo un proceso político, pero no tengo nada, y esto no es bastante». El asunto no prosperó. Los enemigos de la República se regocijaron.

El 18 de septiembre, por la mañana, circuló en Alca la noticia de que Chatillón había huido. La sorpresa y la inquietud se apoderaron de todos. Dudaban, porque no lo comprendían.

Ocurrió del modo siguiente:

Un día que se hallaba, como por casualidad, en el despacho de Barbotán, ministro del Interior, el valiente vicealmirante Volcanmoule, dijo con su acostumbrada franqueza:

—Señor Barbotán, vuestros colegas no me parecen muy avisados. Ese imbécil de Chatillón les infunde un miedo de todos los demonios.

El ministro, en señal negativa, hizo oscilar la plegadera que tenía en la mano.

—¿A qué ocultarlo? —replicó Volcanmoule—. No sabéis cómo libraros de Chatillón. No os atrevéis a acusarle ante el Tribunal Supremo porque no estáis seguros de reunir suficientes pruebas. Bigourd le defendería, y Bigourd es un hábil abogado… Hacéis bien, seiior Barbotán. Obráis cuerdamente. Sería un procesó peligroso.

—¡Ay, amigo mío! —dijo el ministro en tono ligero—. Si supierais qué poco nos intranquiliza… Recibo de mis prefectos informes que no dejan lugar al más leve temor. El buen sentido de los pingüinos hasta para juzgar las intrigas de un soldado rebelde. ¿Se puede suponer, ni un instante que un gran pueblo, un pueblo inteligente, laborioso, aferrado a las instituciones liberales…?

Volcanmoule interrumpió:

—¡Ah! Si yo estuviese de humor os sacaría de apuros, escamotearía a Chatillón como en un juego de cubiletes. De pronto, no le dejaría parar hasta Marsuinia.

El ministro afinó el oído.

—¡Es tan fácil! —prosiguió el hombre de mar—. En un santiamén os libraría de esa bestia… Pero ahora tengo otras preocupaciones… He perdido una cantidad considerable al bacará. Necesito mucho dinero. El honor es ante todo. ¡Por vida del diablo!

El ministro y el vicealmirante se miraron con fijeza y en silencio. Después, Barbotán dijo autoritario:

—Vicealmirante Volcanmoule, os ordeno que nos libréis de un soldado peligroso. La honra de la Pingüinia os lo exige, y el ministro del Interior os facilitará los recursos que necesitéis para satisfacer vuestras deudas de juego.

Aquella misma noche, cariacontecido y misterioso, Volcanmoule visitó a Chatillón.

—¿Por qué pones una cara tan compungida? —exclamó inquieto el almirante…

Y Volcanmoule dijo con lastimosa entereza:

—Camarada, ¡todo está descubierto! El Ministro ya tiene pruebas.

Chatillón desmayaba y Volcanmoule proseguía:

—Es posible que te prendan si no andas ligero. —Sacó el reloj—. No puedes perder ni un minuto.

—¿No dispondré del tiempo indispensable para despedirme de la vizcondesa Oliva?

—¡Sería una locura! —dijo Volcanmoule, mientras le presentaba un pasaporte y unas gafas azules—. ¡Valor, amigo!

—¡Lo tendré!

—¡Adiós, camarada!

—¡Te debo la vida!

—Sí. No mereces menos.

Al cuarto de hora, el valeroso almirante huía de la ciudad de Alca.

Embarcó de noche en el puerto de La Crique. Un barco velero le transportaba a Marsuinia, pero a ocho millas de la costa fue capturado por un «aviso» que navegaba con los fuegos apagados, protegido por el pabellón de las Islas Negras, cuya reina sentía por el gallardo almirante un apasionamiento inextinguible y fatal.



VII. CONCLUSIÓN



Nunc est bibendum. Libre de sus temores y satisfecho de haber escapado a un gran peligro, el Gobierno resolvió celebrar con fiestas populares el aniversario de la regeneración pingüina y del advenimiento de la República.

El presidente Formose, los ministros, los miembros de la Cámara y del Senado se hallaban presentes en la ceremonia.

El generalísimo del ejército pingüino se presentó con uniforme de gala, y lo aclamaron.

Precedidas por el estandarte negro de la miseria y por el estandarte rojo de la rebeldía, desfilaron las delegaciones obreras, indómitas y tutelares.

El presidente, los ministros, los diputados, los magistrados, los empleados y los jefes del ejército, en su nombre y en el del pueblo soberano, confirmaron el antiguo juramento de vivir libres o morir. Era una alternativa que se impusieron resueltamente, pero preferían vivir libres. Hubo festejos, discursos y cánticos.

Al retirarse las representaciones del Estado, la muchedumbre de los ciudadanos se disgregó tranquila y lentamente a los gritos: «¡Viva la República! ¡Viva la libertad! ¡Abajo los bonetes!».

Los periódicos sólo dieron cuenta de un accidente lastimoso en aquella jornada. El príncipe de los Boscenos fumaba tranquilamente un cigarro en la Pradera de la Reina cuando desfiló por allí la comitiva oficial. El príncipe acercóse al coche de los ministros y gritó con voz atronadora: «¡Muera la República!». Fue inmediatamente detenido por los agentes de Policía, a los cuales opuso la más desesperada resistencia. Derribó algunos a sus pies y sucumbió por fin al numero. Contuso, despellejado, amoratado, desfigurado, hasta el punto de no reconocerle su propia esposa, fue arrastrado por las calles, donde la gente cantaba y reía con alborozo, hasta una prisión oscura.

Los magistrados instruyeron minuciosamente el proceso de Chatillón. Aparecieron en el despacho del almirante cartas reveladoras de las intenciones del reverendo padre Agaric. La opinión pública se desencadenó contra los frailes, y el Parlamento votó seguidamente una docena de leyes que restringían, disminuían, limitaban, precisaban, suprimían, menoscababan y cercenaban sus derechos, inmunidades, franquicias, privilegios y rentas, y les creaban incapacidades múltiples y dirimentes.

El reverendo padre Agaric soportó con entereza el rigor de las leyes —por las cuales quedaba personalmente atacado, alcanzado, lastimado—, y la caída espantosa del almirante, consecuencia de sus manejos.

Pero en vez de someterse a la adversa fortuna, la contempló sereno como a una desconocida pasajera, y formó nuevos planes políticos más atrevidos que los anteriores.

Cuando hubo madurado suficientemente sus proyectos, una mañana se fue al bosque de Conils. Un mirlo silbaba sobre la copa de un árbol; un erizo iba, con lentitud, de un lado al otro del sendero. Y, mientras Agaric avanzaba presuroso a paso largo, repetía frases confusas al compás de sus zancadas.

Llegado al umbral del laboratorio, donde un industrioso fraile destiló durante muchos años prósperos el dorado licor de Santa Orberosa, vio el edificio solitario y la puerta cerrada. Deslizóse a lo largo de la tapia y encontró en la parte posterior al venerable Cornamuse, que, con los hábitos recogidos, se encaramaba por una escalera apoyada en el muro.

—¿Sois vos, amigo mío? —le preguntó—. ¿Qué hacéis ahí?

—Ya lo veis —respondióle con voz débil y dolorosa mirada—. ¡Entro en mi casa!

Sus pupilas rojas ya no remedaban el brillo triunfal del rubí; sus reflejos eran opacos y turbios.

Su rostro había perdido la plenitud de la dicha. La brillantez de su cráneo ya no era el encanto de los ojos, porque un sudor tenaz y manchones rojizos alternaban la inestimable perfección de su bruñida superficie.

—No comprendo —dijo Agaric.

—Pues no es difícil de comprender. Ahí tenéis las consecuencias de vuestra conjuración. Acosado por una multitud de leyes, eludí la mayoría, pero algunas me han lastimado. Estos hombres vengativos cerraron mi laboratorio y mis almacenes, confiscaron mis botellas, mis alambiques y mis retortas, sellaron mi puerta y para entrar he de hacerlo, como veis, por la ventana. Difícilmente saco alguna vez el jugo de las plantas, en secreto, con aparatos que los más humildes fabricantes de aguardiente despreciarían.

—Sufrís la persecución —dijo Agaric—. A todos nos alcanza.

El fraile de Conils se llevó una mano a su frente desolada.

—De sobra os lo anuncié, y no me atendisteis, hermano Agaric. Bien sabía yo que vuestro propósito era muy arriesgado.

—Nuestra derrota es pasajera —replicó vivamente Agaric—. Depende sólo de causas accidentales y la originan puras contingencias. Chatillón era un imbécil y se ahogó en su propia ineptitud. Escuchadme, hermano Cornamuse: no debemos perder ni un momento para libertar al pueblo pingüino. Hay que librarle de sus tiranos y de su propia locura. Restauraremos la cresta del dragón, restableceremos el antiguo régimen para honra de la Iglesia y exaltación de la santa fe católica. Chatillón era un auxiliar inconsciente y se nos ha roto entre las manos. Reemplacémosle por un verdadero y firme apoyo. Tengo ya elegido al hombre que destruiría la democracia impía. Es un personaje civil: es Gomoru. Los pingüinos le adoran. Ya hizo traición a su partido por un plato de lentejas. ¡Un hombre así nos conviene! —Cuando Agaric le decía esto, el fraile de Conils se metía por la ventana y retiraba la escalera.

—¡Me lo temía! —respondió mientras asomaba la nariz entre los postigos entornados—. No pararéis hasta que nos expulsen a todos de esta bella, florida y suave tierra pingüina. Buenas noches. Que os guarde Dios.

Agaric, plantado al pie del muro, rogó a su compañero que le escuchara un instante:

—Comprended mejor vuestros intereses, Cornamuse. La Pingüinia es nuestra. ¿Qué nos falta para conquistarla? Un esfuerzo, sólo un pequeño esfuerzo… Un sacrificio minúsculo, algún dinero y…

Sin oír más, el fraile de Conils retiró la nariz y cerró la ventana.



<<<
>>>