La isla de los pingüinos: 007

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La isla de los pingüinos Anatole France



LIBRO SEXTO LOS TIEMPOS MODERNOS:
EL PROCESO DE LAS OCHENTA MIL PACAS DE FORRAJE




I. EL GENERAL GREATAUK, DUQUE DE SKULL



Poco después de la huida del almirante, un judío de modesta familia, llamado Pyrot, anheloso de rozarse con personas aristocráticas y deseoso de servir a la Patria, siguió una carrera militar.

El ministro de la Guerra, Greatauk, duque de Skull, le tenía ojeriza y le reprochaba su constancia, su nariz picuda, su vanidad, su aplicación, sus gruesos labios y su inquebrantable disciplina. En cuanto se hacían averiguaciones para descubrir al autor de un desaguisado, Greatauk insinuaba:

—Debe de ser Pyrot.

Un día, el general Panther, jefe del Estado Mayor, enteró a Greatauk de un asunto grave. Habían desaparecido, sin que dejara el robo la menor huella, ochenta mil pacas de forraje.

El general Greatauk exclamó inmediatamente:

—¡Sin duda, Pyrot las ha robado!

Quedóse unos instantes pensativo, y luego añadió:

—Cuanto más lo pienso, más arraiga mi sospecha, mi certidumbre. Indudablemente, Pyrot ha robado esas ochenta mil pacas de forraje. Se ve su mano en este negocio. Las ha vendido muy baratas a nuestros enemigos encarnizados, los marsuinos. ¡Traición infame!

—Es cierto —dijo Panther—. Sólo falta probarlo.

Aquella tarde, al pasar frente al cuartel de Caballería, el príncipe de los Boscenos oyó cantar a unos coraceros que barrían el patio:


Boscenos es un gorrino,
con el que haremos jamones,
embuchados y salchichas
para que coman los pobres.


Le pareció contrario a la disciplina que dos reclutas de servicio entonaran una canción, a la vez doméstica y revolucionaria, que los obreros guasones vociferaban en los días de motín. Lamentó con aquel motivo la decadencia moral del Ejército, y sonrió amargamente al reflexionar que su antiguo camarada Greatauk, jefe superior de la milicia, la instruía en bajezas inspiradas por los rencores de un Gobierno antipático. Se prometió restablecer la moralidad en el más breve plazo y dijo para sí:

«A ese granuja de Greatauk no le durará mucho el ministerio».

Era el príncipe de los Boscenos el más irreconciliable adversario de la democracia moderna, del pensamiento libre y del régimen que los pingüinos implantaron por su propia voluntad.

Sentía un odio implacable y leal contra los judíos, y laboraba en público y en secreto, noche y día, para restaurar la sangre de los Dracónidas. Las complicaciones de sus asuntos particulares, cuya situación empeoraba de hora en hora, exaltaban más y más su monarquismo apasionado, y sólo se vería libre de agobios pecuniarios cuando el descendiente de Draco el Grande fuese aclamado en Alca para ocupar el trono de Pingüinia.

Llegado a su hotel, sacó el príncipe de su caja de caudales, donde sólo había papeles viejos, un paquete de cartas, correspondencia particular muy secreta que le agenció años atrás un sirviente desleal, donde se probaba que Greatauk, duque de Skull, había trapicheado con las provisiones del Ejército y aceptado de un industrial, cuyo nombre era Maloury, una pequeña retribución acaso más vergonzosa por su misma insignificancia.

El príncipe releyó aquellas cartas con ávida curiosidad, las volvió a guardar en la caja de valores y encaminóse hacia el ministerio de la Guerra. Estaba resuelto. Al oír que el ministro no recibía, empujó a los porteros, derribó a los ordenanzas, pisoteó a los empleados civiles y militares, abrió a puñetazos las puertas y entró en el despacho de Greatauk.

—Hablemos breve y claro —le dijo—. Tú eres un viejo libertino, pero esto no me importa. Quise que le cortaras los vuelos al general Monchin, alma endemoniada de los republicanos, y te negaste a complacerme. Te pedí que dieras un mando al general Clapiers, amigo de los Dracónidas, con el cual me hallo personalmente obligado, y te negaste a complacerme. Te rogué que relevaras al general Tandem, gobernador militar de Port-Alca, que después de robarme cincuenta luises en el bacará me encarceló y me hizo comparecer ante el Tribunal Supremo como supuesto cómplice del almirante Chatillón, y te negaste a complacerme. Solicité los suministros de la avena y el salvado, y te negaste a complacerme. Aspiré a representar una misión secreta a Marsuinia, y te negaste a complacerme. No satisfecho con oponer a mis pretensiones una invariable negativa, me has presentado a tus colegas del gobierno como un individuo peligroso a quien es conveniente vigilar, y por tu culpa me veo siempre hostigado por la Policía. Ya nada te pido y sólo vengo a decirte una palabra: «¡Vete!». Se te conoce demasiado. Además, para reemplazarte impondremos a tu cochina Cocina Pública uno de los nuestros. Ya sabes que no hablo por hablar. Si dentro de veinticuatro horas no has presentado la dimisión, publicaré en los periódicos las cartas de tus negocios con Maloury.

Greatauk, reposado y sereno, le dijo:

—Tranquilízate, idiota. Precisamente acabo de planear un asunto importante. Meteremos en presidio un indio. Los Tribunales van a entendérselas con Pyrot, responsable del robo de ochenta mil pacas de forraje.

El furor del príncipe se calmó con esta noticia.

—¿Es verdad?

—Es indudable.

—Te felicito, Greatauk. Pero como contigo siempre hay que tomar precauciones, publicaré hoy mismo lo que me dices. Esta misma noche todos los periódicos de Alca darán la noticia del encarcelamiento de Pyrot.

—Y murmuró mientras se alejaba:

—¡Pyrot! Siempre supuse que acabaría mal.

Un momento después, el general Panther se presentaba en el despacho de Greatauk:

—Señor ministro, acabo de examinar el asunto de las ochenta mil pacas de forraje y no aparece ninguna prueba contra Pyrot.

—Pues la Justicia exige una prueba contra el judío —respondió Greatauk—. Ordenad el arresto de Pyrot.



II. PYROT



Toda la Pingüinia, horrorizada, se enteró del crimen de Pyrot. Al mismo tiempo sentíase una especie de gozo al saberse que aquella sustracción traidora, rayana en el sacrilegio, había sido cometida por un judío. Para comprender este sentimiento, hay que darse cuenta del estado de la opinión pública en lo que se refiere a los judíos más o menos opulentos.

Como ya tuvimos ocasión de decirlo en la presente historia, la casta de especuladores universalmente execrada y soberanamente poderosa, se componía de cristianos y de judíos. Los judíos que formaban parte de ella y contra los cuales dirigía el pueblo sus odios, eran los adinerados: poseían inmensas fortunas y detentaban, al decir de las gentes, más de un tercio del tesoro pingüino.

Aparte de esta casta temible, la muchedumbre de los judíos de modesta condición era también odiosa, pero mucho menos temida. En todo Estado bien regido la riqueza es cosa sagrada y en las democracias es la única cosa sagrada. El Estado pingüino era democrático: tres o cuatro Empresas monopolizadoras ejercían un poder más amplio y, sobre todo, más efectivo y constante que los ministros de la República, a los cuales manejaban secretamente y les obligaban, por intimidación o por corrupción, a favorecerles en perjuicio del Estado, y cuando algún ministro se resistió le inutilizaron con miserables calumnias en la Prensa.

Estos manejos, realizados mañosamente, se traslucían, sin embargo, lo bastante para indignar al país; pero los burgueses pingüinos, tanto los acaudalados como los modestos, concebidos y educados en el respeto al dinero y teniendo todos algo que guardar, poco o mucho, sentían firmemente la solidaridad de los capitales, convencidos de que las fortunas humildes no peligran cuando las grandes están aseguradas. Semejante convicción les permitía respetar igualmente los millones israelitas y los millones cristianos, y como en su espíritu privaba más el interés del lucro que la aversión de raza, no se atrevieron a tocar ni un solo cabello de los opulentos judíos execrados. Los demás judíos les eran indiferentes, y sólo cuando veían alguno caído lo pisoteaban.

Por esto la nación entera supo con implacable gozo que el traidor era un judío en el cual se podían vengar de todo Israel sin comprometer el crédito público.

Casi nadie puso en duda que Pyrot hubiese robado las ochenta mil pacas de forraje. No se dudó, por ser en absoluto ignorado este negocio, y la duda necesita motivos, pues no es posible dudar sin motivos como lo es creer sin ellos. No se dudó, porque deseaban que Pyrot fuese culpable, y se cree fácilmente lo que se desea. No se dudó, porque la facultad de dudar no es común, sus gérmenes no se desarrollan sin cultura.

Por ser exquisita, rara, inmoral, filosófica, trascendental, monstruosa, malévola, dañina a las personas y a los bienes, contraria a la organización de los Estados y a la prosperidad de los imperios, funesta a la Humanidad, destructora de los dioses, horror del cielo y de la tierra, la duda no arraigaba en la muchedumbre de los pingüinos. Tenían fe en la culpabilidad de Pyrot y esta fe se convirtió pronto en uno de los principales artículos de sus creencias nacionales y en una de las verdades esenciales de su símbolo patriótico.

Pyrot fue juzgado secretamente, y fue condenado.

El general Panther informó de la terminación del proceso al ministro de la Guerra.

—Por fortuna —dijo—, la certidumbre de los jueces suplió la falta de pruebas.

—¡Pruebas! —murmuró Greatauk—. ¡Pruebas! ¿Qué prueban las pruebas? No hay más que una prueba segura, irrefutable: la confesión del procesado. ¿Pyrot confesó?

—No, mi general.

—Confesará; debe hacerlo, Panther: es preciso decidirle a que lo haga. Decidle que le conviene. Prometedle que, si confiesa, obtendrá favores, disminución de la pena, indulto. Prometedle que si confiesa se le declarará inocente y hasta que le condecoraremos. Despertad sus honrados sentimientos. Que confiese por patriotismo, por la bandera, por el orden, por el respeto a la jerarquía, por mandato especial del ministro de la Guerra, ¡militarmente!… Decidme, Panther: ¿es posible que no haya confesado aún? Porque hay confesiones tácitas: el silencio es una confesión.

—Mi general, Pyrot no se calla. Grita como un energúmeno y vocifera que es inocente.

—Panther, las confesiones de un culpable resultan a veces de la vehemencia de sus negativas. Negar desesperadamente, es confesar. Pyrot ha confesado. Sólo faltan los testigos de sus confesiones. La Justicia lo exige.

Había en la Pingüinia occidental un puerto de mar llamado La Crique, formado por tres pequeñas ensenadas en otro tiempo frecuentadas por grandes navíos y al presente solitarias y arenosas. Extendíanse por la costa baja lagunas de aguas corrompidas que exhalaban un hedor insoportable, y la fiebre se cernía sobre las aguas adormecidas. Elevábase allí, a la orilla del mar, una torre cuadrada semejante al antiguo «Campanlie» de Venecia, en uno de cuyos costados y a bastante altura, del extremo de una cadena sujeta a una viga transversal colgaba un jaulón donde en tiempo de los Dracónidas encerraban los inquisidores de Alca a los sacerdotes heréticos. En aquel jaulón, olvidado durante trescientos años, fue metido Pyrot. Le custodiaban sesenta cabos de vara alojados en la torre, que no le perdían de vista ni un instante y anotaban sus palabras y sus movimientos en un minucioso informe que presentarían al ministro de la Guerra, porque Greatauk, escrupuloso y prudente, quería confesiones a todo trance. A pesar de su extendida reputación de imbécil, Greatauk era en realidad un hombre prudente y previsor.

Entretanto, Pyrot, abrasado por el sol, devorado por los mosquitos, empapado por la lluvia, el granizo y la nieve, yerto de frío, sacudido furiosamente por el huracán, obsesionado por los graznidos siniestros de los cuervos que se posaban sobre su jaulón, escribía su inocencia en pedazos de camisa con un palillo de los dientes tinto en sangre. Aquellos trapos se hundían en el mar o eran recogidos por los carceleros. Algunos llegaron al público, pero las protestas de Pyrot no convencían a nadie, porque ya se habían publicado sus confesiones.



III. EL CONDE MAUBEC DE LA DENTDULYNX



Las costumbres de los judíos vulgares no eran siempre puras; con frecuencia se dejaban arrastrar por todos los vicios de la civilización cristiana y conservaban sólo de la edad patriarcal el respeto a los lazos de la familia, la adhesión a los intereses de la tribu. Los hermanos, los hermanastros, los tíos, los primos, sobrinos en todos los grados, agnados y cognados de Pyrot en número de setecientos, abrumados por la pena que afligía a uno de los suyos, se encerraron en sus casas, se cubrieron de ceniza y, bendiciendo la mano que los castigaba, durante cuarenta días guardaron un austero ayuno. Luego se bañaron y resolvieron obtener, persiguiéndola sin descanso, a costa de todas las fatigas y a través de todos los peligros, la demostración de una inocencia, de la cual no dudaban. ¿Cómo era posible que dudasen? La inocencia de Pyrot se els revelaba como se había revelado su crimen a la pingüinia cristiana; porque estas cosas que se mantienen ocultas revisten un carácter místico y toman la autoridad de las verdades religiosas.

Setecientos pyrotinos empezaron a trabajar con tanto celo como prudencia, y secretamente hicieron minuciosas investigaciones. Estaban en todas partes y no se los veía en parte alguna. Hubiérase dicho de ellos que, semejantes al piloto de Ulises, andaban libremente por las entrañas de la tierra. Penetraron en las oficinas del ministerio valiéndose de disfraces, sonsacaron a los jueces, a los escribanos y a los testigos del proceso. Entonces apareció la sabiduría de Greatauk: los testigos no sabían nada, los jueces y los escribanos tampoco sabían nada. Algunos emisarios consiguieron llegar hasta Pyrot, y le interrogaron ansiosamente entre los interminables rugidos del mar y la ronca gritería de los cuervos. Todo fue inútil: tampoco el condenado sabía nada. Los setecientos pyrotinos no podían destruir las pruebas de la acusación, porque no podían conocerlas, y no podían conocerlas porque no existían. La culpabilidad de Pyrot era indestructible porque no era nada. Con orgullo legítimo, Greatauk, expresándose como verdadero artista, dijo en cierta ocasión al general Panther: «El proceso es una obra maestra: se hizo de nada». Los setecientos pyrotinos se desesperaban, temerosos de que no lograrían esclarecer jamás aquel tenebroso asunto, cuando de pronto descubrieron por una carta robada que las ochenta mil pacas de forraje no habían existido nunca, que un aristócrata de los más distinguidos, el conde Maubec, las vendió al Estado y recibió su importe, pero no las pudo entregar porque, descendiente de los más ricos propietarios rurales de la antigua Pingüinia, heredero de los Maubec de la Dentdulynx, poseedores en otro tiempo de cuatro ducados, sesenta condados, seiscientos doce marquesados, baronías y señoríos, no disponía de terrenos ni como la palma de la mano y era imposible que cortara un solo haz de forraje en sus dominios. Que algún propietario rural o algún comerciante le fiara ni una brizna, era increíble, porque todo el mundo, excepto los ministros del Estado y los funcionarios del Gobierno, consideraba más fácil sacar aceite de un guijarro que un céntimo del bolsillo de Maubec.

Los setecientos pyrotinos, después de una investigación minuciosa acerca de los recursos pecuniarios del conde Maubec de la Dentdulynx, comprobaron que los principales ingresos de aquel aristócrata provenían de una casa donde señoras generosas daban dos jamones a cambio de una salchicha. Entonces le denunciaron públicamente como culpable de la desaparición de las ochenta mil pacas de forraje, por cuyo motivo había sido condenado y enjaulado un inocente.

Maubec era de una ilustre familia emparentada con los Dracónidas, y nada es tan estimable para los demócratas como la nobleza de nacimiento. Maubec había servido en el Ejército, y los pingüinos, desde que todos eran soldados, amaban su Ejército hasta la idolatría. Maubec había recibido en el campo de batalla una cruz, que es el símbolo del honor entre los pingüinos, más que la misma fidelidad marital. Toda la Pingüinia se declaró a favor de Maubec, y la voz del pueblo reclamó el castigo de los setecientos pyrotinos calumniadores.

Maubec era aristócrata, y desafió a los setecientos pyrotinos a espada, sable, pistola, carabina y bastón.

«Cerdos indecentes —les escribió en una carta famosa—, crucificasteis a mi Dios y ahora queréis mi piel. Os prevengo que no seré tan manso como Cristo, que os cortaré vuestras mil cuatrocientas orejas. Recibid la puntera de mi bota en vuestros setecientos traseros».

El jefe del Gobierno era entonces un campesino llamado Chorrodemiel, hombre de mucha suavidad para, con los ricos y los poderosos, duro para con las pobres gentes, cobarde y desconocedor de cuanto no fuera su particular conveniencia. Por una declaración pública garantizó la virtud y el honor de Maubec y denunció ante los Tribunales a los setecientos pyrotinos, que fueron condenados como difamadores a penas aflictivas, a multas enormes y a los daños y perjuicios que reclamaba su víctima inocente.

Todo hacía suponer que Pyrot no se vería nunca libre del jaulón sobre el cual se posaban los cuervos. Pero los pingüinos insistieron en que se probara la culpabilidad del judío, al ver que de las pruebas alegadas algunas eran inciertas y otras contradictorias. Varios oficiales del Estado Mayor mostraban mucho interés, y otros falta de prudencia. Mientras Greatauk guardaba un admirable silencio, el general Panther publicaba todas las mañanas en los periódicos la culpabilidad del condenado. Hubiera hecho mejor en callarse: no hay demostración de lo evidente. Tantos razonamientos perturbaban las inteligencias. La fe, siempre viva, dejó de ser firme y serena. Cuantas más pruebas daban a la muchedumbre, más pruebas pedía.

Pero el peligro de probar demasiado no fuera grande a no haber en Pingüinia, como en todo el mundo, cerebros dispuestos para el libre examen, capaces de discernir un asunto difícil y propensos a la duda filosófica. No abundaban, no estaban dispuestos a hablar ni el público preparado para oírlos. Los judíos opulentos, los millonarios israelitas de Alca, decían, cuando se les hablaba de Pyrot: «No lo conocemos», pero se preocupaban por salvarle. Mantenían la prudencia inherente a su fortuna con la esperanza de que otros fuesen menos tímidos. Su deseo debía cumplirse.



IV. COLOMBAN



Algunas semanas después de la condena de los setecientos pyrotinos, un hombrecillo miope, cejijunto, muy barbado, salió una mañana de su casa con una cubeta de engrudo, una escalera y un rollo de carteles. Recorría las calles y fijaba en las fachadas pasquines donde se leía impreso con letras grandes:


PYHOT ES INOCENTE.
MAUBEC ES CULPABLE.


No era su oficio el de fijador de carteles. Se llamaba Colombán. Autor de ciento sesenta volúmenes de sociología pingüina, se contaba entre los más laboriosos y los más estimados escritores de Alca. Después de haberlo reflexionado minuciosamente, seguro de la inocencia de Pyrot, la publicó de la manera que juzgaba más ruidosa. Puso con tranquilidad algunos pasquines en las calles poco frecuentadas, pero al llegar a los barrios populosos, cada vez que se encaramaba en la escalera los transeúntes, apiñados en torno suyo, mudos de sorpresa y de indignación, le dirigían miradas amenazadoras, que soportaba con la calma inherente a su valor y a su miopía. Apenas volvía la espalda, los porteros y los tenderos arrancaban sus carteles, y seguía cargado con todos sus artefactos entre la curiosidad y la admiración de los muchachuelos, que, con su cestilla al brazo y su cartera al hombro, no se apresuraban por llegar a la escuela. Fijaba sus carteles obstinadamente.

A las insinuaciones mudas sucedieron las protestas y los murmullos, pero Colombán no se dignó ver ni oír nada. Cuando se detuvo en la embocadura de la calle de Santa Orberosa para fijar uno de los papeles que llevaba impreso:


PYHOT ES INOCENTE.
MAUBEC ES CULPABLE.


La multitud, amotinada, dio signos de la más violenta cólera «¡Traidor!… ¡Ladrón!… ¡Bandido!… ¡Canalla!», le gritaron. Una mujer abrió la ventana y le vació el cajón de la basura sobre la cabeza. Un cochero le quitó de un latigazo el sombrero, que fue a parar otro lado de la calle, entre las aclamaciones de la muchedumbre vengadora. Un mozo de carnicería empujó la escalera y le derribó con su cubeta de engrudo, su brocha y sus carteles. Los pingüinos, enorgullecidos, al verle rodar por el suelo sintieron la grandeza de la patria. Colombán se levantó rebozado en inmundicias, lisiado en un codo y en un pie, tranquilo y resuelto.

—Imbéciles —murmuró encogiéndose de hombros.

Y se puso en cuatro manos para buscar los lentes, que se le habían perdido al caer. Entonces se vio que su levita estaba desgarrada desde el cuello hasta los faldones y su pantalón abierto en la parte trasera. Eso aumentó la animosidad de la muchedumbre.

En la acera de enfrente se abría el bien provisto Colmado de Santa Orberosa. Los patriotas cogieron de los escaparates cuanto había y arrojaron contra Colombán naranjas, limones, tarros de dulce, libras de chocolate, botellas de licor, y latas de sardinas y saquitos de judías. Cubierto de sustancias alimenticias, contuso y desgarrado, cojo y ciego, se decidió a huir, perseguido por los aprendices de los talleres, los mancebos de las tiendas, los vagabundos, los burgueses, los golfos, cuyo número aumentaba de minuto en minuto. Rugían todos: «¡Al agua! ¡Muera el traidor! ¡Al agua!», y aquel torrente de torpeza humana despeñado por los bulevares se detuvo al fin en la calle de San Mael. La Policía cumplió con su deber. Por todas las bocacalles llegaban agentes que, con la mano izquierda en la vaina del sable, corrían para ponerse a la cabeza de los perseguidores. Alargaban ya sus brazos enormes hacia Colombán cuando se les escapó de pronto, sumergido en una alcantarilla.

Allí pasó la noche sentado en la oscuridad junto a las aguas fangosas. Entre ratas inmundas meditaba sus propósitos. Su corazón generoso rebosaba energía y piedad. Cuando el alba le acarició con sus pálidas luces, se levantó y dijo: «Preveo que la batalla será dura».

Luego redactó un escrito, donde exponía claramente que Pyrot no pudo robar al ministerio de la Guerra ochenta mil pacas de forraje que no habían existido, puesto que Maubec las cobró sin llegar a entregarlas. Colombán hizo repartir aquellas hojas por las calles de Alca. El populacho negóse a leerlas y las rompió colérico. Los tenderos amenazaban con el puño a los repartidores, que huían perseguidos por los escobazos de las furias familiares. Exaltáronse más y más, y la efervescencia duró todo el día. Por la noche grupos de hombres mal encarados y andrajosos recorrían las calles y vociferaban:

—¡Muera Colombán!

Algunos patriotas arrebataron a los repartidores los paquetes de impresos para quemarlos en las plazas públicas, y bailaron en torno de aquellas hogueras, locos de alegría, con mozas que se recogían las faldas hasta el vientre.

Los más apasionados fueron a romper los cristales de la casa donde Colombán vivía del fruto de su trabajo desde cuarenta años atrás, en una calma y una placidez inmensas.

Las Cámaras se estremecieron y preguntaron al presidente de la República qué medidas pensaba tomar para reprimir los odiosos atentados cometidos por Colombán contra el honor del Ejército y la tranquilidad de la Pingüinia.

Chorrodemiel condenó la audacia impía de Colombán, y dijo, entre los aplausos de los legisladores, que aquel hombre sería conducido ante los Tribunales para responder de su infame libelo.

El ministro de la Guerra, llamado a la tribuna, compareció transfigurado. No tenía, como antes, el aspecto de una oca sagrada de las ciudades pingüinas: erizado, con el cuello extendido, amenazador, parecía el buitre simbólico agarrado al hígado de los enemigos de la patria. Entre el silencio augusto de la Asamblea, solamente pronunció esta frase lapidaria:

—Juro que Pyrot es un bandido.

Y bastó su categórica aclaración, al extenderse por toda la Pingüinia, para tranquilizar la conciencia pública.



V. LOS REVERENDOS PADRES AGARIC Y CORNAMUSE



Colombán soportaba, sorprendido y apacible, todo el peso de la reprobación general. Como no podía salir a la calle sin que le apedrearan, vivía encerrado en casa y escribía, con una obstinación maravillosa, muchos trabajos en favor del enjaulado inocente. Entre su escaso número de lectores, algunos, cosa de una docena, seducidos por sus razonamientos, empezaron a dudar de la culpabilidad de Pyrot y se propusieron convencer a sus amigos para que se propagase la claridad que nacía en sus inteligencias. Uno de ellos trataba íntimamente a Chorrodemiel, y al confiarle sus perplejidades aquel patriota le cerró la puerta de su casa. Otro pidió en una carta abierta explicaciones al ministro de la Guerra. Otro, llamado Kardinac y tenido por el más formidable polemista, publicó un terrible libelo. El público se quedó estupefacto. Se decía que los defensores del traidor estaban subvencionados por los judíos opulentos, se les zahirió con el nombre de «pyrotinos», y los patriotas juraron exterminarlos. En todo el territorio de la República sólo había mil o mil doscientos partidarios del enjaulado, pero la imaginación los adivinaba en todas partes, se temía tropezar con ellos en los paseos, en las asambleas, en las reuniones, en las fiestas mundanas, en las mesas familiares, en el lecho conyugal. Media población desconfiaba de la otra media. La discordia exaltaba los ánimos en Alca.

El padre Agaric, director de un colegio de nobles, seguía los acontecimientos con ansiosa atención. Las calamidades de la Iglesia pingüina no le habían abatido. Continuaba fiel al príncipe Crucho y conservaba la esperanza de restablecer sobre el trono de la Pingüinia al heredero de los Dracónidas. Le parecía que los sucesos desarrollados y los que se preparaban en el país, a la vez efecto y causa de la opinión enardecida, y las perturbaciones, su resultado inevitable, traídos y llevados con la prudencia profunda de un religioso podían quebrantar la República y predisponer la Pingüinia a la restauración del príncipe Crucho, cuya piedad prometía consuelo a los fieles. Se puso su ancho sombrero negro y se encaminó por el bosque de Conils hacia la fábrica donde su venerable amigo el padre Cornamuse destilaba el licor higiénico de Santa Orberosa. La industria del buen fraile, tan cruelmente maltratada en tiempo del almirante Chatillón, renacía de sus ruinas. Oíanse rodar a través del bosque los trenes de mercancías, y bajo los cobertizos algunos centenares de huérfanos con blusas azules empaquetaban botellas y llenaban cajas.

Agaric encontró al venerable Cornamuse ante sus hornos y entre sus retortas. Las pupilas del viejo habían recobrado sus fulgores de rubí. La brillantez de su cráneo era, como antes, preciosa y suave.

Agaric felicitó al piadoso destilador por la actividad que animaba de nuevo sus laboratorios y sus talleres.

—Los negocios prosperan, por lo cual doy gracias a Dios —respondió el viejo de Conils—. ¡Ay! La fábrica estaba muerta, hermano Agaric. Como fuisteis testigo de la desolación de mi establecimiento, no he de referírosla.

Agaric esquivó su mirada.

—El licor de Santa Orberosa —prosiguió Cornamuse— triunfa de nuevo pero mi industria es aún incierta y precaria. Las leyes de ruina y desolación que la hirieron no han sido derogadas y sólo están suspendidas.

El religioso de Conils alzó al cielo sus pupilas de rubí. Agaric le puso la mano sobre el hombro:

—¡Qué espectáculo, Cornamuse, nos ofrece la desventurada Pingüinia! ¡En todas partes la desobediencia, la independencia, la libertad! Vemos triunfantes a los orgullosos, a los soberbios, a los revolucionarios. Después de haber desafiado las leyes divinas se revuelven contra las humanas; ¡tan cierto es que para ser un buen ciudadano es indispensable ser un buen cristiano! Colombán trata de imitar a Satán. Muchos criminales siguen su funesto ejemplo, y quieren, en su rabia, romper todos los frenos, romper todos los yugos, librarse de los lazos más sagrados, escapar a las obligaciones más saludables. Fustigan a su patria para someterla, pero sucumbirán bajo la animadversión, la vituperación, la indignación, la execración y la abominación pública. Tal es el abismo adonde les condujo la indiferencia, el libre pensamiento, el libre examen, la pretensión monstruosa de juzgar por sí mismos, de tener una opinión suya.

—Es indudable —replicó el padre Cornamuse inclinando la cabeza—. Pero en verdad os confieso que las preocupaciones de mi negocio particular no me permiten atender a los negocios públicos. Sé vagamente que se habla mucho de un llamado Pyrot. Los unos aseguran que es culpable, los otros afirman que es inocente, y desconozco los motivos que impulsan a los unos y a los otros para que les preocupe tanto un asunto que nada les importa.

El piadoso Agaric preguntó ansioso:

—¿Dudáis del crimen de Pyrot?

—No dudo, estimado Agaric —respondió el fraile de Conils—, porque si dudase contravendría las leyes de mi país, que debemos respetar mientras no se opongan a las leyes divinas. Pyrot es culpable, puesto que le han condenado. Discutir su culpabilidad o su inocencia sería poner en duda la justicia de los jueces, y me libraré mucho de hacerlo. Además fuera inútil, porque Pyrot está condenado. Si no está condenado porque sea culpable, resulta culpable por estar condenado, y viene a ser lo mismo. Creo en su culpabilidad, como debe creer todo buen ciudadano, y lo sostendré mientras la Justicia establecida me lo ordene, porque no es misión de los particulares, sino del juez, proclamar la inocencia de un condenado. La justicia humana es respetable hasta en los errores inherentes a su naturaleza falible y limitada. Sus errores no son nunca irreparables; si los jueces no los reparan en la Tierra, Dios los reparará en el Cielo. También confío mucho en el general Greatauk, a quien supongo más inteligente que todos sus enemigos, aun cuando no lo parezca.

—Muy bien, amigo Cornamuse —exclamó el piadoso Agaric—. El proceso Pyrot, manejado mañosamente por nosotros con la ayuda de Dios y de los fondos indispensables, será muy fecundo en beneficiosos resultados. Desenmascarará los vicios de la República anticristiana e inducirá a los pingüinos a restaurar el trono de los Dracónidas y las prerrogativas de la Iglesia. Pero es necesario que el pueblo se convenza de que sus sacerdotes le acompañan en la lucha. Avancemos contra los enemigos del ejército, contra los insultadores de héroes, ¡y todo el mundo nos seguirá!

—Todo el mundo sería demasiado —murmuró, con la cabeza baja, el religioso de Conils—. Veo que los pingüinos tienen ganas de lucha. Si nos mezclamos en sus luchas se reconciliarán a nuestra costa y pagaremos los platos rotos. Por lo cual, si queréis creerme, mi estimado Agaric, no mezcléis a la Iglesia en semejante aventura.

—Conocéis mi energía, conocéis mi prudencia. No comprometeré nada… Sólo espero que me proporcionéis los fondos indispensables para este negocio.

Cornamuse resistióse mucho a pagar los gastos de un empeño que juzgaba inconveniente. Agaric se mostró patético y terrible. Al fin cedió Cornamuse a los ruegos y a las amenazas, y arrastrando los pies, con la barba hundida en el pecho, subió a su austera celda, donde todo pregonaba la pobreza evangélica. En el muro enjalbegado tenía empotrada una caja de caudales cuyas ranuras ocultaba un ramo de boj. Suspiró al abrirla, y sacó un fajo de valores que ofreció al piadoso Agaric con mano temblorosa y sin alargar el brazo.

—No lo dudéis, mi estimado Cornamuse —dijo el clérigo batallador, mientras agarraba los papeles y los hundía en el bolsillo de su hábito—. Este proceso de Pyrot nos ha sido enviado por el Cielo para gloria y exaltación de la Iglesia pingüina.

—Quisiera que no os equivocarais —suspiró el fraile de Conils.

Y, solo ya en su laboratorio, contemplaba sus hornos y sus retortas con los ojos enternecidos y con una tristeza inefable.



VI. LOS SETECIENTOS PYROTINOS



Los setecientos pyrotinos inspiraban al público una aversión creciente. Cada día en las calles de Alca eran apaleados dos o tres. Uno de ellos fue azotado públicamente; otro, arrojado al río; un tercero fue emplumado y paseado por los bulevares, entre una muchedumbre bulliciosa; a otro le rompió la nariz un capitán de dragones. No se atrevían a presentarse en los casinos ni en los paseos, y se disfrazaban para ir a la Bolsa. En tales circunstancias le pareció urgente al príncipe de los Boscenos refrenar su audacia y reprimir su insolencia. Reunido con el conde de Clena, el señor de la Trrumelle, el vizconde Oliva y Bigourd, fundaron la importante Liga de los Antipyrotinos, a la cual se adhirieron los ciudadanos por cientos de millares; los soldados, por compañías, por regimientos, por brigadas, por divisiones, por cuerpos de ejército; las ciudades enteras, los distritos, las provincias.

Por entonces el ministro de la Guerra vio con sorpresa, en el despacho del jefe de Estado Mayor, que la espaciosa habitación donde trabajaba el general Panther, cuyas paredes poco antes se hallaban desnudas, habíase revestido desde el suelo al techo con profundas estanterías, pobladas por una multitud de carpetas de todas formas, de todos colores, hacinamiento improvisado y monstruoso que adquirió en pocos días las apariencias de un archivo secular.

—¿Qué es todo esto? —preguntó el ministro, asombrado.

—Pruebas contra Pyrot —respondió con patriótica satisfacción el general Panther—. Cuando le condenamos no teníamos ninguna, pero ahora, ya veis las que han aparecido.

Estaba abierta la puerta, y Greatauk vio pasar una larga fila de mozos cargados de papeles, y al subir, el ascensor gemía abrumado por el peso de los expedientes.

—Pero ¿qué traen aquí? —preguntó el general.

—Son nuevas pruebas contra Pyrot —dijo Panther—. Las pedí a todos los cantones de Pingüinia, a todos los centros militares, a todas las cortes de Europa. Las encargué a todas las ciudades de América y de Australia, y a todas las factorías de Africa. Espero algunos paquetes de Bremen y un cargamento de Melbourne.

Panther dirigió al general una mirada tranquila, radiante como la de un héroe, mientras Greatauk contemplaba el formidable hacinamiento de papeles con menos satisfacción que inquietud.

—Muy bien —dijo—, ¡me parece muy bien!, pero temo que se le quite al asunto Pyrot su encantadora sencillez. Era límpido como el cristal de roca. Su mérito consistía en su transparencia. Hubiera sido inútil buscarle, ni con microscopio, el menor defecto. Al salir de mis manos era puro como la luz: era todo luz. Os di una perla y me la convertisteis en una montaña. Temo que, por hacerlo demasiado bien, lo hayáis estropeado. ¡Pruebas! No dudo que sea bueno tener pruebas, pero es mejor no tenerlas, Ya os dije, Panther, que sólo hay una prueba evidente: la confesión del culpable. Del modo que yo lo instruí, el proceso Pyrot no se prestaba de ningún modo a la crítica, no tenía un solo punto vulnerable. Ahora da lugar a todo género de comentarios. Os aconsejo, Panther, que uséis de vuestras informaciones con reserva. Os agradeceré, sobre todo, que moderéis vuestro trato con los periodistas. Habláis bien, pero habláis demasiado. Decidme, Panther: entre esas pruebas, ¿las habrá falsas?

Panther sonrió:

—Las hay amañadas.

—Eso quería deciros. Las amañadas son las mejores, las más útiles. Las pruebas falsas, en general valen más que las verdaderas, porque se hicieron ex profeso para la causa y tienen la medida y la exactitud convenientes. Son preferibles también porque transportan los espíritus a un mundo ideal, los apartan de la realidad, que en este mísero mundo siempre es engañosa… De todos modos, preferiría que no hubiera pruebas.

El primer acto de la Liga de los Antipyrotinos fue invitar al Gobierno a que denunciara inmediatamente ante un alto Tribunal, como culpables de traición, a los setecientos pyrotinos y a sus cómplices. El príncipe de los Boscenos, encargado de mantener la acusación en nombre de la Liga, se presentó ante el Consejo, reunido para recibirle, y expresó su deseo de que la previsión y la firmeza del Gobierno se elevasen a la altura de las circunstancias. Estrechó la mano a cada uno de los ministros, y al acercarse al general Greatauk le dijo al oído:

—Si no andas muy derecho, bribón, publicaré las cartas de Maloury.

Algunos días después, por voto unánime de las Cámaras, emitido a propósito de un proyecto favorable del Gobierno, fue reconocida como de utilidad pública la Liga de Antipyrotinos.

Inmediatamente la Liga envió al castillo de Chitterling, en Marsuinia, donde Crucho comía el pan amargo del destierro, una delegación encargada de ratificar al príncipe el respeto y la sumisión de los asociados antipyrotinos.

A pesar de todo, el número de los pyrotinos crecía: ya eran diez mil, y tenían en los bulevares sus cafés predilectos. Los patriotas tenían los suyos, más lujosos y amplios, y todas las tardes, de unas terrazas a otras, iban lanzados los vasos, las tazas, los ceniceros, las botellas, las sillas y las mesas. Los espejos caían hechos trizas, la oscuridad confundía a los combatientes y rectificaba las diferencias de número, y las brigadas negras acababan la lucha pisoteando indistintamente con sus zapatones claveteados a los del uno y a los del otro bando.

En una de aquellas noches gloriosas, cuando el príncipe de los Boscenos, rodeado de varios patriotas, salía de un cafetín que no se puso en moda, el señor de la Trumelle le señaló a un hombrecillo con gafas, barbudo, sin sombrero, con una sola manga en la levita, que se arrastraba penosamente sobre la calle, cubierta de fragmentos de los proyectiles improvisados en la última batalla.

—¡Mirad —le dijo—, es Colombán!

Además de mucha fuerza, el príncipe tenía mucha suavidad, y no escasa mansedumbre, pero al oír el nombre de Colombán le hirvió la sangre, se dirigió al hombrecillo de las gafas y lo derribó de un puñetazo en la nariz.

El señor de la Trumelle advirtió entonces que le había engañado una semejanza inicua, y el que supuso Colombán era el ilustre Bazile, antiguo procurador, secretario de la Liga de los Antipyrotinos, patriota ardiente y generoso. El príncipe de los Boscenos disfrutaba de uno de esos caracteres antiguos que no se doblegan jamás, pero sabía reconocer sus errores.

—Ilustre Bazile —dijo mientras se quitaba el sombrero—: os puse la mano en el rostro, pero estoy seguro de que me perdonaréis, más aún, me aprobaréis, me cumplimentaréis, me congratularéis y me felicitaréis en cuanto conozcáis el motivo que me impulsó, y no fue otro que haberos confundido con ese canalla de Colombán.

El ilustre Bazile cubrió con el pañuelo la nariz ensangrentada, levantó el muñón de su brazo ausente y dijo con entereza:

—No, caballero; no puedo felicitaros, ni congratularos, ni cumplimentaros, ni aprobaros, porque vuestra acción era por lo menos superflua. Más aún: era excesiva. Esta noche ya me habían confundido tres veces con el dichoso Colombán, tratándome sin duda como él se merece. Sobre mi cuerpo los patriotas ya le habían hundido las costillas y deshecho los riñones, y me parecía, caballero, más que suficiente.

Apenas había terminado su discurso cuando se acercó una muchedumbre de pyrotinos, y engañados a su vez por la semejanza insidiosa, creyeron que los patriotas apaleaban a Colombán, y acometieron a garrotazo limpio con sus bastones de hierro y sus nervios de buey al príncipe de los Boscenos, y a sus compañeros los dejaron casi moribundos y se apoderaron del procurador Bazile, a pesar de sus protestas indignadas, al grito de: «¡Viva Colombán!, ¡viva Pyrot!». Así le llevaron en triunfo a lo largo de los bulevares, hasta que la brigada negra que los perseguía consiguió rodearlos, apalearlos, arrastrarlos indignamente a la Comisaría, donde el procurador Bazile fue una vez más pisoteado en representación de Colombán.



VII. BIDAULT-COQUILLE Y MANIFLORA - LOS SOCIALISTAS



Mientras un huracán de cólera y de odios rugía en Alca, Eugenio Bidault-Coquille, el más pobre y el más feliz de los astrónomos, instalado en un viejo torreón del tiempo de los Dracónidas, observaba el cielo a través de un mal catalejo, y sorprendía fotográficamente sobre placas averiadas el paso de los cometas. Su genio corregía los errores de los instrumentos, y su amor a la ciencia triunfaba de la depravación de los aparatos. Estudiaba con inextinguible ardor aerolitos, meteoros y bólidos, todos los fragmentos ardientes, todas las partículas inflamadas que atravesaban con velocidad prodigiosa la atmósfera terrestre, y recogía en pago a sus laboriosos desvelos la indiferencia del público, la ingratitud del Estado y la animadversión de los centros científicos.

Obsesionado en los espacios celestes, ignoraba los sucesos ocurridos sobre la superficie de la Tierra, nunca leía periódicos, y al ir por las calles abstraído en sus cálculos y averiguaciones siderales algunas veces fue a parar al estanque de un jardín público y otras veces cayó entre las ruedas de un ómnibus.

De muy elevada estatura y más elevados pensamientos, su estimación respetuosa de sí mismo y del prójimo se exteriorizaba en una frialdad cortés, en una levita negra muy estrecha y en un sombrero de copa bajo el cual se mostraba un rostro demacrado y sublime. Comía en un fonducho modesto y abandonado ya por todos los clientes menos espiritualistas. Allí encontró sobre la mesa, una noche, la hoja de Colombán en defensa de Pyrot, y mientras cascaba unas nueces hueras, de pronto, exaltado por la sorpresa, la admiración, el horror y la piedad, olvidó la caída de los meteoros y la lluvia de estrellas, y vio solamente la inocencia mecida por los huracanes en la jaula sobre la cual iban los cuervos a posarse.

Ya no le abandonó aquella imagen dolorosa, y pocos días después, al salir del fonducho donde comía poseído por la sugestión del condenado inocente, vio una turba de ciudadanos que se precipitaban en un local cerrado, donde había una reunión pública.

Entró. La discusión era libre, los oradores bramaban, se increpaban, se golpeaban y se agitaban como furias en aquella atmósfera densa y pestilente. Los pyrotinos y los antipyrotinos hablaban a su vez y eran aclamados o maltratados. Un ruidoso y confuso entusiasmo enardecía la concurrencia. Con la audacia de los hombres tímidos y solitarios, BidaultCoquille subió a la tribuna y habló tres cuartos de hora. Habló de prisa, desordenamente, pero se apasionó y mostró la profunda convicción de un matemático místico. Fue aclamado. Cuando bajaba de la tribuna, una mujerona de edad indefinible, que lucía en su ancho sombrero plumas heroicas, se abrazó a él, besóle apasionada, y con solemne ardor le dijo: —¡Eres incomparable!

Bidault-Coquille pensó, en su sencillez de sabio, que habría en todo aquello algo de verdad.

Ella le declaró que sus ideales únicos eran la defensa de Pyrot y el culto de Colombán. El astrónomo la juzgó sublime y la creyó hermosa.

Se trataba de Maniflora, una vieja prostituta, pobre, olvidada, en desuso, y convertida de pronto en patriota entusiasta.

Ya no le abandonó. Vivieron juntos horas inimitables, en las buhardillas y en los aposentos amueblados, las redacciones de los periódicos y en las salas de reuniones y conferencias. Como el astrónomo se preciaba de idealista, insistía en suponerla adorable, aun cuando ella le dio francamente ocasión para que advirtiese que no le quedaba ninguno de sus encantos, en ninguna parte de su persona y en ninguna forma, que sólo conservaba de sus tiempos floridos la convcción de ser agradable y un orgullo insolente para exigir complacencias. Sin embargo, hay que reconocerlo: el proceso Pyrot, fecundo en prodigios, revestía de una cívica majestad a Maniflora, y en las reuniones populares la transformaban en un símbolo augusto de la Justicia y de la Verdad.

A ningún pyrotino, a ningún defensor de Greatauk, ningún amigo del ejército inspiraban el menor asomo de ironía ni de burla Bidault-Coquille y Maniflora. Los dioses, en su cólera, habían negado a aquellos hombres el don precioso de la sonrisa, y acusaban gravemente a la cortesana y al astrónomo de espionaje, de traición, de conspirar contra la patria. Bidault-Couille y Maniflora se agitaban sumergidos en la injuria, el ultraje y la calumnia.

Hacía muchos meses que la Pingüinia se hallaba dividida en dos campos, y, cosa que parece inverosímil, los socialistas no se habían decidido aún por el uno ni por el otro. Sus agrupaciones abarcaban casi todo lo que de trabajo manual había en su país: fuerza diseminada, confusa, pero formidable. El proceso Pyrot puso a los jefes de los principales grupos en un singular compromiso.

Les apetecía tan poco declararse partidarios de los banqueros como de los militares. Consideraban a los judíos opulentos, y a los demás, como adversarios irreductibles. No discutían sus principios en este negocio, que no afectaba por de pronto a sus intereses, pero en su mayoría se daban cuenta de lo difícil que les era ya continuar alejados de las luchas en que se complicaba la Pingüinia entera.

Los más caracterizados se reunieron en el domicilio de su federación, calle de la Cola del Diablo San Mael, para tratar de la conducta que les convendría mantener en la situación presente y en las eventualidades futuras. El compañero Fénix tomó la palabra:

—Se ha cometido un crimen —dijo—, el más odioso y el más cobarde crimen que pueda cometerse: un crimen judicial. Jueces militares, obligados o engañados por sus jefes monárquicos, condenaron a un inocente a una pena infamante y cruel. No aleguéis que la víctima no es de los nuestros, que pertenece a una casta que fue siempre y será siempre nuestra enemiga. Nuestro partido es el partido de la justicia social, y la iniquidad no puede sernos indiferente. ¡Qué vergüenza para nosotros si permitiéramos que un radical, Kerdanic, un burgués, Colombán, y algunos republicanos moderados, fuesen los únicos en perseguir los «crímenes del sable»! ¡Si la víctima no es de los nuestros, en cambio sus verdugos son los verdugos de nuestros hermanos, y Greatauk, antes de revolverse contra un militar, había fusilado a nuestros camaradas huelguistas! Compañeros, con un esfuerzo intelectual, moral y material libraréis a Pyrot del suplicio, y al realizar este acto generoso no os desviaréis de la misión libertadora y revolucionaria que asumisteis, porque Pyrot es ahora el símbolo del oprimido, y todas las inquietudes sociales se encadenan: al destruir una se quebrantan las demás.

Cuando Fénix hubo acabado, el compañero Sapor dijo estas palabras:

—Os aconsejan que abandonéis vuestras tareas para realizar una labor que no os concierne. ¿Por qué empeñarnos en un combate cuyos dos bandos fueron y serán vuestros enemigos naturales e irreductibles? ¿Acaso odiáis menos a los banqueros que a los militares? ¿Qué intereses vais a salvar? ¿Los de los manipuladores de la Banca o los de los negociantes del Ejército? ¿Qué inepta y criminal generosidad os conduciría en socorro de los setecientos pyrotinos, a los que siempre habéis de hallar dispuestos contra vosotros en la guerra social? Os proponen que legalicéis la situación de vuestros enemigos y que restablezcáis el orden perturbado por sus crímenes. La magnanimidad, llevada a tal extremo, cambia de nombre. Camaradas, hay un límite donde la infamia es mortal para la sociedad. La burguesía pingüina se ahoga en su infamia y os pide que la salvéis, que hagáis respirable la atmósfera en torno suyo. Eso es burlarse de vosotros. Dejémosla que reviente, que muera. Presenciemos con repugnancia y con alegría sus últimas convulsiones, y lamentemos que haya corrompido la tierra donde creció, hasta el punto de que para sentar los cimientos de una sociedad nueva sólo encontramos un lodo envenenado.

Al concluir Sapor su discurso, el camarada Lapersonne se limitó a decir:

—Fénix nos aconseja que socorramos a Pyrot, y se funda en que Pyrot es inocente. Su argumento me parece muy frágil. Su inocencia demostraría que siempre cumplió a conciencia su oficio, cuya principal misión consiste en asesinar al pueblo, y no es motivo suficiente para que el pueblo lo defienda y lo salve. Cuando se demuestre que Pyrot es culpable y que efectivamente robó el forraje de las provisiones militares, haré algo por él.

El camarada Larrivée tomó inmediatamente la palabra:

—No soy del parecer de mi amigo Fénix, ni opino como Sapor. Nuestro partido no debe afiliarse a una causa por el hecho de aparecer como una causa justa. Adivino un enojoso abuso de palabras y un equívoco perjudicial, porque la justicia establecida no es la justicia revolucionaria. Son antagónicas: la una es servil y la otra rebelde. Yo prefiero la justicia revolucionaria a la justicia establecida, y por consecuencia repruebo la abstención y digo que, cuando la suerte favorable os trae a las manos un asunto como éste, seríais unos idiotas si no lo aprovecharais. ¿Cómo? Se nos ofrece ocasión de asestar al militarismo golpes terribles, tal vez mortales, y ¿queréis que me cruce de brazos? Camaradas, yo no soy un faquir, y no apoyaré nunca el partido de los faquires. Si aquí los hubiese, que no cuenten conmigo para nada. Contemplarse el ombligo es una política estéril. Un partido como el nuestro debe afirmarse constantemente, debe probar su existencia por una acción continuada. Intervendremos en el proceso Pyrot, pero intervendremos revolucionariamente, ejerceremos una acción violenta… ¿Creéis, acaso, que la violencia es un procedimiento envejecido, una invención caduca y que merece ser arrinconada con los coches diligencias, las prensas a brazo y los telégrafos de señales? Si así pensarais, estaríais en un error. Hoy, como ayer, todo se obtiene por la violencia. Es un instrumento eficaz, pero hace falta saber emplearlo. ¿Cuál será nuestra acción? Voy a decíroslo: excitar a las clases directoras las unas contra las otras, enzarzar a los banqueros con los militares, al Gobierno con la magistratura, a la nobleza y al clero con los judíos; impulsarlos, a ser posible, para que se maltraten, y esto se consigue sosteniendo el estado de agitación que debilita el régimen como la fiebre agota al enfermo. El proceso Pyrot puede servirnos para anticipar diez años el movimiento socialista y la emancipación del proletariado por el desarme, la huelga general y la revolución.

Después de expresar los jefes del partido sus opiniones, entablóse una discusión larga y viva. Como sucede siempre en tales casos, los oradores repetían los argumentos ya expuestos, con menos orden y mesura que la primera vez. Disputaron. A nadie convenció la opinión ajena, y cada cual insistía en la suya; pero estas opiniones, en el fondo, se reducían a dos: la de Sapor y Lapersonne, que aconsejaban la abstención, y la de Fénix y Larrivée, que deseaban intervenir.

Hasta esas dos opiniones contrarias se confundían en un odio común a la justicia militar y en una común creencia de que Pyrot era inocente.

Así, pues, la opinión pública no se engañaba cuando veía en los jefes socialistas unos pyrotinos perniciosos.

En cuanto a las masas obreras, en nombre de las cuales hablaban y a las cuales representaban como la palabra puede representar lo indecible; en cuanto a los proletarios, en fin, cuyo pensamiento es tan difícil de conocer, que no se conoce a sí mismo, sin duda el proceso Pyrot no les interesaba.

De sobra literario, con reminiscencias clásicas y un tufillo de burguesía elegante y de Banca poderosa, el asunto no pudo serles grato.



VIII. EL PROCESO COLOMBÁN



Al empezar el proceso Colombán, los pyrotinos eran unos treinta mil. Diseminados en todas partes, los había hasta en el clero y en el ejército, pero les perjudicaba la complaciente adhesión de los judíos opulentos. Debían a su corto número muchas ventajas, y no era insignificante la de contar en sus filas menos imbéciles que en las de sus adversarios, donde abundaban de un modo abrumador. Como formaban una pequeña minoría, se concertaban con facilidad, obraban armónicamente y no sentían la tentación de dividirse y contrariar sus esfuerzos. Cada uno se proponía cumplir mejor cuanto más aislado se hallaba, y todo les permitía suponer que aumentarían las adhesiones, mientras que sus enemigos, apoyados desde luego en las muchedumbres, estaban más propensos a disgregarse.

Conducido ante el Tribunal, en audiencia pública, Colombán advirtió en seguida que sus jueces no eran nada curiosos. En cuanto abrió la boca, el presidente le mandó que se callara, y alegó para ello los altos intereses del Estado. Por la misma razón, que es la razón suprema, sus testigos tampoco fueron oídos. El general Panther, jefe del Estado Mayor, compareció de gran uniforme, con el pecho cubierto de infinitas condecoraciones, y declaró en estas palabras:

—El infame Colombán pretende que no tenemos pruebas contra Pyrot, y ha mentido: las tenemos. En los archivos de nuestras oficinas ocupan setecientos treinta y dos metros cuadrados, que a razón de quinientos kilos por metro suman trescientos sesenta y seis mil kilos.

Inmediatamente, con elegante y fácil palabra, hizo un resumen de aquellas pruebas.

—Las hay de todos los colores y de todos los matices —dijo en sustancia—. Las hay de todas formas y de todos tamaños, en papel de todas clases. La menor tiene menos de un milímetro cuadrado, y la mayor mide sesenta metros de longitud por noventa centímetros de altura.

Estas revelaciones hicieron estremecer de horror al auditorio.

Greatauk declaró a su vez. Más sencillo, pero acaso más arrogante, vestía un traje gris y cruzaba sus manos a la espalda.

—Dejo —pronunció con calma y sin levantar mucho la voz—, dejo al señor Colombán la responsabilidad de un acto que puso a nuestro país a dos dedos de la perdición. El proceso Pyrot era secreto y debe continuar secreto. Si se divulgara, las desdichas más crueles, guerras, saqueos, incendios, carnicerías, epidemias, asolarían la Pingüinia. Yo me juzgaría reo de alta traición si pronunciase una palabra más.

Algunas personas de acreditada experiencia política, entre las cuales figuraba Bigourd, juzgaron la declaración del ministro de la Guerra más hábil y más pertinente que la de su jefe de Estado Mayor.

El testimonio del coronel Boisjoli produjo sensación:

—En un baile del ministerio de la Guerra —dijo—, el agregado militar de una potencia limítrofe me confesó que en las caballerizas de su rey admiró un forraje suave, perfumado y de un precioso color verde, como no lo había visto jamás. «¿De dónde procede?», le pregunté. No quiso contestarme, pero el origen de aquel forraje no era dudoso. Se trataba del forraje robado por Pyrot. Esas cualidades de verdor, de suavidad y de aroma son características de nuestro forraje nacional. El forraje de la nación vecina es gris y quebradizo, cruje al ser arrastrado por la horquilla y sólo huele a polvo. ¡Qué juzgue cada uno conforme a su conciencia!

El teniente coronel Hastaing declaró, entre un hostil clamoreo, que no creía culpable a Pyrot.

Inmediatamente detenido por los gendarmes, fue metido en un calabozo donde, alimentado con sapos, culebras y cristal machacado, se mantuvo insensible a las promesas y a las amenazas.

El ujier llamó:

—El conde Maubec de la Dentdulynx.

Entre un absoluto silencio avanzó un aristócrata magnífico y astroso, cuyos bigotes amenazaban al cielo y cuyos ojos echaban lumbre.

Se acercó a Colombán y lo miró con desprecio.

—Mi declaración —dijo—, se reduce a una sola palabra: ¡Mierda!

Su actitud arrancó al público una tempestad de aplausos entusiastas y produjo uno de esos transportes que exaltan las almas y nos conducen a realizar empeños extraordinarios. Sin añadir más, el conde Maubec de la Dentdulynx se retiró.

Todos los presentes abandonaron la Sala para seguirle. Prosternada a sus pies, la princesa de los Boscenos se le abrazó a los muslos con entusiasmo. Impasible y sombrío, avanzó bajo una lluvia de pañuelos y de flores. No fue posible desprender a la vizcondesa Oliva, que se agarró a su cuello y el héroe la llevó flotando sobre el pecho, sin esforzarse, como llevaría una ligera banda.

Cuando se reanudó la audiencia que se había suspendido a causa de aquella declaración, el presidente dispuso después que se presentaran los peritos.

El ilustre perito de escritura, Vermillard, expuso el resultado de sus investigaciones.

—Estudiados minuciosamente —dijo— los papeles de Pyrot, y muy en particular su cuaderno de gastos y la cuenta de la lavandera, reconocí que, bajo una vulgar apariencia, revelaban una criptografía incomprensible cuya clave adiviné, a pesar de todo. La infamia del traidor aparece en cada línea. En este artificio de su escritura, las palabras «tres cervezas y veinte francos para Adela», significan: «Entregué treinta mil pacas de forraje a la nación vecina».

Conforme a esos documentos, pude averiguar la composición del forraje robado. En efecto: las palabras «camisas, camisetas, calzoncillos, pañuelos de sonar, cuellos, puños, tabaco», deben traducirse por heno, trébol, alfalfa, pimpinela, avena, cizaña, grana de los prados. Y son éstas, precisamente, las hierbas olorosas que componen el forraje aromático servido por el conde Maubec a la Caballería pingüina. ¡Pyrot consignaba sus crímenes en una forma que supuso indescifrable! ¡Abruma tanta malicia y tanta inconsciencia!

Declarada su culpabilidad sin circunstancias atenuantes, Colombán fue condenado al máximo de la pena. Los jurados inmediatamente suscribieron un recurso contra tan excesivo rigor.

En la plaza del Palacio de Justicia y en los muelles del río que arrulló doce siglos de historia pingüina, cincuenta mil personas aguardaban impacientes y tumultuosas el resultado del proceso. Allí se agitaban los dignatarios de la Liga de Antipyrotinos, entre los cuales sobresalía el príncipe de los Boscenos junto al conde de Clena, el vizconde de Oliva y el señor de la Trumelle. A poca distancia aguantaban los estrujones con paciencia el reverendo padre Agaric, los profesores y alumnos del colegio de San Mael, el monje Douillard y el generalísimo Caragüel: ¡entre todos formaban un grupo sublime!, y por el Puente Viejo comparecían las mujeres de los mercados y de los lavaderos, con garfios, palos, tenazas, mazos y cubos de lejía. Frente a las puertas de bronce y en la escalinata se reunían los defensores de Pyrot, catedráticos, publicistas, obreros o revolucionarios, y en su descuidado vestir, en su aspecto huraño, se reconocía a los camaradas Fénix, Larrivée, Lapersonne, Dagoberto y Varambille.

Embutido en su levita fúnebre y cubierta la cabeza con su sombrero ceremonioso, BidaultCoquille invocaba en favor de Colombán y del teniente coronel Hastaing las matemáticas sentimentales. En el más alto escalón resplandecía sonriente y altiva Maniflora, cortesana heroica, deseosa de merecer como Leena un monumento glorioso, y como Epicaris las alabanzas de la Historia.

Los setecientos pyrotinos, disfrazados de vendedores ambulantes, de mozos de cuerda, de colilleros y de antipyrotinos, vagaban en torno del edificio.

Al aparecer Colombán surgió de la multitud apiñada tan espantoso clamoreo que, lastimados, heridos por la conmoción del aire y del agua, los pájaros cayeron de los árboles y los peces aparecieron en la superficie, panza arriba.

En todas partes oíase rugir:

—¡Al río Colombán! ¡Echadle al agua!

Otros gritaban:

—¡Justicia y verdad!

Una voz estentórea consiguió dominar el griterío:

—¡Muera el Ejército!

Fue la señal de una descomunal refriega. Los combatientes caían por millares y formaban con sus cuerpos amontonados montañas aulladoras y movedizas sobre las cuales otros nuevos combatientes se maltrataban y caían. Las mujeres, enloquecidas, pálidas, con el pelo desprendido y alborotado, esgrimían las uñas y los dientes, atacaban a los hombres con esa fiereza que a plena luz de una plaza baña su rostro de una expresión deliciosa, mucho más deliciosa que la que ofrecen, apasionadas, entre sombras de cortinas y blanduras de lecho.

Se proponían apoderarse de Colombán, morderle, estrangularle, desgarrarle, despedazarle, repartirse las piltrafas, cuando Maniflora, inmensa, pura como una virgen en su túnica roja, se alzó serena y terrible ante aquellas furias que retrocedieron asustadas.

Entreveíase la salvación de Colombán.

Sus entusiastas le abrieron camino a través de la plaza y le llevaron hasta un coche, prevenido a la entrada del Puente Viejo. Cerróse la portezuela y el caballo salió al trote largo, pero el príncipe de los Boscenos, el conde de Clena y el señor de la Trumelle derribaron del pescante al cochero, detuvieron al caballo, hicieron retroceder el vehículo hasta llevarlo al parapeto del puente, y desde allí lo empujaron. Saltó el agua deshecha en espuma con un chapoteo ruidoso, y luego sólo se vio un leve remolino en la superficie rumorosa y brillante.

Al punto los compañeros Dagoberto y Varambille, ayudados por los setecientos pyrotinos, se apoderaron del príncipe de los Boscenos y lo arrojaron al río de cabeza. Cayó en un lavadero, donde se lastimó lamentablemente.

La noche, serena, envolvía en su tranquilo silencio la plaza del Palacio de Justicia.

Y a tres kilómetros de allí, bajo un puente, acurrucado, enlodado, cerca del caballejo herido, meditaba Colombán acerca de la ignorancia y la injusticia de las muchedumbres:

«El asunto es más complicado aún de lo que yo imaginaba. Preveo nuevas dificultades».

Levantóse y se dirigió hacia el maltrecho animal.

—¿Qué daño les hiciste, infeliz? —dijo en alta voz—. Por mi culpa te han maltratado cruelmente.

Abrazó a la bestia infortunada y besó la estrella blanca del testuz. Luego tiró de las riendas y, cojeando, se fueron a través de la dormida ciudad hasta su casa, donde sintieron la dulzura del sueño y olvidaron a los hombres.



IX. EL PADRE DOUILLARD



En su infinita mansedumbre, inducidos por el padre común de los fieles, los obispos, canónigos, párrocos, vicarios, abades y priores de la Pingüinia resolvieron celebrar un oficio solemne en la catedral de Alca, para obtener de la Divina Misericordia que pusiera término a los disturbios que desgarraban uno de los más nobles países de la cristiandad y concediese al arrepentimiento de la Pingüinía el perdón de sus crímenes contra Dios y contra los ministros del culto.

La ceremonia tuvo lugar el 15 de junio. El generalísimo Caragüel asistía y le acompañaba todo su Estado Mayor. La concurrencia fue numerosa y brillante. Según la frase feliz de Bigourd, «al mismo tiempo era una muchedumbre y una selección». Figuraba en primera línea el señor de la Berthoseille, chambelán del príncipe Crucho. Cerca del púlpito, desde donde hablaría el reverendo padre Douillard, de la Orden de San Francisco, hallábanse en pie y en actitud de recogimiento, con las manos cruzadas sobre sus garrotes, los más ilustres personajes de la Liga de Antipyrotinos: el vizconde Oliva, el señor de la Trumelle, el conde de los Boscenos. El padre Agaric ocupaba el ábside con los profesores y los alumnos del colegio de San Mael.

Las naves central y de la derecha se reservaron a los oficiales y a la tropa: el uniforme ocupaba, con esta previsión, lugar muy preferente, pues hacia la derecha inclinó el Señor la cabeza cuando expiraba en la cruz. Las damas aristocráticas, entre las cuales aparecía la condesa de Clena, la vizcondesa Oiva y la princesa de los Boscenos, ocupaban las tribunas. En lo restante del edificio se apiñaban más de veinte mil religiosos de todos los hábitos y unos treinta mil fieles.

Después de la ceremonia expiatoria y propiciatoria, el reverendo padre Douillard subió al púlpito. El sermón había sido encargado primeramente al reverendo padre Agaric; pero, a pesar de sus méritos, le juzgaron inoportuno en aquellas circunstancias, y fue preferido el famoso franciscano, que había pasado seis meses predicando en los cuarteles contra los enemigos de Dios y de la autoridad.

El reverendo padre Douillard tomó por texto: Deposuit potentes de sede, y estableció que toda potencia temporal tiene a Dios por principio y por fin, y que se pierde y se destruye cuando se aparta del camino que la Providencia le ha señalado y del objeto que le asignó.

Aplicó estas reglas sagradas al gobierno de la Pingüinia, y trazó un cuadro espantoso de los males que los estadistas no habían sabido prevenir ni evitar.

—Al primer autor de tantos desastres y vergüenzas —dijo— le conocéis de sobra, hermanos míos. Es un monstruo, cuyo destino se halla providencialmente anunciado en el nombre que lleva. Al derivarlo del griego pyros, que significa fuego, la divina sabiduría, que a veces también es filológica, nos quiso advertir etimológicamente que un judío haría estallar el incendio en el país que le cobijó.

Presentó a la patria perseguida por los perseguidores de la Iglesia, y le hizo decir sobre su calvario reciente: «¡Oh dolor! ¡Oh gloria! Los que han crucificado a mi Dios me crucifican».

Estas palabras estremecieron al auditorio.

El orador, elocuente y brioso, conmovió más aún y espoleó los odios de los fieles en sus imprecaciones al orgulloso Colombán, manchado por sus crímenes y sumergido en las aguas caudalosas que no bastarían para lavarle. Recogió todas las humillaciones, todos los peligros de la Pingüinia, para lanzarlos al rostro del presidente de la República y de su primer ministro.

—Ese ministro —dijo— cometió una cobardía degradante por no atreverse a exterminar a los setecientos pyrotinos con sus aliados y sus defensores, como Saúl exterminó a los filisteos en Gabaón, y se hizo indigno de practicar el poder que Dios le había delegado, por lo cual pueden y deben los fieles despreciar su abominable soberanía. El Cielo ayudará, piadoso, a los despreciadores. Deposuit potentes de sede. Dios desposeerá a los jefes pusilánimes y pondrá en su lugar a hombres enérgicos que sepan recurrir a Él. Os lo advierto, señores; os lo advierto, jefes, oficiales y soldados que me oís; os lo advierto, generalísimo del ejército pingüino: ¡ha llegado la hora! Si no sabéis obedecer los mandatos de Dios; si no desposeéis en su nombre a las autoridades indignas; si no constituís en Pingüinia un Gobierno religioso y fuerte, no por esto dejará Dios de destruir lo que ha condenado, no por esto abandonará a su pueblo, y para salvarlo se valdrá de un humilde jornalero o de un oscuro soldado. La hora pasa pronto. ¡Apresuraos!

Movidos por aquella exhortación ardorosa, los sesenta mil fieles vociferaron: «¡A las armas!, ¡a las armas! ¡Abajo los pyrotinos! ¡Viva Crucho!». Y todos: frailes, mujeres, soldados, aristócratas, burgueses, proletarios, como si les impulsara el brazo que se alzó en el púlpito para bendecir, entonaron el himno ¡Salvemos la Pingüinia!, y salieron impetuosamente a la calle para dirigirse a la Cámara de Diputados.

Solo, en la nave desierta, el prudente Cornamuse alzó los brazos al cielo y dijo con voz entrecortada:

¡Agnosco fortunam eclessiae pingüinicanae! Preveo adónde nos conducirá todo esto.

El asalto dado por la muchedumbre católica al palacio legislativo fue infructuoso. Rechazados vigorosamente por las brigadas negras y los guardias de Alca, los asaltantes huían en desorden, y los obreros procedentes de los arrabales, conducidos por Fénix, Dagoberto, Lapersonne y Varambille, acabaron de dispersarlos. El señor de la Trumelle y el duque de Ampoule fueron conducidos a la Comisaría. El príncipe de los Boscenos, después de haber luchado valerosamente, cayó con la cabeza ensangrentada.

En el entusiasmo de la victoria, los obreros, mezclados con innumerables vendedores ambulantes, recorrieron toda la noche los bulevares y llevaban a Maniflora en triunfo. Rompieron los cristales de los cafés y los faroles del alumbrado público, mientras vociferaban: «¡Muera Crucho! ¡Viva la Social!». A su vez los antipyrotinos derribaron los quioscos de los periódicos y las columnas anunciadoras.

Espectáculos tales, que una serena razón no puede aplaudir, conducen sólo a que se aflijan los ediles cuidadosos de sus calles. Pero lo que resultaba más triste para la gente de corazón era el aspecto de esos hipócritas que por miedo a los golpes se mantenían a distancia igual entre los dos campos, y a pesar de mostrarse cobardes y egoístas pretendían que fuese admirada la generosidad de sus sentimientos y la nobleza de su alma. Se frotaban los ojos con cebolla, ponían boca de ratón, se sonaban ruidosamente, modulaban su voz en las profundidades de su barriga y gemían: «¡Oh pingüinos, cesad en vuestra lucha fratricida, no desgarréis el seno de vuestra madre!». ¡Como si los hombres pudiesen vivir en sociedad sin disputas y querellas! ¡Como si las discordias civiles no fueran una condición indispensable de la vida nacional y del progreso de las costumbres! Llorones hipócritas, proponían componendas entre lo justo y lo injusto, y ofendían así al justo en su derecho y al injusto en su audacia. Uno de ellos, el rico y poderoso Machimel, resplandeciente de cobardía, se alzó sobre la ciudad corno un coloso de dolor: sus lágrimas formaron a sus pies lagunas con peces, y sus lamentos hacían zozobrar las barcas de los pescadores.

Durante aquellas noches agitadas, en lo más alto de su vieja torre, bajo el cielo sereno, mientras las estrellas errantes dejaban su imagen prendida en las placas fotográficas, Bidault-Coquille se glorificaba en el fondo de su corazón. Luchaba por la justicia, amaba y era amado con amor sublime. La injuria y la calumnia remontábanle hasta las nubes. Su caricatura se veía con las de Colombán, Kerdanic y el teniente coronel Hastaing en los quioscos de los periódicos. Los antipyrotinos publicaban que había recibido cincuenta mil francos de la Banca judía. Los gacetilleros de los diarios militaristas consultaban acerca de su valor científico a los sabios académicos, y éstos negaban el conocimiento de los astros al astrónomo libre y revolucionario, ponían en duda sus observaciones más sólidas, rechazaban sus descubrimientos más verídicos y condenaban sus hipótesis más ingeniosas y fundadas. Halagado por el odio y la envidia, era dichoso.

Contemplaba a sus pies la inmensidad oscura y salpicada por una multitud de luces, sin comprender que una noche de capital populosa encierra muchos sueños pasados, muchos insomnios crueles, muchas ilusiones vanas, muchos placeres agriados y muchísimas miserias, y reflexionó:

«En esa enorme población combaten lo justo y lo injusto».

Trocaba la realidad múltiple y vulgar en una poesía sencilla y magnífica para representarse el proceso Pyrot bajo el aspecto de una lucha de ángeles malos y buenos. Seguro de que triunfarían eternamente los Hijos de la Luz, gozábase al sentir dentro de sí la claridad que vencería las tinieblas.



X. EL CONSEJERO CHAUSSEPIED



Ciegos hasta el terror, imprudentes y estúpidos, ante las hordas del capuchino Douillard y los secuaces del príncipe Crucho, los republicanos abrieron los ojos para comprender al fin el verdadero sentido del proceso Pyrot. Los diputados, que durante dos años palidecían al oír los rugidos de la muchedumbre patriótica, no se envalentonaron; pero, en un cambio de cobardía, culparon al Ministerio Chorrodemiel de los desórdenes que habían alentado ellos mismos con sus complacencias y hasta con sus felicitaciones pusilánimes. Reprochaban al Gobierno por haber puesto en peligro la República con la debilidad y las concesiones que ellos mismos le impusieron; algunos comenzaron a sospechar que les interesaba creer en la inocencia de Pyrot, y sintieron entonces crueles angustias ante la idea de que pudo ser condenado injustamente aquel infeliz, y expiaba los crímenes de otros en una jaula mecida por el viento. «¡No duermo tranquilo!», decía confidencialmente a varios diputados de la mayoría el ministro Guilloumette, que aspiraba a reemplazar a su jefe.

Los generosos legisladores derribaron el Gabinete, y el presidente de la República reemplazó a Chorrodemiel por un sempiterno republicano, de barba frondosa, llamado La Trinité, quien, como la mayor parte de los pingüinos, no entendía una sola palabra del proceso, pero notaba que se habían metido en el asunto demasiados frailes.

El general Greatauk, antes de abandonar el ministerio, hizo sus últimas recomendaciones a Panther, jefe de su Estado Mayor.

—Os quedáis cuando yo me voy —le dijo al estrecharle la mano—. El proceso Pyrot es como una hija mía: os la confío; merece vuestro amor y vuestros cuidados; es hermosa. No olvidéis que su hermosura prefiere la oscuridad, se goza en el misterio y desea permanecer velada. Respetad su pudor. Ya profanaron sus encantos muchas miradas indiscretas. Deseasteis pruebas y las obtuvisteis, las tenéis innumerables, las tenéis de sobra. Preveo intervenciones inoportunas y curiosidades dañinas. En vuestro lugar yo haría una hoguera con todas las carpetas. Creedme: la mejor prueba es no tener ninguna. Esta es la sola prueba que no se discute.

—¡Ay!, el general Panther desconocía la prudencia de aquellos consejos. Greatauk profetizaba. Al entrar La Trinité en el ministerio pidió las carpetas del proceso Pyrot. Péniche, su ministro de la Guerra, se resistió a dárselas, en nombre de los elevados intereses de la defensa nacional, y afirmó que aquellas carpetas constituían por sí el más vasto archivo de la Tierra. La Trinité estudió el proceso como pudo. Sin penetrarlo hasta el fondo, olfateó la ilegalidad, y valiéndose de sus derechos y prerrogativas ordenó la revisión. Inmediatamente Péniche, su ministro de la Guerra, le acusó de insultar al Ejército y de ser traidor a la patria, y le arrojó su cartera a las narices. Fue reemplazado por otro general, que hizo lo mismo, y a éste sucedió un tercero, que imitó a sus dos predecesores. Los siguientes, hasta sesenta, se acomodaron al ejemplo, y el venerable La Trinité gimió abrumado bajo las carteras belicosas. El sesenta y uno, Julep, se mantuvo en sus funciones, y no porque se hallara en desacuerdo con tantos y tan nobles colegas, sino porque había sido comisionado por ellos para traicionar al presidente del Consejo, cubrirle de oprobio y de vergüenza y dar a la revisión un giro que glorificase a Greatauk, satisficiese a los antipyrotinos, beneficiase a los frailes y facilitara la restauración del príncipe Crucho.

El general Julep, dotado de altas virtudes militares, no gozaba de una inteligencia bastante luminosa para emplear los procedimientos sutiles y los métodos refinados de Greatauk. Suponía, como el general Panther, que se necesitaban pruebas tangibles contra Pyrot, que nunca serían demasiadas, que nunca reuniría las suficientes. Expuso estas ideas a su jefe de Estado Mayor, que se hallaba dispuesto a compartirlas.

—Panther —le dijo—, se acerca la hora en que necesitaremos pruebas abundantes y superabundantes.

—Lo sé, mi general —respondió Panther—. Voy a completar mi archivo.

Al medio año las pruebas contra Pyrot llenaban dos pisos del ministerio de la Guerra. El suelo se hundió con el peso de las carpetas, y las pruebas aplastaron, en forma de enorme alud, a dos jefes de servicio, catorce jefes de negociado y sesenta escribientes, ocupados en la planta baja en dar curso a las órdenes que modificaban la hechura de las polainas de los cazadores. Hubo que afianzar las paredes del edificio. Los transeúntes veían con estupor que, apoyados oblicuamente sobre la fachada, obstruían el paso, perturbaban la circulación de los coches y de los peatones y ofrecían a los autobuses un obstáculo contra el cual estrellaban a sus viajeros.

Los jueces que habían condenado a Pyrot, realmente no eran jueces: eran militares. Los jueces que habían condenado a Colombán eran dioses menores de la judicatura. Por encima de unos y de otros se hallaban los verdaderos jueces, que lucían sobre sus togas rojas el ropón de armiño. Estos, reputados por su ciencia y u doctrina, componían un Tribunal cuyo nombre terrible expresaba su poder: se llamaba el Tribunal Supremo, y era como un mazo suspendido sobre las sentencias de todas las otras jurisdicciones.

Uno de aquellos jueces rojos del Tribunal Supremo llamado Chaussepied, vivía entonces en un arrabal de Alca, modesta y tranquilamente. Su alma era pura, su corazón honrado, su inteligencia se inclinaba a la justicia. Cuando no tenía autos que revisar tocaba el violín y cultivaba jacintos. Los días de fiesta le invitaban a comer sus vecinas, las señoritas Helbívore. Su ancianidad era sonriente y robusta, y sus amigos alababan su ameno carácter.

Pero hacía algunos meses que se mostraba irritable y disgustado, y si abría un periódico su rostro apacible cubríase de arrugas dolorosas y de palideces coléricas. Pyrot era la causa. El magistrado Chaussepied no podía comprender que un militar hubiese cometido una traición tan villana como vender ochenta mil pacas de forraje sustraídas de las Provisiones para entregarlas a un país enemigo, y concebía menos aún que un canalla semejante hubiese encontrado defensores oficiosos en Pingüinia. La sola idea de que existiesen en su patria un Pyrot, un teniente coronel Hasing, un Colombán, un Kerdanic, un Fénix, le marchitaba los jacintos y le desafinaba el violín, le nublaba el cielo y la tierra y le amargaba los manjares de las señoritas Helbívore.

Cuando el ministro de Justicia llevó el proceso Pyrot al Tribunal Supremo, le correspondió a Chaussepied examinarlo y descubrir sus errores, en caso de que los tuviese. Como era todo lo íntegro que se puede ser, acostumbrado a juzgar sin odio ni favor, esperaba encontrar en los documentos que se le ofrecían pruebas de una culpabilidad cierta y de una perversidad tangible.

Después de numerosas dificultades y reiteradas negativas del general Julep, se le facilitaron a Chaussepied las carpetas del archivo. Su número se elevaba a catorce millones seiscientas veintiséis mil trescientas doce, y al verlas el magistrado quedó primero sorprendido, luego asombrado, por fin estupefacto y maravillado. Encontró en las carpetas prospectos de almacenes de novedades, periódicos, figurines, bolsas de papel, correspondencias comerciales, cuadernos estudiantiles, telas de embalar, papel de lija, barajas, planos, seis mil ejemplares de La clave de los sueños…, pero ni un solo documento referente a Pyrot.



IX. CONCLUSIÓN



Abierto nuevamente el proceso, sacaron a Pyrot de la jaula. Los antipyrotinos no se dieron por vencidos. Los jueces militares volvían a juzgar a Pyrot. Greatauk, en sus nuevas declaraciones, se mostró superior a sí mismo: propuso que condenaran por segunda vez al acusado, y para conseguirlo declaró que las pruebas comunicadas al Tribunal Supremo eran insignificantes, por la sencilla razón de que las más comprometedoras para el acusado habían de conservarse ocultas por exigirlo así los altos intereses nacionales. En opinión de los bien enterados, nunca desplegó tanta sutileza. Cuando al salir de la Audiencia atravesaba el vestíbulo del tribunal entre grupos de curiosos, con paso tranquilo y las manos cruzadas a la espalda, una mujer vestida de rojo, con el rostro cubierto por un velo negro y armada con un cuchillo de cocina, se lanzó a él, y gritó:

—¡Muere, bandido!

Era Maniflora. Antes que los presentes comprendieran lo que pasaba, el general la cogió por la muñeca, y con aparente dulzura la oprimió de tal modo que la mano, lastimada, tuvo que soltar el cuchillo.

Entonces, Greatauk lo recogió del suelo, se lo ofreció Maniflora, y le dijo cortésmente:

—Señora, se os ha caído un utensilio casero.

No pudo impedir que la heroína fuese conducida a la Comisaría, pero consiguió que la pusieran pronto en libertad y empleó más adelante toda su influencia para que se diera por terminado aquel incidente.

La segunda condena de Pyrot fue la última victoria Greatauk.

El magistrado Chaussepied, que antes sentía tanta estimación hacia el Ejército, enfurecido contra los jueces militares, anulaba todas las sentencias como un mono casca avellanas. Rehabilitó por segunda vez a Pyrot, y si hubiera sido necesario le rehabilitaría quinientas veces.

Furioso, al comprender que habían sido cobardes, engañados y burlados, los republicanos se revolvieron contra los frailes y los curas. Los diputados redactaron leyes de expulsión, de separación, de expoliación.

Sucedió lo que había previsto el padre Cornamuse, el cual fue arrojado del bosque de Conils. Los agentes de Hacienda confiscaron sus alambiques y retortas, y los subastadores se repartieron las botellas de licor de Santa Orberosa. El piadoso fabricante perdió los tres millones quinientos mil francos anuales, importe de sus productos. El padre Agaric encaminó al destierro y abandonó su colegio en manos laicas, que lo dejaron decaer. Separada del Estado protector, la Iglesia pingüina languideció como una planta desarraigada.

Al sentirse victoriosos los defensores del inocente, se dedicaron a desgarrarse los unos a los otros, abrumándose con ultrajes y calumnias. El vehemente Kerdanic se arrojó sobre Fénix, decidido a devorarlo, mientras los judíos opulentos y los setecientos pyrotinos se apartaban con desdén de los camaradas socialistas, ante los cuales habían implorado poco antes.

—No os conocemos —les decían—, dejadnos en paz. Nada puede interesarnos vuestra justicia social La verdadera justicia social es la defensa de las riquezas.

Elegido diputado y nombrado jefe de la mayoría, el camarada Larrivée fue llevado por la Cámara y por la opinión hasta la presidencia del Consejo. Se declaró enérgico defensor de los Tribunales militares que habían condenado a Pyrot. Sus antiguos camarada socialistas reclamaron un poco más de justicia y de libertad para los empleados del Estado y para los trabajadores manuales, y Larrivée combatió sus proposiciones en un elocuente discurso.

—La libertad —dijo— no es la licencia. Entre el orden y el desorden elijo fácilmente. La revolución es inútil. La violencia es el enemigo más temible del progreso. No se consigue nada por la violencia. Señores los que como yo quieran reformas, deben aplicarse antes a remediar esta agitación que debilita a los Poderes como la fiebre agota a los enfermos. Ya es tiempo de procurar que las gentes honradas vivan tranquilas.

Este discurso fue muy alabado. El Gobierno de la República siguió sometido a la sanción de las poderosas Compañías monopolizadoras. El Ejército se consagró a la defensa del capital. Destinóse la Marina a proporcionar negocios para los metalúrgicos. Se negaban los ricos a pagar la parte que les correspondía de los impuestos, y los pobres pagaban por todos, como antes.

Desde lo alto de su vieja torre, bajo la asamblea de los astros nocturnos, Bidault-Coquille contemplaba con tristeza la ciudad adormecida. Maniflora lo había abandonado. Devorada por el ansia de nuevas abnegaciones y de nuevos sacrificios, habíase ido con un joven búlgaro a imponer en otro país la justicia y la venganza. El astrónomo no sentía su ausencia, porque al terminar el proceso enteróse de que no era tan hermosa ni tan inteligente como al principio le pareció. Sus impresiones se habían modificado en el mismo sentido respecto a otras formas y a otros pensamientos, pero lo más cruel era que se juzgó a sí mismo bastante menos interesante, menos grandioso.

Y reflexionaba:

«Te creíste sublime cuando sólo vivías de candor y de buena voluntad. ¿De qué puedes enorgullecerte, Bidault-Coquille?. ¿De haber sido de los primeros en estimar la inocencia de Pyrot y la bribonería de Greatauk? Pero las tres cuartas partes de los setecientos pyrotinos lo sabían mejor que tú. ¿De qué puedes mostrarte orgulloso? ¿De haberte atrevido a decir lo que pensabas? El valor cívico y el arrojo militar son efectos de la imprudencia. Fuiste imprudente, sin duda, esto no es bastante motivo de alabanza. Tu imprudencia fue minúscula y sólo te expuso a peligros insignificantes; no arriesgabas la vida. Los pingüinos perdieron la soberbia cruel y sanguinaria que antiguamente dio a sus revoluciones trágica grandeza. Es el efecto fatal del decaimiento de las creencias y de los caracteres. Por haber mostrado en un punto particular más clarividencia que la mayoría, ¿mereces que te juzguen como un espíritu superior? Al contrario: creo que no mostraste, Bidault-Coquille, un profundo conocimiento de las condiciones del desarrollo intelectual y moral de los pueblos. Suponías que las injusticias sociales se hallaban ensartadas como las perlas y que bastaba sacar una para que se desgranase el collar. Era una concepción inocente. Imaginabas imponer de pronto la justicia en tu país y en el Universo. Fuiste un buen hombre, un espiritualista honrado, sin mucha filosofía experimental. Reflexiónalo bien y comprenderás que tuviste alguna malicia, pero que tu ingenuidad hasta cierto punto era engañosa. ¡Creías hacer un gran negocio moral! Premeditaste: “Seré valeroso y justo una vez para siempre. Podré descansar luego en la estimación pública y en el aplauso de la Historia”. Y ahora, con las ilusiones perdidas, comprendes hasta qué punto es ya difícil enderezar entuertos. Porque nada se consigue, nada se remedia. Vuelve a tus asteroides, y en lo que te resta de vida procura ser modesto, Bidault-Coquille…».



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