La prueba: 08

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La prueba Emilia Pardo Bazán


Y entretanto, ¿qué hacía la tití? ¡Ay! es lo único que aliviaba mi rabioso tormento: sufrir, sufrir probablemente cien veces más que yo. Sorprendida y arrollada por la repentina asiduidad del esposo, doblaba el cuello; pero se desmejoraba, demacrábase su faz, y sus ojos relucían, como ascuas atizadas por la fiebre, detrás de los negruzcos párpados. Cualquier indiferente pensaría, al mirarla: «Esta mujer está enferma. Peligra si no se cuida».

Ocurrióseme un día hacer lo que nunca hiciera: seguirla cuando fuese por la mañana a sus devociones. No sospechando que la atisbaba nadie, de fijo que se entregaría libremente a aquella pena, único alivio de las mías propias. Puse por obra mi resolución. Dejando clases y dejándolo todo (¡qué me importaban las clases! ¡qué me importaba cosa alguna!), me aposté en la esquina para aguardar a que saliese Carmen. La vi aparecer, devocionario en mano, rosario en muñeca, velo de blonda a la cara, no sé si por modestia o porque el eterno instinto de coquetería de la mujer la enseña a entrecubrir el rostro cuando en él asoman los estragos de la pena o de la edad. Iba con paso ligero, como persona deseosa de hacer ejercicio y respirar aire sano. Por la calle de Jorge Juan hacia la plaza de Colón, y desde allí, con gran sorpresa mía, en vez de tomar hacia el Prado para dirigirse a las Pascualas, subió por la ronda de Recoletos. Diríase que, más que iglesia y oraciones, necesitaba esparcimiento; soledad, un paseo agitado, que le infundiese la ilusión de cierta libertad momentánea. Iba aprisa, tan aprisa, que el seguirla me costaba trabajo. Corría lo mismo que si huyese de sí propia, o de algún perseguidor. No de mí; ni me había visto, ni me evitaría aunque me viese: al menos tal era mi convicción íntima.

Al final de la ronda dudó un instante qué dirección tomaría; por fin, describiendo con viveza un arco de círculo, se metió por la luenga calle de Minagro. «¡Cosa más rara! -discurría yo-. Lo que es por aquí, no habrá ninguna iglesia de las que ella suele frecuentar». No la había tampoco en la calle del Cisne, por donde torció hacia Chamberí. Era evidente que aquel correteo insensato ni tenía objeto, ni finalidad, ni cosa que lo valga. Al fin llegó a las inmediaciones de una iglesia; dudó breves instantes, y acabó por no pasar el umbral del templo. Este suceso, insignificante en apariencia, me dio en qué discurrir.

¿No iba a la iglesia? ¿Por qué? ¿Es que no se atrevía a consultar con Dios sus pensamientos? ¿Es que Dios no tenía ya fuerzas para consolarla? ¿Es que la desesperación avasallaba tanto su espíritu, que no le permitía acudir adonde siempre encontraran alivio sus males?

Casualmente la misma tarde se vio mi tío obligado a ir al salón de Conferencias para activar no sé qué intriga y Carmen se quedó en casa. Por no infundirla recelo, yo también salí, pero volví al cuarto de hora. Llamé despacito, a fin de que ella no prestase atención al campanilleo. Entré haciendo el menor ruido posible hasta su cuarto, y la sorprendí como deseaba.

Sentada, o, por mejor decir, caída en el diván; con la labor abandonada sobre el regazo; la cesta de los ovillos de lana a sus pies; las manos cruzadas y casi crispadas en torno de las rodillas; los ojos enturbiados por el dolor; la boca contraída en amargo pliegue; los pies juntos, como si cansados de recorrer penosos caminos, aspirasen a inacción eterna... así la encontré. Yo había entrado sin que me viera, y pude considerarla buen rato. Al fin, no sé si el magnetismo con que la mirada llama por la mirada, u otra causa inexplicable, la avisó de mi presencia: se estremeció, se puso en pie, y sin decir palabra me dejó acercarme.

Cuando me vio a su lado, súbitamente, adoptando una resolución, pronunció algo semejante a lo que leerán ustedes:

-Oye, Salustio: voy a pedirte un favor por Dios y por lo que más quieras. Que no hagas estas tonterías de acecharme y de seguirme. Tú llevarás la mejor intención del mundo; pero confiesa que es una conducta rara... y, sobre todo, que me haces mucho daño, creyendo hacerme bien; que me angustias. Te lo repito: me afliges, me agobias, me mortificas atrozmente. Si es eso lo que te propones...

-Carmen -le contesté con no menor vehemencia, y nombrándola, acaso por primera vez, sin el diminutivo regional-: tú ves visiones, y quieres hacérmelas ver a mí. Ni te molesta el interés que te demuestro, ni ese es el camino. Al contrario, te agrada: es lo único que te consuela. Y como te consuela y te agrada, pobre mártir, por eso, cabalmente por eso, tienes escrúpulos de una compensación tan insignificante, y has determinado privarte de ella. Lo sé, lo sé, lo adivino...

-Pues adivinas tonterías, y no sabes lo que te dices -contestó ella briosamente, muy nerviosa y accionando como si fuese a pegarme-. Ni hay tal alivio, ni tal compensación, ni absolutamente nada de eso. El llamarme mártir es un romanticismo bobo. Hazme el obsequio de decirme en qué soy mártir. ¡Mártir, mártir! ¡A cualquier cosa llaman martirio! ¡Qué ridiculez!

Bajo el influjo de su exaltación, accionaba, sus mejillas se arrebataban, llenábanse sus ojos de reprimidas lágrimas. Pero yo no me arredré; comprendí lo crítico de la situación, lo campal de la batalla, y que la misma cólera de mi tía daba un mentís a sus afirmaciones. Conocí que estaba la señora de Unceta en uno de esos momentos en que el sentimiento hierve y se desborda, y en que se puede sacar partido de la fermentación del alma. Si yo me hallase enteramente dueño de mí, tranquilo y frío, a no dudarlo, tenía asegurada la mejor parte en la lucha; pero lo malo es que yo también empezaba a hervir. Mi sangre bullía, mi lengua no acertaba a dar forma a los pensamientos.

-Tití, cálmate -le dije-. Razonemos. No me niegues que tu vida es un martirio... Mira que yo, con esta manía de acecharte, sé mejor que tú misma lo que te pasa. Te he seguido día por día. ¡Como que no pienso en otra cosa, y que a eso aplico todo mi conato!

-Muy mal hecho -arguyó la tití llorando casi.

-Muy mal, convenido, como quieras... detestablemente... pero es así. Desde el Tejo, desde tu conferencia con el fraile... ya ves que te lo confieso sin ambages ningunos... desde el Tejo, no he perdido ripio. He visto la paciencia valerosa de los primeros días... y la procesión que andaba por adentro; que andaba, señora, no me lo oculte usted. Después la alegría de la emancipación, cuando... cuando se... aflojaron... ciertos nudos. ¡Ay, tití! ¡Qué alegre y qué guapa te habías puesto entonces! ¿A que no me lo confiesas? Y luego... lo de ahora... la calentura, la quina que tragas, lo que te consumes allá en tu interior... No, déjame acabar, que lee de decírtelo. ¿Conque no es esto suplicio, y suplicio cruel? ¿O los martirios sólo consisten en aquellas salvajadas que cuenta el Año Cristiano, los potros y los ecúleos, y los garfios de hierro que arrancan las costillas? ¡Carmen, Carmen! A otros engañarás, a mí no. No sólo eres mártir, sino que eres santa, y a los santos...

Completé la frase con la acción; me incliné, y cogiendo a bulto, por donde pude, la bata de mi tía, la besé. Ella se echó atrás con violencia, y gritó saltándosele las lágrimas:

-Como vuelvas a decir ni a hacer bobadas así... o me voy de casa, o digo a mi marido que te ponga en la calle. Me estás molestando, pero de verdad, con tus consuelos, y tus novelerías, y tus comedias. Si me llamas santa otra vez, créelo, no te dirijo la palabra en mi vida, suponiendo que te mofas de mí descaradamente. ¡Cuidado con mi santidad! ¿Y quién te mete a ti a hablar de santos? Tú tienes unas ideas religiosas... así, nada más que medianas; lo que es de santos, confiesa que no entiendes ni pizca. Vaya que si yo fuese santa... ¿para qué quería más? ¡Pues ya me había caído el premio gordo! ¡Santa! Me daría por contenta con ser buena, sin añadiduras. Tú no has leído vidas de santas ni de santos. Lo menos que hicieron fue dejarse cortar la cabeza o asar en las parrillas (al decir esto, se rió nerviosamente). ¿Crees tú que se contentaron con morir, y que por esa hombrada sola se fueron al cielo derechitos? ¡Anda, anda! La vida de los santos, antes del instante de prueba, había sido ya una serie de méritos. No habían aborrecido a nadie; habían dominado constantemente sus pasiones, y habían vivido como ángeles. Y yo...

-Y tú te juntas al que aborreces -interrumpí-, y tú te alejas del que... te es simpático... y tú trituras tus pasiones como la santa más pintada. No me vengas con santas a mí... Ninguna hizo más que tú.

-¡Ave María, qué barbaridad! -exclamó sinceramente-. Si no estuviese tan incomodada por tus desatinos, ahora me reía a carcajadas yo. Hay para estarse riendo un año (y al decir esto se le soltó una lágrima gruesa, rápida y de esa bonita forma de perla que tienen las de las imágenes). Te digo que sí, que a carcajadas me reía, hombre. Las santas que siendo reinas se fueron a los hospitales a cuidar enfermos asquerosos; las santas que andaban llenas de cilicios que les hacían llagas y costras; las santas que comían diariamente un mendrugo de pan o unas hierbas cocidas y mezcladas con ceniza... ¡Hijo! No me salgas con simplezas; soy una pecadora... y esta conversación es ociosa y tontísima. No viene al caso que la llevemos más adelante.

Sentí una revolución en mi ser. No me reprimo en aquel instante si me ofrecen la gloria. Estábamos solos en la casa, porque los criados hallábanse recluidos en la cocina, al extremo del largo pasillo. Comprendí que rara vez vería a mi tití tan fuera de su reserva acostumbrada; o, mejor dicho, no reflexioné sobre el caso, sino que me dejé llevar del instinto, el más seguro consejero en guerra y en amor, y ataqué a la pobrecilla con este inesperado ardid:

-Pues ya que te empeñas... pecadora serás. Si es pecado lo que se hace contra toda voluntad, lo que nos impone una fuerza superior a nosotros mismos... entonces, pecadora eres, a pesar de tus buenos propósitos.

Alzó la cabeza y me miró con inquietud y ansiedad.

-¿Que te repugna tu esposo? (osadamente). ¿Que no le puedes sufrir? Pues más mérito si le sufres. ¿Que mi compañía te presta... alguna distracción... o algún consuelo? Pues más mérito... más mérito si huyes de mí, y no me permites que me acerque, y ahora mismo te desvías y te arrinconas en el diván para no tocarme ni al pelo de la ropa. ¡Santa, santiña! También para ti hay tentación y corona... No todos los cilicios son de cerdas, ni es el pan duro y las hierbas sin sal la comida que peor sabe... ¿Verdad, Carmiña? ¿Verdad? Di que sí.

Articulé estas últimas palabras en voz baja, y con ese tono ahogado, que ni se finge, ni se oye impunemente. Fascinada por el mismo terror que la causaban sus impresiones, mi tití calló, volviendo el rostro. Así permaneció un momento, que yo aproveché para asir otra vez su vestido (no me atreví a las manos) y besarlo con tal unción, que ella gritó como si la mordiese en su carne:

-¡Salustio! ¡Salustio!... De vergüenza estoy que no sé lo que me pasa... O te vas, o salgo a la ventana y grito... Te digo que te vayas... y, también que no vuelvas a hablarme en tu vida de semejantes cosas... Es lo más ridículo y lo más bochornoso... Pero tú ¿qué te has figurado? Hasta me tiembla la voz... ¿No comprendes que es una cobardía muy grande meterse con quien no tiene defensa?... ¡Cobarde! No me importa que te parezca mal... Y mira, con verte tan inconveniente me crezco yo... Ahora te digo que vas a irte por la posta.

Yo me había corrido algo en aquella extraña conversación. No podía retroceder; no había términos hábiles. Además, mi sangre, mi cabeza, mi corazón, eran cráteres furiosos. No contesté, pero mi mismo silencio me dio fuerzas para sujetarla por la ropa y cogerla con dulce violencia las manecitas contra las cuales apoyé mis mejillas ardorosas y mis ojos y restregué la frente sintiendo felicidad indecible, balbuciendo sílabas que pretendían, sin conseguirlo, formar palabras. Levanté después la cara y miré a Carmiña sonriendo, enajenado de ventura, sin soltar sus delgadas muñecas. Era mi mirada más elocuente que cuantas declaraciones pudiesen dirigirse a una mujer. Mi tití no necesitaba que yo le dijese lo que sentía; mis ojos, mi actitud, mi turbada voz sobraban para declararme. Hubo un momento en que por el rostro de ella se esparció otra sonrisa tan luminosa como la mía; pero duró muy poco, reemplazándola una expresión de terror vivísima. Sin enfado, sin cólera, en tono suplicante, exclamó:

-Déjame, por Dios. Tengo que arreglarme y bajar a casa de Barrientos.

-No es verdad. Acaban de salir a paseo. Las he visto yo. Estate. Ni te toco, ni te sujeto (y al decir esto aflojé las manos). Quiero convencerte de lo fácil que es matarle a uno de alegría. ¡Yo creo que estoy enfermo ya de... de esto...! ¡Ay!, permíteme que respire, porque soy capaz de ahogarme.

Me levanté y di tres o cuatro agitados paseos por el gabinete. Reía y lloraba a un tiempo. El convencimiento de la realidad tanto tiempo sospechada me aturdía, y, a poder, me hubiera alejado de allí como el niño que roba dulces y tiene prisa de huir para comérselos a solas. Mi tía, encogida en el ángulo del diván, escondía la cabeza entre las manos. Lo que para mí era revelación de ventura, constituía para ella el espanto del descubrimiento de un crimen. Ahora veía la mujer fuerte que yo no era meramente el sobrinillo cariñoso y animado, la cara simpática de la familia, sino el hombre -aquel ser que la mujer apetece como la materia apetece la forma- el único hombre del mundo, porque los demás no tenían existencia real en la esfera del sentimiento... Ahora comprendía que su alma, al huir de los brazos conyugales, donde sólo quedaba el cuerpo inerte, se iba en busca de otra alma, la mía, sin saberlo, y sin permiso de la honrada voluntad. Ahora averiguaba por qué no tenía ánimos para entrar en la iglesia, por qué adelgazaba, por qué sufría, por qué le hacía daño el sonido de las teclas al recorrerlas sus dedos, por qué se sentía tan nerviosa, tan alterada y tan... así... cuando la mujer buena ha de poseer un espíritu apacible, respirar placidez y serenidad, y dejar las crispaciones y las borrascas para las conciencias culpables y los corazones manchados e infieles...

En medio de mi alteración adiviné todo esto. El respeto, la lástima, el cariño delirante, me dictaron la línea de conducta más discreta con semejante mujer y en situación tal. Y fue acercarme a ella y decirla:

-Carmiña, ya me voy... Salgo de casa. No quiero que tengas por mí ni un minuto de contrariedad. No te pregunto nada. Sé cuanto me importaba saber. Ahora no te acecho más. Soy para ti como un hermano... ¿lo oyes? Quita esas manos de la cara, y déjame que te vea... que ya me marcho.

Separó las manos y apareció con los ojos secos, asombrados, mortalmente pálida. Pero al verme sonreír y dirigirme hacia la puerta, su mirada fue calmándose y destellando luz.


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