La prueba: 07

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La prueba Emilia Pardo Bazán


Cuando evoco el recuerdo de los días siguientes, creo evocar el de una larga pesadilla; y, sin embargo, no pasarían de quince; pero en ellos mi estado moral fue tan penoso y violento que pensé que mis nervios se desatasen definitivamente. Mi tío, después del episodio del comedor, en vez de alejarse de su mujer, se mostraba con ella más que nunca... ¿diré rendido? No; pero solícito y afanoso, como quien echa de ver que ha descuidado el cultivo de una finca importante y se propone reparar la omisión. A alguna idea semejante, característica de la naturaleza codiciosa del hebreo, respondía indudablemente aquel no apartarse de Carmiña ni de día ni de noche, aquella especie de frenesí conyugal, aquella intimidad restablecida plenamente, con circunstancias propias de luna de miel. Y si no eran rasgos de propietario celoso de sus derechos, ¿qué significaban la frialdad repentina que me demostraba a mí, el no dirigirme la palabra en la mesa, el concederme sólo pocas, humillantes y secas frases, citando antes puede decirse que sólo charlaba conmigo? Mi posición en la casa, durante la feroz quincena, llegó a ser depresiva, análoga a la de un pariente sostenido por caridad, o de un importuno tácitamente despachado a cada momento, y que no acaba de entender las indirectas. Aquella tirantez debieron de percibirla hasta los criados, aunque eran dos ejemplares célticos traídos del riñón de Galicia, que a duras penas empezaban a desasnarse, cuanto más a leer en el alma de sus amos -lectura que es la borla de doctor de los sirvientes-. Pero la hostilidad y el desdén de mi tío eran tales, que saltaban a los ojos. Notolos Camila Barrientos, y una noche se emancipó hasta embromarme disimuladamente sobre lo celoso que era el tío y lo desagradable que resultaba la posición de un muchacho alojado en casa de un matrimonio. Como yo estaba tan desequilibrado, recuerdo que se me fue la lengua y contesté muy destempladamente a la presunta señorita candorosa. La cual, en vez de formalizarse, me pidió excusas en voz queda, y como yo se las implorase a mi vez, me dijo algo que me preocupó, no sé si porque a la sazón todo me preocupaba.

-Su tío de usted me parece que ha cambiado muchísimo de carácter. Antes era una persona bastante corriente; bromeaba con nosotras, estaba de buen humor, discutía... Ahora parece, o enfermo, o maniático. ¿No se ha fijado usted? Pues fíjese: lo notó mamá lo mismo que nosotras.

Camila, al decir esto, apoyaba el dedo en la frente. En idéntico sitio se me clavó a mí la idea sugerida por la señorita: «Efectivamente -pensé- que es raro pasar de la total indiferencia por una mujer, a tales extremos. ¿Estará mi tío lunático?».

Semejante conjetura... ¿lo confesaré? se me presentó desde el primer instante, no negra y fúnebre como debiera, sino en cierto modo grata y consoladora. «Si se vuelve loco, pierde de hecho la soberanía doméstica, la autoridad sobre su mujer, la fuerza moral y el carácter de jefe de familia. Un loco es un ser que carece de alma, y la humanidad racional lo expulsa de su seno. El loco no posee derechos sociales y civiles; el loco no tiene mujer, ni hijos, ni amigos siquiera. Si mi tío se trastorna, el resultado será igual que si se divorciase. El lazo roto queda, y ella sola en el mundo, porque un loco no acompaña, ni presente ni ausente. ¿Habrá un efecto manía?...». La tensión de mi voluntad llegaba a desearlo. ¡Y de ahí a otros deseos va tan poco!

No tardé en dar el paso que me separaba del terreno en que ya se desatan las voliciones y nos arrastran al crimen, pero al crimen mental, típico frecuente en nuestra enervada época. Recuerdo que aquellos días me tentó el diablo a dedicarme a lecturas dramáticas y tempestuosas, de esas que agitan el corazón y anublan la conciencia, y entre ellas se contó una traducción de Hamleto, que me produjo efecto muy hondo, induciéndome a comparar la irresolución, la ebullición moral y la inacción física del extraño príncipe de Dinamarca con mis propios sentimientos. Y en medio de la lectura, me hirió de pronto, embargando mis potencias, aquella rara frase: «Cuando acaricio a mi segundo esposo, mato segunda vez al primero». Comprendí entonces que mientras más virtuosa e invencible es una mujer, más fatalmente desea su enamorado la muerte del marido; y vi también, por modo clarísimo, que mi pasión desatada no era sino el odio antiguo a mi tío el hebreo, odio inveterado ya, que había tomado distinta forma, pero que subsistía implacable.

Si el deseo matase como la estricnina, y existiera inoculación por la voluntad, mi tío se hubiese muerto cien veces. A solas, con los codos en la mesa y la frente sostenida entre mis palmas febriles, yo me saciaba del sueño fúnebre, y me entregaba al detestable goce de figurarme a mi tío extendido en el féretro, con los ojos cerrados y las manos cruzadas. La pujanza con que me dominaba este deseo era tal, que nunca ansia amorosa me subyugara así. Si me hubiesen dicho entonces: «Elige entre tu tía vencida, demente, roja de vergüenza y de pasión, o tu tío rígido, yerto, cadáver...», sin vacilar optaría por lo segundo.

Claro es que no se me ocultaba la monstruosidad de la idea. Tanto la comprendía, que ansiando libertarme de la absurda y estéril figuración, solicité más que nunca el trato de Portal, única persona capaz de librarme de mis obsesiones y combatir a los endriagos y vestiglos de la fantasía con las armas de la risa y del ingenio. Desgraciadamente, mi simpático Sancho Panza andaba entonces ocupadísimo, no sólo en la empollación de fin de curso, sino con su otra gran empollación sentimental, la anglomanía que se le había metido en el cuerpo. A pesar de sus alardes de independencia y despreocupación, de asegurar que él tomaba aquello con extraordinaria filosofía y tranquilidad, respondo de que si se perdiese mi oportunista, que le buscasen al canto de Mó, porque no desperdiciaba coyuntura de estar con ella.

Para ver algunos ratos a Portal fue preciso seguirle a su polo magnético, o sea a casa de los Mos. Me empeñé en ser presentado, y no habría transcurrido media hora desde la presentación, cuando percibí lo que mi orensano se guardaba bien de confesar: que el padre de Mó era, al mismo tiempo que cabeza de patriarcal familia... ministro del Señor, o en lenguaje más llano, clérigo protestante.

¿Por qué se lo tendría tan calladito el camarada? Yo lo había sospechado alguna vez, sin verdadero fundamento, puesto que Luis, al preguntarle las condiciones del futuro suegro, invariablemente respondía: «Conste que no voy allí con carácter de yerno... pero el papá de Mó es un sujeto apreciabilísimo... y la mamá... ¡Ah! Lo que es esa... No he visto nada igual». El cuidado en no especificar la profesión del apreciable sujeto no había dejado de escamarme... Repito que me cercioré de la verdad al poco rato de haberme sentado en el sofá del señor Baldwin -que así se llamaba el pastor.

Este tenía el tipo agigantado y pletórico de la pura raza sajona; eran sus patillas del mismo color que la tez, exceptuando la frente, blanca y tersa como la de un niño. En tres años de residencia en Madrid no había logrado amoldar su laringe a la pronunciación española; y ningún inglés de sainete o caricatura dice cosas más grotescas que el señor Baldwin cuando intentaba servirse de nuestro idioma para algo que no fuese gruñir: «Buons dis... com stá».

Nadie encontraría explicación satisfactoria al fenómeno de que la comunión evangélica hubiese enviado a tierras apostolizables tan tosco misionero, a no existir la misionera o pastora mistress Baldwin, mujer singular, a quien tuve desde el primer instante por un milagro en su género.

Nada tenía de la inglesa rara, seca y angulosa, tipo convencional en las letras y en el arte. Muy al contrario. Para pintar a mistress Baldwin fielmente, hay que servirse de los tonos más armoniosos y suaves, las líneas más exquisitas y el más discreto claroscuro. Su rostro poseía esa uniformidad de color que hace tan aristocráticas las cabezas al pastel: sobre su blancura de perla destacábase el gris de acero de los ojos, en los cuales resplandecían algunas chispas áureas al sonreír. Sus facciones finas, pero de grandioso dibujo, expresaban constante afabilidad artificiosa, ya casi natural a fuerza de persistencia. Vestía con dignidad y decoro sumo: de azul marino o de negro, generalmente de seda, lo cual hacía que al andar o al sentarse su ropa tuviese un crujido muy señoril; llevaba al cuello una cadena de oro de muchas vueltas, sostén de la sabonetilla siempre en hora, reluciente por virtud del uso; y sobre sus cabellos grises del gris polvoriento con que encanecen las rubias, alisados en bandós, usaba una especie de platito de encaje blanco, nítido de limpieza, planchado tonto una servilleta y que acentuaba el óvalo algo ajado, pero de contorno puro, de su faz.

Desde que se entraba en la esfera de aquella mujer de tan distinguido continente, era imposible no ver en ella el punto matemático donde todos los radios tenían que converger y unirse. Su marido, hombrachón que la hubiera pulverizado de una guantada; sus hijos, alguno de ellos ya con veinte años y un aspecto de vigor para dar envidia a la raquítica raza española; sus hijas, entre las cuales descollaba Mó; sus tertulianos, y... es preciso decirlo de una vez, sus feligreses, sus ovejas, marchaban a paso redoblado por la ruta que les señalaba la mano prolongada, flexible, adornada con anticuados anillos, de la pastora.

Semejante mujer había nacido para el trono, o, por mejor decir, para cardenal-ministro de un rey absoluto. Rebosaba en ella ese don de mando, esa autoridad encubierta por dulcísimas formas, patrimonio de las abadesas. Su sonrisa y sus modales tan refinadamente adantados encubrían la voluntad más templada y férrea que ha dado nunca de sí la tierra de la perseverancia y del cerrado fanatismo. Bajo las apariencias hercúleas del marido, no había sino un pelele, un muñeco de trapos, que jamás poseyó la energía necesaria para sostener su desairado papel de apóstol de una creencia aborrecible a la inmensa mayoría de los españoles, y que a los mismos descreídos o racionalistas no nos cae en gracia. El señor Baldwin se hubiera largado de España con viento fresco a las primeras de cambio, si no le mantuviese la barra de acero, forrada en piel de guante, que tenía por esposa. Ella, la pastora, era quien se aferraba en hacer reflorecer los áureos tiempos de la calle de la Madera durante los años revolucionarios: ella quien ideaba obras pías con fines de propaganda y ediciones de libros catequéticos; ella quien... ¿Pero a dónde voy con reseñar las proezas de la matrona insigne? Todo saldrá en la colada de la ciencia histórica, cuando algún sabio del siglo XXIII escriba otros Heterodoxos novísimos. La verdad es que al ver así a mistress Baldwin, recostada en su butaca, apoyados los pies en un cojín, el codo puesto en el velador cargado de álbumes, ilustraciones, revistas y enormes diarios ingleses, era cosa de pensar que aquella señora vivía consagrada exclusivamente a recibir a sus amigos con un chic de duquesa anciana.

Cuando entré yo en casa de los pastores, serían las cinco de la tarde. Dispensome la pastora atentísima acogida; y no digo cordial, porque de cordialidad no se trataba allí. Hízome sentar frontero a ella, y me preguntó minuciosamente por mi familia, mis estudios, mis aficiones. Al saber que me gustaba la música, puso los ojos en blanco, y su cara adquirió expresión beatífica. ¡Oh! ¡La música! Luego, al tratarse de mi carrera, elevó otro salmo entusiasta a la ciencia. ¡Oh! ¡La sciensia! Después, sonriéndome con una sonrisa que parecía estrenada para mí, me fue enseñando multitud de tesoros que formaban un pequeño museo: hierbajos, algas y conchas recogidas en Australia por ella, y que guardaba prensadas entre hojas de libros: y por último, en tono misterioso y confidencial, apoyó el dedo en la boca, y con el mismo aspecto extático, silabeó: «Van a cantar las niñas».

Cuatro vi acercarse al piano, pero ya entre ellas mis ojos habían distinguido a Mó, sin necesidad de seguir la dirección de las miradas de Luis. Hube de confesar interiormente que, respecto a su hermosura, no exageraba el oportunista. Por lo regular nos inclinamos a encontrar defectos físicos en las novias de nuestros amigos, como si así desahogásemos el involuntario despecho que causa la felicidad ajena, la amorosa sobre todo. Pues a pesar de esta tendencia, me vi precisado a reconocer que valía un imperio la señorita Mó. Deliciosa mezcla o fusión de los dos tipos paterno y materno, atestiguaba a la vez la fidelidad y legalidad de la pastora y las ventajas del cruzamiento entre sajones y normandos para la selección sexual. El color, la frescura de amanecer, la plasticidad del tipo, procedían indudablemente del pastor, que allá en sus verdes años sería un mocetón como un roble; y la finura de los rasgos, la distinción y pulcritud, de la madre. Sus ojos eran los de la pastora, ya acerados y dominadores, bañados aún en el fluido amoroso de la juventud. Por lo demás, Portal la había fotografiado: era exactísimo lo del oro del pelo, casi ceniza, lo de la blancura, y hasta lo de los hoyos tentadores que se dibujaban, a cada jugueteo del reír, en las mejillas tersas, aterciopeladas por el vello de un cutis del Norte, que aún no lograra curtir el recio clima continental de la metrópoli española.

Semejante pedazo de hembra explicaba todos los desvaríos en que pudiese caer el más escéptico y sesudo de los mortales. Si a los dones naturales reunía la señorita Mó aquella sorprendente cultura de que mi amigo hablaba siempre, no se podía negar que Luis, al descubrir la joya británica, había tenido un hallazgo. Involuntariamente me sentí penetrado de consideración hacia Portal; convine en que aquel mozo había sabido desenterrar la gran mujer, y justifiqué sus hipérboles y su jactancia.

Al pronto, la casa de los Mos me causó la misma impresión favorable, por su aspecto de orden y bienestar. La familia Baldwin había elegido una calle aseada y tranquila, sin malos olores de mercados y tiendas, ni estrépito de coches; desde sus ventanas se recreaba la vista en el arbolado de un jardín fronterizo, ventaja inestimable en Madrid; en su saloncito los muebles eran prácticos y cómodos; había libros, grabados, flores; la familia aparecía limpia, sociable, disciplinada... Mi respeto hacia el pesquis de Luis se acrecentó, y a hurtadillas le dirigí un guiño que en nuestra charla familiar se traduciría así: «¡Al pelo!».

Mas transcurridos los primeros instantes, después de haber visto y admirado los tesoros botánicos y zoológicos de la pastora, cuando las niñas se llegaron al piano para cantar, recordé que Luis me había ensalzado a su Mó como a «la mujer del porvenir», hembra superior al nivel general de su sexo, libre de preocupaciones enfermizas; varonil en el mejor sentido de la palabra, que es el que implica fuerza, entendimiento y resolución. Hablo, por supuesto, poniéndome en lugar de Luis; pues quien haya seguido el desarrollo de mi vida afectiva al través de estas páginas, comprenderá de sobra que no prefiero tal clase de mujer, sino que estoy por la otra, la del pasado, la que por espacio de diecinueve siglos ha venido siendo el ideal de la humanidad; la que en cierto modo ya lo era antes, pues sus rasgos esenciales difieren poco de los que trazaba Salomón en un bosquejo que no se ha borrado de la memoria humana. Pero aunque no me fuese posible aceptar más tipo femenino que el que cifraba Carmen, colocándome en el punto de vista de mi amigo, era capaz de discernir si Mó realizaba aquel prodigio de la sociedad futura: la mujer nueva.

Si lo realizaba, no tardaría ella en manifestarlo, y en percibirlo yo. La seguí atentamente con los ojos cuando se acercaba al piano, a fin de acompañar a Alicia, su hermana segunda, que representaba de catorce a quince años, y llevaba todavía suelto y colgando el hermoso cabello semialbino. La chica perfiló una canción inglesa, que es tanto como decir sosa y agria, cuya letra sentimental trataba -a lo que pude advertir- de un niño huérfano, abandonado por ciertos tíos muy crueles, que pide limosna, y acaba por quedarse tiesecito entre la nieve una noche de Christmas, a la puerta de un palacio donde se celebra espléndido festín. Acabada la tonadilla, sustituyó a Alicia su hermana Beth o Elizabeth, entonando otra canción no menos insulsa, sólo que en ella no se trataba de niño huérfano, sino de la aspiración del alma que quiere tener alas para volar a la gloria, a la verita de los querubines. «Wings! -mayaba la chiquilla-. Wings... my God... wings!».

Pensé que después de la segunda cantata no nos diesen más música, pero engañeme, porque inmediatamente salió al redondel un chiquitín, Edward, de calcetines cortos, pierna al aire y guedeja blonda, el cual nos regaló (ni al diablo se le ocurre) el terceto de los ratas en la Gran Vía. ¡El terceto de los ratas! ¡Quién imaginara verlo salir de labios de aquel angelito, nacido en la quinta parte del mundo, pues Edward era australiano!

No se había acabado el catálogo de las sorpresas: así que hubo cantado y representado el Benjamín, veo que se levanta la pastora, elige un cuaderno de música y se arrima al piano, rodeada de sus hijas, sin que faltase del corro el australianito. Calose la pastora las galas de oro: quitose delicadamente sus mitones de seda, que puso, bien doblados, sobre el velador; y contrayendo las cejas y apretando los labios como quien ejecuta una acción importante y absorbente, y acompañándose ella misma, rompió a entonar un cántico religioso, en que andaban como por su casa las souls y los sins (no pude entender más del texto). Al concluir la primer estrofa, toda la familia, agrupada en torno del instrumento, coreó el estribillo, y el mismo reverendo Baldwin, acercándose, poniendo su diestra sobre la cubierta del piano, arqueando su poderoso y elefantino esternón, sostuvo con voz becerril los agrios falsetes de las muchachas. Miré a la cara de la pastora, y también a Mó. De los semblantes de las dos mujeres se había borrado la expresión habitual, en la una fina e insinuante, en la otra alegre y juvenil, sustituyéndolas -especialmente en la madre- cierta exaltación sombría y dura, como se nota en los personajes de algunos cuadros de martirio. Volvime a fin de ver qué gesto pondría Luis, y observé que estaba medio en sombra y con la cara vuelta.

Acabado por fin el concierto, nos brindaron una taza de té excelente, acompañada de una copa de Jerez y de ciertas golosinas que, si no recuerdo mal, se llaman cracknells. Me convidaron a que volviese, a que frecuentase la casa, y la pastora sobre todo me dijo con sorprendente cortesía: «¡Oh! ¡Oh! Creemos que usted no dejará de venir a vernos de cuando en cuando...».

Al salir murmuré casi al oído de Portal:

-Esta gente será buenísima, todo lo que gustes; pero, vamos, que en devoción no se quedan atrás de la tití. A mí me huelen más a sacristía: te lo advierto.

-Ya sabes -respondió mi atraigo secamente- que los protestantes observan y practican su religión. No son como nosotros.

-¿Lo dices en son de alabanza?

-Sí y no -repuso un poco amostazado-. Sobre eso habría mucho que hablar.

-¿Y por qué tu Mó, esa señorita tan ilustrada, les deja a sus hermanos cantar adefesios?

-¡Qué sé yo! -exclamó el oportunista-. ¡Qué importa! Vamos, ¿qué tal? ¿No es guapa?

-De primera. Eso no puedo negártelo.


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