La sirena negra: 15

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Capítulo XV
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La sirena negra Emilia Pardo Bazán


El día siguiente a la tarde en que pasamos este diálogo Solís y yo, domingo era, y había limosneo. Conservo y restauro esta costumbre, procedente del tiempo de mis padres, no porque me parece caritativa, sino únicamente por encontrarla estética, complemento adecuado de la torre de tostadas almenas picudas, inútiles para la defensa, pero bonitas sobre el celaje. Además, ¡el niño goza tanto con la distribución!, razón babosa que ejerce sobre mí suma fuerza. Nos sentábamos bajo el emparrado, entonces cubierto de pámpanos, entre los cuales comenzaban a pintarse de un carmín claro aún los racimos. Al lado, la fuente gorgoriteaba su canción monótona y deleitosa. Frente a nosotros, descubría la vista la extensión de la ría, espejeante, rebrilladora, salpicada de espuma un momento por el brinco de un delfín, o cortada por el vuelo airoso de una barca de pesca, tendida el ala de su vela latina. Los puertecillos de la costa agrupaban diminutos, como casas de juguete, su caserío. Olía a helechos frescos, a madreselva y a soplos de mar, que llegaban por bocanadas. Yo, cauto, me provistaba de un frasquito primoroso de sal inglesa, por si los mendigos esparcían su acostumbrado vaho a hormigas, a salmuera, a aguardiente de caña en estómagos mal nutridos.

Presos los perros, irreconciliables enemigos de los pobres, presentaba el mayordomo el cestón atestado de trozos de pantrigo -no de sobras, eso lo prohibía yo, sino de mollete fresco y de tortas de borona-. A Rafaelín se le entregaba un bolsón repleto de cobre. En mi bolsillo danzaba plata menuda, para los casos de mayor simpatía o capricho de la criatura. Los pordioseros, según orden que se les había dado, aguardaban formados en doble fila.

Yo conocía ya a muchos de ellos; pero cada domingo venían algunos nuevos, de otras parroquias, atraídos por la fama que cundía de mi liberalidad y buen corazón. Se respetaba jerarquía y antigüedad: los de la parroquia eran socorridos primero, luego los de las circunvecinas, por orden de proximidad a Portodor. La expresión de todas las caras, o de casi todas, es de júbilo y de una malicia humilde, como la de los legos bobos que fían en Dios y chorrean esperanza. La presencia de Rafaelín les saca de sus casillas, y ríen más, y exclaman cosas más chuscas y optimistas; vejezuelas desdentadas ríen como niños de pecho; vejezuelos reumáticos, arrastrándose sostenidos en un palo, ríen plegando el rancio cuero de su cara de manzana tabardilla muy madura; un lelo ríe de felicidad al tocarle la manecita del nene, y se olvida de decorar el mendrugo; un ciego es el más jovial, y se empeña en mosconear en la zanfona y en dedicarnos coplas alusivas, aduladoras, donde nos llama reyes.

-¡Peseta para el ciego, Father! -suplica el pequeñín. Y allá va la peseta...

Una mujer flaca, que lacta a dos gemelos, es la única que pone gesto melancólico; pero al darle Rafael ración doble y peseta, ensarta bendiciones y sonríe, desenfurruñada. Un chiquillo de unos ocho años se adelanta con una esportilla, marmoneando no sé qué.

-¿Tú quién eres? No te habíamos visto.

La de los gemelitos explica:

-Es de Naimor... Es así, tiene la habla trabada... Pide para su abuela, que está encamada con la paralís...

Rafael, entonces, se adelanta, coge de la mano al chico, y misteriosamente le entrega algo.

-¿Qué le das, Faelín? Si no te riño; si no te riño...

-Un bizcocho mío; es mío, es mío; que no lo quise con el topolate... -y en la voz hay una entonación de protesta.

-Bueno, querido. Traiga usted más bizcochos -ordeno al mayordomo, que extraña un poco la orden-. Vas a repartir tú bizcochos ahora, cielo.

Enfaenado Rafael en distribuir el contenido de la bandeja, entre el coro de «¡Vivan cuanto deseen! ¡Dios le guarde de una envidia! ¡Dios le haga santo!» de los pordioseros engolosinados, no advertí que dos señoras subían la cuesta que conduce desde el pueblo de Portodor a la torre. Hasta el mismo instante en que desembocaron en el camino de serventía que rodea la tapia del patio, tampoco era fácil verlas, porque los viñedos hojosos, los matorrales de zarza y saúco, los brabádigos y los altozanos del terreno lo impedían. Me levanto, me precipito, echo mano al canotier... ¡Sorpresa! Son Camila y Trini, risueñas, con sobrealiento, bajo quitasoles de seda tornasolada.

Sin duda buscaban precisamente esto -cogerme desprevenido, en plena vida libre- a ver qué posición adopto cuando estoy solo... La emboscada es doblemente cautelosa, puesto que Camila, hará una semana, me escribía desde Madrid que Trini no acababa de decidirse a venir a las aguas de San Roque, y que más bien la veía inclinada a tomar el rumbo de Alemania, deteniéndose una semana en París. Es indudable el complot. ¿Qué importa? La visita me distrae...

Lanzo las inevitables exclamaciones de admiración...

-¿Qué es eso? ¿Caemos mal, por casualidad? -pregunta Camila derrumbándose en el pretil, porque viene que no puede más de la subida-. Ya ves, hemos seguido tus indicaciones; nos presentamos por la mañana a pedirte de almorzar...

-Sentiría mucho que le causásemos molestia... -murmura Trini, confusa-. Camila me ha animado tanto... Me ha dicho que usted le había dicho en Madrid...

-Por Dios, Trini... ¡No sé cómo manifestar a usted que estoy verdaderamente agradecido!... Venga usted, venga a descansar un momento a casa, a arreglarse; en fin, a lo que quieran... Pronto almorzaremos... Miss Annie -ordeno a la inglesa, que acababa de presentarse, súbitamente, de piqué verde claro, con una rosa lacre en el corpiño-, ¿quiere usted hacerme el favor...? Estas señoras...

Y dándome cuenta del motivo porque la inglesa, con un molinillo dentro, no se mueve, lleno la fórmula:

-Miss Annie Dogson, la señorita que cuida del pequeño... Mi hermana..., la señorita de Dávila...

Si con afectación se inclinaron las damas, con rígida tiesura cabeceó Annie. Dijérase que una barrilla de hierro pasaba a lo largo de su espinazo.

-Gracias, Gaspar -exclamó Camila-; no nos hace falta arreglarnos por ahora: el camino es corto; un cuarto de hora para cruzar la ría y una hora de coche... El ratito de venir a pie es lo peor... pero no hay tiempo de notar mucha fatiga; son diez minutos...

Desde que Trini había llegado, no apartaba los ojos de Rafaelín. Le miraba encantada, sorprendida, sin duda, de su belleza. De pronto, con movimiento simpático, se bajó y le tomó en brazos.

-¡Es el niño! ¡El niño! -repitió enfáticamente-. ¡Qué precioso! Parece un angelito de los que se ven en los cuadros de Murillo... ¿Pedirás a Dios por don Gaspar, eh, nenito? Pídele mucho.

-No va a entender, Trini... Dígale usted que pida por father. Don Gaspar es un personaje que para él no existe. ¿Verdad, baby? Soy su papá... en inglés.

Como la señorita se disponía a besarle en los carrillos, miss Annie se interpuso rápida, dando una orden secatona:

-Baby... shake hand.

Desiderio Solís, que bajaba la rampa emparrada que conduce desde la cocina de Portodor hasta el patio, se paró en firme al ver a las señoras. Hubo en su gesto algo de esquivez felina, si así puede decirse; fue la retracción de una alimaña sorprendida en su cueva. La cueva de Solís, ¡ya la conozco!: es la sombría madriguera de sus pensamientos desesperados y ansiosos, entre los cuales se revuelve. En esa madriguera me encuentra a mí y me destroza a mí; y se acentúa la intensidad de mi goce al desafiarle, y en un desenfrenado imaginar me figuro la pronta supresión de la existencia que puede darme un loco lúcido como éste, al filo del cuchillo o a la bala del revólver... Experimento una fruición de orgullo, íntima, deleitosa, y, encontrándome a la altura de un poeta favorito, comprendo la gentileza del morir, y, sobre todo, la gentileza de jugar con la sensación del peligro oculto, inminente, como se juega con un lindo kriss malayo de afiladísima hoja serpentina, envenenado con zumo de euforbia. El atractivo de todos los seres que por un momento han fijado mi atención, solicitado mis sentidos, hasta buscado en el camino de mi corazón -Rita, Annie, Camila, Trini, el mismo Rafaelín- cede, se eclipsa ante este amor antiguo como mi juventud, esta curiosidad y sed del gran Secreto... Ya que no me decido a ir, a paso tranquilo, hacia él, que venga él a mí, sin las decadencias de la enfermedad, sin las torturas de los padecimientos, sin los delirios de las fiebres y con el hechizo peculiar del drama psicológico... ¿A que no es verdad, menguado Solís? ¿A qué no te resuelves, una mañana...? Yo te daré valor, pobrecillo celoso de la podredumbre, de la mísera carne de la mujer. Te estiraré el cordel, te haré tascar el freno en los pocos días que nos restan de verano y de baños salobres. Y estoy de ello seguro: nada ocurrirá digno de referirse; tu amenaza tácita o explícita será otro poco de aire; no sabrás proporcionarte y disfrutar la sensación suprema, el trago de infernal ambrosía de suprimir con tus manos una existencia humana... No serás tú quien me haya asustado, profesorzuelo; no están nuestros espíritus al par. Espera...

Y le llamo, complaciéndome en saber yo solo lo que tiene de significativo el rostro descompuesto y demacrado, la chispa siniestra del mirar de Solís. También interpreto perfectamente la vislumbre de satisfacción que le causa la presencia de las dos señoras. La misma sospecha que hace fruncir el rubio ceño a Annie, despeja momentáneamente la frente de Solís, que se acerca titubeando.

-El futuro ayo de Rafael, don Desiderio Solís... Mi hermana, etc....

Trini es la más espontánea: le tiende la mano con afabilidad; él, entre remiso y lisonjeado (no son sino sacos de vanidad estos aparentes bohemios), la estrecha desmañadamente. Camila le mira, reprobando para sí las negligencias de su atavío y sus maneras hoscas, insociales.

Toda esta escena, más breve que mi relato, se desarrolla entre el corro de pordioseros, los cuales, a fuer de genuinos mendigos españoles, se interesan más por lo que sucede a su alrededor que por su negocio de pedigüeñería. Las mujeres, con la boca abierta, no se sacian de admirar los trajes de batista floreada, los sombreros frondosos y botánicos de las dos señoras. Una medalla de Juana de Arco, cercada de rubíes calibrés, que Trini ostenta al cuello, les arranca exclamaciones admirativas y bendiciones desinteresadas. Trini se apresura a registrar su bolsa de malla de oro, y a distribuir el cambio que lleva. Luego, acepta mi brazo para subir la rampa.

Desiderio Solís, después de unos instantes de angustiosa vacilación, se resuelve a ofrecer el suyo a Camila. Ella hace que no ha visto la actitud, y sube derecha, sola, prontamente, como quien conoce bien los lugares donde se encuentra. Solís se encoge de hombros, creyendo que no le veo, para fanfarronear con miss Annie, que acaba de dirigirle una mirada irónica. Rafael nos precede corriendo, alborozado, guiando a Trini, con la cual ha hecho migas; y, alzando cuanto puede su manita, le cuenta cosas:

-Tengo un pero así de gande... Lo pendieron porque muede a los pobes... Yo no quero que los mueda...

Entramos en la «sala de la torre». Camila se encarga de explicar a Trini esas cosas que se explican siempre al que pisa una casa por primera vez. Sobre el sofá hay un retrato de mujer, con el pelo en moño de rizos, los hombros caídos, el corpiño picudo de talle y el cuellecito blanco vuelto, característicos de la moda de 1860.

-¡Cómo se te parece esta señora! -exclama Trini.

-No tiene nada de particular... Es mamá -dice Camila.

La mirada de Trini pasa del retrato a la cara, no de Camila, sino mía. Toma un pretexto para mirarme -lo he notado-. Quizá esta mujer ha pensado mucho en mí a solas. Viene, me parece indudable, bajo el influjo de una inquietud dolorosa respecto a miss Annie. Para Trini, como para la muchedumbre, yo me entiendo con la nívea inglesa... Y siento un chispazo de cólera al reconocer que, una vez más, el sentido común de las gentes no es tan vano y hueco como pensamos los soberbios, que nos situamos fuera de la grey; porque, no hace veinte días, si me dejo llevar del instinto...

Visitan la casa las señoras, gustosamente. Se detienen mucho en recorrerla. Lo que las interesa, al parecer, es la distribución de las habitaciones. Camila lo revuelve todo, lo pescuda todo, con su ojeada maliciosa, digna y escandalizada a la vez. El examen resulta inquietante. Yo ocupo, en el segundo piso de la torre, un cuarto no muy amplio; detrás de él, en otro más chico, duerme Tadeo, mi ayuda de cámara; y enfrente, dos habitaciones de dimensiones iguales, separadas por un pasillo, corresponden a Rafael y miss Annie. El primer piso de la torre queda reservado para un salón. Y al cuerpo de edificio, detrás del despacho y comedor, está relegado Solís. De aquí, los espionajes nocturnos. Le veo que observa a Camila y nota su actitud; dijérase que los dos pensamientos, las dos sospechas, se encuentran, cruzan y abrazan en el aire, como dos espadas desnudas. Al contacto de la sospecha de Camila, la de Solís acaso se hace certidumbre.


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