La tristeza de Olimpio

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LA TRISTEZA DE OLIMPIO
(Víctor Hugo).


¡Aquí otra vez!.... Me trajo mi acongojado pecho
A ver si algo del néctar el cáliz le guardó.
¡Oh valle que saludo con lágrimas! ¿qué has hecho
De tanto que en tu seno mi corazón dejó?

¡Qué poco tiempo basta para mudarlo todo!
Natura indiferente, iqué pronto olvidas tú!
¿Porqué cortar los hilos que en misterioso modo
Te unen a nuestra dicha y a nuestra gratitud?

¿Hemos ya muerto acaso? ¿Ya hubimos nuestra hora,
Y nunca, nunca vuelve la que una vez partió?
....Alegre el viento ríe mientras Olimpio llora,
Y nuestra casa al verme oi sabe quién soy yo.

Hoy ya pasarán otros por donde ayer pasamos;
Ayer fue nuestro turno, su turno llegará;
Y aquel paisaje hermoso que alegres bosquejamos,
Ellos van a seguirlo, y no lo concluirán.

Que aquí nadie termina lo que soñó halagüeño;
Y el más afortunado, como el más infeliz,
Todos al mismo punto despiertan de su sueño:
Vemos aquí el principio, ¡quién sabe dónde el fin!...

Vendrá otro par, iguales en candor y en pureza.
A este remanso rústico de arrobamiento y paz,
A saborear el néctar de la Naturaleza,
El amor con su magia, con su solemnidad.

Nuestras queridas sendas, revueltas y sombrosas,
Tu bosque amada mía, extraños ojos ven;
¡Otras mujeres vienen a divertirse ociosas
En revolver las aguas que han tocado tus pies!

¿Fue tanta dicha un sueño? ¿fue tanto amor mentira?
¿No queda de nosotros ni un eco blando y fiel
Aquí, Naturaleza, donde en tu inmensa pira
Con llamas y con lágrimas fundimos nuestro ser?

Decidme, ¡oh verdes copas de nidos y de arrullos!
¡Suspiradores céfiros, arroyo gemidor!
¿Murmuraréis para otros vuestros dulces murmullos?
¿Concertaréis para otros vuestra canción de amor?

¿Seréis tan insensibles que cuando ya nosotros
Durmamos el gran sueño de tantos sueños fin,
En apacible fiesta continuaréis vosotros
Así sonriendo siempre, cantando siempre así?

Al verme aquí vagando con plantas silenciosas
Como una sombra de alguien que os visitaba ayer.
¿No me diréis alguna de aquellas dulces cosas
Que oye un amigo viejo que al fin se vuelve a ver?

Dios un momento préstanos sus verdes pabellones,
Sus murmurantes aguas, su firmamento azul
Para poner en ellos con nuestros corazones
La fiesta de delicia de nuestra juventud;

Y luégo nos los quita. — Sopla la antorcha bella,
Y la encantada gruta sólo es tinieblas ya,
Y dice al blando césped : desvaneced su huella;
Y dice al eco amigo: sus nombres olvidad.

¡Bien! olvidad nos, ioh árboles, oh lagos transparentes!
Cundid, yerbas, abrojos, do nuestros pasos van....!
¡Cantad parleras aves; reíd, alegres fuentes!....
¡Esos que ya olvidasteis nunca os olvidarán!

¡Jamás! que sois la sombra del ángel que lloramos;
Oasis que en su Sahara el mísero encontró;
¡Rincón de los adioses, que ayer santificamos
Gimiendo, y apretándonos las manos, ella y yo!

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Bien sé que con los años nos huyen las pasiones,
Y cada cual su máscara se lleva o su puñal,
Como un revuelto enjambre de errantes histriones
Que al transmontar la cumbre despareciendo van.

Mas tú, ¡oh Amor! no mueres. Fiel, indeleble, santo,
Tu imperio — tea o antorcha — no reconoce fin;
Tuya es nuestra ventura; más tuyo nuestro llanto:
Y si una vez te odiamos, te bendecimos mil.

Cuando abrumado al tedio la frente el hombre inclina
Y la hostigosa nada de su existencia ve —
Perdida, —sin objeto; sarcófago en ruina
De disipados sueños y acribillada fe;

Desciende el alma al fondo del corazón, y lo halla
De hielo y de tinieblas amortajado ya,
Y allí, cual los cadáveres de un campo de batalla,
Sus muertas ilusiones reconociendo va;

Prosigue; y do no alcanza la duda, la ironía,
En un recodo lóbrego, so un velo de dolor,
Encuentra un algo que arde, que late todavía,
Y eso eres tú, isagrada memoria del amor!