La tristeza voluptuosa: 03

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Capítulo III
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La tristeza voluptuosa- Primera parte Pedro César Dominici


Carlos Lagrange había alquilado un departamento amueblado en la Rue de Rennes, tal vez la calle más elegante del barrio Latino, que comienza en el Boulevard Saint Germain y continúa con sus altas casas nuevas y limpias, hasta terminar en la Gâre Montparnasse, viejo y feo edificio, sin estilo alguno arquitectónico, con sus dos subidas pesadas y fatigosas, hechas de duras piedras que ni el agua humedece y que están siempre secas, como tostadas por un eterno sol de estío. Había escogido este sitio, porque estaba un poco fuera de las calles generalmente habitadas por los estudiantes, y por consiguiente, era más tranquila, no obstante estar muy cruzada de ómnibus y tranvías. El departamento era también muy cómodo para él, compuesto como estaba de un salón y de tres alcobas.

Había convertido el salón en una especie de estudio, que daba a la calle, adornado con bastante gusto, dominando de un lado un magnifico espejo de marco veneciano, del otro, un escritorio que había hecho construir a su capricho y que tenía encima una pequeña biblioteca; compuesta de sus poetas, críticos y filósofos preferidos. Sobre la mesa del centro, entre retratos de escritores célebres y recuerdos de su viaje a Italia, se mantenía en pie una Venus Capitolina, la mejor que había encontrado entre las copias no muy costosas, pero de admirables líneas y con una cabeza de grandes rasgos de artista. Decían siempre con cierto respeto al enseñarla a sus amigos: «El que ha hecho esta copia llegará a ser un verdadero escultor.» En el Salón no tenía sino dos cuadros, copias en cromo—litografías. Uno, a la derecha del espejo, representaba a la deliciosa Gioconda, de Leonardo de Vinci, con aquella sonrisa enigmática que ponía a sus mujeres el gran maestro. A la izquierda un sujeto sobre Rolla de Musset, impregnado de voluptuosidad, y que tenía como epígrafe los versos del poeta:

Ainsi tous deux fuyalent las cruautes du sort.
L'enfant, dans le sommeil, et l'homne dans la mort

Lagrange era seis años mayor que su amigo; su padre, exministro de Francia en una de las república de América, habíase casado en el Perú con una hermosa limeña de grandes ojos negros y de carácter voluntarioso, pero después del saqueo de Lima por las tropas chilenas, abandonó el país, y fue a establecerse a otra de las repúblicas, más al norte, en donde la paz era completa y no se pensaba en la guerra civil, trayendo consigo a su señora y a su hijo, que tenía los mismos grandes ojos negros que su madre y el mismo carácter voluntarioso.

Carlos Lagrange comenzaba a gozar de cierta reputación literaria. Su último libro, Paradojas filosóficas, produjo un torbellino de polémicas entre clericales y librepensadores, y hasta el autor había aprovechado el momento para escribir una brillante defensa de las teorías de Spencer, con ironías insultantes y un lujo de argumentaciones que enfureció mucho más a los católicos, quienes trataron de ridiculizar el tema y terminaron criticando unos versos algo prosaicos que Lagrange publicó en sus primeros ensayos literarios. Sin embargo, él no había sido siempre anticatólico. Fue más bien indiferente a las cuestiones religiosas, respetuoso de todas las creencias, y sin preocuparse mucho de las propias, hasta la noche de la muerte de su padre, en que desesperado se echó a la calle en busca de un sacerdote que complaciese al pobre anciano, que había pedido, creyéndose iluminado por la fe, los santos óleos. A las dos de la mañana, medio loco, como si solicitase la salvación de su padre, llamó a la raída puerta de una sacristía. Un fraile flacucho y mal humorado le contestó en un tono seco, con voz metálica, que él no era el cura de la parroquia, y que le estaba prohibido salir a esas horas. Voló donde el señor cura, y después de estar golpeando durante media hora, febril y colérico, apareció en el balcón un cura gordiflón y reposado, con una nariz chata a manera de aldaba, que le dijo le buscase un coche porque estaba fatigadísimo de todo el día. Después de esperar largo rato, pasó un carruaje, cuando llegaron a la casa, el pobre señor acababa de morir, preguntando por su hijo, en los brazos de su esposa.

Carlos sintió una inmensa desesperación. No haber podido recoger el último aliento de su padre, no haberle dado un último beso, no haber oído su voz que lo llamaba y tenido entre sus brazos su cabeza caliente aún, tal vez extrañando la ausencia de su hijo en el momento de la muerte. Y fue presa de una crisis nerviosa, y lloraba a gritos, pareciéndole adivinar la mirada empañada de su padre que lo buscaba en toda la estancia como un ciego busca la luz que ha huido de sus ojos. Desde entonces, un fondo de rencor quedó en su alma contra los culpables de aquel martirio horrible, y, en su manía de generalizar, condenólos a todos, creyendo cumplir un deber de humanidad desenmascarando a los falsos apóstoles, y dejando caer sobre ellos toda la hiel de su pluma. En efecto, una nueva era de lucha se inició contra el clericalismo, y una parte de esa generación que dormitaba indiferente, despertóse al escuchar una voz sincera que anunciaba los peligros futuros si se perdonaban las prerrogativas del momento. Los católicos pretendían formarse en partido político, y los viejos ascetas dirigían una poderosa propaganda. Fundaron los jóvenes periódicos enemigos, instaláronse sociedades, y de escándalo en escándalo, los clericales desistieron de sus propósitos y abandonaron la partida para época más propicia. Tres años después, muerta su madre, Carlos Lagrange huyó para Europa con el alma destrozada, y dedicóse a viajar y a estudiar, escribiendo poco, por la propia satisfacción, por una necesidad de su organismo, por hacer algo, como él decía, pero con cierta tristeza de vivir, indolentemente escéptico, sin soñar con la gloria, deseando tan solo ser dueño de su voluntad y disponer de sí mismo sin dar cuenta a nadie de sus actos. Su carácter tenía esos bruscos cambios de neurópata, decían algunos, de hombre que vibra y en quien el sol influye notablemente. Su alma era una planta. Vivía con la atmósfera, y, cosa rara, en los días de pleno sol en que el cielo es intensamente azul, y más verdes están los árboles y más trinos cantan los pájaros, su espíritu se hacía avieso, y pasaba horas enteras pensativo, irresoluto, negándose las más de las veces a salir de su cuarto, como si fuesen horas de duelo para su espíritu aquellas en que la naturaleza se viste de fiesta. Sin embargo no amaba el campo ni deseaba la soledad. Las ciudades más bulliciosas eran su preferida, y decía con desdén de Roma, que «era un pueblo en donde no se veía gente sino los domingos en la Vía del Corso». Suspiraba deseando las mañanas oscuras, porque no sufría el martirio de la belleza; tenía miedo de volver a amar; había sido muy desgraciados en sus amores, y cuando sus amigos le decían que era necesario que se casase para que fuese feliz, él les respondía riendo, como para chancear, pero creyendo vagamente en su destino: «Soy como el personaje de la tragedia griega. Lo que toca el soplo de mi aliento, parece.»

Habíase formado su teoría filosófica, una mezcla de panteísmo y de darwinismo, que explicaba a su manera, con cierto refinamiento, más propio de un soñador que de un hombre de ciencia. En el fondo, más que un convencido, era un curioso, un revolucionario, que se complacía en contrariar al público y en despreciar la opinión de la mayoría. Su Dios no era la providencia de los católicos, el Juez cruel e inexorable que anda tras los hombres como un espía, para castigarlos y tomarles cuenta exacta de todas sus acciones. Sostenía que el cristianismo era una bella doctrina, imposible de llevarse a la práctica, y que Jesús, al imitar a Buda y a los filósofos de la India, habría debido continuar en la lucha por sus ideas y no dejarse crucificar, imitando a Sócrates, a quien envenenaron en medio a sus discípulos, por ser el más santo de los hombres; de ahí que el mudo, al cambiar de teoría, no hubiese ganado nada en la práctica, y que la injusticia y la maldad reinasen hoy con más fuerza que nunca. El Papa, prisionero en el Vaticano, ha quedado siendo un símbolo, publicando encíclicas, cuyas ideas lo hubiesen llevado a la hoguera hace tres siglos, y soñando con atraerse la iglesia ortodoxa, mientras los protestantes ganan cada día más conciencias y más prosélitos. En cuanto a sus teorías sobre el arte, era todavía más intransigente: el arte es grandioso, encierra el alma del universo, y las mediocridades no pueden vivir en su seno; la obra de arte que no lleve el sello del genio debe rechazarse como inservible e indigna de veneración.

Y leyendo y escribiendo pasaba el tiempo en su discreto salón de la Rue de Rennes, soñando con el pasado, sin fe en el porvenir, creyéndose fuerte porque tenía el derecho de disponer de su persona y de su vida; presa a veces de su terrible nostalgias, en que recitaba a Hamlet, y se tendía indolentemente días enteros sobre el sofá, llenando el cuarto con el humo azulado de su pipa turca, que flotaba en el aire en espirales caprichosas, como pensamientos y ensueños de poetas moribundos.

Desde temprano lo esperaban dos de sus amigos, que comenzaban a estar impacientes, curioseando todo el salón para pasar el tiempo, leyendo una revista ilustrada de la América, y criticando las costumbres de por allá, terminando con las frases de siempre, que repetían después de algunos minutos de silencio, mirando displicentemente hacia el techo, y balanceando una pierna sobre la otra: «Y estar destinados a vivir en esos países.»

«Pero qué porvenir te espera a ti que eres pintor, al llegar a tu país», decía nerviosamente Sánchez, un muchacho alto y fuerte que accionaba siempre, de aspecto poco simpático por su brusquedad, y de una franqueza casi salvaje, pero de buen corazón, y de ideas sanas y honradas.

«Nosotros hemos tenido grandes pintores, que han obtenido primeras medallas en París, y que nunca han llega- do a hacer dinero con sus cuadros, ni el Gobierno se los ha comprado. Hemos tenido músicos de gran talento, que han regresado para ser escribientes en un ministerio. Si nuestros poetas y literatos —los buenos, se entiende — escribirán en francés, en inglés o en alemán, estarían todos ricos; pero allí se ven cosas muy raras, y casi siempre un Doctor es el Ministro de la Guerra, y un General el Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes. ¡Qué país!... ¡Qué país!» Y accionaba siempre aun cuando no hablase, en tanto que Iriarte, el pintor, sonreía con su aire melancólico, sin preocuparse mucho de lo que decía su amigo ni de que sus cuadros se vendieran o no, como convencido de que el artista debe trabajar por la obra de arte, por el don superior concedido solo a algunos de los elegidos, de crear, de dar forma a lo que vive en su intelecto, engendrando por la necesidad de obedecer a la cultura de su espíritu, como engendra la madre para que se cumpla la ley de la procreación. Y pensaba contemplando a la Venus a tres veces santa, que sobre la mesa en desorden mostraba su busto perfecto, y la pureza de sus líneas inmaculadas. «¿De qué sirven sus riquezas al millonario si no es capaz de experimentar el placer interior, refinado y único de comprender la obra de arte?» Es verdad que los artistas han degenerado, y que hasta los más célebres han hecho de la pintura una profesión lucrativa, pintando solamente para vender sus obras, las más de las veces pagadas de antemano, diciendo el comprador lo que desea ver en el lienzo, como un pedido que se haga a cualquier comisionista, y que el pintor de hoy no sueña sino con la vida de los placeres, con poseer un magnífico hotel en la avenida del Bosque, y una villa en Saint—Germain, o en Biarritz, o en Niza, en donde dar tertulias y llamar la atención con sus equipajes y sus caballos de pura sangre, o con la elegancia de sus fluxes cortados por el mejor sastre de Londres. ¿Pero, acaso el arte no es siempre el alma del universo? ¿Acaso la naturaleza ha variado porque sus intérpretes hayan perdido el ideal? No, el arte que no reconoce patrias ni fronteras, no puede morir por el dandismo y el flirtaje de los artistas.«Estamos en una época de transición, enfermiza para todos, y es necesario trabajar para formar nuevas almas.» Y en tanto que su amigo continuaba hablando de las rarezas, como él decía, de su país. Iriarte seguía pensando en el artista moderno, recordando que los autores de todas esas obras maestras que hoy van a visitar en peregrinaje los curiosos y los apasionados, ni siquiera se preocuparon en firmarlas, y que allí viven anónimas y rodeadas de misterio, muy diferente de lo que se estila hoy que con banquetes e interviews se lleva la partida ganada. Recordaba sin odio, pero con una amarga decepción, como habían rechazado en el salón su último cuadro: la Magdalena, porque inspirado en el Tintoreto había imaginado a la pecadora arrepentida en el momento de su muerte, demacrada, convulsiva, desmayada por la agonía; y el jurado le hizo decir que su Magdalena estaba demasiado fea. Ese mismo día aceptaron el cuadro de uno de sus compañeros, que presentó una Magdalena muy hermosa, envuelta en un manto azul, que dejaba adivinar sus formas elegantes y voluptuosas, casi copiando el gran cuadro del Corregio. Pero él no desistía de ciertas ideas que quería poner en práctica, y había comenzado ya su nuevo cuadro para el próximo salón, El Suplicio: una mujer que ponía una cara convulsiva, mientras los verdugos le quemaban el cuerpo con hierros rojos ardientes. Quería ver si se atrevían a decirle que era fea esa figura, para entonces probarles que ninguna mujer podía ser bella en semejante momento.

Daban las once cuando entró Lagrange, acompañado de Eduardo Doria, y se deshizo en excusas por haberse retardado tanto. Pero lo cierto era, que desde hacía dos meses se había dedicado enteramente enseñarle París, a su amigo, a iniciarlo poco a poco en los secretos de la estética, haciéndolo visitar los museos, el Panteón, los Inválidos, Nuestra Señora, las Bibliotecas, todo lo que pudiese contribuir a una rápida evolución en sus ideas y en sus gustos; y estaba contento, su amigo no parecía un recién llegado, en sesenta días comenzaba a asimilar de una manera increíble lo que de intelectual y refinado existía en la gran Ciudad, con un deseo de conocerlo todo; nervioso y de fuerte salud, era infatigable, se había echado como un desesperado en esa vida del visitante curioso a quien no le conceden sino pocas horas de permanencia en un lugar, y que no quiere olvidar ni un solo detalle importante, digno de ser observado. En la noche, después del movimiento de todo el día, se iban a los teatros a descansar el cuerpo, haciendo trabajar la inteligencia. La comedia francesa y la gran ópera, habían sido los más frecuentados. Cuando oyó el Lohengrin cantado por Van Dick, y la Carón, y cuando vió Edipe roy, hecho por Mounet Sully, se sintió orgulloso, como si hubiera, aumentado de tamaño, feliz de haber podido medir el genio de Sófocles en la interpretación magistral del trágico francés, dichoso por no haber vacilado en aceptar la grandiosidad de la música de Wagner. La música había sido su pasión favorita, tocaba bien el piano, y había compuesto algunos Nocturnos que fueron muy aplaudidos, deseando el Gobernador pensionarlo para que se dedicase a estudiar armonía y composición en Milán; pero el tío Fermín, que no entendía gran cosa del arte, y que le repetía a toda hora que eso no era porvenir para un hombre serio, sino una distracción buena para la gente rica, lo hizo desistir de sus proyectos, y lo obligó a estudiar medicina; sin embargo, él no olvidaba su piano, que amaba como a una mujer prohibida, y de tiempo en tiempo, entre unos capítulos de higiene y otros de fisiología, se huía a su cuarto y se entregaba solitario a interpretar a Beethoven y a Chopin, o se olvidaba del cuaderno, y seguía improvisando melodías llenas de tristezas y de quejidos dolorosos, que después no recordaba, sometido como estaba a las arduas vigilias del estudiante. Y era lo que más envidiaba, la gloria del compositor. Revelar un estado de alma por medio de arpegios y armonías, hablando un lenguaje universal, comprendido por todos, pudiendo vivir en el pasado, no como los recuerdos que al fin se secan como las flores y van al polvo, sino con la vida única de los sentimientos, de la pasión, del amor y del dolor. Volver a amar la misma mujer que se creyó olvidada para siempre, volver a sufrir por ella, reviviendo los antiguos florecimientos de un amor sepultado en la nieve de los años al solo ritmo mágico de un piano que canta, o de un violoncello que solloza. Razón tenía Lagrange para estar contento, un cambio repentino había comenzado en el alma de su amigo; él tan estudioso meses atrás, no se había preocupado por visitar las clínicas y los hospitales, sus libros de medicina estaban en un rincón de su cuarto, y la mesa de trabajo yacía llena de fotografías y de libros de crítica y de historia. Un nuevo ser germinaba en su cerebro, y la ideas que trajo de su pueblo y que a todo trance hubiera querido conservar, desaparecían rápidamente, como un inmenso campo de trigo devorado por la insensible llama de un incendio.

Carlos tocó un botón, que se disimulaba al lado de la chimenea, y presentóse una muchacha, con muy buenos colores en la cara, y ese no se qué de la campesina, que hace pensar en la buena leche y la brisa refrescante del río. «¿No se ha levantado todavía la señora?» preguntóle. «La señora se está vistiendo», respondió la criada con una voz tímida, de persona no acostumbrada a ver gente de fuera. «Bien, dígale que la esperamos para ir a almorzar, y denos un poco de brandy» «Es apetitosa la criadita», dijo Sánchez, sonriendo maliciosamente. «Lo que significa que no durará muchos días en la casa», replicó Carlos. «Luciana está cada día más celosa, y hasta las criadas la asustan. Las mujeres son muy extrañas; como para ellas la vida solo tiene un objeto: amar y ser amadas; se imaginan que el hombre no piensa de día y de noche sino en la misma cosa. Vaya usted a hacerlos comprender que cuando estamos por la calle no corremos detrás de otra mujer, o tenemos una cita o pensamos en una futura traición".

Luciana entró, saludando amablemente con la cabeza, mientras se ponía sus guantes, de un amarillo color de paja muy seca; su sombrero estaba adornado con plumas blancas y azules, medio cubiertas por un velo muy sutil, de puntos del mismo color. El traje era todo gris claro; toilette casi de estío y cortado en esa forma que las modistas llaman costume de tailleur. Luciana era de un tipo bastante general entre las francesas; sin ser grande, estaba vestida de modo a parecer más alta, bien ajustada, sin fatigas, habituada a llevar siempre el corsé. De ojos negros y vivos, más dispuesto a expresar la cólera y la desconfianza, sabían también hacerse amables y esparcir en todo su rostro una aureola de amor. Su boca era grande y sensual; boca para ser besada todo el tiempo; boca de amiga, de compañera de juventud; y aunque todo su cuerpo respiraba voluptuosidad, en los momentos en que se quedaba pensativa., con la cabeza inclinada a un lado, la frente serena, y sus cabellos, de un suave tono de oro, caían sobre el pecho y la espalda, como formando un marco para su cara; toda ella rodeábase de un aire de inocencia y de candor, tomando un aspecto de niña voluntariosa a quien la mamá no ha traído los dulces y los juguetes prometidos para que fuese juiciosa. Amaba, furiosamente a su amigo; para ella no existían los términos medios; incapaz de fingir, después de muchos días de vacilación, en que Carlos la esperaba a la salida de los almacenes del Louvre, en donde trabajaba hasta extenuarse para ganar unos cuantos francos, se entregó a él con toda su alma, sin condiciones, con la sola promesa de que él no la olvidaría jamás. Sus padres, humildes obreros de la Rue du Temple, no quisieron verla más, si no seguía en su trabajo, y ella, apasionada y ciega, como una mariposa que busca la luz, fue a quemarse las alas en los brazos de su amante, y a tener una nueva casa, en donde era complacida y mimada, y que ella alegraba con su belleza y con su risa. Carlos había tomado aquella unión como una distracción agradable, sin darle mucha importancia, creyendo que le sería muy fácil romper en cuanto se le hiciese pesada la cadena, que hasta ese instante no le había dado sino regocijos y alegrías, salvo algunos ratos de mal humor, en que Lucilina se ponía insoportable con sus celos, y en que lo amenazaba con darle la muerte y suicidarse después, escenas que terminaban con lágrimas de parte de ella, y con besos y caricias de parte de él.

El Duval más próximo estaba lleno, como siempre, y aunque era ese el restaurant donde solían ir con más frecuencia, tuvieron que esperar que la directora, una señora alta y muy flaca, vestida siempre de negro, de aspecto enfermizo, los hiciese preparar una mesa para cinco personas. Las criadas bajaban y subían la gran escalera cargadas con platos que los clientes aguardaban con impaciencia, siguiéndonlas con los ojos por temor de ser olvidados. Todas con el tradicional vestido negro, con un peto blanco, entreabierto para meter las cartas, y un casquete también blanco, que llevaban prendidos a manera de gorras, como formando parte del peinado, y que desde lejos las hacía aparecer con cierto aire candoroso de Hermanitas de Caridad. Los hombres iban siempre a las mismas mesas, prefiriendo aquellas que servían las muchachas bonitas, que ponían buena cara con la esperanza de mejor propina, y que ellos enamoraban mientras comían las frutas y el queso, acabando la botella de vino entre sonrisas y largos suspiros.

Grande fue la sorpresa de Luciana al ver entrar a su amiga Marieta, a quien creía en Venecia, según su última carta de hacía un mes, pero no igual a la que experimentó Eduardo Doria al sentir a su lado a la única mujer en quien pensaba de rato en rato, cuando sus visitas a los museos le dejaban el espíritu tranquilo. De noche, en los teatros, sin dar cuenta, la buscaba distraídamente entre los palcos y balcones, con el deseo de llegar a encontrarla, por el inocente placer de contemplarla desde lejos, sin atreverse a esperar nada de ella. La había encontrado algunas veces por la calle, sobre todo al regresar de visitar a su corresponsal, en la Rue Le Pelletier, y sólo una noche había logrado verla en la Opera Cómica; cantaban la Manón de Massenet, y ella estaba arriba, en un palco, dejando fuera de la barandilla de pelouche muy rojo su manecita bien guantada, y que él hubiera deseado besar muchas veces. Esa noche, ella había observado que el joven no la quitaba los ojos un solo instante, y por distraerse lo había visto fijamente con el binóculo, encontrándolo bastante simpático, con sus cabellos muy negros y su ancha frente de hombre pensador.

Luciana le ofreció un puesto en su mesa, y al sentarse frente a Eduardo, lo reconoció inmediatamente. Durante el almuerzo, él no habló una palabra, en tanto que ella, nerviosa y contenta, encantadora con su elegante traje todo blanco, de tela muy gruesa, con puños y cuello de hombre, y un sombrerito redondo de paja, que tenía a un lado un pájaro de ojillos de cuenta, charlaba y reía contándole a su amiga las curiosidades de Italia: los cocheros que llevan todos grandes paraguas para no mojarse, la ropa tendida en cuerdas sobre los balcones, viéndose balancear los calcetines y las camisas y los pañales que se secan al sol, algunas mujeres que andaban con bastones en la mano en pleno día, los hombres que fuman algunos cigarros muy largos con una vela encendida por delante; y ambas reían como dos locas entre las chanzas y exageraciones dichas por Langrange para divertirlas, y los gritos semi-indígenas que daba Sánchez, mientras atacaba con un apetito de ogro, digno de mejor mesa, un despechugado pichón con petits pois, limpiándose a cada momento el bigote lleno de salsa, y poniendo ojos dulces a la criada, que contaba en un rincón su puñado de fichas numeradas, recibidas de la Caja en cambio de dinero.

Eduardo creía soñar al verse solo en su casa con Marieta, a quien el día anterior imaginaba intocable como una diosa. No se hubiera nunca atrevido a hablarle, si ella, por la tarde, en el salón de la Rue de Rennes, no se hubiese sentado a su lado, a confesarlo y a enloquecerlo con sus ojillos burlones, y un vago perfume de voluptuosidad que salía de su cuerpo como el aroma de una flor.

Allí le dijo que la amaba, que desde la noche en que había escuchado la música penetrante de Manón, se sentía desgraciado, y sufría en silencio, pensando cruelmente en ella, como piensa el que tiene sed en un manantial de agua cristalina. Ella reía, y lo desesperaba con sus dudas e ironías, pero en lo íntimo de su ser experimentaba una grata sensación inexplicable al verse amada sinceramente por un hombre, casi un niño, que venía de un país desconocido, ignorando los peligros y los refinamientos del placer, y que se entregaba a ella todo entero, feliz de obedecerla, dispuesto a probarla por cualquier medio su pasión, idealizándola, y contemplándola, como a la suprema belleza de que tanto le habían hablado en su lenguaje mundano los artistas y los poetas. Un deseo repentino de romanticismo se había apoderado de ella, vivir con él una vida de poesía y de candor, volviendo a ser la niña honesta y sana de sus primeros años, abandonando la atmósfera asfixiante en que por desgracia había caído, siendo otras vez casta, como cuando huyó loca de amor, en los brazos de su primer amante, dejando para siempre su familia y su pueblo. Se complacía en hacerlo sufrir, en hacerle creer que nunca le pertenecería y cuando Eduardo, con los ojos humedecidos, llevando en el alma un tormento que le quemaba todo el ser, tomó el sombrero, desesperado, para salir a la calle y estar solo con su dolor, ella lo detuvo, y conmovida, frente a la Venus vencedora, que parecía mover su seno majestuoso, como las ondas del Océano, le dio un beso de fuego en los labios, los ojos contra los ojos, embriagándolo con su aliento, como en un paroxismo de amor, y le dijo fuera de sí, con una voz ronca y temblorosa. Yo te amo... Yo te adoro...

Eduardo creyó morir de emoción, desvanecido, se dejó caer sobre el sofá, mientras ella volvía a tomar su aspecto, sereno y confiado, de reina adorada; y Luciana, que adivinaba lo que había sucedido, entraba, sonriendo y satisfecha, trayendo en la mano un manojo de rosas rojas y de lilas perfumadas para adornar la estancia, abriendo de par en par los balcones por donde penetró una bocanada de aire fresco, y desde donde se veía descender, entre claridades de oro y grana, uno de esos últimos crepúsculos sugestivos de primavera, en que el sol, como un vidrio empañado se oculta lentamente en el horizonte.


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La tristeza voluptuosa de Pedro César Dominici

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