La vuelta de Martín Fierro (1879)/7

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Nota: Se respeta la ortografía original de 1879.
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Aquel bravo compañero
En mis brazos espiró;
Hombre que tanto sirvió,
Varon que fué tan prudente,
Por humano y por valiente
En el desierto murió.—

Y yo, con mis propias manos
Yo mesmo lo sepulté—
A Dios por su alma rogué
De dolor el pecho lleno—
Y humedeció aquel terreno
El llanto que redamé.

Cumplí con mi obligacion,
No hay falta de que me acuse,
Ni deber de que me escuse
Aunque de dolor sucumba—
Allá señala su tumba
Una cruz que yo le puse.


La vuelta de Martin Fierro - Jose Hernandez (2ed) (page 18 crop).jpg
Martin Fierro meditando en la Tumba de su amigo Cruz


Andaba de toldo en toldo
Y todo me fastidiaba—
El pesar me dominaba
Y entregao al sentimiento,
Se me hacia cada momento
Oir á Cruz que me llamaba.

Cual mas, cual menos los criollos
Saben lo que es amargura—
En mi triste desventura
No encontraba otro consuelo
Que ir á tirarme en el suelo
Al lao de su sepoltura.

Alli pasaba las horas
Sin haber naides conmigo—
Teniendo á Dios por testigo—
Y mis pensamientos fijos
En mi muger y mis hijos,
En mi pago y en mi amigo.

Privado de tantos bienes
Y perdido en tierra agena—
Parece que se encadena
El tiempo y que no pasára,
Como si el sol se parára
A contemplar tanta pena.

Sin saber que hacer de mi
Y entregado á mi aflicion,
Estando alli una ocasion,
Del lado que venia el viento
Oi unos tristes lamentos
Que llamaron mi atencion.

No son raros los quejidos
En los toldos del salvage,
Pues aquel es vandalage
Donde no se arregla nada
Sino á lanza y puñalada
A bolazos y á corage.

No preciso juramento,
Deben creerle á Martin Hierro—
He visto en ese destierro
A un salvage que se irrita,
Degollar una chinita
Y tirarsela á los perros.

He presenciado martirios
He visto muchas crueldades—
Crínenes y atrocidades
Que el cristiano no imagina;
Pues ni el indio ni la china
Sabe lo que son piedades.

Quise curiosiar los llantos
Que llegaban hasta mi,
Al punto me dirigi
Al lugar de ande venian—
Me horrorisa todavia
El cuadro que descubrí!

Era una infeliz muger
Que estaba de sangre lleva—
Y como una Madalena
Lloraba con toda gana,—
Conoci que era cristiana
Y esto me dió mayor pena.

Cauteloso me acerqué
A un indio que estaba al lao;
Porque el pampa es descortfiao
Siempre de todo cristiano,
Y vi que tenia en la mano
El rebenque ensangrentao.


La vuelta de Martín Fierro de José Hernández
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