Las Fuerzas Extrañas/Nuestra teoria ante la ciencia

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Las Fuerzas Extrañas de Leopoldo Lugones
Nuestra teoria ante la ciencia
QUINTA LECCIÓN


NUESTRA TEORÍA ANTE LA CIENCIA


Fácilmente se echa de ver que estas ideas nada tienen de semejante con el sistema de Laplace, hoy en vigencia; pero intentemos demostrar que no son anticientíficas.

El sistema de Laplace, empieza suponiendo una nebulosa ígnea surgida del espacio ex nihilo, ó al impulso del azar que es la misma cosa[1]. Cualquiera nota la inferioridad de este comienzo, así como la consiguiente embrolla en la organización de los movimientos que impulsan á la nebulosa en cuestión, haciéndola girar, aplastarse, desprender anillos, dividirlos y reunidos en esferoides; si bien existe con nuestra teoría un punto común: los arcos procedentes de la división de los anillos en que se descompone la nebulosa, tienden á unirse por sus extremos engendrando los esferoides, así como los provenientes de la división de nuestro rayo primordial, lo hacen para formar las ruedas luminosas. La diferencia está en que el sistema de Laplace, supone la existencia previa del espacio y de la materia tal como los conocemos, para describir la vida de su nebulosa; mientras el nuestro acomete radicalmente el problema de los orígenes El positivismo nada quiere saber de esto, y le daríamos razón, si no empezara por faltar á su propio método construyendo á su vez hipótesis como ésta de Laplace; pero cuando él lo hace, el mismo derecho nos asiste y usaremos ampliamente de él.

Ahora bien, como la ciencia quiere hechos y el método positivo afirma que teoría es "hipótesis verificada", diremos que de todas las nebulosas conocidas, ninguna confirma la hipótesis de Laplace. Algunas se hallan en un estado de homogeneidad muy primitivo, pues su espectro sólo manifiesta la raya del hidrógeno, lo cual hace suponer que están formadas de este gas exclusivamente; pero ninguna presenta uno solo de los supuestos anillos. Adoptan las más variadas formas, bajo un aspecto común de masas profundamente atormentadas, y algunas han cambiado de forma, imposibilitando así el argumento de que sino se las ve anillarse, es debido á la gran lentitud de su evolución. Las más regulares, las que afectan precisamente una forma lenticular, han resultado no ser nebulosas sino sistemas de estrellas, vías lácteas semejantes á la nuestra[2]. Ya veremos de dónde resulta esa forma atormentada de las nebulosas.

Falta, entonces, el testimonio de los hechos; á no ser que se quiera darlepor confirmación, harto lejana ciertamente, la subordinación planetaria al sol de nuestro sistema; pero como la ciencia admite que esta subordinación puede ser ejercida por los soles sobre los cometas, no queda ya mucho para la teoría. No hemos olvidado, naturalmente, á Saturno, que con sus anillos parece presentar un testimonio, bien que ellos estén considerados sólidos lo cual es un obstáculo sobremanera grave; pero una excepción evidente entre los astros, no puede servir para verificar una hipótesis, con mayor razón cuando ella se refiere á las nebulosas donde no hay nada parecido, y cuando de conformidad á su enunciado, los astros sólidos no debieran presentar esa conformación[3].

Saturno es realmente un defectuoso del espacio, y de aquí que la astrología lo considerara el planeta de las malas influencias; pero esto puede ser desdeñado por el lector, sin más trámite.

Otra cosa que la hipótesis de Laplace no explica, es el origen del movimiento rotatorio, ya muy complicado, de su supuesta nebulosa originaria, que como todas las masas esferoidales del espacio giraba sobre sí misma y se trasladaba á la vez; para no hablar de los movimientos secundarios engendrados por los dos anteriores. La nebulosa en cuestión era un organismo bastante complejo, según se ve, y por templada que sea la curiosidad positivista, hade sentir tentaciones de buscar más simples antecedentes.

Pero cuando la hipótesis pierde todo su valor, quedando reducida á un mero juego de gabinete, es cuando se considera que una masa rotatoria debe forzosamente trasladarse en una órbita espiral, tal como se acepta actualmente. Suprimidas entonces las curvas cerradas, vale decirlas elipses perfectas de la hipótesis, los supuestos anillos desprendidos de la nebulosa serían largas espirales de materia cósmica difusa, que tenderían a concretarse en cometas, no en planetas concéntricos. El experimento de Plateau falla, entonces, por su base, y los anillos de Saturno se desvanecen definitivamente esta vez[4].

Al experimento de Plateau, que empieza por suponer la nebulosa originaria parada en el espacio (la gota de aceite en el seno del agua alcoholizada) nosotros oponemos nuestra modesta pompa de jabón, que le lleva de ventaja su sencillez, siendo ésta, como es sabido, un atributo de la verdad; y consecutivamente alegamos contra la hipótesis, la falta completa ele hechos confirmatorios[5]. Tampoco es admisible la nebulosa infinita que supondría esa supuesta falta de movimiento traslaticio, necesario para que el experimento de Platean se realice; pues con sólo tener en cuenta la aparición en ella de locos que serán los futuros soles centrales, y sus diversas magnitudes, la suposición se vuelve insostenible.

Por otra parte, la astronomía se aleja cada vez más de la suposición de un universo infinito, ó siquiera de ilimitadas dimensiones; pues piensa que si ello fuera así, los rayos de las estrellas infinitas llenarían todo el espacio (dado que el rayo de luz no se pierde por razones de distancia, según enseña la física); no habría punto del espacio sin un rayo de luz, y por consiguiente no existiría la noche.

Newcomb supone, basándose sobre las paralajes de las estrellas y por medio de complicados cálculos cuyo resumen es imposible sin confusión, que nuestro universo es una estera de siete mil millones de millones de leguas de radio[6]. Sin aceptar especialmente ningún cálculo, opinamos que nuestro universo es limitado en efecto, es decir un organismo en evolución por enorme que se lo considere; si bien esto no supone que rechacemos la eterna actividad del cosmos en el infinito[7].

Nuestra teoría va apoyada en todo su desarrollo por hechos científicos, desde el rayo primordial hasta la generación de los átomos; consistiendo su diferencia con el criterio positivista, en que no hace distinción fundamental entre fuerza y materia, ó considera pues los elementos permutables y provenientes de una sola causa: la energía absoluta. Salvo esta última parte, la ciencia va aceptando la identidad substancial de fuerza y materia é inclinándose más á nuestra definición: materia es todo lo objetivo, sea ó no ponderable. La electricidad y el radium le imponen esta conclusión.

Los estados de la materia y de la conciencia, así como la generación de unos elementos por otros, puesto que la vida, como hemos dicho, es un perpetuo cambiar de estado, explican mejor la evolución total del universo que la hipótesis cosmogónica de la ciencia, sin subordinarla exclusivamente á la materia ni al azar que es lo arbitrario, antes conciliando el doble aspecto substancial de los fenómenos y dando á su producción inicial un carácter determinista; todo lo cual es, por cierto, mucho más filosófico y aceptable.

Expresaremos, para concluir este capítulo, algo que acentúa aún el carácter científico de la teoría.

Apenas la luz primordial se individualiza, comienza ya en el espacio la lucha por la vida (la absorción de unas ruedas por otras) que acarrea de consiguiente la supervivencia de los más aptos, principio progresivo de toda evolución; lo que está lejos de suceder en la demasido perfecta maquinaria de la nebulosa de Laplace. Las leyes de la vida, ya lo hemos dicho, son las mismas para el insecto que para la nebulosa.

El lector está ya lo bastante informado para elegir entre esa hipótesis ó la nuestra; entre el proceso puramente material, ó el cambio de estado déla absoluta energía, que al volverse materia engendra simultáneamente al tiempo y al espacio, ó mejor dicho la extensión por el movimiento; la magnitud, la forma, el átomo, es decir los fundamentos del universo bajo sus múltiples aspectos de ideación, de conciencia, de número y de objetividad.

Veamos ahora cómo prosiguió la evolución ele ese universo.

  1. En efecto, el azar que es una causa sin causa, equivale á los dioses de las religiones positivas, cuyo carácter más saliente y común es la arbitrariedad.
  2. La astronomía moderna se inclina á creer que todo el universo estelar tiene esta forma, y que nuestra vía láctea se halla próxima á su centro; pues el número de estrellas de dos puntos opuestos del cielo, ya esténsituados en la vía misma ó en sus polos, es casi igual. Siendo esto así, el universo estelar presentaría la forma de una lenteja ó esferoide muy achatado en la misma dirección que la vía láctea. Dividiendo el cielo en nueve círculos paralelos al plano de ésta das zonas 1* y 9* abarcarían sus polos; resulta la siguiente relación de densidades: 1,2.8; 2,3.0; 3.3.5; 4,5.3 ; 5,8.2; 6,6.1; 7,3.7; 8,3.2; 9,3.1; lo cual establece el rango central de la vía láctea (5,8,2), así como la forma del universo estelar. Nuestras lentejas no son, pues, pura fantasía.
  3. Dadas su velocidad rotatoria y la condensación de la materia gaseosa? de los anillos en materia sólida, esta última es inexplicable. En efecto, si es del mismo peso y densidad que la del planeta, no ha podido condensarse sin romperse; y si no es del mismo peso y de la misma densidad, ¿cómo gira armónicamente con él?...
  4. Los cambios de conformación de algunas nebulosas, manifiestan tendencia á definirse en torbellinos espirales. El capítulo siguiente expresará en detalle estos movimientos.
  5. En cambio abundan los contradictorios, y entre éstos son los más notables: la densidad de Venus, menor que la de la tierra, no obstante su mayor proximidad al sol; la de Urano mayor que la de Saturno, á pesar de hallarse más lejano que éste; la de los satélites de Júpiter mucho mayor que la de éste; el movimiento retrógrado de los satélites de Urano y de Neptuno, la falta de achatamiento polar del sol, antes mencionada; la depresión polar de de Mercurio, diez veces mayor que la de la tierra, á pesar de que su rotación equivale apenas á un tercio de la de ésta, siendo mayor su densidad en una cuarta parte tan sólo; las depresiones polares igualmente desproporcionadas de Saturno y de Júpiter...
  6. Es curioso que el número 7, el número sagrado por excelencia, reaparezca como cifra inicial de este resultado; pero lo es más aún el que la docena y la decena, también números sagrados, estén significados en la población de ciento veinte millones (diez docenas de millones) de estrellas que los mismos cálculos asignan al universo.
  7. Del propio modo que no se niega la continuidad de la vida, porque los organismos individuales acaben.