Las mil y una noches:0902

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Las mil y una noches - Tomo VI
pero cuando llegó la 922ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGÓ LA 922ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... ¡Oh ojo y lámpara de la casa de tu padre! cuéntame al detalle la historia de tu viaje, a fin de que yo viva con el pensamiento los días de tu dolorosa ausencia". Y Diamante contó al viejo rey Schams-Schah todo lo que le había sucedido, desde el principio hasta el fin. Pero no hay utilidad en repetirlo. Luego le presentó, una tras de otra, a sus cuatro esposas, y acabó por hacer llevar a su presencia a la princesa Mohra, atada de pies y manos. Y le dijo: "Ahora a ti corresponde ¡oh padre mío! ordenar lo que te plazca respecto a ella".

Y el viejo rey, a quien el Altísimo había dotado de cordura y de inteligencia, pensó en su espíritu que su hijo debía amar desde el fondo de su corazón a aquella joven funesta, causante de la muerte de tantos príncipes hermosos, ya que por ella fué por quién hubo de soportar todas aquellas penas y todas aquellas fatigas. Y se dijo que, si dictaba una sentencia severa, le afligiría sin duda alguna. Así es que, tras de reflexionar un instante todavía, le dijo: "¡Oh hijo mío! el que, a vuelta de muchas penas y dificultades, obtiene una perla inapreciable, debe guardarla cuidadosamente. Claro que esta princesa de espíritu fantástico se ha hecho culpable, por su ceguera, de acciones reprensibles; pero es preciso considerarlas como llevadas a cabo por voluntad del Altísimo. Y si por culpa suya se privó de la vida a tantos jóvenes, fué porque el escriba de la suerte lo había escrito así en el libro del Destino. Por otra parte, no olvides ¡oh hijo mío! que esta joven te ha tratado con muchos miramientos cuando hubiste de introducirte, en calidad de santón, en su jardín. Por último, ya sabes que la mano del deseo de quienquiera, sea el negro o cualquier otro en el mundo, no ha tocado el fruto del tierno arbolillo de su ser, y que nadie ha saboreado el gusto de la manzana de su barbilla ni del alfónsigo de sus labios".

Y Diamante se conmovió con las palabras de tan dulce lenguaje, máxime cuando sus cuatro esposas, las bienaventuradas de modales encantadores, apoyaron con su asentimiento aquel discurso. En vista de lo cual, escogiendo un día y un momento favorables, aquel jovenzuelo de sol se unió con aquella luna pérfida, semejante a la serpiente guardadora del tesoro. Y tuvo de ella, como de sus cuatro esposas legítimas, hijos maravillosos, cuyos pasos fueron otras tantas felicidades, y que tuvieron por esclavas, como su padre Diamante el Espléndido y su abuelo Schams-Schah el Magnífico, a la fortuna y a la dicha.

Y tal es la historia del príncipe Diamante, con cuantas cosas extraordinarias le sucedieron. ¡Gloria, pues, a quien reserva los relatos de los antiguos para lección de los modernos, a fin de que las gentes aprendan sabiduría!

Y el rey Schahriar, que había escuchado aquella historia con extremada atención, dió gracias por primera vez a Schehrazada, diciendo: "Loores a ti, ¡oh boca de miel! ¡Me hiciste olvidar amargas preocupaciones!"

Luego se ensombreció su rostro repentinamente. Y al ver aquello, Schehrazada se apresuró a decir: "Está bien, ¡oh rey del tiempo! Pero ¿qué vale esto comparado con lo que voy a contarte del MAESTRO DE LAS DIVISAS Y DE LAS RISAS?".

Y dijo el rey Schahriar: "¿Quién es ¡oh Schehrazada! ese maestro de las divisas y de las risas a quien no conozco?"

Y dijo Schehrazada: