Las mil y una noches:339

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Las mil y una noches - Tomo III
Pero cuando llegó la 346ª noche

de Anónimo



PERO CUANDO LLEGO LA 346ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"...pero guardaos de poner la mano sobre la hija del rey o de tocar sus vestidos".

Entonces dijo Taleb ben-Sebl: "¡Oh emir nuestro, nada en este palacio puede compararse a la belleza de una joven! Sería una lástima dejarla ahí en vez de llevárnosla a Damasco para ofrecérsela al califa. ¡Valdría más semejante regalo que todas las ánforas con efrits del mar!"

Y contestó el emir Muza: "No podemos tocar a la princesa, porque sería ofenderla, y nos atraeríamos calamidades". Pero exclamó Taleb: "¡Oh emir nuestro! las princesas, vivas o dormidas, no se ofenden nunca por violencias tales". Y tras de haber dicho estas palabras, se acercó a la joven y quiso levantarla en brazos. Pero cayó muerto de repente, atravesado por los alfanjes y las picas de los esclavos, que le acertaron al mismo tiempo en la cabeza y en el corazón.

Al ver aquello, el emir Muza no quiso permanecer ni un momento más en el palacio, y ordenó a sus acompañantes que salieran de prisa para emprender el camino del mar.

Cuando llegaron a la playa, encontraron allí a unos cuantos hombres negros ocupados en sacar sus redes de pescar, y que correspondieron a las zalemas en árabe y conforme a la fórmula musulmana. Y dijo el emir Muza al de más edad entre ellos, y que parecía ser el jefe: "¡Oh venerable jeique! venimos de parte de nuestro dueño el califa Abdalmalek ben-Merwán, para buscar en este mar vasos con efrits de tiempos del profeta Soleimán. ¿Puedes ayudarnos en nuestras investigaciones y explicarnos el misterio de esta ciudad donde están privados de movimiento todos los seres?"

Y contestó el anciano: "Ante todo, hijo mío, has de saber que cuantos pescadores nos hallamos en esta playa creemos en la palabra de Alah y en la de su Enviado (¡con él la plegaria y la paz!) ; pero cuantos se encuentran en esa Ciudad de Bronce están encantados desde la antigüedad, y permanecerán así hasta el día del Juicio. Respecto a los vasos que contienen efrits, nada más fácil que procurároslos, puesto que poseemos una porción de ellos, que una vez destapados, nos sirven para cocer pescado y alimentos. Os daremos todos los que queráis. ¡Solamente es necesario, antes de destaparlos, hacerlos resonar golpeándolos con las manos, y obtener de quienes los habitan el juramento de que reconocerán la verdad de la misión de nuestro profeta Mohammed, expiando su primera falta v su rebelión contra la supremacía de Soleimán ben-Daúd!" Luego añadió: "Además, también deseamos daros, como testimonio de nuestra fidelidad al Emir de los Creyentes, amo de todos nosotros, dos hijas del mar que hemos pescado hoy mismo, y que son más bellas que todas las hijas de los hombres".

Y cuando hubo dicho estas palabras, el anciano entregó al emir Muza doce vasos de cobre, sellados en plomo con el sello de Soleimán, y las dos hijas del mar, que eran dos maravillosas criaturas de largos cabellos ondulados como las olas, de cara de luna y de senos admirables y redondos y duros cual guijarros marinos; pero desde el ombligo carecían de las suntuosidades carnales que generalmente son patrimonio de las hijas de los hombres, y las sustituían con un cuerpo de pez que se movía a derecha y a izquierda, de la propia manera que las mujeres cuando advierten que a su paso llaman la atención. Tenían la voz muy dulce, y su sonrisa resultaba encantadora; pero no comprendían ni hablaban ninguno de los idiomas conocidos, y contentábanse con responder únicamente con la sonrisa de sus ojos a todas las preguntas que se les dirigían.

No dejaron de dar las gracias al anciano por su generosa bondad el emir Muza y sus acompañantes, e invitáronles, a él y a todos los pescadores que estaban con él, a seguirles al país de los musulmanes, a Damasco, la ciudad de las flores y de las frutas y de las aguas dulces. Aceptaron la oferta el anciano y los pescadores, y todos juntos volvieron primero a la Ciudad de Bronce para coger cuanto pudieron llevarse de cosas preciosas, joyas, oro, y todo lo ligero de peso y pesado de valor. Cargados de este modo, se descolgaron otra vez por las murallas de bronce, llenaron sus sacos y cajas de provisiones con tan inesperado botín, y emprendieron de nuevo el camino de Damasco, adonde llegaron felizmente al cabo de un largo viaje sin incidentes.

El califa Abdalmalek quedó encantado y maravillado al mismo tiempo del relato que de la aventura le hizo el emir Muza, y exclamó: "Siento en extremo no haber ido con vosotros a esa Ciudad de Bronce. ¡Pero iré, con la venia de Alah, a admirar por mí mismo esas maravillas y a tratar de aclarar el misterio de ese encantamiento!"

Luego quiso abrir por su propia mano los doce vasos de cobre, y los abrió uno tras de otro. Y cada vez salía una humareda muy densa que convertíase en un efrit espantable, el cual se arrojaba a los pies del califa y exclamaba: "¡Pido perdón por mi rebelión a Alah y a ti, oh señor nuestro Soleimán!" Y desaparecía a través del techo ante la sorpresa de todos los circunstantes. No se maravilló menos el califa de la belleza de las dos hijas del mar. Su sonrisa, y su voz, y su idioma desconocido le conmovieron y le emocionaron. E hizo que las pusieran en un gran baño, donde vivieron algún tiempo, para morir de consunción y de calor por último.

En cuanto al emir Muza, obtuvo del califa permiso para retirarse a Jerusalén la Santa, con el propósito de pasar el resto de su vida allí, sumido en la meditación de las palabras antiguas que tuvo cuidado de copiar en sus pergaminos. ¡Y murió en aquella ciudad después de ser objeto de la veneración de todos los creyentes que todavía van visitar la kubba donde reposa en la paz y la bendición del Altísimo!

¡Y esto es, oh rey afortunado! - prosiguió Schehrazada- la historia de la Ciudad de Bronce.

Entonces dijo el rey Schahriar: "¡Verdaderamente, Schehrazada, que el relato es prodigioso!"

Y dijo ella: "Sí, ¡oh rey! Pero no quiere que transcurra esta noche sin contarte una historia de lo más deliciosa, que le acaeció a Ibn Al-Mansur". Y sorprendido, dijo el rey Schariar: "¿Quién es Ibn Al-Mansur? No le conozco”.

Entonces dijo Schehrazada sonriendo: “¡Escucha!”